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LA BIENAL HA VUELTO A MEDELLÍN

Imaginar, planear y producir una bienal después de 44 años de ausencia no es una tarea sencilla. Reactivarla implica enfrentarse a los fantasmas del pasado, a las expectativas de un público que ha cambiado y a las tensiones entre lo institucional y lo artístico que, inevitablemente, emergen en ejercicios de esta escala.

Apostar por un nuevo relato supone volver a pensar qué lugar puede ocupar una bienal hoy, en sintonía con las más de 280 bienales activas en el mundo. En este sentido, y asumiendo sus claroscuros, la Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín (BI_AM) se presenta como un ejercicio ambicioso que ha abierto espacios de encuentro y discusión en torno al arte contemporáneo, sus lenguajes emergentes y su pertinencia en el contexto nacional e internacional.

Organizada por la Gobernación de Antioquia, el Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia (ICPA) y la Alcaldía de Medellín, y curada por Lucrecia Piedrahita Orrego y Óscar Roldán Alzate, la BI_AM se articula bajo el lema El arte, una ventana a la libertad. Desde allí desplegó una serie de pabellones a lo largo del departamento con el propósito de “activar redes territoriales”, interpelar públicos diversos y conectar las prácticas artísticas con contextos específicos de la región. Esta cartografía incluyó municipios como El Retiro, Rionegro, Jericó, Santa Fe de Antioquia, Yarumal y Puerto Berrío, entre otros, donde la mayoría de las exposiciones permanecerán abiertas al público hasta el 25 de noviembre de este año.

Fredy Alzate, Trechos, 2025. Carrocerías de camión, carpas de trasporte. Video cortesía del artista

En esta edición, la bienal se estructura en dos líneas curatoriales que perfectamente pueden ser tres, reuniendo 300 obras de 160 artistas seleccionados entre más de 250 contactados durante el proceso. Así, encontramos una Línea central que reúne el trabajo de artistas de mediana y larga trayectoria distribuidos en los distintos pabellones y espacios de exhibición.

A ella se suma la Línea histórica y maestros, que “acoge un homenaje a las históricas Bienales de Coltejer y a la tradición artística de Antioquia, con una reflexión que enlaza pasado, presente y futuro del arte en la región”. Finalmente, Nuevas cartografías convoca a artistas emergentes en diálogo con otros de trayectoria consolidada, explorando temas como el paisaje, la naturaleza y las micropolíticas, donde —como señala la curadora Lucrecia Piedrahíta— “lo político es personal y lo íntimo, político”.

Frente al despliegue expositivo, resulta necesario señalar el distanciamiento que se percibe entre los ejes curatoriales y la visión particular de cada curador. Los artistas de las distintas líneas aparecen dispersos en los pabellones, y mientras algunos cuentan con varias obras distribuidas en diferentes espacios, otros adquieren un protagonismo claramente menor. Este desbalance en la participación y la visibilidad termina por dificultar una lectura coherente con los discursos de apertura, inclusión y equidad que la bienal enuncia como principios rectores.

En este artículo destacaré algunos pabellones y propuestas que resaltan tanto por su fuerza poética y formal como por el impacto que han generado en el público.

Ibrahim Mahama. Foto cortesía de BI_AM 2025.
Jorge Julian Aristizabal, Tierra de la tierra, 2025. Instalación de 20.500 esferas de barro hechas a mano cubiertas con engobe, técnica empleada por culturas prehispánicas. Foto cortesía de BI_AM 2025.
María Roldan, Sustrato inadvertido, 2025. Vista de instalación en la BI_AM. Foto cortesía de la artista

Parque de Artes y Oficios (PAO)

El Pabellón Bello, ubicado en el Parque de Artes y Oficios (PAO), fue concebido como un espacio capaz de acoger obras de gran escala en diálogo con el legado industrial del municipio, desde donde la bienal abre su escenario hacia las “periferias metropolitanas”. Allí se destacaron piezas como la de Ibrahim Mahama, no solo por su contundencia visual y su resonancia entre los visitantes, sino también por las preguntas que suscita en torno a las realidades precarias y distantes de los circuitos artísticos donde la obra circula.

Otra de las propuestas más visibles —y más fotografiadas— es la instalación de Jorge Julián Aristizábal, compuesta por más de 20.500 esferas de barro hechas a mano cubiertas con engobe —técnica empleada por culturas prehispánicas—, presentada como una reflexión íntima sobre su experiencia vital y su manera de comprender el mundo. Junto a este gran despliegue, la obra de María Roldán aporta una cualidad delicada y expansiva: pequeñas piezas en vidrio soplado que investigan la materialidad y su modo de ocupar el espacio.

Por su parte, la intervención de Carolina Borrero dejó a más de un espectador interrogándose sobre la caducidad de la materia en el arte, mientras que Jorge Lenis, el único artista invitado del municipio, propone una lectura crítica sobre las tensiones entre el lugar y las formas de disposición de las obras. El pabellón reúne además trabajos de Calderón y Piñeros, Augusto Ballardo, Cristian Viancha, Alejandro Tobón, Fredy Alzate y Luz Lizarazo, conformando un conjunto heterogéneo que dialoga con el paisaje material e histórico del sector.

Carolina Borrero, Consumir el paisaje, 2025. Sábila, cebolla y cutícula vegetal sobre estructura de madera. Foto cortesía de la artista

En el Parque de Arte y Oficios, Luz Lizarazo presenta un altar hecho con lo esencial: costales, ladrillos, plantas nativas, flores vivas y en vidrio. Un gesto que evoca la arquitectura vernácula, esa que nace de la memoria colectiva y de lo que se tiene a la mano. Izq: cortesía de la artista. Der: Úrsula Ochoa. 

Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia

Bajo la curaduría de Lucrecia Piedrahíta Orrego y Adrián Franco, la exposición Nuevas Cartografías, en la Sala U de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, entiende el arte como un “mapa vivo” donde se entrecruzan memoria, naturaleza y experiencia humana. En este marco se presentan obras de Camila Ospina Gaitán, Camilo Bojacá, Camilo Castaño, Carlos Jorge Luis Vaca, Juan Ricardo Mejía, Nancy Morales, Pablo Guzmán, entre otros.

Una de las piezas más comentadas es Manilla (mariposa) de Asicaz Monzón, que, mediante el uso de la hipérbole como recurso poético, convierte una manilla en una estructura monumental realizada en cerámica y cabuya. A su alrededor, propuestas escultóricas e instalativas —como las de Camila Ospina, Natalia Mejía, Ricardo Escobar o Carlos Vera— amplían la noción del arte como experiencia espacial.

Asicaz Monzón-Aguirre, Manilla (mariposa), 2025. Cerámica y cabuya. Foto cortesía de Sala U, Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.

Natalia Mejía, Ejercicios de Traducción, 2025. Sala U, Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Fotos cortesía de la artista.

Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe

El Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe posee cualidades espaciales que, según el montaje, pueden realzar las obras o saturarlas de ruido visual. En esta ocasión, la mayoría de las propuestas dialogan con acierto con la arquitectura de este edificio histórico. Durante la inauguración, el Colectivo Minga Prácticas Decoloniales (Estefanía García Pineda, Edison Quiñones, Emiliano Cxayu´ce, Cxaeen Cuchimba, Natalia Domico, Jhon Jota, Mario Guerrero, Abelardo Ramos y María Paula Suárez) presentó un homenaje-canto a la libertad en memoria del poeta Epifanio Mejía, una intervención cargada de símbolos y materialidades que activó el espacio desde la performatividad y la presencia colectiva.

Por otra parte, Betsabeé Romero conmueve con sus pequeños abrigos tejidos en rojo, una pieza de fuerte carga simbólica donde geometría y contexto se entrelazan. Mauricio Gómez, en colaboración con Clara Robledo, exhibe una serie de pinturas que invitan a “sentir el matorral”: una experiencia simultáneamente lúdica y sensorial que pone en tensión la bidimensionalidad pictórica con la tridimensionalidad de la realidad representada.

A su vez, Camilo Echavarría despliega la videoinstalación Cordillera (Si Mahoma no viene a la montaña), cuya poética audiovisual dialoga de manera notable con la escala y el aura del recinto. El pabellón reúne también obras de Luis Roldán, del colectivo El cuerpo habla, y de Daniela Serna y Ayrson Heráclito, entre otros, conformando un conjunto diverso que aprovecha las posibilidades escenográficas del Palacio.

Atrapasueños (2025), de Betsabeé Romero, es una alegoría a los sueños caídos de los niños migrantes. Foto: Úrsula Ochoa.
Vista de la instalación de Ayrson Heráclito en el Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe. Foto: Úrsula Ochoa.
Aníbal Gil y Leonel Estrada en la exposición Signos de la vanguardia. Las bienales históricas, Museo de Antioquia, 2025. Foto: Úrsula Ochoa.

Museo de Antioquia

En el segundo piso del Museo de Antioquia, la exposición correspondiente a la Línea Histórica y Maestros, titulada Signos de la vanguardia. Las bienales históricas, abrió un diálogo fecundo entre memoria y presente. La muestra se erige como un homenaje a quienes, desde las primeras Bienales de Coltejer, delinearon el mapa sensible del arte colombiano.

Allí reaparecen obras que aún se recuerdan con asombro, como la icónica figura de Carlos Gardel prendida en fuego por Marta Minujín en la edición de 1981; y otras que siguen tocando fibras profundas, entre ellas la pintura de Rodrigo Callejas, los grabados de Aníbal Gil, las piezas del maestro Óscar Jaramillo y trabajos significativos de Leonel Estrada. El recorrido incorpora también hitos del arte conceptual en Colombia, representados por obras de Bernardo Salcedo y Adolfo Bernal, reafirmando la vigencia y la potencia crítica de estas genealogías.

Vista de la instalación de Yuli Cadavid en la Cámara de Comercio de El Poblado. Parte de la BI_AM 2025. Fotos: Úrsula Ochoa.

Cámara de Comercio de El Poblado

En la sede de la Cámara de Comercio de El Poblado se presenta una exposición que reúne diversas miradas sobre el territorio y la identidad contemporánea. Allí convergen los trabajos de Yuli Cadavid, Ana Patricia Palacios, Félix Ángel y Jorge Luján, quienes abordan —desde lenguajes y sensibilidades distintas— la memoria, el cuerpo y la vida cotidiana como territorios de resistencia y reconstrucción.

En el caso de Yuli Cadavid, su obra emerge desde la intimidad del cuerpo y la naturaleza, explorando la fragilidad como una forma de resistencia. Sus piezas invitan a una observación lenta, a una ternura entendida como gesto político: ollas y utensilios desgastados que evocan a las abuelas, al calor del hogar y a esos espacios domésticos donde también se resguardan las memorias colectivas.

María Elvira Escallón, Polvo Eres. Foto: Úrsula Ochoa

Pabellón Antioquia

El Pabellón Antioquia, ubicado en la antigua sede de Coltabaco, ha sido uno de los espacios más concurridos, acogiendo a más de 72 artistas en una confluencia de distintas curadurías. Se trata de una fábrica de 18.000 m² recuperada y acondicionada para albergar cuatro pisos colmados de obras, convirtiendo el recorrido en una experiencia tan fascinante como abrumadora.

En la planta baja, casi como un gesto irónico y burlón, nos recibe una frase de la maestra Beatriz González que provoca una mezcla de risa y desazón: “Esta bienal es un lujo que un país subdesarrollado no se debe dar”, crítica dirigida a la edición de 1981. Ese telón de fondo introduce un conjunto de obras particularmente contundentes. Destaca Juan Fernando Ospina, quien ofrece una bofetada de realidad entre tanta pose y superficialidad; así como María Elvira Escallón, cuya pieza POLVO ERES despliega una poética precisa y devastadora.

También sobresale Pedro Reyes con Artists Against The Bomb, una campaña de afiches que aboga por el desarme nuclear universal, y la potente instalación de la maestra Clemencia Echeverri, que ocupa el espacio con su habitual fuerza visual y política. Al fondo, una excepcional obra de Luis Morales presenta, a primera vista, un gran horizonte que pronto se revela en una serie de escenas playeras tan divertidas como indiscretas. Finalmente, las ilustraciones de Kevin Mancera capturan la atención de los visitantes, invitándolos a detenerse más de lo previsto en cada una de sus viñetas minuciosamente trabajadas.

Clemencia Echeverri en el Pabellón Antioquia, antigua sede de Coltabaco, Medellín, 2025. Foto cortesía de Rolf Art.

Izq: Tienda El Peregrino de Fredy Serna, instalada en el Pabellón Antioquia, antigua sede de Coltabaco, Medellín, 2025. Cortesía del artista | Der: obra de Daniel Correa. Cortesía del artista

En el segundo piso, la Tienda El Peregrino del artista Fredy Serna se convierte en una parada obligada, tanto por la fuerza narrativa de su propuesta como por la manera en que reanima los imaginarios populares asociados al comercio y la calle. En esta misma planta se presentan también algunos de los artistas homenajeados, entre ellos Álvaro Marín, Ronni Vayda, Hugo Zapata y Jorge Ortiz, cuyas obras funcionan como anclajes históricos dentro del vasto recorrido del pabellón.

Por otra parte, los trabajos de Alejandro Sánchez, Mario Vélez, Nicolás Paris y Camilo Restrepo revelan distintas dimensiones del hacer artístico contemporáneo. Mientras Sánchez y Vélez reivindican el valor del trabajo manual y de los procesos analógicos, Paris y Restrepo desplazan la práctica hacia territorios conceptuales donde la idea se convierte en construcción, crítica o sistema de pensamiento.

Finalmente, la presencia de la cerámica adquiere especial relevancia en las obras de José Ignacio Vélez, Olga Lucía Salazar y Gabriel Silva, quienes exploran las posibilidades expresivas y simbólicas de este material con aproximaciones muy distintas, pero igualmente incisivas.

Pedro Reyes y Artists Against the Bomb. Serie de carteles en contra de las armas nucleares. 80 posters de diferentes artistas, conmemorando 80 años del bombardeo nuclear de Hiroshima, Nagasaki y Trinity, la primera prueba nuclear en Nuevo México. Foto: Rafaela V. Botero.
Mazenett Quiroga, Umbral del cielo, 2025. Instalación con escultura y serie fotográfica. BI_AM, 2025. Foto: Úrsula Ochoa
Mazenett Quiroga, Umbral del cielo, 2025. Instalación con escultura y serie fotográfica. BI_AM, 2025. Cortesía de los artistas.

En Geografía de Plantas Equinocciales, Juan Cortés reinterpreta la célebre ilustración de Humboldt, enfatizando las especies verdaderamente endémicas de la región y proponiendo una lectura crítica de los sistemas de catalogación colonial. El colectivo de Lina Mezenett y David Quiroga profundiza en la interrogación de los legados de los pueblos originarios, activando memorias y preguntas que desbordan lo puramente etnográfico.

Más adelante, la monumental instalación de Germán Botero irrumpe con una presencia contundente que ha dejado inquietos a los espectadores por su carga simbólica y espacial. Ana María Velásquez plantea una instalación donde proceso y obra “concluida” se superponen, revelando la inestabilidad misma de la forma. Por su parte, Carlos Garaicoa despliega una pieza de gran escala en la que el lenguaje musical sostiene la atención del público y articula una poética de resonancias urbanas.

En el ámbito fotográfico, Juan Manuel Echavarría aporta una mirada incisiva sobre los conflictos sociopolíticos y el poder de la imagen, sumando capas de reflexión al panorama general de la bienal.

Instalación de Betsabée Romero en el Pabellón Antioquia, antigua sede de Coltabaco, Medellín, 2025. Foto cortesía de la artista

Hemos llegado a la última planta de este extenso e imprescindible pabellón. Aquí se advierte un especial énfasis en la pintura, revisitado en las obras de Gloria Sebastián Fierro, José Horacio Martínez, Beatriz Olano, María Uribe, Vicky Neumann y Juan Raúl Hoyos, cuyos lenguajes y pulsiones matéricas configuran un panorama variado de búsquedas formales y conceptuales.

Estas propuestas contrastan con aproximaciones de carácter más instalativo, como las de Luis Roldán, Richard Garet y John Mario Ortiz, que expanden la experiencia hacia el espacio y el sonido. A ellos se suma nuevamente Betsabeé Romero, una de las pocas artistas con dos propuestas distribuidas en distintas sedes de la bienal.

*

Es un hecho: la bienal ha vuelto. Y con ella, la posibilidad de mirarnos como un cuerpo colectivo en Colombia y en Antioquia. No solo como artistas, curadores o instituciones, sino como una comunidad que, a través del arte, se piensa, se revisa y se confronta. Aun entre tensiones, aciertos y zonas de sombra, este evento recuerda que lo esencial no reside en la grandilocuencia de los discursos ni en la escala de las obras, sino en la pregunta por quiénes somos y desde dónde creamos.

Quizá ahí se cifra el valor más profundo de esta bienal: en su capacidad de devolvernos la mirada, de hacernos conscientes de nuestras propias estructuras, de nuestros modos de habitar el arte y de relacionarnos con los otros. Revisarnos desde la ética, la responsabilidad y la empatía se vuelve urgente en un contexto donde el sentido suele ceder ante el ego, la avaricia o el espectáculo.

Ursula Ochoa

Vive y trabaja en Medellín-Colombia. Magíster en Estética de la Universidad Nacional de Colombia, donde obtuvo la Beca de Facultad. Tiene un pregrado en Artes Plásticas, estudió Periodismo Cultural y Crítica de Arte, Estética y Teoría del Arte del siglo XVIII en la Universidad de Cádiz, y ha estudiado sobre el pensamiento Estético en Friedrich Nietzsche y Aby Warburg en la Universidad Nacional de Colombia. Recibió la Mención Honorífica en el concurso de Ensayo sobre las Bienales de Arte de Medellín organizado por el periódico El Mundo y la Fundación Ángel Gómez en el año 2018, y en el año 2020 recibió el premio al mejor libro de ensayo “Una crítica incipiente”, con la editorial independiente Fallidos Editores.
Fue crítica de arte para la sección Palabra y Obra del periódico El Mundo (2013-2020), y curadora editorial de la revista EXCLAMA durante la realización del libro sobre arte contemporáneo colombiano PUNTO en el año 2019, donde también se desempeña como escritora de manera habitual. Actualmente escribe para la sección de Cultura de El Espectador, y se desempeña como asesora de proyectos de arte, curadora independiente y es cofundadora del proyecto Korai Art, una plataforma para la visibilización y venta de obras realizadas por mujeres artistas en Colombia.

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