JULIETH MORALES: NAMUI NU PIRꝋ [NUESTRO TERRITORIO]
Pensar la acción colectiva desde la mirada de una artista comunera Misak implica comprender el acto creativo no como «performance», sino como ritual, como gesto de armonización con el territorio. Bajo esta concepción, lo que otros llamamos arte se concibe como acción compartida, ligada al cuidado, a la espiritualidad y a la memoria. Así, la obra de Julieth Morales se inscribe en un continuo donde lo ancestral y la reflexión crítica contemporánea convergen, dando forma a una identidad en constante evolución.
Namui nu pirꝋ [Nuestro territorio], que se presenta hasta el 1° de junio en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), es la primera exposición individual institucional esta artista perteneciente a la cultura Misak, pueblo originario del sur de Colombia, en el departamento del Cauca. A través de su obra, Morales investiga la construcción de la identidad femenina dentro de su comunidad y en el contexto más amplio de la sociedad colombiana, abordando temas como el género, el territorio, el sincretismo religioso y la resistencia cultural. Su práctica artística combina medios como el video, la fotografía, el dibujo, el tejido, la instalación y el ritual en vivo, haciendo de su cuerpo el soporte primordial de la obra.
Como señaló en una entrevista publicada por Artishock en 2021, «el cuerpo es el canal de materialización de una idea, de una necesidad, de una voz que no solo es la mía». En esta afirmación se expresa una clave de su pensamiento: la obra de arte no es un acto de originalidad individual, sino un proceso de crecimiento en espiral, vinculado a la historia y al compromiso colectivo.

El título de la exposición, en lengua Namtrik, propone al territorio como un entramado de relaciones sociales, simbólicas y espirituales. Morales parte del concepto de minga, la tradición de trabajo comunitario indígena, para resignificar la memoria y resistencia de su pueblo a través del arte. Rituales cotidianos como hilar, sembrar, tejer o alimentar el fuego —prácticas eminentemente femeninas— son también formas de conocimiento, actos de comunicación con los otros seres que habitan el mundo Misak: las plantas, las montañas, el fuego, las lagunas. En este universo, los objetos pueden devenir personas, y las creaciones, vida.
La exposición, curada por Eugenio Viola y Juaniko Moreno, reúne obras nuevas y otras reconfiguradas para el contexto museal. El punto de partida fue un encuentro de mujeres Misak organizado por Morales, en el que se cuestionaron los roles tradicionales del matrimonio. La artista parte de la figura de la madrina —única voz femenina con presencia ritual en la ceremonia nupcial Misak— para imaginar una inversión simbólica: el novio está ausente, y en su lugar arde el fuego, energía masculina ancestral.
De este gesto nace Utrap [Soplo] (2025), una instalación que recupera el acto de hilar como saber transmitido entre mujeres. En la comunidad Misak, las niñas aprenden a hilar como juego, y esta práctica se convierte en un deber tras el matrimonio. Morales resignifica este gesto como espacio de empoderamiento y sororidad. En la versión expandida de Srusral møra kup [Mujeres jóvenes hilando] (2018-2025), el hilado se transforma en un símbolo de resistencia y de memoria. «El tejido no solo cuenta historias, también esconde silencios», dice la artista. Tejer, entonces, puede ser una forma de libertad.







En Untak [Querer todo lo que rodea] (2025), Morales utiliza tierra del territorio Misak para inscribir los consejos que reciben las novias de sus madrinas sobre un muro del espacio público. Estos mensajes, provenientes del fuego y transmitidos oralmente, constituyen una guía moral que puede ser aceptada, reescrita o negada por quien los recibe. La tierra, en este contexto, es materia viva, portadora de memoria y posibilidad de transformación.
En el tiempo y en el espacio todo comienza (2023-2025) presenta collares hechos con cuentas de tierra y ceniza, elaborados en colaboración con mujeres mayoras. Esta obra funciona como ofrenda y como puente entre la espiritualidad Misak y el espacio museal. Las cuentas, al igual que las palabras, se encadenan en secuencias que contienen historia, afecto y resistencia.
En palabras de la artista, «el arte no debe ser solo una representación folclórica de la cultura, sino una forma de pensarla, de cuestionarla, de transformarla». Su práctica subvierte las fronteras entre arte y artesanía, entre lo contemporáneo y lo ancestral, desmantelando los estereotipos que suelen pesar sobre las estéticas y los discursos indígenas.
Desde una voz profundamente arraigada en su comunidad y al mismo tiempo críticamente consciente del mundo globalizado, Julieth Morales construye una obra que es refugio, herramienta, y territorio en sí misma. Un territorio donde crear es también recordar, sanar y comenzar de nuevo.
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