VARINIA BRODSKY ZIMMERMANN: “ENTIENDO AL MUSEO COMO UN CAMPO DE REVERBERACIÓN”
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[lectura breve]
A propósito del Día Internacional de los Museos, continuamos esta serie de entrevistas con directoras y directores de instituciones culturales de Latino/Ibero/América, construida a partir de un mismo cuestionario para reflexionar sobre las tensiones y transformaciones que atraviesan hoy al museo contemporáneo. Las respuestas van revelando distintas maneras de pensar el rol público de estas instituciones frente a las demandas sociales, las limitaciones estructurales y los desafíos de representación y acceso.
En esta ocasión, conversamos con Varinia Brodsky Zimmermann, directora del Museo Nacional de Bellas Artes de Chile, quien entiende el museo como un “campo de reverberación” sensible a las problemáticas de su tiempo y capaz de amplificar preguntas sociales, culturales y políticas desde una perspectiva crítica y de largo plazo. Brodsky reflexiona sobre la necesidad de construir instituciones más permeables, horizontales y sostenibles, sin renunciar a la complejidad de los contenidos ni a la responsabilidad pública que implica custodiar el patrimonio artístico.
Sus respuestas también abordan las fragilidades estructurales de los museos públicos en Chile —desde la precariedad presupuestaria hasta la suspensión de proyectos expositivos clave— y la urgencia de repensar las formas de gestión, mediación y vínculo con las comunidades en un contexto atravesado por la crisis de atención y la aceleración contemporánea.
[En esta serie: entrevista a Manuel Segade, director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía]

— Dada la presión por responder a demandas de representación y crisis sociales, ¿dónde crees que están hoy las oportunidades, los límites —o riesgos— de la acción del museo?
Entiendo al museo como un campo de reverberación, sensible a la diversidad de las personas, territorios y problemáticas, donde las preguntas sociales, culturales y políticas encuentran un espacio para amplificarse, tensionarse y ponerse en relación.
Respecto de dar respuesta a las contingencias, creo que los museos no son instituciones que deban reaccionar mecánicamente frente a demandas. Esto nos pondría en el riesgo de instrumentalizar problemáticas que más bien deben procesarse críticamente y transformarse en experiencias de reflexión, diálogo y conocimiento compartido. Desde ese lugar, la oportunidad está en asumir con mayor conciencia su condición de espacio público activo, que tiene como propósito contribuir a la construcción de una ciudadanía más reflexiva, ampliar los marcos de representación y generar nuevas lecturas sobre el patrimonio desde las preguntas del presente.
En el caso de museos dedicados al arte, existe la ventaja de estar implícita la libertad de expresión y su capacidad de abrir preguntas, de imaginar otras formas de vida y de interpelar las certezas y devenires de su tiempo. El arte desde su naturaleza sigue siendo un campo de significación privilegiado para pensar colectivamente.
Por eso creo que el desafío actual es sostener una posición ética y crítica, pensar en instituciones permeables a su contexto, pero al mismo tiempo capaces de elaborar, proponer y producir sentido desde una visión de largo plazo.

— Ante la necesidad de ampliar y diversificar audiencias, ¿cómo se negocia hoy en el museo la tensión entre accesibilidad y profundidad de los contenidos?
Un museo que no es capaz de ser significativo para más personas, que no logra interpelar desde la experiencia, la emoción y el pensamiento, es un museo que se vuelve autorreferente intelectualmente. Pienso el museo como un actor político y desde ahí creo que debe proponerse como un espacio donde la ciudadanía y las diversas comunidades puedan reconocerlo como suyo para valorar la convivencia y cohesión social. Pensar los públicos no como espectadores, sino como interlocutores activos en la construcción de significados, dejando atrás la concepción de visitante, y la de participación para accionar.
Desde esta perspectiva, ampliar audiencias no significa negociar “otorgando” la simplificación de los contenidos, sino muy por el contrario, significa no ser condescendientes y trabajar para una sociedad plural. Se ha confundido el acceso a la cultura con el sentido democrático que precisamente asume su condición de mediación compleja, en el cual se produce la experiencia, el espacio para la complejización donde distintas voces, memorias y conflictos se hagan visibles y se tensionen.
La diversificación implica en sí misma abrir espacios al diálogo y la convivencia, y desde mi visión creo que los museos son espacios para el encuentro transversal, que en un mundo en plena crisis humanitaria y ética deben romper las barreras sociales, académicas, institucionales y simbólicas que históricamente han definido –por otros– quiénes pueden acceder a determinados contenidos.
En el MNBA, en la exposición 145 años. Historias de una colección, hemos intentado avanzar en esta materia, a través de una museografía cercana que se traduce en la escritura clara de los textos curatoriales, el tamaño e información de las cédulas de obra, dispositivos de lenguaje claro y la incorporación de audios con el relato explicativo de algunas obras, todo lo cual aporta al acercamiento transversal a los contenidos de la muestra.

— ¿Hasta qué punto crees que el modelo económico actual de los museos condiciona —o limita— sus decisiones curatoriales y programáticas?
Me parece fundamental que cuando hablamos de modelos económicos debemos hacerlo desde un análisis que ponga en perspectiva los distintos contextos. En nuestro caso, desde la región latinoamericana, claramente tenemos adversidades que compartimos en términos generales. Lamentablemente, en nuestro país, los museos nunca han sido puestos en el centro de la política pública a pesar de que sabemos que cumplen un rol incuestionable en la sociedad en la construcción de sentido y memoria.
A diez de años de implementación de la gratuidad en los museos públicos en Chile, lo que ha implicado un crecimiento sostenido de nuevos públicos, éstos no cuentan con un presupuesto sostenido y acorde para dirigir y proyectar líneas programáticas a mediano y largo plazo. La continuidad de los ejes y lineamientos que se abordan se fragilizan permanentemente por la falta de recursos y con ello su continuidad. Por ende, el nivel de sostenibilidad, incluso la simbólica, se vuelve vulnerable.
En nuestro caso, contamos con varias experiencias frustradas: el trabajo de expansión territorial y la dimensión tecnológica. Ambos aspectos han sido abordados con gran esfuerzo. Nos importa dar señales claras sobre la relevancia de estas líneas de trabajo que son parte de nuestra visión. Contamos con algunos avances, pero son insuficientes y nos gustaría hacer mucho más.
Con respecto a nuestro programa de exposiciones, este año nos vimos en la necesidad de suspender una exposición de alta relevancia: la primera muestra individual en Chile de León Ferrari, programada para el segundo semestre, y que se vio afectada por falta de presupuesto. Esto conlleva no tan solo perder una oportunidad única de tener una exhibición de uno de los artistas referentes del arte contemporáneo, sino que implica la pérdida de una inversión de trabajo de tres años, relaciones institucionales y sobre todo la fragilidad de las confianzas que se forjan con el tiempo.
Junto a ello, me parece fundamental enfatizar que los museos públicos deberían contar con un sustento económico acorde a la importancia de su accionar, que considera además el ser las instituciones que resguardan el patrimonio artístico, lo que implica un grado mayor de responsabilidad para con el país.

— ¿Qué aspectos del funcionamiento institucional del museo —sus ritmos, estructuras o formas de trabajo— te parecen hoy más difíciles de sostener o repensar?
Tal vez uno de los aspectos más difíciles de repensar en un museo público es la institucionalidad misma.Creo que hoy lo más difícil de sostener no son tanto los contenidos -esto viene aparejado con una visión de gestión-, sino el funcionamiento. Hay una tensión estructural entre instituciones que operan con lógicas históricas —muchas veces rígidas, jerárquicas y lentas— y un contexto social que exige mayor permeabilidad, colaboración y capacidad de adaptación.
Si hablamos de sostenibilidad, no puede quedarse en el discurso, sino atravesar la gestión completa. Eso implica revisar los ritmos de trabajo, las formas de producción expositiva, el uso de recursos con perspectiva medioambiental, pero también las relaciones laborales y las estructuras. Si hablamos de crisis sociales o brechas de distinto orden, debemos preguntarnos internamente cómo el propio museo reproduce esas mismas lógicas en su interior. Cómo pasamos de estructuras verticales a modelos más horizontales y colaborativos, sin perder coherencia ni responsabilidad pública. Cómo abrimos el museo a las comunidades no solo como programación, sino como parte de sus procesos. Y cómo sostenemos eso en el tiempo, sin que dependa de voluntades individuales.
Otro punto crítico son los tiempos. El museo trabaja con tiempos largos —programáticos, de investigación, conservación, colección— pero eso no va acompañado del modelo de gestión pública, sobre todo en cuanto a recursos, y a nivel más simbólico, con la cultura de inmediatez y una clara crisis de la información.
Finalmente, creo que hay un desafío importante en la incorporación de las tecnologías y su uso crítico. Cómo se integra sin reemplazar la experiencia del asombro y siendo conscientes de su impacto en las formas de atención, aprendizaje y vínculo, sobre todo en las infancias.
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