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FRÍO E INERTE. SOBRE LA OBRA DE VALENTINA MALDONADO

Os insto, hermanos, a que permanezcáis fieles a la tierra

Friedrich Nietzsche

Hoy toda obra es medial. Bajo este panorama podemos preguntarnos: ¿este recogimiento de las aguas de lo real, este tránsito o retorno a las dos dimensiones será el síntoma de una nueva época? Se ha vuelto tan cotidiano el uso de pantallas que obviamos su presencia la mayor parte del tiempo. La obra de Valentina Maldonado navega a través de este conflicto, del cual ningún artista contemporáneo está exento. Todas las preguntas en la obra de Valentina Maldonado deben responderse desde dentro. ¿Por qué es importante permanecer fieles a la tierra?

Tubos de rayos catódicos, LED, cristal líquido, AMOLED, los aspectos materiales de la idea de pantalla no poseen una fuente o soporte claros. El flujo de información es su único elemento aglutinante. En este sentido, el vínculo con la performance que se propone hoy en día es un hecho por completo evidente. Una vez escuché a alguien decir que temía a la melodía que anunciaba el fin de las transmisiones, pasada la medianoche, en la TV nacional. Lo que esta anunciaba era el tiempo muerto de las cosas: la pantalla desde los orígenes del cine es solo una proyección que transmite información visual. Cuando nuestros dispositivos de inmersión electrónica se apagan, lo que nos queda no es más que un oscuro espejo, frío e inerte.

Valentina Maldonado y Francisco Belarmino, Comando a distancia. Exposición «Al Aire, Libre», 2020. Foto cortesía de los artistas

Pantalla y proyección, pantalla y performance. La dimensión bidimensional del mundo también debe ser integrada a las interpretaciones teóricas ligadas al cuerpo, el archivo, el activismo, entre otros. Sobre todo considerando los últimos acontecimientos mundiales y locales. Dentro de la situación de pandemia que continúa azotando al planeta, Valentina Maldonado y Francisco Belarmino presentaron en mayo de este año Comando a distancia, en el marco de la exposición colectiva Al Aire, Libre. Esta muestra fue convocada por el curador brasileño Tiago de Abreu Pinto, en colaboración con la artista chilena Voluspa Jarpa, y propuso una concentración de obras gestadas a propósito del confinamiento desencadenado por la propagación del COVID-19.

«Todo cuerpo sugiere una escena y toda escena un contexto», dice el crítico e historiador del arte chileno Guillermo Machuca, de quien nos hemos enterado recientemente de su deceso. Tal como señala Machuca, el cuerpo, en este caso el cuerpo de obra, está sujeto necesariamente a un contexto. La escena elegida por Valentina Maldonado y Francisco Belarmino es doble y se articula de manera sincrónica. Por una parte, desde la zona cero de la Plaza Dignidad, y por otra, desde el sector aledaño a la Escuela de Carabineros de Chile, lugares próximos a la residencia de ambos artistas. En una transmisión en directo a través de Instagram, realizaron una retro proyección de contenidos que intercambiaban en tiempo real desde sus respectivas ventanas, relativo a temáticas como el Paco Gate, virales de carabineros en manifestaciones, cifras de contagiados por COVID-19 en el país, entre otros.

Satelitenis de Eugenio Dittborn, Carlos Flores y Juan Downey, llevada a cabo entre 1982 y 1984, demoraba meses en encontrar su destino para un nuevo intercambio de información videográfica entre Santiago y Nueva York. En este caso, todo lo que englobaba el ejercicio de correspondencia era concebido como una obra de arte. En el caso de Comando a distancia y de la curaduría Al Aire, Libre en general, la relación con el espacio y el tiempo es más bien rizomática y ya no dialéctica («un día, el siglo será deleuziano», dijo Michel Foucault). La situación no es extraña en realidad: hemos habituado nuestras conductas a un nuevo modelo de vida y nos hemos adaptado a sus mecanismos de relación interpersonal. Este giro hacia lo medial se ha agudizado los últimos meses al punto que ha trazado una nueva infraestructura dentro la actividad artística en casi la totalidad de sus ámbitos. Si antes las plataformas y los dispositivos digitales contenían de manera relativamente implícita lo que acontecía en los espacios sociales del arte (talleres, museos, galerías, centros culturales, etc.), hoy estos espacios han acelerado estrategias que significan nuevos avances en la digitalización sensorial de sus objetos, documentos y espacios físicos.

A finales del 2019, Valentina Maldonado y Francisco Belarmino presentaron En medio en Galería Metropolitana, trabajo que formó parte de la exposición colectiva Desderretimiento de los hielos. Esta obra jugaba precisamente con las pantallas como recortes de lo real y los puntos de vista que manejamos comúnmente como espectadores. La obra consistía en dos monitores ubicados frente a frente: uno en el suelo y otro orbitando desde el cielo de la galería. Lo que estas pantallas reproducían eran registros y simulaciones de las jornadas de protesta del 2019 en la zona cero de la capital. Una de ellas mostraba en plano cenital el enfrentamiento entre manifestantes y fuerzas policiales, destacando con animaciones de color el punto de vista de algunos de los participantes del enfrentamiento. Puntos de vista que fueron elegidos de forma azarosa, para describir los movimientos de carros, policías y manifestantes, como si se tratara de un video juego donde la dimensión rítmica de colores y formas se amolda a la fría tensión de hechos que sucedieron realmente en el lugar, y que condensan la memoria de un espacio donde la violencia represiva tuvo como resultado un número escabroso de víctimas.

Valentina Maldonado, ADS, 2019, video instalación. Foto cortesía de la artista
Valentina Maldonado, ADS, 2019, video instalación. Foto cortesía de la artista

ADS, también del 2019, exhibida en el Palacio Álamos y en Espacio Triana, es un dispositivo publicitario que Valentina Maldonado presentó tomando como referente los anuncios que revisten la ciudad y las interfaces virtuales más visitadas (a esta obra habría que sumar Salón verde del 2020 que refiere a la misma temática, pero trabajada desde una dimensión mucho más objetual). Los diálogos entre arte y publicidad tienen una larga data: podemos hallarlos desde la arista más pop que se inicia en los años 50 y 60 (Paolozzi, Hamilton, Warhol, Ruscha, Rosenquist, Ramos, etc.), hasta gestos locales como los llevados a cabo por Andrés Durán en el caso de Casa cartel (2001) y Claudia del Fierro en Arte es belleza (2002).

ADS es un dispositivo que aloja una pantalla LED en su parte frontal y un celular en la cara opuesta. La obra recrea vistas de la ciudad exacerbando la intervención visual de los carteles empresariales: alterna recreaciones construidas digitalmente con videograbaciones reales, tejiendo ambos lenguajes a través de su contenido y enturbiando de este modo la distinción entre realidad y simulación. Esto abuso del carácter imaginario del video puede entenderse como una extrapolación explícita y antojadiza de las ventajas que hoy disponemos para disfrazar e insertar la ficción en el universo de los hechos verídicos.

Nuestro tiempo, mediado por la tecnología, no solo supedita al arte a la durabilidad de su acontecer (Hito Steyerl propone como caso la Documenta 11, donde se reproducía una cantidad tan grande de material audiovisual que simplemente escapaba del tiempo de consumo de cualquier espectador) sino también a los modos de circulación en esferas públicas virtuales regidas por variabilidades de comportamiento a una escala mayor. Esto implica una nueva expansión en el espectro de producción y recepción del arte. Y así como la planitud de la pantalla no puede adjudicarse la síntesis de las experiencias que una obra provoca, tampoco esta dimensión carece de legitimidad a la hora de generar vínculos, públicos y proponer poéticas que se limiten netamente al universo de la información binaria.

Valentina Maldonado, LADA, 2019, en galería Panam, Santiago. Foto cortesía de la artista

Finalmente, en marzo de 2019, Valentina Maldonado presentó LADA en galería Panam. En este caso se trató de una tautología videográfica, al estilo de las primeras obras de arte conceptual de la década de los 60. LADA es una videoinstalación que se desmarca por sí misma del espacio que ocupa como objeto –tal como lo hizo el arte conceptual a través de una auto-referencialidad en términos de medio y mensaje–. La obra transmite el viaje de un vehículo Lada que pierde una de sus puertas. Esta aventura es reproducida en una pantalla incrustada en una puerta Lada y exhibida como instalación. Es un video que utiliza el mismo recurso de cruces entre simulación y registro documental, y su estrategia se hace cargo de aquellos factores que exceden el simple uso de una pantalla: hila una historia que se cierra sobre su propia dimensión física y presente. Como señalé en un comienzo, hoy la obra de arte es un fenómeno encajonado en múltiples planos: su performance ya no es solo un Caballo de Troya, sino que debe cuestionarse sus potenciales ramificaciones, pero no entendidas como la parte de un todo: deben apuntar más bien a ser el todo en la parte.

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Diego Maureira

Nace en Santiago de Chile. Es Licenciado en Artes con mención en Teoría e Historia del Arte por la Universidad de Chile. Se desempeña actualmente como ayudante en cátedras de arte moderno y contemporáneo, y ha publicado ensayos e investigaciones ligadas al arte chileno de las últimas décadas.

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