RAFAEL TAMAYO: “TODO EL SECTOR DE LOS MUSEOS EN COLOMBIA DEBE REPENSARSE”
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[lectura breve]
A propósito del Día Internacional de los Museos, continuamos esta serie de entrevistas con directoras y directores de instituciones culturales de Latino/Ibero/América diseñada a partir de un mismo cuestionario, con el fin de reflexionar sobre las tensiones, desafíos y transformaciones que atraviesan hoy al museo contemporáneo. Las conversaciones abordan cuestiones relacionadas con representación, sostenibilidad, mediación, autonomía institucional y vínculo con las comunidades, revelando distintas maneras de pensar el rol público de los museos en contextos de creciente complejidad social y cultural.
En esta entrega, conversamos con Rafael Tamayo Franco, director del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM), quien defiende al museo como un espacio crítico de encuentro, capaz de complejizar y confrontar las tensiones de su tiempo desde el arte y el trabajo con los públicos. Tamayo reflexiona sobre los riesgos de convertir al museo en una institución “aséptica” frente a los debates sociales, así como sobre los delicados límites entre conmover y violentar al visitante. Sus respuestas también abordan las dificultades estructurales que enfrentan los museos latinoamericanos —desde las restricciones presupuestarias a las burocráticas—, al tiempo que subrayan la capacidad de adaptación, colaboración y reinvención de las instituciones frente a escenarios de incertidumbre.
[En esta serie: entrevista a Varinia Brodsky Zimmermann, directora del Museo Nacional de Bellas Artes de Chile]

— Dada la presión por responder a demandas de representación y crisis sociales, ¿dónde crees que están hoy las oportunidades, los límites —o riesgos— de la acción del museo?
Creo que hay muchas oportunidades derivadas de la idea de la construcción colectiva de identidades. Es decir, de las posibilidades que genera el museo como lugar de encuentro para las diversas maneras de representarse a sí mismo y al mundo. Marguerite Yourcenar decía con acierto que todo está perpetuamente en crisis; precisamente esos fenómenos de nuestro tiempo -locales y globales- son la razón por y para la que existen muchos museos. La oportunidad está en ser un museo crítico, que complejiza, cuestiona y confronta desde la artes, a través del trabajo de los artistas, la acción de sus curadores, equipos de educación y de difusión.
En cuanto a los límites, veo uno de forma y otro de fondo. En cuanto a limitantes de forma, muchos museos hoy, particularmente los museos privados en América Latina tienen limitaciones materiales, es decir, sus posibilidades financieras, logísticas y de producción. Sin embargo, los profesionales de la región han demostrado ser esencialmente recursivos, flexibles y resilientes, y las instituciones y personas cercanas. Hay un límite más complejo, de fondo, que se deriva de la pregunta de hasta dónde llevar al visitante. Conmover está bien, pero no violentar, y esto último puede suceder con facilidad en nuestra sociedad actual. Ese límite no es sencillo y siempre será una discusión abierta para los artistas y los museos.
Creo que también existe un riesgo ante las demandas de representación y crisis sociales, y es que los museos eviten las discusiones sociales por temor a una interacción tensa en redes sociales. Creo que un museo demasiado aséptico en el debate de las ideas, las representaciones locales y globales deja de cumplir su función de base. No se trata de polemizar como un fin en sí mismo, sino de ser un lugar para el encuentro y el debate de las ideas desde el arte y los programas para públicos.

— Ante la necesidad de ampliar y diversificar audiencias, ¿cómo se negocia hoy en el museo la tensión entre accesibilidad y profundidad de los contenidos?
Es una pregunta esencial. Desde nuestro punto de vista, la clave está en pensar en una programación diferenciada, actividades y espacios para los diferentes grupos etarios, además de procesos de mediación que permitan que el museo hable en diferentes niveles para los públicos que se acercan por primera vez, para los visitantes recurrentes y otras aproximaciones para los expertos.
De estas acciones se derivan también dos asuntos importantes que son la formación constante de los mediadores, innegociable ante el dinamismo del arte moderno y contemporáneo; y la invitación constante de expertos, aliados y voces que representan diferentes interpretaciones y formas de ver. Personas que le pueden ofrecer a los públicos diversos sus puntos de vista con la intención no de confirmar una visión del mundo sino de ampliar las opciones. La multiplicidad de voces y acciones con la comunidad pueden ayudar a la accesibilidad y a diversificar los niveles de profundidad.

— ¿Hasta qué punto crees que el modelo económico actual de los museos condiciona —o limita— sus decisiones curatoriales y programáticas?
Creo que, particularmente en los museos privados, que son en general los museos que pueden ejercer con más facilidad el principio de independencia, las restricciones presupuestarias limitan las decisiones curatoriales. En el caso del Museo de Arte Moderno de Medellín esta circunstancias es muy clara porque el Museo ha logrado un nivel de relacionamiento internacional excepcional. Las ofertas y deseos incluyen tanto la posibilidad de traer a Colombia, o adaptar exposiciones que han realizado los grandes museos de arte moderno y contemporáneo del mundo, y ofrecer en préstamo obras de la colección para que puedan circular internacionalmente.
Sin embargo, la normatividad de importación y exportación temporal de obras de arte, que de hecho no diferencia entre arte clásico y moderno, por un lado, y arte contemporáneo y sus materiales por otro, sumado al hecho de muy poca oferta de servicios de logística especializada, hacen que los valores de transporte, seguros e intermediación aduanera sean prohibitivos. Los esfuerzos se realizan con la intervención de patrocinadores, aliados, amigos y colaboraciones, pero en raras ocasiones son sueños cumplidos.
Las limitaciones no son solo financieras sino también burocráticas. Solicitar al Ministerio de Cultura la autorización de circulación internacional de un bien de interés cultural como la obra de Débora Arango puede tomar muchos meses, más de lo que están dispuestos a esperar los aliados.
En Colombia, los apoyos públicos a los museos han tendido a responder a prioridades cambiantes de política cultural, desde enfoques centrados en la economía naranja hasta énfasis en manifestaciones artísticas específicas, o a articularse principalmente con los objetivos de las entidades financiadoras, lo que en ocasiones limita la autonomía programática de las instituciones. Asimismo, el subsidio parcial a la taquilla, aunque bienintencionado, puede contribuir a instalar en el público la percepción de que el acceso a la cultura no tiene costo, dificultando el reconocimiento del valor del trabajo de artistas, gestores e instituciones culturales. Es comprensible que estas dinámicas generen poca controversia abierta, dado que, incluso dentro de esos marcos, los recursos representan un aporte importante para las instituciones en su permanente búsqueda de sostenibilidad.
El panorama no siempre es desesperado; el apoyo de algunas instituciones privadas y de particulares, al menos desde mi experiencia en Antioquia, es muy bueno. Hay presupuestos e interés del sector privado y sus áreas de cultura por ayudar a fortalecer el sector. Las alianzas entre pares también son un vía, y la recursividad está presente en los museos donde, a pesar de las limitaciones presupuestales, toman decisiones curatoriales y programáticas que deciden asumir con valentía administrativa.

— ¿Qué aspectos del funcionamiento institucional del museo —sus ritmos, estructuras o formas de trabajo— te parecen hoy más difíciles de sostener o repensar?
Realmente creo que todo el sector de los museos en Colombia debe repensarse. Hemos vivido por décadas en el borde de la sostenibilidad tanto financiera como cultural. Hay nuevos referentes en el mundo que nos dan indicios de modelos que son viables y le hablan a nuevos públicos.
Considero que hay dos tensiones particularmente difíciles de gestionar, ambas relacionadas con la definición misma de un museo. Por un lado, existe una tendencia creciente en instituciones que, en nombre de la participación comunitaria, relegan a un segundo plano el rigor y la calidad de sus procesos expositivos, lo que puede derivar en una cierta superficialidad en los contenidos. Por otro, persisten museos que, resguardados en la solidez de sus colecciones, mantienen escaso diálogo con sus comunidades y con las problemáticas de su tiempo y su territorio, replegándose sobre sí mismos.
Repensar los museos implica cultivar una mirada crítica sobre los propios procesos institucionales, reconociendo que la legitimidad de lo expuesto no es automática ni está garantizada por el solo hecho de ocurrir dentro del museo. En esa misma línea, creo que vale la pena revisar la manera en que nos relacionamos con los públicos: algunas estrategias de mediación, aunque formuladas con vocación inclusiva, pueden terminar subestimando la capacidad del visitante y, sin proponérselo explícitamente, orientando su experiencia hacia lecturas predeterminadas.
Repensarnos con y para nuestros públicos nos ayudará en un gran proceso de transformación que ya ha sucedido en otros lugares, donde el volumen de visitas y participación demuestran una conexión cultural, sin dejar de lado la función pedagógica de los museos.
Esta reflexión, aunque exigente, parte de una convicción genuina: las tres instituciones de la memoria (museos, bibliotecas y archivos) tienen ante sí una oportunidad valiosa para embarcarse en procesos de transformación que renueven y fortalezcan su pertinencia e importancia social, un vínculo que, en algunos contextos, no siempre resulta evidente para todos los actores involucrados.
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