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EDGAR CALEL: NI MUSMUT (HACE BRISA)

Del 30 de agosto de 2024 al 5 de enero de 2025, Bergen Kunsthall (Noruega) albergó la primera exposición en Europa de Edgar Calel, artista oriundo de Comalapa, Guatemala. La muestra, titulada Ni Musmut (Hace Brisa), profundizó en la herencia maya kaqchikel del artista y su reinterpretación contemporánea de la espiritualidad y las prácticas culturales de su comunidad. Calel, una figura clave en la escena artística latinoamericana actual, emplea diversos medios para construir un lenguaje visual que desafía las perspectivas occidentales de permanencia, al proponer una visión donde lo efímero y lo transformativo ocupan un lugar central.

El título de la exposición, Ni Musmut, alude a una brisa de montaña que atraviesa el paisaje cercano a la aldea de Pa Mumus en Guatemala, y que llega acompañada de una lluvia ligera que parece difuminar el aire y anunciar algo inminente. Este clima particular servía como metáfora de los momentos de transición y de una percepción alterada que caracteriza la propuesta de Calel: un diálogo constante entre los sentidos, el espíritu y el entorno.

Vista de la exposición Edgar Calel: Ni Musmut (Hace Brisa), en Bergen Kunsthall (Noruega), 2024-2025. Foto: Thor Brødreskift
Vista de la exposición Edgar Calel: Ni Musmut (Hace Brisa), en Bergen Kunsthall (Noruega), 2024-2025. Foto: Thor Brødreskift

Galería I: La invocación a las montañas

La primera sala de la exposición fue transformada en un entorno que desbordaba lo sensorial: la humedad de la tierra, el aroma orgánico y la disposición cuidadosa de materiales naturales como cerámica, pétalos de flores y madera sumergían al visitante en una experiencia inmersiva.

Compuesta por 76 vasijas de cerámica de distintas formas y tamaños, Oyonïk paruwi Juyu’ (Invocación sobre las montañas) se inspira en el ritual maya kaqchikel conocido como Oyonïk, una práctica de sanación y comunicación con el mundo espiritual. En el contexto de Bergen Kunsthall, este ritual encontraba un nuevo significado, dialogando tanto con el paisaje montañoso de la ciudad noruega como con las prácticas devocionales de los ancestros de Calel. Las vasijas, llenas de agua y pétalos, acompañadas de palitos de madera, hablaban sobre la conexión entre el cuerpo, el espíritu y la tierra.

La disposición de las vasijas seguía un patrón que evocaba las líneas de la palma de la mano del artista, reinterpretando la quiromancia guatemalteca como una metáfora de la vida. En esta lectura, las manos no solo leen destinos, sino que los moldean. Este gesto refleja no solo la herencia cultural de Calel, sino también su agencia como creador contemporáneo, alguien que trabaja desde lo ancestral hacia lo contemporáneo, desde lo personal hacia lo universal.

El carácter mutable de la instalación, activada diariamente a través de actos simbólicos como el encendido de velas y el cuidado de las vasijas, desafiaba las nociones tradicionales de la permanencia en el arte. Aquí, la obra era un organismo vivo, sujeta a los gestos humanos y al paso del tiempo. El artista invita así a reflexionar sobre cómo los rituales pueden resignificarse en un contexto institucional sin perder su poderosa carga espiritual.

Vista de la exposición Edgar Calel: Ni Musmut (Hace Brisa), en Bergen Kunsthall (Noruega), 2024-2025. Foto: Thor Brødreskift
Vista de la exposición Edgar Calel: Ni Musmut (Hace Brisa), en Bergen Kunsthall (Noruega), 2024-2025. Foto: Thor Brødreskift

Galería II: Gratitud a través del fuego

La instalación K’obomanik, ubicada en la segunda sala, profundizaba en las prácticas devocionales de Edgar Calel mediante un conjunto de rocas suspendidas, bajo las cuales ardían velas, renovadas diariamente. Este acto ritual transformaba el espacio expositivo en un escenario de constante regeneración, donde el tiempo quedaba materializado en los rastros de cera derretida y las sombras proyectadas sobre las piedras.

El término K’obomanik significa “agradecimiento” u “ofrendas” en lengua kaqchikel, pero más allá de su traducción literal, evoca una forma de vida arraigada en el reconocimiento de lo esencial: la luz del día, la oscuridad de la noche y la conexión con los espíritus que habitan en la tierra. En la cosmovisión de Calel, las piedras funcionan como recipientes espirituales que contienen memorias y presencias ancestrales, lo que va a contrapelo de las nociones antropocéntricas sistematizadas.

Colocar velas encendidas directamente bajo las rocas no solo contraviene las normas tradicionales de las instituciones artísticas europeas, que suelen prohibir el uso de fuego, sino que también subraya las tensiones entre el carácter ritual de la obra y su encuadre dentro del espacio institucional. Sin embargo, en lugar de imponer sus propias reglas, Calel utilizaba esta colaboración como una oportunidad para reconfigurar los significados de estas prácticas, integrándolas en un diálogo más amplio sobre espiritualidad y pertenencia.

El uso de colores en las velas añadía una capa simbólica a la obra: el negro representaba los órganos internos ocultos en la oscuridad; el blanco, las expresiones visibles que emergen hacia la luz; y el rojo, la sangre que fluye.

Vista de la exposición Edgar Calel: Ni Musmut (Hace Brisa), en Bergen Kunsthall (Noruega), 2024-2025. Foto: Thor Brødreskift
Vista de la exposición Edgar Calel: Ni Musmut (Hace Brisa), en Bergen Kunsthall (Noruega), 2024-2025. Foto: Thor Brødreskift
Vista de la exposición Edgar Calel: Ni Musmut (Hace Brisa), en Bergen Kunsthall (Noruega), 2024-2025. Foto: Thor Brødreskift

Galería III: El hogar como espacio ritual

La tercera galería ofrecía una mirada íntima a la vida comunitaria y familiar de Edgar Calel a través de una serie de bordados que trasladaban escenas cotidianas de su hogar a las paredes del espacio expositivo. Estas piezas, realizadas colectivamente con su familia, no solo eran testimonios de una tradición artesanal y de rituales compartidos, sino también manifestaciones tangibles de la intersección entre lo doméstico y lo espiritual.

El bordado más monumental, titulado Nimajay Kaqchikel (Gran casa Kaqchikel), recrea una vista aérea del hogar familiar en un estilo casi diagramático. En una sola imagen, captura años de rituales, celebraciones y encuentros: un altar presidido por símbolos de protección como el jaguar y el pájaro bicéfalo, y un entramado de momentos cotidianos, desde comidas compartidas hasta música y danza. Alrededor de esta escena, pequeños bordados de mazorcas de maíz irradiaban como rayos de sol, enfatizando la centralidad del maíz en la cosmovisión maya, no solo como alimento, sino como símbolo de vida y continuidad.

Otra pieza, Ru te’e Q’aq’ (Madre del fuego), retrata la cocina de la abuela de Calel, un espacio que ahora funciona como taller familiar. Este bordado nos recuerda la importancia del fuego como elemento transformador, tanto en la preparación de alimentos como en los rituales de protección. Objetos cotidianos como un mortero y una olla de cerámica conviven con elementos simbólicos, mientras un cartel colgado en la pared declara con humor: “Se come tortilla todos los tiempos”. Esta combinación de lo banal y lo trascendental enfatiza cómo las tradiciones se anclan en la vida diaria sin perder su profundidad espiritual.

Finalmente, Xin chajij wi (Protegiéndome con la esencia del fuego) retrata un ritual íntimo en el que los padres de Calel aplican ceniza sobre su cuerpo desnudo antes de un viaje largo. Este acto de protección, realizado exclusivamente por sus parientes más cercanos, condensa el vínculo entre el cuerpo y el espíritu, entre lo material y lo inmaterial, donde la ceniza es un símbolo de transición y renacimiento.

Vista de la exposición Edgar Calel: Ni Musmut (Hace Brisa), en Bergen Kunsthall (Noruega), 2024-2025. Foto: Thor Brødreskift

Galería IV: El jardín como archivo de la memoria

La cuarta galería funcionaba como un homenaje al jardín de María Luisa López Cujcuy, la abuela de Edgar Calel, quien falleció en 2014 a los 92 años. Su figura, profundamente influyente en la vida del artista, estaba presente en cada rincón de este espacio a través de sonidos, objetos y gestos que evocaban su espíritu y sabiduría.

En el centro de la galería resonaba un canto repetitivo, un eco del sonido “kit kit kit” con el que la abuela de Calel llamaba a los pájaros salvajes a su jardín. Este gesto, aparentemente simple, se transformaba en un acto poético que conectaba los paisajes de Comalapa con los de Bergen, un puente emocional y espiritual entre dos mundos. La onomatopeya kit kit kit, pintada con barro en las paredes de la galería en formas que recordaban montañas, alude a la fragilidad de las memorias y su capacidad de transformarse en presencia material.

El jardín imaginado por Calel estaba compuesto por dibujos, pinturas y fotografías creados por amigos y familiares del artista. Estas obras, a su vez, representaban flores que desafiaban el paso del tiempo, congeladas en su esplendor como una ofrenda de amor y memoria. Entre las montañas de cantos, tres nubes pintadas sobre el papel de embalaje utilizado para transportar las vasijas de cerámica de la exposición añadían una capa de simbolismo: lo efímero se convertía en permanente, y los objetos cotidianos adquirían un significado trascendental.

Para Calel, tanto las flores, como la familia y los amigos, no son elegidos: aparecen de forma natural, como regalos de la vida. En palabras del artista: “No vengo a plantar una flor en tu corazón, esta vez traigo un jardín para tus ojos”. Esta frase condensa la esencia de la exposición: una invitación a mirar, sentir y reflexionar sobre las relaciones que tejemos con el mundo, los otros y nuestra propia historia.

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