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COLECCIONAR EN MADRID: 50 FORMAS DE CONSTRUIR LO CONTEMPORÁNEO

La exposición Madrid Colecciona. 50 colecciones de arte contemporáneo, presentada en CentroCentro, propone desplazar la mirada desde la obra y el artista hacia la figura, a menudo opaca, del coleccionista de arte. Esta muestra, que reúne un centenar de piezas, puede leerse como un gesto de reconocimiento —y, en cierto sentido, de institucionalización— de un actor cuya presencia suele ser menos visible en el relato público, pese a su incidencia decisiva en la configuración del ecosistema artístico.

En las últimas décadas, en Madrid se ha consolidado una escena en la que el coleccionismo privado no simplemente acompaña o es un mero espectador, sino que participa cada vez más, vigorizando al sistema del arte. Ferias como ARCOmadrid, así como instancias de carácter privado, han contribuido a profesionalizar este sector, al tiempo que fundaciones, colecciones abiertas al público y espacios híbridos han expandido las formas de relación entre lo privado y lo institucional.

En este escenario, el coleccionista ya no puede pensarse únicamente como un acumulador de objetos, sino como un agente cultural que participa en la producción de valor —simbólico, económico e histórico—, que incide en la visibilidad de los artistas y que, en muchos casos, asume funciones tradicionalmente asociadas al museo, entre ellas, preservar el patrimonio, impulsar trayectorias mediante la compra temprana y la legitimación, y actuar como un nodo activo dentro del mercado del arte.

Vista de la exposición Madrid Colecciona. 50 colecciones de arte contemporáneo. CentroCentro, Madrid, 2026. Foto: Amapola Creativa. Cortesía: CentroCentro
Vista de la exposición Madrid Colecciona. 50 colecciones de arte contemporáneo. CentroCentro, Madrid, 2026. Foto: Amapola Creativa. Cortesía: CentroCentro

Concebida como un proyecto coral, Madrid Colecciona contó con un comité asesor procedente de distintas esferas del sistema artístico, determinante en la selección de las cincuenta colecciones participantes. Integrado por figuras como María de Corral, Joaquín Gallego, Rosina Gómez-Baeza, Julieta de Haro, Lorena Martínez de Corral y Lucía Ybarra, el grupo posee trayectorias vinculadas al museo, el mercado y la gestión cultural. La participación de Adrián Piera como comisario —encargado de coordinar la selección de obras realizada por los propios coleccionistas y de concebir el diseño expositivo junto a Marta Redondo— aceita este engranaje entre miradas y conocimientos diversos.

La organización de la exposición parte de un pie forzado: cada una de las cincuenta colecciones invitadas presenta dos obras, una elegida por su valor personal o afectivo —la “pieza fetiche”, como la definió el coleccionista Luis Fernández Antelo, cuya última adquisición fue Pisando derechos palestinos (2024) de Eugenio Merino— y otra por su reciente incorporación.

Esta aproximación busca relevar cómo las colecciones, entendidas como organismos vivos, mutan según la sumatoria de afectos, intuiciones, estrategias y contextos cambiantes. Pero más allá de este gesto, lo que se reubica es el propio centro de la decisión curatorial. Aquí, los coleccionistas no se limitan a abrir sus acervos para ser interpretados desde fuera, sino que asumen un rol activo en la construcción del relato expositivo: revisan sus propias colecciones, seleccionan las obras y establecen relaciones entre ellas y el espacio en función tanto de sus afinidades personales como de los marcos definidos por el equipo curatorial.

Además, cada coleccionista ha acompañado su selección con un breve texto en el que explicita su conexión con las piezas, abriendo una capa de lectura que rara vez se hace visible: la de las historias, pulsiones y circunstancias que motivan una adquisición. En ese sentido, el proyecto ensaya una suerte de transferencia de funciones, donde el coleccionista actúa —al menos parcialmente— como comisario, desdibujando los confines entre quien colecciona, quien interpreta y quien exhibe.

Esta estrategia permite, además, entrever distintas formas de entender y practicar el coleccionismo. Desde acervos individuales o familiares, influidos por decisiones íntimas y trayectorias personales, hasta colecciones institucionales cuya lógica responde a programas con objetivos más específicos o a líneas de trabajo con menos margen de riesgo e improvisación, el conjunto configura una tipología donde conviven sensibilidades y estrategias diversas.

Si en los primeros casos predomina el gusto personal o el encuentro afectivo, en los segundos se impone algo más cercano a la construcción discursiva para el gran ámbito cultural, sea local o global. Entre estos dos polos se despliega una zona intermedia que complejiza cualquier intento de clasificación y evidencia hasta qué punto coleccionar implica también tomar posición dentro del sistema del arte.

Vista de la exposición Madrid Colecciona. 50 colecciones de arte contemporáneo. CentroCentro, Madrid, 2026. Foto: Amapola Creativa. Cortesía: CentroCentro
Vista de la exposición Madrid Colecciona. 50 colecciones de arte contemporáneo. CentroCentro, Madrid, 2026. Foto: Amapola Creativa. Cortesía: CentroCentro

El recorrido no está estructurado en torno a las colecciones, sino a partir de cinco ejes —“Horizontes contemporáneos”, “Más allá del trazo”, “Sombras de poder”, “El cuerpo como territorio” y “El espacio construido”—, lo que diluye la autoría del coleccionista, así como las fronteras y jerarquías entre unas y otras en favor de una lectura transversal, atenta a afinidades, tensiones y resonancias.

El resultado, entonces, no es tanto un panorama de acervos de arte como un mapa de sensibilidades. Desde colecciones institucionalizadas y con proyección internacional —como TBA21 Thyssen-Bornemisza Art Contemporary o Fundación Campocerrado— hasta iniciativas más recientes, de escala íntima o carácter experimental, la muestra pone en evidencia la heterogeneidad de motivaciones que sostienen hoy el acto de coleccionar. Algunas responden a una lógica de mecenazgo y construcción de legado; otras se han creado como plataformas de investigación, mediación o incluso como extensiones de prácticas profesionales ligadas al arte.

Madrid Colecciona ensaya también una lectura sobre la ciudad, en la que lo público y lo privado se van poniendo de acuerdo para sostener e imprimir vitalidad a la escena local del arte contemporáneo. En muchos casos, se advierte el tránsito desde una lógica estrictamente privada hacia una creciente vocación de visibilidad, ya sea a través de fundaciones, préstamos institucionales o programas expositivos que amplían el alcance de las colecciones más allá de su contexto original.

Vista de la exposición Madrid Colecciona. 50 colecciones de arte contemporáneo. CentroCentro, Madrid, 2026. Foto: Amapola Creativa. Cortesía: CentroCentro
Bus Tickets. De la serie Revolutionary Enclosures (Until the Apricots) (2023), de Jasbir Puar y Dima Srouji. Cortesía de TBA21 Thyssen-Bornemisza Art Contemporary

En la muestra, las colecciones institucionalizadas ocupan un lugar particularmente significativo, no tanto por su escala —aunque la tengan— como por su capacidad de ir más allá del ámbito privado, con lo cual inciden de forma directa en la generación de discurso, en la circulación de obras y en la construcción de agendas culturales más masivas y específicas.

Entre ellas, TBA21 Thyssen-Bornemisza Art Contemporary es, probablemente, el caso más paradigmático. Fundada en 2002 por Francesca Thyssen-Bornemisza, la colección ha evolucionado desde un modelo de acervo privado hacia una organización internacional que ofrece exposiciones, residencias y programas de investigación, con un énfasis creciente en cuestiones ecológicas, geopolíticas y de justicia social. Con sedes y proyectos en ciudades como Madrid y Viena, y líneas de trabajo como TBA21–Academy —centrada en el océano como espacio crítico y campo de investigación artística—, su colección supera hoy las setecientas obras de artistas internacionales.

Su reciente incorporación a la colección es Bus Tickets. De la serie Revolutionary Enclosures (Until the Apricots) (2023), de Jasbir Puar y Dima Srouji, una instalación compuesta por réplicas en latón de billetes de autobús escolar que remiten a la vida cotidiana en la Palestina de principios de los años 2000. La inclusión de esta obra en la muestra de CentroCentro reafirma la voluntad institucional de dar visibilidad a zonas en conflicto y de situar el coleccionismo como una forma de implicación crítica frente a los graves problemas actuales.

Una lógica distinta, aunque igualmente comprometida con la dimensión pública del arte, se observa en Fundación Campocerrado. A través de exposiciones itinerantes armadas con fondos propios, la fundación saca el arte de los circuitos urbanos habituales mediante programas educativos dirigidos a comunidades rurales.

Las obras presentadas en la muestra, del dúo Bleda y Rosa y Manuel M. Romero, comparten una sensibilidad por el territorio, una línea que es nutrida en la colección con nombres como Alfredo Jaar, Esther Ferrer y Sonia Navarro, artistas cuyas prácticas abordan, desde lenguajes y estrategias muy distintos, la relación entre cuerpo, lenguaje, imagen y estructuras de poder.

Vista de la exposición Madrid Colecciona. 50 colecciones de arte contemporáneo. CentroCentro, Madrid, 2026. Foto: Amapola Creativa. Cortesía: CentroCentro
Vista de la exposición Madrid Colecciona. 50 colecciones de arte contemporáneo. CentroCentro, Madrid, 2026. Foto: Amapola Creativa. Cortesía: CentroCentro

Frente a las colecciones de perfil institucional presentes en la muestra, otras revelan una forma de coleccionismo que se construye mediante la experiencia vital y el acompañamiento, seguimiento y complicidad con los artistas a lo largo del tiempo.

Un ejemplo en este sentido es el acervo de Manuel Urbano yMónica García. Su elección de El color es un invento extranjero (Roma), de Cristina Garrido, como obra “favorita” responde a una relación de más de una década con la artista española, durante la cual han seguido de cerca su evolución con el objetivo de hacerse de un conjunto de piezas que dé cuenta de ese desarrollo a lo largo del tiempo.

En el caso de María del Rosario Algora Wesolowski, el acto de coleccionar se plantea casi como una inversión de agencia: “¿Es el coleccionista quien elige a un artista, una obra? ¿O es la obra la que elige al coleccionista?”. Su elección de una pieza de Sonia Navarro y la incorporación reciente de una de Belén Rodríguez pone en evidencia una atención sostenida al medio textil, históricamente relegado, pero hoy central en cualquier lectura rigurosa del arte contemporáneo.

Respecto a las incorporaciones recientes en los acervos presentados en esta muestra, vale la pena destacar una obra de la venezolana Sol Calero en la colección de David García Marugan yAna Parra Rentero, así como Mil leches (2024), de Asunción Molinos Gordo (España), en la colección Mariano Yera, donde la artista utiliza lanas de distintas razas ovinas presentes en el Estado español, reivindicando la riqueza de su diversidad genética como un factor clave en su evolución. Estas adquisiciones evidencian cómo las colecciones españolas se mantienen atentas y comprometidas con problemáticas contemporáneas, y cómo el ámbito privado asume también una posición frente al presente.

Desde su infancia y juventud, cuando reunía estilográficas, sellos usados, tinteros antiguos y obra gráfica de pequeño formato, hasta su formación autodidacta en arte contemporáneo y su relación sostenida con instituciones como el Prado y el Reina Sofía, la trayectoria de Fernando Silió Martínez da cuenta de un compromiso continuo con el aprendizaje.

El texto que escribió sobre las obras de su acervo para esta exposición permite adentrarse en una dimensión autobiográfica del ejercicio de coleccionar. La elección de una obra de Avelino Sala, perteneciente a su serie de “artistas políticos”, se acompaña en ese relato de una simpática anécdota: “El propio autor la terminó delante de mí en su estudio madrileño (aceptando una pequeña sugerencia que yo le hice)”. En este cruce entre amistad, proceso y obra, la colección de arte se vuelve también un espacio de copresencia.

Vista de la exposición Madrid Colecciona. 50 colecciones de arte contemporáneo. CentroCentro, Madrid, 2026. Foto: Amapola Creativa. Cortesía: CentroCentro
Vista de la exposición Madrid Colecciona. 50 colecciones de arte contemporáneo. CentroCentro, Madrid, 2026. Foto: Amapola Creativa. Cortesía: CentroCentro

La colección de José Antonio Llorente eIrene Rodríguez pone el acento en valores como la autenticidad, el riesgo y el compromiso vital con la creación, visibles en su elección de una obra de Vivian Suter, artista residente en Guatemala. En este caso, el interés no está únicamente en el resultado, sino en las condiciones de producción, arraigadas en el entorno natural y abiertas a lo contingente.

Finalmente, la reiteración de ciertos nombres en distintos acervos —como las españolas June Crespo o Cristina Lucas, presentes tanto en la colección Teresa Calbo como en la de Paz Quijano Barros, esta última incluyendo además a Pilar Albarracín— permite vislumbrar zonas de consenso y líneas de interés entre las 50 colecciones invitadas a esta exposición.

Esta celebración de colecciones de arte de y en Madrid se propone, así, como una red de relaciones, intuiciones y apuestas que, en su conjunto, posicionan la figura del coleccionista como un agente clave en la definición de lo contemporáneo y, también, en la construcción de los relatos que inciden en la visibilidad, circulación y proyección de los artistas.


Madrid Colecciona. 50 colecciones de arte contemporáneo se presenta en CentroCentro, Madrid, del 26 de febrero al 6 de septiembre de 2026.

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