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FORMAS POLÍTICAS. ESCULTURA CONTEMPORÁNEA EN CHILE, 1965-2005

Hasta el 10 de noviembre, el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), en Santiago, presenta Formas Políticas. Escultura contemporánea en Chile 1965-2005, una exposición que refleja la apertura de la práctica escultórica a la realidad social, política y cotidiana durante ese período.

Con la curaduría de Paula Honorato (MNBA), Mauricio Bravo (U. Chile) y Luis Montes Rojas (U. Chile), la muestra propone una revisión de los lenguajes, procedimientos y materiales utilizados por artistas chilenos que, a lo largo de cuatro décadas, experimentaron con los límites de la disciplina, distanciándose de sus predecesores inscritos en la escultura moderna.

“Esta exposición tiene el valor de revisar obras elementales de la escultura contemporánea de nuestro país, recuperando piezas emblemáticas de este período. En cruce con la colección del museo, se propicia la reflexión sobre los límites de la escultura, la intervención en el espacio público y los desplazamientos en el arte. Es una invitación a repensar esta disciplina desde otras perspectivas, en colaboración con académicos de la Universidad de Chile”, destaca Varinia Brodsky, directora del MNBA, institución que, a partir de esta exposición, ha establecido un convenio con la Universidad de Chile en áreas como la formación profesional y la investigación patrimonial.

La selección curatorial incluye piezas de la Colección MNBA, de otras instituciones y de coleccionistas particulares, con el fin de resaltar cómo la escultura en Chile se ha replanteado frente al paradigma modernista latinoamericano, representado en el país por figuras como Marta Colvin, Samuel Román y Lily Garafulic.

Juan Pablo Langlois, Cuerpos Blandos, 1969. Polietileno y papel de diario. Reconstruida en el MNBA para la exposición Formas Políticas, 2024. Foto: Cristián Rojas

Formas Políticas presenta obras que se aventuraron a experimentar con el concepto o la idea, utilizando formatos como la instalación, el objeto encontrado o prefabricado, y la interacción con el público. “Nos referimos a todo aquello que se distancia de la escultura concebida como cuerpos ideales y trascendentes, reflejando en su materialidad las potencias de la geografía social y telúrica de América”, afirman los curadores.

Así, la exposición reúne objetos que, en lugar de cerrarse en sí mismos, establecen relaciones con el mundo, el espacio, el espectador y su contingencia. Este proyecto es el resultado de años de investigación del Núcleo Escultura y Contemporaneidad de la Universidad de Chile. Presentarla en un museo público, según Luis Montes Rojas, implica trascender la misión institucional de ser un simple repositorio de obras, para convertirse en un espacio de trabajo y reflexión sobre la activación del patrimonio artístico chileno.

La premisa de esta muestra es abordar la escultura como un eje político en sí mismo, conectando lo artístico con lo material y su impacto social. Mauricio Bravo resalta que, a diferencia de otras disciplinas que han privilegiado la imagen, “la escultura se ha centrado en cuestionar las profundas transformaciones morfológicas y materiales que los seres humanos han realizado en los cuerpos, las comunidades, las sociedades y el planeta”.

Carlos Peters, Hombre, 1971. Figura recortada y objetos. Foto: Cristián Rojas

Para la exposición, se han reconstruido, junto con sus autores, dos obras que solo existían en la memoria de quienes participaron de la escena artística previa al Golpe de Estado de 1973: Hombre (1971) de Carlos Peters y Espacios escultóricos (1969) de Víctor Hugo Núñez. Estas obras, precursoras en concebirse a partir del desplazamiento de géneros artísticos tradicionales, dieron lugar a la incorporación de objetos de la realidad y a la configuración de espacios que envuelven al espectador.

“Estamos hablando de ambientes o instalaciones que existieron antes de que los conceptos circularan en el medio chileno, incluso, antes de que la teoría y la crítica pudiera hacerse cargo del rendimiento semántico de dichas operaciones. En esta oportunidad, es la escultura la que recoge el impacto de dichos gestos como anticipación de lo que vendrá en los años 80”, dicen los curadores.

Desde 2016, el Núcleo Escultura y Contemporaneidad, compuesto por académicos de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, ha llevado a cabo tres investigaciones que sustentan esta exposición. La primera abarca a artistas de la década de 1990 hasta los 2000; la segunda, de los años 60 hasta 1973; y la tercera se centra en los monumentos públicos, especialmente aquellos dedicados a Salvador Allende y René Schneider.

Estos antecedentes sirven como base para articular las tres secciones de la muestra: Escultura y revolución, 1965-1973; Escultura y golpe de Estado, 1973-1987; y Crisis de la academia, política y neoliberalismo, 1990-2005.

Víctor Hugo Núñez, Espacios escultóricos, 1969. Pasta de modelado reforzada y carga de piedra pómez, estructura de acero, madera. Colección del artista.

ESCULTURA Y REVOLUCIÓN (1965-1973)

La práctica escultórica en Chile durante esta década estuvo marcada por el triunfo de la Unidad Popular y la activa participación de los artistas en su proyecto político-social. Se produjo una síntesis entre la escultura experimental y el compromiso político, que se extendió hacia nuevos materiales y procedimientos, como la instalación, el performance y la intervención en el espacio público, todos ellos vinculados a la cotidianeidad y la contingencia.

La Universidad de Chile desempeñó un papel fundamental en la acogida y el fomento de la experimentación escultórica, especialmente a través de la labor de extensión del Instituto de Arte Latinoamericano. También fue crucial la dirección de Nemesio Antúnez en el MNBA entre 1969 y 1973. En la exposición, los artistas Carlos Peters, Félix Maruenda, Francisco Brugnoli, Juan Pablo Langlois, Valentina Cruz y Víctor Hugo Núñez ejemplifican esta etapa.

Luis Montes Rojas destaca que, en este período, ciertas obras que hoy consideramos paradigmáticas bajaron de su pedestal y se convirtieron en “manifestaciones sin una definición clara, fundamentalmente porque, en ese momento, en Chile no existían términos para referirse a ellas”. El investigador menciona como ejemplos Espacios escultóricos (1969), de Víctor Hugo Núñez, y Peligro (1969) de Félix Maruenda, obras que respondían al contexto histórico de la época.

Espacios escultóricos es una instalación pionera que rompió con las convenciones de la escultura tradicional al expandir el concepto de lo escultórico hacia un espacio de ocupación total, en lugar de una obra confinada a un pedestal. Entre vigas, sacos llenos de escombros, trapos y otros materiales desechados, todos dispuestos de manera aparentemente caótica, emerge el rostro de un obrero, evocando una sociedad en tensión vinculada a las luchas de los trabajadores chilenos y a la represión vivida en la mina El Salvador en 1966.

Sin embargo, la obra que quizás sentó el mayor precedente en la escultura expandida en Chile es Cuerpos Blandos, de Juan Pablo Langlois, una intervención realizada en el frontis y el interior del MNBA en 1969 que cuestionaba el conservadurismo del museo como institución consagratoria del arte. El gesto efímero y site-specific de romper los límites disciplinarios al ocupar el espacio institucional y público del arte no tenía precedentes en Chile.

Mario Irarrázabal, Suba no más y experimente el vértigo del poder, 1987. Madera y letreros de metal. Foto: Cristián Rojas
Mario Irarrázabal, Suba no más y experimente el vértigo del poder, 1987. Madera y letreros de metal. Foto: Cristián Rojas
Carlos Leppe, El perchero, 1975. Fotografías colgadas de un perchero de madera. Colección privada. Foto: Cristián Rojas
Carlos Leppe, El perchero, 1975. Fotografías colgadas de un perchero de madera. Colección privada. Foto: Cristián Rojas

ESCULTURA Y GOLPE DE ESTADO (1973-1987)

Este período fue testigo de un corte radical con la experimentación escultórica previa al golpe de Estado. Las manifestaciones escultóricas que respondían a los desafíos político-sociales se vieron eclipsadas. Las universidades fueron intervenidas y, al margen de las instituciones, surgió la Escena de Avanzada. Artistas como Carlos Leppe, Gonzalo Díaz, Juan Egenau, Luis Montes Becker, Mario Irarrázabal y Osvaldo Peña reflejan esta tensión y transformación en sus obras.

Durante la dictadura de Pinochet, la VIII Bienal Internacional de Valparaíso (1987) marcó un hito en la reflexión y experimentación de los lenguajes escultóricos. Allí, Mario Irarrázabal presentó Suba no más y experimente el vértigo del poder, una obra que invita al espectador a interactuar con la idea del poder, poniéndose literalmente «en el lugar» de figuras de autoridad.

La obra incluye una plataforma donde el visitante sube y complementa, con su propia cabeza, una serie de figuras vestidas con trajes formales, «listas para la foto». La invitación a experimentar el «vértigo del poder» trasciende lo lúdico, cuestionando la relación entre el poder y el observador, con una resonancia particular en el contexto de la dictadura chilena.

En una reciente entrevista, Mario Irarrázabal recuerda cómo, pese a la censura y la escasez de recursos, la creatividad se desbordó en aquella edición de la Bienal de Valparaíso. «No teníamos ni un peso, pero nos ofrecieron todo el espacio que quisiéramos, y eso para nosotros era insólito. Era en una maestranza al lado del mar, y recuerdo que nos volvimos locos, empezamos a hacer cosas enormes. Yo trabajé con tablones de álamo, que era lo más barato que había, porque necesitaba expresarme en esa época de la dictadura. Trabajé el tema del poder, que me encanta hasta el día de hoy. La gente podía subirse a la estructura; recuerdo que se sacaban fotos y hacían discursos. Es una escultura de madera interactiva. Al intendente no le gustó nada y trató de que la sacáramos, pero el jurado de la Bienal logró que quedara todo en su lugar. Las cosas todavía estaban difíciles en ese entonces, pero había sentido del humor. Y esta escultura está llena de humor, porque hasta el título es absurdo: Suba no más y experimente el vértigo del poder. Y después dice: Baje a tierra, como diciendo que no se acostumbre ahí arriba, ahí en el poder».

En el catálogo de Formas Políticas, Mauricio Bravo captura la experiencia de obras como la de Irarrázabal: “Más cercanas a movimientos musicales y con una concepción del espacio de carácter tribal y colectivo, las obras de los años 1980 configuran un espacio posible, una utopía material que les permite protegerse de la violencia del Estado».

Osvaldo Peña, Espejos para una memoria inservible, 1983. Acero, bronce y espejo sobre madera pintada. Foto: Cristián Rojas
Osvaldo Peña, Espejos para una memoria inservible, 1983. Acero, bronce y espejo sobre madera pintada. Foto: Cristián Rojas
Osvaldo Peña, Espejos para una memoria inservible (detalle), 1983. Acero, bronce y espejo sobre madera pintada. Foto: Cristián Rojas

En Espejos para una memoria inservible (1983), Osvaldo Peña también convierte al público en un componente esencial de la obra, integrándolo de manera activa en su significado. El espectador se enfrenta a su propio reflejo en espejos rodeados de objetos cotidianos construidos en metales nobles, materiales asociados a la escultura tradicional, que lo interpelan desde su propia materialidad.

La obra surge a partir de un artículo sobre el hallazgo de cadáveres de ejecutados políticos en Lonquén, en el que los familiares reconocieron a sus seres queridos a través de la ropa. Peña toma esta referencia para reflexionar sobre la memoria y el reconocimiento, evocando una experiencia de duelo y de identidad fragmentada.

Cristián Salineros, Tubería, 2001. Madera y remaches pop. Colección Museo de Artes Visuales UC. Foto: Cristián Rojas
Cristián Salineros, Tubería, 2001. Madera y remaches pop. Colección Museo de Artes Visuales UC. Foto: Cristián Rojas

CRISIS DE LA ACADEMIA, POLÍTICA Y NEOLIBERALISMO (1990-2005)

Esta fase en la historia de Chile estuvo marcada por la transición a la democracia y la consolidación del sistema económico neoliberal que incidió en la configuración de los deseos sociales. La escultura siguió rompiendo con el pensamiento disciplinar tradicional, generando una nueva conciencia sobre el espacio y el cotidiano.

Conceptos como “escultura en el campo expandido” de la teórica Rosalind Krauss contribuyeron a la comprensión de los nuevos horizontes para la producción y sus implicancias políticas. Asimismo, la exposición Delicatessen (2000), curada por Pablo Rivera, estimuló la creación de obras que no necesariamente se definían como escultura, pero que igualmente incidieron en la reflexión sobre los límites de la disciplina.

Artistas como Cristián Salineros, Elisa Aguirre, Francisca Núñez, Marcela Correa, Pablo Rivera y Patrick Hamilton son representativos de este período.

Francisca Núñez, Silla, 1995. Técnica mixta, madera, textil y pintura. Colección privada. Foto: Cristián Rojas

De Francisca Núñez, la muestra presenta Silla (1995), una obra que explora las dimensiones funcionales del cuerpo escultórico, sin renunciar a su imaginario crítico, popular y paródico. Su relevancia radica en la materialización expresionista y post-figurativa de formas festivas, carnavalescas y tribales, que muchos artistas de los años 80 emplearon como resistencia al contexto represivo del país, sumido en el miedo y la melancolía generados por la violencia de Estado.

Para comprender el trabajo de Núñez, es esencial considerar su postura en un entorno polarizado entre la vida y la muerte, en el que opta por politizar las dimensiones afectivas y sensitivas del fenómeno artístico. Con un uso anárquico de materiales marginales y periféricos a la academia, la artista crea un universo donde la deshumanización se convierte en un factor afirmativo, contribuyendo a regenerar el tejido social fragmentado por la dictadura y el consenso neoliberal emergente.

Angela Ramírez, Sine Qua non, 2018. Centro de Justicia de Santiago. Cortesía: Comisión Nemesio Antúnez

Espacio Público

En la muestra también se proyectan registros fotográficos de obras icónicas creadas entre las décadas de 1960 y 2000, que ocupan un lugar destacado en el espacio público, como Monumento a José Pedro Aguirre Cerda (1965), de Lorenzo Berg, y Monumento al General René Schneider (1974), de Carlos Ortúzar.

También se presenta la obra Sine qua non de la artista Ángela Ramírez, instalada en 2018 en el Centro de Justicia de Santiago, la cual consiste en un relieve a escala 1:1 de una sección de la fachada del antiguo Palacio de Tribunales, realizado en fibra de vidrio traslúcida. Emplazada en la base del espejo de agua de la plaza cívica, la obra gatilla un cruce visual entre ambas edificaciones sobre la superficie líquida.

El título, Sine qua non, proviene del lenguaje jurídico y significa “sin la cual no”, aludiendo a la necesidad de una condición para que algo sea posible. Así, Ramírez invita a reflexionar sobre la justicia como elemento fundamental para la vida en común, estableciendo una conexión causal entre el pasado y el presente.

La instalación estuvo censurada durante doce años, desde 2005 hasta 2017, debido a malentendidos de las autoridades sobre el papel del arte en la representación del poder. Finalmente, tras numerosos trámites, fue construida y finalizada en enero de 2018. Ramírez ha señalado que esta censura revela las contradicciones de la institucionalidad y el poder judicial, y que su ejecución final refleja un cambio significativo en la percepción de las instituciones respecto al arte.


Formas políticas reúne obras de Ángela Ramírez, Carolina Ruff, Carlos Leppe, Carlos Ortúzar, Carlos Peters, Cristián Salineros, Elisa Aguirre, Félix Maruenda, Federico Assler, Francisca Núñez, Francisco Brugnoli, Gonzalo Díaz, Juan Egenau, Juan Pablo Langlois, Luis Montes Becker, Lorenzo Berg, Marcela Correa, Mario Irarrázabal, Patrick Hamilton, Pablo Rivera, Ricardo Meza, Raúl Zurita, Valentina Cruz, Víctor Hugo Núñez, Marta Colvin.

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