Skip to content

HACKEAR LOS RESIDUOS

Por Sebastián Vidal Valenzuela | Historiador del arte y curador


Yo había cruzado un laberinto pero la nítida ciudad de los inmortales me atemorizó y repugnó

Jorge Luis Borges
El inmortal


Las pinturas de Mariana Najmanovich son una invitación a explorar aspectos complejos de la vida humana. Sus obras indagan zonas oscuras de la conciencia, donde la ficción y la realidad se entremezclan con elementos del presente y de la historia. Para Najmanovich, esta operación tiene un punto de inicio en el archivo y la colección, ya que estos dos conceptos le permiten encontrar, clasificar y organizar imágenes de temáticas extremas, que la obsesionan y que desencadenan una serie de recursos artísticos, para crear universos únicos y nuevos, que dan sentido a cada uno de sus proyectos.

De esta manera, se podría decir que, en su ejercicio de investigación artística, Najmanovich tiende a provocar a las imágenes mismas, ya que luego de trabajarlas siempre serán distintas a las que se almacenan en las repisas de su taller o en el disco duro de su computador. Su proceso creativo se asemeja más al de una hacker, que se apropia de los códigos de las imágenes para corromperlos y obtener, con ello, un beneficio simbólico que, a su vez, constituye un llamado a la conciencia de lo humano. De esta forma, su trabajo artístico consiste en descifrar un código, que ella reconoce en la imagen, y alterarlo para que se transforme en otro, con el fin de evocar un sentido que solo se presenta en el acto crítico de la creación como búsqueda.

Así lo realizó con la serie La Colonia (2015), en la que, a partir de imágenes encontradas en archivos sobre el caso de Colonia Dignidad, desarrolló un cuerpo de obra que abordaba de forma vívida la crudeza de las violaciones a los derechos humanos y los casos de pedofilia ocurridos en el enclave alemán del sur de Chile. De manera similar, en Pálido fuego (2017), Najmanovich operó como una coleccionista de juguetes de guerra adquiridos por internet, los cuales sirvieron para crear una serie de piezas que vinculaban la oscura dimensión lúdica del poder bélico mundial.

En la serie Funny Games de la exposición Otro Atlas (2018), profundizó en la misma idea del juego, pero la orientó hacia a una lectura ucrónica, donde, por medio de una recopilación de imágenes de antiguas batallas históricas, modeló pinturas que se combinaban con tecnología actual, al igual que en la serie El archivo, cuyo motivo fue el estudio de los archivos de Hugo Jaeger, uno de los fotógrafos oficiales de Hitler. Estas pinturas fueron obstruidas en la claridad de su referente mediante una sutil capa de geles acrílicos, que dificultaba la decodificación visual completa de la imagen.

Otro caso de esta obsesión con el archivo y la colección se canalizó en la serie Nuevas sustancias. En ella, a través de una extensa acumulación de imágenes clínicas extraídas deinternet, compuso perturbadoras piezas en las que la capa de geles acrílicos se amplificó hasta formar enormes pieles de silicona con pinturas. Estas, además, en el marco de la exposición La muerte y otras miserias: reflexiones sobre lo pos-humano (2021), se enfrentaban a obras históricas del siglo XIX e inicios del XX de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, lo que generaba un diálogo atemporal sobre la enfermedad en tiempos pandémicos.

Así, el despliegue del archivo y la colección ha estado presente, de diferentes formas, como un código que busca ser reacondicionado, para alimentar la inquietud de un presente en el que los impulsos violentos parecen estar mutando, hacia fórmulas en las que la conciencia se somete voluntariamente al deseo de quienes detentan el poder.

Vista de la exposición Animales sumisos de Mariana Najmanovich en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, dic 2024-ene 2025. Foto: Felipe Ugalde

En su reciente exposición Animales sumisos, en el Parque Cultural de Valparaíso, Najmanovich retoma muchos de los elementos antes mencionados, para ofrecer una sombría y poética reflexión sobre los riesgos asociados al deseo frenético de superar las limitaciones de la naturaleza humana mediante la experimentación biotecnológica irresponsable. Estas ideas son presentadas por la artista a través de una serie de piezas que exploran, tanto material como simbólicamente, las fronteras entre la vida y la muerte.

Se trata de obras que, desde una perspectiva distópica, abordan la obsesión humana por desarrollar y aplicar avances científicos con el objetivo de doblegar un orden natural, incluso cuando ello contradice principios éticos fundamentales. En el tratamiento de estos temas, Najmanovich utilizó técnicas como la pintura, la escultura blanda y el bordado, para reconocer en ellas coloridas e insinuantes imágenes, en las que predominan referencias médicas y escenas urbanas.

Destaca en la exposición la serie Fisuras del futuro, en la que observamos colchones de distintas dimensiones elaborados en silicona. Sobre su superficie se despliegan numerosos ojos sin pupilas, incrustaciones con pequeñas pinturas y frases bordadas. Si bien Najmanovich había utilizado previamente pieles sintéticas y un colchón en la exposición La muerte y otras miserias: reflexiones sobre lo pos-humano, así como en Pantallas blandas en Galería Aninat (2024), los presentados en Animales sumisos dan un paso más allá en la línea de integrar no solo las técnicas aplicadas, sino también algunos elementos conceptuales que podrían asociarse a sus experiencias expositivas anteriores.

Por ejemplo, el colchón dispuesto en la muestra del Museo de Bellas Artes yace junto a la pintura La ley de honor (1984) del destacado pintor chileno Juan Harris. La obra de Harris presenta la oscura escena de un crimen ocurrido tras el descubrimiento de una infidelidad. La curadora de la exposición, Gloria Cortés, instaló además al lado de este cuadro otra pintura de Najmanovich en la que se aprecia una figura femenina, aparentemente de plástico, sobre una camilla en un espacio clínico.

Este hecho resulta interesante, ya que la idea del artificio y la muerte emerge como una fricción violenta cuyo eje es una cama. De esta forma, el colchón de la artista está superpuesto al muro que sostiene ambos lienzos. Este aspecto nos remite a la idea de verticalidad del objeto escultórico, el cual comparte la misma condición de las pinturas colgadas. Esta primera versión del colchón, como hemos señalado, es una construcción artificial que se percibe completamente simulada, a pesar de ser un colchón real, cuya elaboración material se reconoce como extremadamente compleja. Además, posee ojos y labios incrustados.

Mariana Najmanovich, Animales sumisos II. Óleo sobre tela. Cortesía de la artista

La pintura que se encuentra al otro lado del cuadro de Harris, y que da la bienvenida al espectador en Animales sumisos, es una obra que expone a una mujer sintética, un personaje que parece situarse en el límite entre lo real y lo artificial. Está en una posición cuadrúpeda, lo que sugiere la posibilidad de que sea una muñeca sexual. Sin embargo, al situarla en una camilla, deja abierta la pregunta de por qué se encuentra en ese lugar y no en una habitación privada: ¿qué intervención clínica se está realizando a ese cuerpo?

Dispuestos de esta forma en la muestra del Museo de Bellas Artes, los dos elementos centrales de esa pintura —la camilla y la muñeca de silicona— se combinan para transformarse en el colchón, que podría mirar y besar con sus ojos y labios, pero que yace lánguido en el otro extremo. Un objeto desvanecido, tal como el cadáver que aparece en la pintura de Harris.

Los colchones de Animales sumisos, a diferencia del presentado en 2021, no se resisten a la idea de ser lo que son: piezas escultóricas. Para ello, la artista definió un nuevo sistema de anclaje al piso, compuesto por estructuras metálicas que simulan el efecto de un antiguo somier. Un somier que, en su materialidad metálica, se opone al pálido tono del colchón sintético. Así, el contraste entre la agresividad del metal crudo y la laxitud del confortable colchón es intervenido por la artista con pequeñas pinturas y escritos bordados para volverlo un objeto aún más intrigante.

De esta manera, las esculturas funcionan como dispositivos polisémicos que expanden el significado del colchón como lugar del sueño, el despertar, el nacimiento, la muerte, el placer y el descanso. Estos significados se dispersan, dentro de los mismos conceptos mencionados, en la obra previa de Najmanovich. Igualmente, tanto el sueño como el despertar, el nacimiento, la muerte, el placer y el descanso tienen relación con la expresividad de los ojos. Son los ojos los que pueden señalar estos estados. Sin embargo, los ojos de los colchones carecen de pupilas; aparecen vacíos, lo que genera incertidumbre sobre qué observan, qué han visto o cómo nos observan.

Por otro lado, las pequeñas pinturas representan sujetos ficticios cuyos cuerpos anémicos, en estado de reposo, lucen una peculiaridad sombría: algunos parecen derretirse y fundirse en una viscosa sopa, mientras otros yacen supuestamente muertos o completamente alienados, posiblemente a causa de una adicción. Podríamos reconocerlos como cuerpos residuales, cuerpos ajenos a un sistema o excluidos de los reales.

Es importante hacer notar que estas pinturas surgieron de la experimentación de Najmanovich con softwares de inteligencia artificial, que le permiten crear escenas simuladas que posteriormente la artista altera en el lienzo, para activar de esa forma un efecto de hackeo del código artificioso, replicante y maquinal, que lo proyecta hacia uno original, manufacturado y humano.

Vista de la exposición Animales sumisos de Mariana Najmanovich en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, dic 2024-ene 2025. Foto: Felipe Ugalde
Vista de la exposición Animales sumisos de Mariana Najmanovich en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, dic 2024-ene 2025. Foto: Felipe Ugalde

Finalmente, cada colchón está acompañado por una frase extraída del cuento El inmortal de Jorge Luis Borges, un relato que reflexiona sobre las implicancias esenciales de la inmortalidad para los seres humanos. En este sentido, el acto de escritura resulta interesante, ya que se ejerce sobre la materia, que en este caso es una piel sintética.

Esta elección remite a una serie de obsesiones que han quedado impresas en la cultura global, las cuales podemos reconocer, por ejemplo, en la literatura de Severo Sarduy o en el cine de Peter Greenaway. El acto de escritura sobre una piel sintética, en su modalidad de bordado, implica además una doble referencia. Generalmente, un hilo sobre la piel se reconoce como un elemento que ayuda a la cicatrización de un corte, pero también su acción puede entenderse como una agresión a la misma.

De esta forma, en el caso de los colchones, el texto de Borges sobre la inmortalidad nos sugiere una impresión imperecedera, tanto en su acto de agresión como de curación. Esta idea de trascendencia, a su vez, se reactiva con las pinturas de aquellos cuerpos residuales, que, en su referencia decadente, conectan el conjunto total de la obra con la idea de inmortalidad, señalada en el cuento de Borges como una maldición infinita.

Por otro lado, desde los muros de la sala, estos colchones son observados por tres pinturas: una de gran tamaño (Animales sumisos I) y dos de mediano formato (Animales sumisos II y III). En estas obras, mediante una luminosa paleta de tonos rosados, fucsias y neón, se representan siniestras escenas hospitalarias, donde médicos intervienen masas antropomórficas rosadas: cuerpos siliconados que conviven con lámparas, camillas e instrumentos quirúrgicos.

En particular, la pintura de gran formato, que cubre casi la mitad del muro, genera un efecto inmersivo, especialmente en el contexto de compresión que caracteriza la sala. Como espectadores, nos volvemos parte de aquella sala de operaciones, testigos cautivos de la escena. Las camas nos invitan a recostarnos para observar cómo esos cuerpos ambiguos y mutilados son intervenidos aberrantemente.

En el lienzo, algunos de estos cuerpos también llevan bordados, como si fueran parches sobre posibles heridas. Estos cuerpos residuales parecen no oponer resistencia a las intervenciones quirúrgicas a las que son sometidos, lo que evidencia su completa sumisión o dependencia a la intervención externa –médica o militar–. De este modo, parecen poder enfrentar la vida, ya sea como una eterna supervivencia o como una maldición deseada.

La idea se reitera, tal como señala el propio Borges: “Lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal”.


Animales sumisos de Mariana Najmanovich se presenta del 14 de diciembre de 2024 al 18 de enero de 2025 en el Parque Cultural de Valparaíso, Cárcel 471, Valparaíso, Chile.

También te puede interesar

ISIDORA BRAVO: PORNOGRAFÍA PARA CABALLEROS

Isidora Bravo intenta superar esa experiencia visual distante que la pornografía tradicional ha normalizado en los medios, alterando la iconicidad complaciente de sus imágenes y predictibilidad del relato en el que se insertan. Su...

PAULA DE SOLMINIHAC: OBJETOS PERSONALES

En su reciente exposición en la Galería Patricia Ready, Paula de Solminihac (Santiago, 1974) continúa sus investigaciones sobre las relaciones entre arte y naturaleza, la experiencia subjetiva, los aprendizajes desde el cuerpo y las...