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MARÍA ROLDÁN: FRAGUA BLANDA

Por María Ospina Pizano

(Introducción)

¿Y si el instrumento dejara de ser herramienta? ¿Si se aflojara su sentido de la utilidad, si su destino se hiciera maleable, como el vidrio derretido, moldeado bajo el calor?

Esta no es una ferretería.

Despojarse del metal, ignorarlo a voluntad, podría abrir la puerta a otras materias sensibles. A otros destinos ajenos a lo funcional, al trabajo, a la construcción de la habitación duradera y la parcela deforestada, ajenos a la guerra y a sus metales armados y retorcidos. Sentidos eximidos del reino de la mera máquina y del ensamblaje eficaz.

Esta no es una sala de instrumentos quirúrgicos. Tampoco un laboratorio.

Cuando todo está en riesgo de derretirse, de quebrarse, de estirarse en demasía, de no cortar o perforar lo suficiente, de no asegurar bien estructura alguna, quizás lo que nos queda es fijarnos en los tiempos de la luz y en la memoria. Reconocer que no todo tiene que ser rajado ni ligado ni asegurado ni desbrozado ni blandido. Hallar un lugar de menos dureza y tensión, hecho de algo que, aunque fragüe, sea más vulnerable. Reconocer una morada más maleable, capaz de sostenerse con estructuras más efímeras.

¿Cómo habitar un mundo que no promete sostenerse siempre erguido y contundente?

Aquí no hay rigor de fierro.

Esta no es una ferretería. Es su desfase translúcido y sus blanduras.

Vista de la exposición Fragua Blanda, de María Roldán, en Policroma Galerpia, Medellín, Colombia, 2024. Foto cortesía de Policroma

1. Tuerca danzante

Sin las abejas no habría existido la famosa edad de bronce, esos dos mil años en que los humanos desarrollaron importantes herramientas de metal y también la escritura. Espadas, hachas, puntillas, lanzas, figuras ceremoniales, máscaras, pictogramas, nuevas cosmologías. Gracias a la cera de las colmenas, gracias a aquellas moradas no humanas que no precisan de tuercas ni tornillos ni clavos, la gente pudo moldear y tallar la forma de todo tipo de instrumentos que le hicieron posible amoldarse al mundo y circunscribirlo. La casa de la alada, sus entrañas fraguadas en maravilla geométrica permitieron a los humanos cambiar sus formas de vida.

Afianzar, asegurar, amarrar, ligar. Armar.

Hoy son tantas las tuercas que sostienen erguidas cosas y casas.

La épica humana, con la victoria de sus herramientas y sus ensamblajes ¿dónde esconde a la abeja?

Vista de la exposición Fragua Blanda, de María Roldán, en Policroma Galerpia, Medellín, Colombia, 2024. Foto cortesía de Policroma

2. Hace falta la tuerca; no encontrarás el alma

Hincar el clavo o martillar el tornillo es entregarse a la fantasía de fortificar y atar. ¿Qué revelarían las ligaduras de nuestras casas si fueran transparentes? ¿Si no nos fiáramos de que pueden afianzarlo todo? ¿Si supiéramos desde el comienzo que están hechas de luz y de materia que se rehúsa al pacto de una solidez duradera?

Los animales no humanos son arquitectos también, pero no usan el metal. Sus moradas, que solemos destruir a cada rato y sin su permiso, se ensamblan de otras maneras. Se fraguan sin remaches. Los insectos y los pájaros se enfrentan a menudo con el líquido subenfriado que es el vidrio. Desconfían con razón de su solidez, y, abrumados por su transparencia, nos revelan esa ilusión.

Vista de la exposición Fragua Blanda, de María Roldán, en Policroma Galerpia, Medellín, Colombia, 2024. Foto cortesía de Policroma

3. Entre rocíos vacíos

Si una abeja o una avispa (como las que polinizan los árboles del caucho, de donde se extrae el látex natural) se acercara demasiado a una drosera, un tipo de planta carnívora conocida comúnmente como rocío del sol, si atraída por la luz y el brillo de sus gotas espléndidas el insecto quisiera posarse sobre el falso néctar de la planta, su destino sería la muerte. Quedaría atrapada entre las secreciones pegajosas, se agotaría o se asfixiaría, y su cuerpo terminaría disolviéndose entre encimas. Se volvería materia viscosa digerida por la planta feliz que es luz y sustancia traslúcida, voracidad de alas, trampa mortal, pegante letal. Engañada por el espejismo del rocío, sucumbiría al tallo que transforma no solo el sol, sino las carnes de algunos seres alados.

Hoy las caníbales decoran muchas casas. Nacen en el laboratorio, crecen in vitro, son compradas en las tiendas de plantas y de muebles. ¿Añorarán los insectos? ¿Odiarán que su letalidad goteante haya sido transformada en decoración?

El vidrio, que no es materia sólida, puede engañarnos también con su simulacro. Tal vez no alcanza a capturar la vitalidad del insecto ni el rocío lujurioso de la carnívora. ¿O sí? De la secreción vítrea, que ya no es puntilla que penetra para ensamblar, podría emerger el recuerdo: alusión a la gota que sí agarra y devora. Su memoria. 

Vista de la exposición Fragua Blanda, de María Roldán, en Policroma Galerpia, Medellín, Colombia, 2024. Foto cortesía de Policroma

4. El devenir de la sierra

Cuando yo era pequeña, en la finca en la que crecí, mi madre, que adora los árboles y me enseñó todos sus nombres, usaba una motosierra con entusiasmo para podar algunas ramas. La fuerza con la que alzaba la máquina aturdida que rugía para blandirla y controlar la vegetación me causaba una impresión enorme que oscilaba entre el miedo y la fascinación.

Si yo hubiera parido en el siglo XVIII o XIX al hijo que tuve hace más bien poco, un niño que vivía en el útero de patas para abajo y se rehusó a emerger de cabeza por mi vagina, si yo hubiera vivido en esas épocas, un médico bien podría haber blandido una sierra de manivela y haberme desbaratado los huesos de la pelvis. Me habría podido rasgar el cartílago de sínfisis púbica y destrozarme la guarida que tampoco precisa de tuercas ni tornillos y que sabe expandirse cuando toca. Mis andamios interiores habrían quedado más precarios y chuecos, más adoloridos, inservibles quizás. Con o sin sierra, habría podido morir.

Pero como el niño que venía de patas para abajo y se rehusó a que una partera intentara darle la vuelta nació en esta época y no en la otra, los doctores me rajaron con cuchillos metálicos la pared del abdomen, rasgaron mis músculos con bisturíes y tijeras y lo arrancaron de allí. Un tipo de salvación, tal vez. Antes de coserme, me hicieron una radiografía para asegurarse de que ninguna herramienta hubiera quedado adentro, de que mi pelvis no fuera una ferretería. Me atravesó la herramienta con rigor de fierro, pero me salvé de la sierra. Camino y bailo, con la cicatriz abultada y larga que rememora esa grieta.

Vista de la exposición Fragua Blanda, de María Roldán, en Policroma Galerpia, Medellín, Colombia, 2024. Foto cortesía de Policroma

5. Pensamientos insolubles

Alguna gente dice que la palabra es un arma afilada, un cuchillo. Herramienta cortante que revela la verdad. Pero también es maleable, sujeta a desmantelarse o a transformarse. Frágil, incluso.

 ¿Filtro luminoso?

Viscosidad que aparenta solidez, pero carece de ella.

La palabra puede desmantelarse hasta volverse otra. Quizás en ese momento podamos percibir de otro modo el destino de las cosas.

Vista de la exposición Fragua Blanda, de María Roldán, en Policroma Galerpia, Medellín, Colombia, 2024. Foto cortesía de Policroma

6. ¡Ayyyyyyyyy!

Machete viene de macho. Esa es su etimología. Hay tanto machete y macheteo en los anales de un país como este que alguien tendría que escribir la historia local de esa herramienta. El machete se usa para derribar selva, para tumbar ramas y juncos (y plantas carnívoras), para cortar otros cuerpos, para abrir senderos, para dominar bajo la fantasía de un tipo de limpieza y proclamar un territorio humano (o exclusivo de algunos humanos).

¿Qué machetes hicieron, tiempo atrás, que este espacio, este aquí mismo, pudiera ser edificado? ¿Qué brazos los blandieron? ¿Bajo las órdenes de quién?

La única certeza: alguien entró alguna vez con el filo metálico a tajar lo que aquí era un bosque o a la morada de gente que vivía de otro modo en esta tierra.

El cuchillo delicado y sin filo ¿debería dejar de ser de macho y llamarse otra cosa? Su destino, truncado. Su sentido, torcido. ¿Cómo más podrían hacerse los caminos?

Vista de la exposición Fragua Blanda, de María Roldán, en Policroma Galerpia, Medellín, Colombia, 2024. Foto cortesía de Policroma

7. Fragua blanda

Siglos atrás, este suelo quizás fue un bosque de montaña que alguien echó abajo (¿sería obligado a hacerlo?). Antes de que se construyera esta casa se derribaron plantas. Alguien trabajó la tierra que tapa este suelo de cemento con pica y azadón, y aprovechó el metal de la herramienta para domar los barros y sus criaturas. Quizás alguien sembró. Echó a otros animales. Ensambló. Tal vez el subsuelo recuerde aún las raíces que quedaron enterradas. Los insectos que sucumbieron o se exilaron.

Todo está sujeto a quebrarse, pero todo está sujeto a ser construido con otra materia, también.

Los instrumentos callan cosas cuando descansan. Pero también nos cuentan algo en su quietud. Ni remover, ni rajar, ni construir. Eso que algunos llaman tiempos muertos, que son tiempos vitales de la no utilidad, de la materia misma.

Vista de la exposición Fragua Blanda, de María Roldán, en Policroma Galerpia, Medellín, Colombia, 2024. Foto cortesía de Policroma

8. Sumergirse (puntos suspensivos), a pesar de todo.

Un general retirado, acusado de ejecuciones extrajudiciales, compareció recientemente ante la Jurisdicción Especial para la Paz. Reconoció su culpa. Ahora siembra árboles como ritual de reparación por los daños causados. En una entrevista a un periódico contó que un psicólogo le dijo: “Si tu única herramienta es un martillo, tiendes a tratar cada problema como si fuera un clavo”. El militar entendió que tiene que haber otra caja de herramientas para abordar el mundo.


Fragua blanda, de María Roldán, se presenta en Policroma Galería, Medellín, Colombia.

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