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Rigor y Temblor.sobre “weekend”, de Rodrigo Canala

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Existen frases que son colosales, frases que contienen en simultaneidad una gran lección, un tremendo concepto, una verdad, una filosofía de vida, una imagen, como esa de Nietzsche que dice: “La verdad es un ejército móvil de metáforas”. También existen imágenes que son colosales, que cuando las vemos sentimos que se nos remueve todo en el interior, imágenes que nos conectan con profundidades arcanas que nos habitan, las que aparecen entresueños como fantasmas un poco vagos que, aunque desconocemos, nos resultan familiares, como esas imágenes que Herzog filmó en un lugar de Francia, en las cuevas de Chauvet, en el documental que tituló La caverna de los sueños olvidados, en que aparecen pintadas notables figuras de animales remotos arañadas por garras de osos milenarios.

Finalmente existen momentos notables, momentos en los que esas frases entran en contacto con esas imágenes, haciendo que de este contacto se desaten destellos fugaces que iluminan por milésimas de segundos partes de las inmensas regiones que yacen en la oscuridad de nuestra alma.

Vista de la exposición "Weekend", de Rodrigo Canala, en XS Galería, Santiago de Chile, 2019. Foto: Raimundo Edwards
Vista de la exposición "Weekend", de Rodrigo Canala, en XS Galería, Santiago de Chile, 2019. Foto: Raimundo Edwards
Vista de la exposición "Weekend", de Rodrigo Canala, en XS Galería, Santiago de Chile, 2019. Foto cortesía del artista

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Nunca se me ha olvidado esa obra que Rodrigo Canala mostró hace años en el Museo Nacional de Bellas Artes, en la que una soga, mediante un mecanismo muy bien diseñado, replicaba el ejercicio manual del juego infantil, de hacer rotar una cuerda regularmente para que los niños salten cada vez que ésta se contacta con el suelo, pero que esa vez el artista ubicó a una distancia próxima a uno de los muros, haciendo que la soga lo rozara dejando una marca a raíz del frote sistemático en el mismo sitio, que fue generando un notorio desgaste en las sucesivas capas de látex que cubrían la sala del Museo. Ese gesto paradojal, aunque antaño en la obra de Rodrigo Canala, es una constante que se conserva hasta el día de hoy: conjugar al mismo tiempo dos asuntos que en el cotidiano son opuestos, el rigor y el temblor. El rigor, en este caso, representado por la acción regular de la cuerda, mientras que el temblor es el fruto de la persistencia de la misma, que deja una huella que transforma el percance del frote en una imagen que da cuenta de un hecho que la liga a un cuerpo, aunque éste no esté presente, como las marcas de las garras del oso en la caverna de Chauvet, que agresivamente lesionan las figuras animalescas y temblorosas en las rocas primitivas, hoy selladas bajo siete llaves por una maciza puerta de acero.

Si esa obra la relaciono con otras anteriores o posteriores del autor, derivaré en que los asuntos que a este lo desvelan persisten en ese hilo conductor.

Vista de la exposición "Weekend", de Rodrigo Canala, en XS Galería, Santiago de Chile, 2019. Foto: Raimundo Edwards
Performance de Rodrigo Canala durante el cierre de su exposición "Weekend", en XS Galería, Santiago de Chile, 2019. Foto: Raimundo Edwards

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En este sentido, la obra Weekend, expuesta recientemente en la Galería XS, la relaciono con el texto La nave de Argos, de Ronald Barthes, en la que sus argonautas iban reemplazando constantemente todas sus piezas mientras esta navegaba, logrando cada cierto tiempo una embarcación completamente nueva sin que cambiara de nombre ni de forma. Eso es Weekend, la misma obra de siempre que se repite una vez más, aunque en verdad es una obra enteramente nueva, distinta, en la que Rodrigo Canala le da una vuelta más a las tuercas de las piezas de su misma nave a la que le ha reemplazado todas sus partes.

Vista de la exposición "Weekend", de Rodrigo Canala, en XS Galería, Santiago de Chile, 2019. Foto: Maida Prado
Performance de Rodrigo Canala durante el cierre de su exposición "Weekend", en XS Galería, Santiago de Chile, 2019. Foto: Raimundo Edwards

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Es paradójico, pero el enunciado de la obra Weekend a primera vista no parece atractivo, o sea, que se distancia del sentido de su nominación, que se asocia al relajo, al esparcimiento. En este caso su apariencia es más bien tediosa, por lo mecánica, profiláctica, calculada, sistemática, geométrica, simétrica, imperturbable, parca, o sea, por lo insensible; …sería acaso como levantar la delgada capa de pintura de un fresco magistral de Piero della Francesca y descubrir el esqueleto que sirve de guía para la composición de la escena con la técnica de la sinopia. Pero ojo, que quede claro que hablé de “su apariencia”, ya que este conjunto de adjetivaciones, que parecen inclementes, derivan en un régimen que las contiene a todas convirtiéndolas en seductoras, en humanas por oposición: el rigor. Sí, el rigor por naturaleza no es proclive al coqueteo con las emociones; sin embargo, precisamente por esa renuncia a la galantería, establece una distancia entre su sistema severo y metódico, como lo es esta obra de Rodrigo Canala, que es medible por las emociones que palpitan en el sujeto que mira esas construcciones dispuestas con perfección y pensadamente en el espacio de la Galería, haciendo que esa distancia, al ser medible, genere un temblor complementario al estímulo que le da sentido a esa analogía del andamiaje geométrico que sostienen las fábulas de Piero della Francesca, en este caso a las composiciones de Canala con sus múltiples combinados que excluyen todo rasgo de huella —aun cuando la contiene—, activando de ese modo el reloj de tiempo de la bomba emocional que todos llevamos dentro. Por lo tanto el rigor es un régimen que desde su condición nos mueve el piso y nos hace temblar, lo que es equivalente a la pulsión que da cuenta de una identidad. Es así como la frugalidad rigurosa de Rodrigo Canala tiene un rendimiento, provoca conmociones: es cuestión de ser pacientes y darle un poco de tiempo.

Performance de Rodrigo Canala durante el cierre de su exposición "Weekend", en XS Galería, Santiago de Chile, 2019. Foto: Raimundo Edwards
Performance de Rodrigo Canala durante el cierre de su exposición "Weekend", en XS Galería, Santiago de Chile, 2019. Foto: Maida Prado

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La silla del último día. Así se podría rotular este punto en el que el autor combina en un solo objeto, que es la estructura de fierro oxidada de una silla, rigor y temblor. En efecto, se trata de una simple y económica construcción de un modelo muy funcional de los años 70’s, popular de la época, al que se le adosaban dos tablas, que seguramente el autor encontró tirada en la calle u olvidada en una bodega en medio de trastos viejos. Pero, ¿qué posee esta estructura que la hace crucial? El último día de la muestra Rodrigo Canala realizó un performance que comprendía como elemento protagónico esta estructura de silla, de manera que al ingresar ese día a la galería llamaba mucho la atención este inmobiliario ruinoso ubicado en un sector privilegiado del espacio. Y llamaba la atención porque antes que nada se trataba de un modelo emblemático de una época a la que de inmediato nos transportaba, luego porque su deplorable estado se agudizaba por la pulcritud del espacio que la contenía y, finalmente, por la precisión y simplicidad de su diseño, que dialogaba con el conjunto de las piezas dispuestas estratégicamente en los impecables muros de la galería.

Pero, ¿qué hace que este objeto sea capaz de contener en sincronía el rigor y el temblor? Precisamente ese contraste entre la severidad y precisión de su diseño y el cúmulo de óxido que daba cuenta de un lato trato con el tiempo, con el manoseo, con el uso, acopiándose en una densa pátina, que es una condición física que por algo los japoneses cautelan con devoción, porque es en esa maculatura donde se reconoce la esencia del objeto, no en su estado virgen, nuevo, limpio: “Es en sus despojos donde puede leerse la verdad de las cosas”, dice un prócer por ahí.

Tal vez algunos consideren que con esto de la estructura de la silla estoy hilando demasiado fino, que se trata de un detalle que no amerita mayor atención. Sin embargo, no por nada reparé en ese factor, pues existen detalles que siendo para muchos irrelevantes son, en el fondo, determinantes; como aquél de las caricias que Liv Ullmann le hace en la mejilla a una de sus hermanas, en el film Gritos y susurros, de Bergman, empleando el dorso de la mano y no la palma. Se dirá que es una expresión amorosa, pero es evidente que la palma posee una sensibilidad mucho más poderosa que su dorso. Y Rodrigo Canala es, hay que decirlo, experto en los detalles, al igual que el arte que revela su magnificencia gracias al manejo diestro y milimétrico de los detalles: mientras más mínimo y sutil más poderoso, como el rictus casi imperceptible en la boca de la Gioconda.

Performance de Rodrigo Canala durante el cierre de su exposición "Weekend", en XS Galería, Santiago de Chile, 2019. Foto: Raimundo Edwards
Performance de Rodrigo Canala durante el cierre de su exposición "Weekend", en XS Galería, Santiago de Chile, 2019. Foto: Raimundo Edwards

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La obra Weekend concluye con una performance que el autor tituló No+ (PERFO-PROFE). Lo paradójico de este performance es que su propuesta fue precisamente una acción que planteó la antítesis del rigor escrupuloso de lo que hasta ese momento se exponía en el espacio impecable y monacal de la galería: fue un temblor abrupto y violento que puso en crisis al rigor, que sin embargo generosamente lo contuvo y justificó.

Luego de un largo retiro en el mutismo y austeridad del desierto profiláctico del espacio expositivo, en el que cualquier asomo de singularidad ponía en crisis el despliegue de imágenes aparentemente inánimes que Rodrigo Canala había dispuesto encriptadas en sus respectivas urnas selladas con vidrios, además de otras estructuras objetuales muy simples y emblemáticas, irrumpe en escena el artista ante la mirada atenta de una treintena de asistentes que seguíamos sus movimientos: era el último día, cuando se clausuraba la exposición. Todo transcurre entonces en silencio y con solemnidad.

Rodrigo Canala, portando una bolsa corriente de plástico negra, de ésas que dan como último recurso para trasladar la mercadería en los boliches de barrio, ingresa a la sala acompañado de una joven, que era una de sus hijas, y se sienta en la estructura metálica y esquelética de la silla oxidada. Entonces la joven, premunida de una máquina eléctrica rasuradora de cabello, procede a cortarle el pelo a su padre lanzando todos los mechones al piso. Una vez que ella concluye con su tarea se retira, momento en el que el artista extrae un plumón negro de la bolsa plástica que antes había depositado junto a él en el suelo, y se levanta para intervenir con gruesos trazos los vidrios de varias de las obras impecables dispuestas en los muros, haciendo que la liquidez de la tinta oscura chorreara sin control por la superficie transparente de los cristales. Luego, de la misma bolsa el artista saca una tiza con la que traza un dibujo esquemático e irregular en el piso, continuando con una acción en la que desde un pequeño pote lanza una delgada capa de polvo negro entre el pilar central de la Galería y uno de los muros, formando una película tenue que él con su dedo interviene dibujando una línea recta que conecta los extremos sobre los que se esparció el manto oscuro de hollín, rematando la performance con el encendido de un incienso contenido en una concha marina, abandonando luego de ello el lugar por una puerta lateral.

La performance habrá durado en total un máximo de veinte a veinticinco minutos, sin embargo, ese lapso breve de tiempo, plagado de impulsos temblorosos, sellaba cerca de cuarenta días anteriores, entre comillas, rigurosos y parcos, de una obra que por principio no concebía un despliegue fortuito de improvisaciones. No obstante, como ya lo he mencionado, ante una rigurosa presencia la reacción natural es la de abrazar la pulsión sensible del temblor: en este caso se trató del despliegue explícito, vívido e in situ de cinco acciones que para todos son íntimas, secretas, singulares y espontáneas; es decir, por completo adversas al régimen, otra vez entre comillas, imparcial que se desplegaba con contenida, o quizás con muy bien administrada, pasión en los muros. El performance, en este caso, fue como el lanzamiento magistral de una mancha de Franz Kline sobre un gran cuadro de Piet Mondrian.

Performance de Rodrigo Canala durante el cierre de su exposición "Weekend", en XS Galería, Santiago de Chile, 2019. Foto: Raimundo Edwards

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Sí, se agradece mucho un vaso de agua luego de una travesía en el desierto. Y se agradece especialmente en este caso, porque Rodrigo Canala ha optado por las travesías en el desierto, las que requieren de resistencia, voluntad, austeridad, flexibilidad, sentido de ubicación y conocimiento, pues en esos climas la humedad es más generosa en la oscuridad, por lo tanto es preciso agudizar más todavía el rango de dilatación de las pupilas.

Y claro, continuando con las analogías, si asistimos a un encuentro notable y magistral entre Kline y Mondrian, es casi lo mismo que aquello que menciono al comienzo, cuando se contactan en un mismo territorio una frase colosal con una imagen también colosal, que es algo tan incierto como el territorio que se expone en Weekend, equivalente a aquél aforismo tan lúcido de Thomas Mann, que dice: “No hay nadie más seguro que aquél que no sabe para dónde va”, que cuando lo experimentamos aparecen esos fugaces destellos que iluminan brevemente las regiones oscuras de nuestra sensatez.

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Enrique Matthey

Chile, 1954. Es Profesor Titular del Departamento de Artes Visuales de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, lugar donde ha ejercido la docencia de pre y postgrado desde 1978. Desde 1975 ha realizado exposiciones e intervenciones individuales y colectivas en Chile y en el extranjero. Sobre su obra han escrito Pablo Oyarzún, Adriana Valdés, Guillermo Machuca, Sergio Rojas, Willy Thayer, Federico Galende, Rodrigo Zúñiga, entre algunos. Y algunas otras cosas más...

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