MANUEL SEGADE: “PRESERVAR LA COMPLEJIDAD DEL MUNDO ES UNA DE LAS TAREAS FUNDAMENTALES DEL MUSEO”
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[lectura breve]
A propósito del Día Internacional de los Museos, reunimos una serie de entrevistas con directoras y directores de instituciones culturales de Latino/Ibero/América a partir de un mismo cuestionario, concebido para abrir una reflexión compartida sobre los desafíos que enfrentan hoy los museos. Las conversaciones abordan temas como las demandas de representación, las tensiones entre accesibilidad y profundidad, las limitaciones económicas y las transformaciones estructurales que atraviesan a la institución museo hoy día.
En esta oportunidad, conversamos con Manuel Segade, director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, quien reivindica al museo como un espacio históricamente ligado a la crítica, al conflicto y a la negociación permanente con la tradición. Frente a los desafíos contemporáneos, Segade insiste en la necesidad de sostener la complejidad del mundo desde el museo y de construir instituciones capaces de hablar “en muchos niveles diferentes”, tanto desde sus programas como desde sus propios lenguajes expositivos.
Sus reflexiones también abordan la importancia de transformar las estructuras internas del museo hacia modelos más horizontales e interdependientes, entendiendo la institución como un ecosistema vivo cuya capacidad crítica depende también de las formas de trabajo y cuidado que sostiene.
[En esta serie: entrevista a Sol Henaro, directora del Museo Universitario del Chopo]

— Dada la presión por responder a demandas de representación y crisis sociales, ¿dónde crees que están hoy las oportunidades, los límites —o riesgos— de la acción del museo?
Donde siempre estuvieron. Los museos nacieron en el siglo XVIII como máquinas de dar definiciones de una sociedad, como lugares de acceso a la cultura, como espacios de cruce de clases sociales, como arquitecturas monumentales con la comodidad de lo doméstico y, sobre todo, como espacios donde ejercer la crítica y negociar generación tras generación la relación de cada tiempo con la «tradición». Cualquiera de esos aspectos es absolutamente relevante a día de hoy.

— Ante la necesidad de ampliar y diversificar audiencias, ¿cómo se negocia hoy en el museo la tensión entre accesibilidad y profundidad de los contenidos?
Creo que una de nuestras tareas fundamentales como museos es preservar la complejidad del mundo. El trabajo que realizamos es trans-escalar: funciona en diferentes escalas a la vez. El cuidado feminista de lo menor -como las formas de acogida o descanso, por ejemplo- se combina con el aspecto macro de los públicos masivos y globales. Creo que un museo nacional y público como el Reina tiene que ser capaz de dirigirse en sus diferentes programas a los diferentes públicos, diferentes tiempos de atención y diferentes intereses.
Desde las conferencias didácticas de introducción al arte actual hasta la profundidad para-académica de un grupo de investigación de estudios, el museo debe tener la misma coralidad de sus públicos y de los sujetos que componen su propia cultura material. Es decir, hablar por los codos, en muchos niveles diferentes. Y eso también significa ir más allá de las convenciones del lenguaje expositivo: el museo cuando habla dice exposiciones. Sus lenguajes de exposición, de instalación, de montaje, tienen que ser tan diversos como la propia realidad.

— ¿Hasta qué punto crees que el modelo económico actual de los museos condiciona —o limita— sus decisiones curatoriales y programáticas?
Los sistemas del arte contemporáneo suelen compartir un elevado grado de precariedad, sobre todo en lo que a lo público se refiere. Pero España es un país privilegiado en ese aspecto: todavía consideramos que la cultura es un bien público y el acceso a la cultura es un derecho fundamental de la ciudadanía. Eso garantiza un apoyo a la creación artística y a la estructura de las instituciones que son su red.
Siempre hay restricciones, pero parte de la gestión misma es conocer el marco y saber gestionarlo, reaccionando a los condicionantes económicos como se reacciona a los efectos climáticos. Creo que es fundamental producir estructuras lo suficientemente sólidas para que la falta de recursos no anule por completo sus capacidades para cumplir su función.

— ¿Qué aspectos del funcionamiento institucional del museo —sus ritmos, estructuras o formas de trabajo— te parecen hoy más difíciles de sostener o repensar?
En el Reina llevamos casi tres años desarrollando un nuevo ecosistema, una nueva cultura laboral. En el arte, el qué y el cómo deberían ser inseparables, tanto a nivel ético como en cuanto al fomento mismo de un contexto productivo tanto afectivo como cualitativo. Nuestra nueva política interna transforma el esquema base de dos subdirecciones dependiendo de una dirección en una doble espina dorsal de enorme jerarquía, para crear cinco direcciones bajo la general que, irremediablemente trabajan juntas, y que horizontalizan y dialogan los proyectos.
Para ello hemos contado, claro, con la ayuda de tres ministerios -Hacienda, Función Pública y toda la complicidad y apoyo de Cultura-, permitiendo un desarrollo inédito desde hace décadas en el museo. Un ecosistema, o es interdependiente, o no genera vida. Así deben ser también los cuerpos institucionales que cuidamos.
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