CLAUDIA GUTIÉRREZ MARFULL. RESQUEBRAJADURAS DE NUESTRA PROPIA EXISTENCIA
La palabra paraje se define como un lugar en el campo, aislado y singular. Un intervalo en medio de su contexto. También se describe como un determinado estado, ocasión y disposición en el espacio y el tiempo. Un paraje brilla entre las comisuras de escombros, despistes y celeridades que lo demarcan, se resiste a la total saturación, se mantiene y perdura allá donde la percepción de al menos una mirada lo detenga, congele, escudriñe y salve de la nimiedad general del fondo.
Luego de unos años en Basilea, alejada de sus recorridos y observaciones por las calles, fachadas y sitios eriazos de Santiago, Claudia Gutiérrez Marfull volvió ante nuestros ojos con la muestra Un hermoso paraje, que se expuso en el Instituto Tele Arte durante algunas semanas de este verano, finalizando la última tarde de enero.
En esta muestra, la artista encapsuló y salvó rayados, grafitis y pinturas derramadas por distintas superficies de Santiago y las replicó con témpera y plumón en tamaño real sobre paredes de madera, ladrillo, aluminio y cal, que también fueron proyectadas con pintura opaca y al agua, para cubrir los muros de la galería.



Desde hace años, los ojos de Claudia Gutiérrez han logrado detener capas y fragmentos de la ciudad y el horizonte. Sus obras hacen fosforecer una parte distraída del paisaje cotidiano, que el rabillo del ojo apenas recuerda en un lugar oblicuo de cada parpadeo. El formato de los característicos bordados de la artista se expandió este verano por el espacio del Instituto Tele Arte. Los eriazos, paredes, escenas policiales y mediáticas tejidas pasaron a ser un lugar por el que ahora el espectador pudo caminar y sumergirse a escala.
Entrar por la vitrina de la sala, bajo la tranquilidad de un fin de semana en calle Serrano –frente a la antigua fábrica de Galletas Serranitas, hoy abandonada– fue volver a caminar y llenar de historias aquellos viejos paisajes familiares que hoy no distinguimos entre los laberintos de cada recuerdo, pero que aún yacen ahí, difusos.
El conjunto de estas obras son figuras e inscripciones atajadas por la mirada de la artista y trasladadas hacia las paredes de una galería independiente. Cada línea, palabra, dibujo y marca pigmentada fue una vez signada por un otrx, sin la intención de adquirir mayor movilidad que la declaración y lance que implica la libertad temporal de estar desplegado en el espacio público.
La autora decidió generar un rescate y proponer una nueva singularidad entre cada marca de spray y pintura, creando figuras gemelas e inventando nuevas junturas y comparecencias artificiales entre cada letra y pigmento. De esta manera, Claudia Gutiérrez Marfull suscitó latidos sobre la dejadez e inercia de las superficies de las calles y, con ello, reverberó los mantos de una ciudad estampada por capas, manos y siluetas anónimas.


Durante la muestra, la levedad de las distintas fachadas reproducidas en témpera sobre papel pendía desde las paredes a través de objetillos (al igual que lo hacen las pinturas aeropostales de Eugenio Dittborn). Como si se tratara del registro inmaterial de un lugar o perímetro en fotogrametría, a ratos la sala de Tele Arte, vista desde las bancas exteriores, parecía haber sido escaneada y recompuesta digitalmente.
La imagen resultante, que se movía en 3D a medida que el cuerpo del espectador se desplazaba, era a su vez la envoltura de una ciudad vuelta tenue e ingrávida, en una imagen retroiluminada con luces blancas desde el cielo. Así, al mirar la sala desde la vitrina, los trayectos, historias, caminatas y anécdotas inscritas en cada lugar recorrido se expandían como una maqueta de vida desplegada en tres dimensiones.
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Un paisaje pensado como vacío requiere de historias que lo llenen, escribió Federico Falco. Aquí, Claudia Gutiérrez Marfull recompuso el fulgor y la resplandecencia de un paraje que se rescata del vacío y se devela como hermoso: envolturas de una ciudad, resquebrajaduras de nuestra propia existencia.
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