LA ARQUITECTURA EMOCIONAL DE ANGÉLICA TEUTA
Desde 2013, Angélica Teuta (Colombia, 1985) desarrolla Arquitectura emocional, una serie de instalaciones inmersivas de diseño vernáculo y espíritu nómada que combinan materiales domésticos y reciclados, proyecciones —analógicas y digitales—, paisajes sonoros y muebles de bricolaje en estructuras de madera de carácter efímero. Concebidas para espacios interiores o al aire libre, estas piezas conforman microescenarios donde naturaleza y arte, vínculos sociales y búsqueda de bienestar se entrelazan, invitando por igual a la introspección y al encuentro colectivo.
Guiada por la convicción de que el arte se nutre de la vida cotidiana, Teuta convierte la observación de lo común y de las tradiciones en un medio para cuestionar la naturaleza humana y las estructuras sociales que la sostienen. Sus ambientaciones invitan a sumergirse en una experiencia que, desde lo lúdico y lo sensorial, nos lleva a reflexionar sobre nuestra relación con la arquitectura y el espacio, el tiempo y las formas en que nos vinculamos con otros y percibimos la realidad.
Estas obras de gran escala dialogan con el Manifiesto de Arquitectura Emocional de Mathias Goeritz (1953), que cuestionaba la primacía del funcionalismo como paradigma arquitectónico. En sintonía con ese espíritu, Teuta crea un universo habitable y onírico que estimula la conexión emocional y espiritual con uno mismo, con otros seres y con la naturaleza. Invita así a experiencias sensoriales y reflexivas que alimentan la introspección, el pensamiento comunitario y la interconexión con el cosmos.
“La arquitectura no es solo una situación estructural y de construcción; cuando hablamos de espacios, hablamos de afectos, de emociones y de la construcción colectiva que sucede ahí. No solo se trata de cómo nosotros afectamos emocionalmente al espacio y a los demás seres, sino también de cómo el espacio nos afecta a nosotros”, afirma la artista.


Un techo triangular, una casita en el árbol sin árbol, un kiosco y un mirador son algunas de las estructuras que Teuta ha venido levantando. Cada una despierta en el visitante un sentimiento de añoranza o nostalgia y propone un tiempo y un modo de estar: para compartir en estado meditativo, para realizar actividades específicas o para que la comunidad del barrio use el espacio a su antojo.
En la serie Kioscos, por ejemplo, los espectadores pueden sentirse al mismo tiempo dentro y fuera. Concebidas para espacios muy concurridos —como ferias de arte—, estas obras propician encuentros relajados, lejos del ruido habitual. Tumbados en uno de sus quioscos inclinados, los visitantes pueden descubrir una animación proyectada en el techo que cita elementos de la película Los pájaros de Alfred Hitchcock: primero bandadas serenas; luego, un ritmo creciente que deviene en una agresiva multitud de aves que inunda el cielo. La zona de alfombras coloridas y de patrones geométricos que acompaña estas instalaciones se ha utilizado espontáneamente para talleres de artesanía, cuidado de plantas, yoga y otras actividades colectivas.
Para Teuta, mientras la arquitectura posee un carácter esencialmente funcional, el arte tiene un carácter primordialmente estético. “Me gusta pensar que pueden relacionarse como un yin y un yang, o como un signo de infinito: emocionar la arquitectura y arquitecturar las emociones”.





Su más reciente exposición, Arquitectura emocional: Cobijos & Moradas, se presenta del 23 de agosto al 19 de octubre de 2025 en la Galería Santa Fe – Idartes de Bogotá, como parte de los proyectos nominados al XIII Premio Luis Caballero, el máximo reconocimiento al arte contemporáneo en Colombia. La propuesta prolonga su investigación sobre la intersección entre arquitectura, diseño, biología y botánica a través de prácticas colaborativas y ancestrales. Mediante el uso de materiales domésticos que evocan memorias de refugio y de infancia, la artista plantea preguntas fundamentales: ¿cómo creamos relaciones con el espacio? ¿Cómo la utopía y la imaginación radical nos ayudan a responder a las necesidades colectivas?
Como en un sueño, Arquitectura emocional se transforma a medida que se recorre. Cuatro mundos de sonidos y materialidades distintas, dispuestos en espiral, conforman un universo simbólico que nos lleva del origen al ámbito comunitario. En ese tránsito —de lo íntimo a lo público— tomamos conciencia de los vínculos que establecemos con cada ser, planta, animal, casa o refugio donde habitamos o buscamos resguardo.
Cada mundo se vincula a una categoría: cobijo o morada. Los cobijos evocan refugios íntimos conectados al útero, a lo humano y no humano, a la madre tierra. Son arquitecturas blandas que sugieren metamorfosis, invitando a reconectar con la naturaleza y nuestras raíces emocionales. Las moradas, en cambio, son estructuras más rígidas, próximas a espacios habitacionales y resguardos humanos. Delimitan fronteras e identidades y plantean preguntas sobre el adentro y el afuera en nuestras formas de habitar. En ellas tienen lugar el juego y los rituales: utopías que responden a la necesidad colectiva de sentirse parte de algo.
Este universo imaginado se nutre de perspectivas y poéticas latinoamericanas, proponiendo nuevas maneras de sentir y pensarnos —o sentipensar— en relación con los espacios. Es una travesía hacia nuestras genealogías, nuestras psiques y nuestras ancestralidades. Suspende el ritmo opresor y destructor de la vida y, al mismo tiempo, cuestiona nuestra definición de lo humano y nuestros vínculos con otros seres vivos y con la naturaleza. Desde el espacio, propone un viaje tanto exterior como interior.


En sintonía con el eje curatorial de la Bienal Internacional de Arte y Ciudad de Bogotá (BOG25), centrado en la relación entre ciudad y bienestar, Arquitectura emocional participa como proyecto colaborador con el taller Cosmomorfas: tecnologías colectivas del sueño, desarrollado por No más metáforas y la artista Patricia Domínguez, junto al sabedor kamëntsá del Putumayo Luis Alberto Aguillón. Esta propuesta invita a compartir un espacio de sueños colectivos, donde el acto de dormir se asume como una práctica política, espiritual y relacional en diálogo con saberes ancestrales.
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