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LOS GUARDIANES DE LA BELLEZA

Tiempo de lectura: 12 minutos


Norma Pérez, No soy moderna, soy mucho más antigua, 2022. Copia de exposición. Cortesía de la artista y CCCB

Dedicar una gran exposición a la belleza, en un contexto dominado por filtros, algoritmos, cirugías estéticas, inteligencia artificial y una industria cosmética que mueve miles de millones de dólares al año, es una decisión comprometida. El concepto mismo ha sido contaminado por el mercado, reducido a mercancía o a una sucesión de imágenes estandarizadas que circulan sin descanso por las redes sociales.

El culto a la belleza, presentada por el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), adapta y amplía la exposición concebida por Janice Li para la Wellcome Collection de Londres en 2023. Bajo la curaduría de blanca arias y Júlia Llull, la versión barcelonesa recupera la belleza como un problema cultural, histórico y político, pero no como un consuelo frente a esa contaminación, sino como un diagnóstico de ella.

La muestra reúne más de 400 obras y objetos —entre esculturas antiguas, pinturas, fotografías, documentos históricos, instalaciones, piezas audiovisuales y proyectos comisionados— para recorrer la historia de los ideales estéticos desde la Antigüedad hasta nuestros días. Su propósito es menos definir qué es la belleza que preguntar quién ha tenido, a lo largo de la historia, la autoridad para decidir qué cuerpos son bellos y cuáles quedan fuera del canon.

Esa aproximación cambia por completo la experiencia del visitante. Una exposición en apariencia dedicada a los cánones estéticos se convierte, sala tras sala, en una investigación sobre cómo el poder se inscribe en los cuerpos. La belleza deja de ser una cualidad abstracta para imponerse como una tecnología cultural que establece jerarquías, reparte privilegios y sostiene economías del deseo. Desde la filosofía clásica hasta la cirugía estética contemporánea, pasando por la religión, el colonialismo, la medicina o las redes sociales, la exposición muestra cómo cada época construyó sus propios ideales de perfección y produjo, al mismo tiempo, los cuerpos destinados a no encajar en ellos.

La curaduría prescinde de la cronología. Prefiere, más bien, presentar una serie de cruces entre tiempos, geografías y disciplinas, donde obras históricas conviven con artistas contemporáneos como Carlos Motta, Sandra Gamarra, Regina José Galindo, Angélica Dass, Laura Aguilar o el Colectivo Ayllu, entre muchos otros, que reescriben esa historia desde el presente.

Vista de la exposición The Cult of Beauty, Wellcome Collection, Londres, 2023. Foto: Benjamin Gilbert

Cómo se inventa la autoridad

El recorrido comienza de manera elocuente. Frente a la Venus Esquilina y el Idolino —dos esculturas romanas que ejemplifican el imaginario occidental sobre la proporción, la armonía y la simetría del cuerpo ideal— vemos al Hermafrodito durmiente, una figura humana sobre un colchón cuya ambigüedad sexual introduce una primera grieta en la aparente solidez del canon clásico. Mucho antes de que la exposición llegue a hablar de identidades trans, cuerpos intersexuales o disidencias de género, esa pieza perfectamente tallada en mármol recuerda que la historia del cuerpo nunca fue tan binaria como quiso narrarse después.

La curaduría inserta aquí, de manera apropiada, la serie Beloved Martina (2016), de Carlos Motta, inspirada en uno de los primeros registros fotográficos de una persona intersexual, realizado en el siglo XIX con fines médicos. Al recobrar la historia de Martina —judicializada por su corporalidad y convertida en objeto de observación científica—, el artista colombiano señala cómo la medicina moderna contribuyó a fijar las fronteras entre los sexos mediante prácticas de clasificación y corrección que todavía resuenan en el presente. Muy cerca, un autorretrato fotográfico de la artista chilena Norma Pérez, desnuda y con la frase «No soy moderna, soy mucho más antigua» escrita sobre el pecho, responde tanto al hermafrodita clásico como a Motta: la diversidad que hoy nombramos como tal ya estaba ahí, simplemente los relatos dominantes se empeñaron en invisibilizarla.

Carlos Motta, Beloved Martina (Hermaphrodite #1), 2016. Impresión en 3D en roca arenosa. Cortesía del artista y mor Charpentier, Paris.

En diálogo con estas piezas aparece también Lorenza Böttner (Punta Arenas, 1959 – Múnich, 1994), cuya práctica constituye una de las críticas más radicales a cómo se ha desexualizado e invisibilizado históricamente a los cuerpos con discapacidad. Tras perder ambos brazos a los ocho años, Böttner rechazó el uso de prótesis, aprendió a pintar con la boca y los pies, y convirtió su propio cuerpo en el canal de performances que cuestionaban las nociones heredadas de belleza y normalidad.

En una interpretación de la Venus de Milo, Böttner trasladó el ideal clásico del mármol al cuerpo vivo para poner a prueba la mirada del espectador. ¿Por qué aceptamos sin cuestionar la belleza de un cuerpo accidentalmente mutilado cuando está tallado en piedra, pero ese mismo cuerpo nos incomoda cuando está vivo? Sin ofrecer respuestas, aquella performance desnudaba uno de los mecanismos más persistentes del canon: prescribe un ideal de belleza y, al mismo tiempo, regula las formas en que aprendemos a mirar los cuerpos.

Sandra Gamarra, El orden de los factores. Vista de la exposición El Culto a la Belleza en el CCCB. Foto: Alice Brazzit

Las taxonomías coloniales no desaparecieron

El primer tramo del recorrido expone cómo se construyeron históricamente los ideales de belleza; el segundo explica por qué nunca desaparecen. Los cánones sobreviven porque producen valor. Antes la belleza legitimaba el poder. Hoy, además, lo monetiza.

La medicina contribuyó a consolidar la idea de que ciertos cuerpos debían corregirse o normalizarse, y el colonialismo expandió esa lógica a escala global. La belleza dejó de ser una cuestión de proporciones para convertirse en instrumento de jerarquización social. El color de piel, los rasgos faciales y el cabello comenzaron a verse como signos de pertenencia, y esos sistemas de dominación siguen operando en el presente.

La serie El orden de los factores, de la artista peruana Sandra Gamarra, retoma las pinturas de castas del periodo virreinal para examinar hasta qué punto la representación fue un dispositivo central en la construcción de las categorías raciales, y cómo esos sistemas de clasificación siguen proyectando su sombra sobre las formas contemporáneas de mirar.

Angélica Dass, Humanæ, 2012. Proyecto en progreso (más de 4000 fotografías). Vista de la exposición El Culto a la Belleza en el CCCB. Foto: Alice Brazzit
Colectivo Ayllu, Los misterios de las bellezas / Tejer con hilos nuestras memorias anticoloniales, 2025-2026. Videos, trajes y altar con espejos, cauríes y otros elementos. Foto cortesía del Colectivo Ayllu

Esa misma taxonomía colonial sobrevive, aunque mude de forma, en Humanae, el proyecto que la brasileña Angélica Dass desarrolla desde 2012. Tras retratar a miles de personas en distintas ciudades del mundo, la artista extrae un píxel de la nariz de cada retratado y lo convierte en el fondo cromático de la imagen mediante la escala Pantone. El resultado desmiente que la piel pueda reducirse a categorías como «blanco», «negro», «amarillo» o «rojo». La ficción biológica de la raza buscó compartimentos estancos, pero Dass la desmonta en una infinidad de matices.

La exposición incorpora también un altar del Colectivo Ayllu creado específicamente para esta versión en Barcelona. Conformado por personas migrantes racializadas, disidentes sexuales y de género provenientes de las excolonias europeas, el colectivo presenta objetos, tejidos, cauris y ofrendas en una instalación que propicia un encuentro entre memorias diaspóricas, espiritualidades ancestrales e imaginaciones de futuro. Este altar-portal convoca aquellos cuerpos y saberes que han resistido a los estándares blancos y heteronormativos del deseo occidental, a la vez que desborda una concepción de la belleza reducida a lo visible y el binarismo heredado entre lo bello y lo feo.

Shirin Fathi, The Disobedient Nose. Vista de la exposición The Cult of Beauty, Wellcome Collection, Londres, 2023. Foto: Benjamin Gilbert

Del ideal al mercado

La exposición ha mostrado hasta aquí cómo la filosofía, la ciencia y el colonialismo contribuyeron a fijar determinados modelos de belleza. El recorrido avanza ahora hacia cómo esos ideales producen, además, valor económico. La belleza es hoy una de las industrias más rentables, capaz de transformar cualquier inseguridad, diferencia o aspiración en oportunidad de consumo.

Ese fenómeno no es reciente, y la muestra rastrea sus orígenes: cosméticos renacentistas, frascos de perfume, utensilios de peluquería, anuncios publicitarios, productos farmacéuticos y tecnologías de embellecimiento dan cuenta de que la promesa de mejorar el cuerpo lleva siglos entre las ambiciones de Occidente. Lo que cambia hoy es la velocidad y la escala con que ese deseo se satisface y se factura.

En The Disobedient Nose, la artista iraní afincada en Londres Shirin Fathi toma como punto de partida el hecho de que Irán registra una de las tasas más altas de rinoplastias del mundo para explorar cómo la cirugía estética oscila entre la presión normativa y la agencia individual. Mediante prótesis, maquillaje y juegos de identidad, cuestiona la idea de que exista una forma «correcta» del rostro.

A esa negociación entre decisión personal e imposición social se añade otra capa de complejidad cuando la pregunta pasa de ser quién elige transformar su cuerpo a quién sostiene, con su trabajo cotidiano, la promesa misma de belleza.

María Alcaide, Punto perfecto, 2019. Pantalla incrustada en una butaca de pedicura, taburetes intervenidos y bordados. Cortesía de la artista

La artista española María Alcaide reconstruye un salón de manicura inspirado en el estudio sociológico The Managed Hand, de Miliann Kang, para hacer visible aquello que la industria de la belleza suele mantener fuera de campo: el trabajo que la sostiene. En esa economía profundamente feminizada, el cuidado circula siguiendo una jerarquía de género, clase y migración, donde mujeres —a menudo migrantes y precarizadas— dedican su tiempo y su cuerpo a preservar la apariencia y el bienestar de mujeres que se sitúan por encima de ellas en la escala de los privilegios. En Guǎnlǐ de shǒu, la manicura ya no es tanto un acto de autocuidado personal como un espacio donde también se negocian privilegios, afectos y desigualdades. De las manos cuidadas, Alcaide vuelca la mirada hacia las manos que cuidan.

La belleza sigue prometiendo autonomía, o la posibilidad de elegir cómo queremos vernos, aunque multiplica también las expectativas sobre lo que deberíamos llegar a ser. El mercado ha rentabilizado incluso el lenguaje de la diversidad, al incluir diferencias que hasta hace poco quedaban fuera de sus imaginarios. El ideal se ha vuelto adaptable y personalizable, y por eso mismo resulta más difícil escapar de su lógica.

Una de las intuiciones más lúcidas de El culto a la belleza es comprender que las formas contemporáneas de control ya no tienen únicamente que ver con la prohibición o la exclusión. Funcionan, sobre todo, estimulando el deseo. Se nos ofrece un catálogo casi infinito de posibilidades para reinventarnos y, sin embargo, detrás de esa aparente libertad persiste la misma pregunta de las primeras salas: ¿quién sigue definiendo los límites de lo deseable?

Laura Aguilar (1959 – 2018), Stillness #27, 1999. Préstamo de la Tate Americas Foundation. Cortesía del Comité de Adquisiciones Latinoamericano (2021).

Los guardianes de la belleza

Es en este punto donde las obras de artistas como Laura Aguilar, Regina José Galindo o Lizette Nin Mojica hacen del cuerpo un instrumento de desobediencia al canon. Aguilar, fotógrafa estadounidense de ascendencia mexicana y figura clave de la fotografía queer y latina, se retrata desnuda en los paisajes del suroeste de Estados Unidos, fundiendo su cuerpo con la tierra para reclamar un lugar dentro de una tradición del desnudo que históricamente la excluyó. Galindo, en Recorte por la línea, se somete al examen de un cirujano plástico venezolano de renombre, que marca sobre su piel las zonas que, según los criterios habituales de la cirugía estética, podrían intervenirse. El bisturí nunca llega a cortar, pero el gesto de señalar ya ejerce la violencia.

Nin Mojica, en Trails, recupera los relatos orales de personas africanas esclavizadas que ocultaban semillas entre sus trenzas durante la travesía atlántica, un homenaje a las estrategias con las que lograron preservar conocimientos y vínculos con sus lugares de origen. Ninguna de las tres ilustra simplemente un discurso sobre la diferencia. Cada una imagina, desde su propio cuerpo, otra manera de habitar el cuerpo y de construir comunidad a partir de él.

El mayor acierto de esta exhaustiva y documentada exposición es no tratar estas prácticas como excepciones que deban ser incorporadas a un relato más amplio. Por el contrario, son ellas las que terminan reorganizando el relato entero. A medida que la recorremos, queda claro que no son los cuerpos los que estaban fuera de lugar, sino las categorías desde las que aprendimos a mirarlos.

Regina José Galindo, Recorte por la línea, 2005. Performance. Registro fotográfico: Alejandra Herrera. Cortesía de la artista

El culto a la belleza resulta especialmente oportuna en un momento en que los medios digitales producen imágenes cada vez más homogéneas, las redes sociales aceleran la circulación de modelos estéticos a seguir y la industria cosmética y de la moda convierte incluso la singularidad en un producto más del mercado. Frente a esa maquinaria de normalización, la muestra no ofrece un manifiesto ni una nueva ortodoxia visual. Responde ampliando el campo de lo visible y, con él, el de lo imaginable.

Salir del CCCB deja al visitante, más que una respuesta sobre qué es la belleza, una sospecha distinta sobre ella. Después de este recorrido resulta difícil seguir pensándola como un asunto inocente o exclusivamente estético. Ha sido lenguaje del poder y herramienta de clasificación, y sigue siendo, hoy, mercado y espacio de resistencia a la vez.

Quizá la aportación más valiosa de la muestra sea recordar que la belleza reside tanto en los cuerpos como en la posibilidad de que estos se nombren a sí mismos y recuperen la autoridad sobre su propia imagen. El verdadero gesto político consiste, al final, en cuestionar la necesidad de una única medida de lo bello, más que en ensanchar el canon para que quepan más personas dentro de él. La belleza no necesita nuevos cánones. Necesita dejar de tener guardianes.

Lizette Nin Mojica, Serie Trails, 2022. Dibujo. Cortesía de la artista

El culto a la belleza se presenta en el CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona), Sala 3, del 21 de mayo al 8 de noviembre de 2026. Una coproducción de la Wellcome Collection (Londres) y el CCCB. Comisariado: Janice Li, blanca arias, Júlia Lull

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