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ELIZABETH BURMANN LITTIN: CONCHA EN ÁCIDO

“Y el paso de los animales a los vegetales es continuo, ya que uno podría preguntarse si algunas formas marinas son animales o plantas, puesto que muchas de ellas están pegadas a la roca y mueren si se las separa de ella”.

Aristóteles, Animalibus Historia.

            “En respuesta a quienes objetaban la existencia de agua pesada en lo alto de los cielos, hacía notar que también había una viscosidad líquida en las cabezas de los hombres… El único, el ser más perfecto, no debe permanecer encerrado en sí mismo, debe fluir y crear el mundo de las ideas, que a su vez crea una copia o imagen de sí mismo en el alma universal, la cual genera las criaturas sensibles y vegetales. Y así sucesivamente en la serie descendente, hasta llegar a las últimas heces de las cosas”

Arthur Koestler, Los Sonámbulos.


Ilustración de Simón Jarpa para la exposición “Concha en ácido”, de Elizabeth Burmann Littin, 2024.

Últimamente he estado cocinando, con bastante frecuencia, ceviche de cochayuyo. El cochayuyo viene atado en una especie de paquete. Son duros y livianos, un poco como un hueso ondulado y café. Para cocinarlos hay que volver a hidratarlos; se dejan en una olla con agua toda la noche. En la mañana están gelatinosos. 45 minutos hirviendo los ablanda y los deja listos para ser comidos. En el mar parecen una especie de cabellera gigante que flamea lenta en una corriente líquida. Al paquete de cochayuyo le queda mar, pero no le queda líquido. Parece un fósil joven: el shock de alejarse del mar lo petrifica. La cocina, sin embargo, lo ablanda, le devuelve la flexibilidad.

El procedimiento culinario hace que la condición esponjosa se re-reactive, entonces, la lengua se pueda encontrar con un alga que se le asemeja bastante. Los dientes duros trituran, permitiendo que lo que entró a la boca pueda ahora seguir avanzando hacia el interior viscoso y obscuro del cuerpo. Como una antena de cortísimo alcance, la lengua logra extraer y codificar de esta interacción (la que sostiene con el ceviche), información sensible; un sabor. Es esa parte del cuerpo que sabe hacer del contacto la experiencia del gusto, hacernos percibir los sabores que están cifrados en las cosas con que interactúa, función que ejecuta en la oscuridad de la cavidad bucal (así como hacen las ostras al filtrar).

La boca, en definitiva, no es tan distinta a un molusco; pequeños cofres, cuevas óseas con mandíbula, que esconden una especie de gusano sensible, un pequeño trozo de carne con vocación de animal, de antena, aunque no tenga ojos. La lengua podría ser una especie de larva que vive en la cara, desde la que desciende una anatomía compleja, un cuerpo -digamos para el caso- humano.

Tal vez el molusco marino no tiene piernas porque lo que come se lo lleva el mar en las corrientes. Es el medio acuoso el que traslada sustancias que entran en la concha, esta filtra, devolviendo al flujo marino, la misma materia pero depurada, una alquimia que transmuta cierta basura de mar en nutriente. La boca humana necesita piernas, ya que los vegetales no flotan en el aire; nuestro cuerpo nos permite acercarnos a las lechugas y a las papas, las que luego digerimos y lanzamos al agua, esperando que los organismos filtradores (naturales y artificiales) se ocupen de ellos, que decanten. Si el cuerpo humano es un eficiente contaminador, algunos cuerpos vegetales y animales saben depurar.

Vista exposición Concha en ácido, de Elizabeth Burmann Littin, Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Santiago, Chile, 2024. Foto: Felipe Ugalde
Vista exposición Concha en ácido, de Elizabeth Burmann Littin, Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Santiago, Chile, 2024. Foto: Felipe Ugalde

Somos una especie que se ha proveído de un sistema técnico que permite extender nuestra longevidad. Este es tal vez el instante donde estamos produciendo el Antropoceno, en el que nos encontramos sumergidos y al que estamos, cada vez de forma más irremediable, sometidos. “Un cuerpo vivo solo existe en relación con la biósfera, de la cual no es sino un componente más[1]. La proliferación de nuestra biología —y, junto con ella, la de otros cuerpos que consumimos, así como también el hostigamiento vital que hacemos de todo cuerpo que no se nos hace funcional— ha infectado de humanidad (material y simbólica) zonas antes no alcanzadas por nuestra densa presencia. “En realidad, es el sistema nutricio de la Tierra misma lo que está afectado y, con él, tal vez la capacidad de los humanos de hacer historia con otras especies”[2], complementa Achille Mbembe.

La humanidad está infectando prácticamente todo territorio de su presencia, lo que desplaza la presencia de otros cuerpos vivos de zonas a las que se encontraban indefinidamente vinculadas. La expansión de lo humano ha propiciado unos éxodos de otras formas de existencia. Si la lengua es un cuerpo esponjoso que codifica el mundo que la circunda en el momento del contacto, la humanidad es un sistema expandido de proliferación de residuos.

El ojo absorbe el mundo físico hacia nuestro sistema perceptual, haciendo de las opacidades distantes objeto de nuestra percepción. El ojo es un aparato que permite a nuestro cuerpo orientarse en el espacio sin la necesidad de tocar, o bien, tocando por medio de la vista (la luz). Pero el cuerpo humano no solo sobrevive en la absorción del mundo que lo rodea; este es un cuerpo que también emana, invirtiendo de esta manera las facultades de un cuerpo que funciona como, por ejemplo, la lengua o inclusive el ojo. Estos órganos se dejan afectar, traduciendo los estímulos que los alcanzan.

Por el contrario, el organismo humano exuda, pero no solo materia orgánica, sino sustancias de la más variada naturaleza. La humanidad ha logrado poblar diversas capas materiales o perceptuales, haciendo del espacio que afecta un territorio colmado de nuestra presencia, la que se extiende densa y sin posibilidad de desaceleración, como una mancha multidimensional que avanza sin resistencia posible. Lo humano está incrustado en todas las materias que alcanza. Nuestros bosques se esfuerzan en limpiar la traza de nuestras emanaciones; sin embargo, el mundo natural no estaba preparado para las múltiples mutaciones de nuestras formas contaminantes.

Vista exposición Concha en ácido, de Elizabeth Burmann Littin, Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Santiago, Chile, 2024. Foto: Felipe Ugalde

Los moluscos y corales son especies homólogas de la foresta en esa dimensión misteriosa que habita desde el horizonte marino hacia abajo. El mar se sostiene como un medio nutritivo, reciclando su condición de hábitat. La alquimia de la concha depura el agua mientras condensa nácar; una perla es la prueba de que algo que fluía disperso se ha cristalizado, como los cálculos renales. Los ciclos que nos vinculan al mar están siendo sedimentados. Si el mar ablanda nuestros desechos (entre ellos toneladas de plásticos) y los devuelve al flujo sistémico de la biología del mundo, no va a quedar otra alternativa para todo cuerpo vivo que convertirnos en ostras, en organismos de la filtración.

Cuando la composición microscópica del medio ambiente se llene de plástico, también lo estarán todos los cuerpos. Esas sustancias que nos permitieron hacer bandejas translúcidas para almacenar pechugas deshuesadas de pollo, ahora diluidas en los líquidos vitales atraviesan nuestros cuerpos como también lo hace el oxígeno (solo que, con más peso, con menos agilidad y sin nutrientes).

Un año de respirar y comer enquista en el cuerpo humano un volumen de plástico equivalente al que compone dos o tres tarjetas de crédito, pero este no lo devolvemos al ambiente como lo hacemos al exhalar el aire: se incrusta repartido en nuestro interior, como si fuésemos cedazos, esperando algún día hacer contacto con la tierra, cuando en esta nos desintegremos. Nuestros cuerpos descompuestos serán manchas subterráneas de materia orgánica y plástico. Mientras tanto, somos complejas ostras de tierra.

Vista exposición Concha en ácido, de Elizabeth Burmann Littin, Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Santiago, Chile, 2024. Foto: Felipe Ugalde

¿El animal imita al humano? ¿El humano imita al animal? ¿O bien somos todos animales y también todo es un poco humano? ¿Somos acaso lo mismo con distinta forma? Estamos todos revueltos. Nuestras células transitan con relativa libertad de un cuerpo a otro. Estamos hundidos en una especie de jalea, una sopa de la que nunca podremos salir. Lo humano, por mucho tiempo, se situó imaginariamente por fuera de esta jalea (el mundo como un fenómeno de la biología).

Pusimos el foco de nuestra atención en el espacio de abstracción que el lenguaje nos permitió construir, refundando un mundo imaginario dentro del mundo real, al que solo se puede acceder por medio de la capacidad humana de abstracción intelectual. Dejamos de percibirnos como inmersos en un sustrato biológico, del que inclusive nuestras ideas más complejas provienen.

La electricidad en el cerebro que nos permite la sinapsis es también un fenómeno de la biología de la bola de grasa que tenemos al interior del cráneo. Desde esta voluntad arrogante de diferenciación es que hemos generado vías de progreso técnico -que no dejan de tener un sorprendente mérito- que han resentido el soporte material del mundo, haciéndonos ver que nunca hubo tal separación respecto de la materia, separación en la que tanto creímos: en una dimensión las sustancias, en otra lo humano.

Cada software está asociado a una pieza de hardware, sin la que su fenómeno inmaterial no se podría expresar (como el alma y el cuerpo). Y cada hardware es a su vez una forma natural transformada en dispositivo. Todo lo que la humanidad ha creado ha sido confeccionado a partir de elementos que ya estaban en el mundo. El producto de la naturaleza humana es a partir del tratamiento de los elementos de la naturaleza natural. Así como opera la escultura, todo producto de la actividad humana es la reconfiguración de las formas y orgánicas de las maneras naturales de la manifestación de la materia. Hacer de algo otra cosa. Un computador es un montón de piedras (minerales) manipuladas al punto de que se parecen y operan como (en definitiva, son) una máquina que procesa información digital.

Hemos torcido la identidad de la materia para que pueda encarnar la forma del progreso. Nos estamos inventando un mundo nuevo en la medida en que hemos involucrado a la naturaleza en un sistema industrial que la convierte en otras cosas. Spinoza declara que todo es “una sola substancia con una infinidad de atributos”[3]. Ese es el terreno que la humanidad ha sabido acelerar.

Vista exposición Concha en ácido, de Elizabeth Burmann Littin, Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Santiago, Chile, 2024. Foto: Felipe Ugalde
Vista exposición Concha en ácido, de Elizabeth Burmann Littin, Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Santiago, Chile, 2024. Foto: Felipe Ugalde

Si el cochayuyo necesita estar blando para entrar al cuerpo y poder nutrirlo (o bien, volverse parte de este), el cuerpo que entra a “concha en ácido” también debe estar blando, bien como cochayuyo hervido o cochayuyo vivo. La exposición opera como un sistema digestivo, el que se inicia con una cocción experiencial (y no necesariamente con la mordida). Al hervir el cochayuyo, la violencia del calor suspende en mi casa un vapor marino que estaba cifrado dentro del alga deshidratada. Esta se agita con el calor y se desprende desde la olla hacia la cocina, y desde esta sigue transitando como un fantasma con olor a mar por las otras habitaciones. De esta manera el alimento se respira antes de ser comido.

Y si el cochayuyo debe quedar blando como la lengua, el cuerpo también debiese devenir lengua ante la exposición; antena de corto alcance. Así como la cocción, la exposición transita de lo duro hacia lo blando. Los muros rosados parecen ablandar el museo, volviendo las salas una especie de cueva de carne. El gesto parece cosmético, pero hace a la vista percibir una dureza como bajo un hechizo suavizante. Y así lo duro progresa: las formas que primero están hechas de metal, en las salas sucesivas son de madera, de concha machacada; se encuentran sumergidas en bruma, agujereadas.

El ambiente está lleno de materia que transita; todo hace contacto con todo. Si algunas piezas son evidentemente esculturas -como piernas delgadas de cangrejo que descienden de la carne del museo- otras se nos ofrecen como asientos. La escultura ya se incrustó en el museo y es ahora mobiliario, arquitectura. Como en el fondo del mar, donde todo es un poco la continuación de otra cosa. 

En la sala final, la artista cubre los vidrios de las ventanas con adhesivos de color, tiñendo el sol que ingresa (como hace también la superficie del mar). Los muros son agujereados como si estuviesen hechos de mantequilla, de algo blando. Nuestra mirada puede atravesar el muro por delicadas mirillas que conectan las salas, a pesar de que la arquitectura del museo se interpone pesada, por muy rosada que sea.

El muro parece estar horadado, afectada su rigidez del avanzar de esta exposición, que lo vuelve poroso. Lo mismo le pasaría a un barco hundido: se ablandaría al punto de llenarse de llagas, poblarse en su superficie de algas y moluscos, como si tuviese una lepra hecha de vida marina. Concha en Ácido ingresa al museo como reptando, áspera y suave al mismo tiempo, hiriendo como una lengua que de tanto frotarse contra el edificio lo atraviesa. De pronto pareciera ser como que la marea subió hasta que apareció en el segundo piso del MAC y fijó una presencia con la forma de esta exhibición.

La historia que nos cuentan las caracolas fosilizadas en el desierto es que en el pasado todo era mar. Las islas de plástico perdidas en el océano nos dicen que, de alguna manera, en el presente, todo territorio está tocado por lo humano. El mar en las salas del museo nos propone la imagen de un nuevo desborde, del mar como un revoltijo de la naturaleza y lo que no lo es, construyendo una nueva biología que se podría apoderar de todos los espacios, incluso esos que hemos vaciado de naturaleza.

Vista exposición Concha en ácido, de Elizabeth Burmann Littin, Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Santiago, Chile, 2024. Foto: Felipe Ugalde
Vista exposición Concha en ácido, de Elizabeth Burmann Littin, Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Santiago, Chile, 2024. Foto: Felipe Ugalde
Vista exposición Concha en ácido, de Elizabeth Burmann Littin, Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Santiago, Chile, 2024. Foto: Felipe Ugalde
Vista exposición Concha en ácido, de Elizabeth Burmann Littin, Museo de Arte Contemporáneo (MAC), Santiago, Chile, 2024. Foto: Felipe Ugalde

[1] Achille Mbembe, Brutalismo. Ediciones Paidós, 2022.

[2] Ibid.

[3] Baruch de Spinoza. Ética, Demostrada según el orden geométrico.


Concha en ácido, de Elizabeth Burmann Littin (Santiago, 1992), se podrá ver del 4 de abril al 4 de agosto de 2024 en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Parque Forestal, Santiago, Chile.

Curaduría: Sergio Soto Maulén

Dibujante: Simón Jarpa.

Arquitecto: Ignacio Lira Montes.

Asistente de arquitectura: Javiera Paz Pino Gallardo.

Diseño de iluminación: Pascual Mena Rodríguez.

Producción: Tarix Sepúlveda, Francisca Geisse, Ivanna Donoso.

Asistencia en obras: Anastassia Carachi Olivier, Paloma Pacheco, Alexia Apablaza.

Asistente curatorial: María Errázuriz Subercaseaux.

Desarrollo electrónico y programación: Taller Dinamo – Gustavo Muñoz.

Fabricación CNC: Labomat Departamento de Arquitectura, Universidad

Técnica Federico Santa María.

Montaje: Víctor Flores, Adolfo Bimer.

Practicantes: Catalina Martínez, Paz Ponce Andrade, Carolina Tavolari Holzhauer, Emilia Astorga Calcagno, Amanda Romero Gili.

Javier González Pesce

Artista visual. Es licenciado por la Universidad ARCIS (Chile, 2008) y Máster en Arte en la Esfera Pública por ECAV (Suiza, 2017). Ha participado en exposiciones colectivas en Chile, Uruguay, Argentina, Colombia, Estados Unidos, Canadá, España, Suiza, Grecia y China. Entre sus exposiciones individuales destacan "Esta Tierra es tal, que para vivir en ella y perpetuarse no hay mejor", en la Galería Gabriela Mistral (Chile, 2017), "Ciels", en el Musée de Art de Sion (Suiza, 2017), y "El ser tan bella no te da derecho a destruir", en el Museo de Artes Visuales (Chile, 2014). Ha ganado el premio de arte joven del MAVI (Chile, 2012), el premio para curadores del Consejo de la Cultura (Chile, 2013), y la Residencia de las Américas del Consejo de las Artes de Montreal (Canadá, 2014).
Desde 2011 co-dirige el espacio de arte Local Arte Contemporáneo (Santiago, Chile), en el que han exhibido artistas como Gonzalo Díaz o Tris Vonna-Michell, y ha generado proyectos curatoriales, organizado exposiciones y escrito numerosos textos. Local ha participado de ferias de arte internacional en Chile, Estados Unidos y España.

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