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ESTHER FERRER: ESPACIO / TIEMPO / PRESENCIA

Por Martine Heredia*

Si a Esther Ferrer le gusta citar a Heráclito, es porque el Tiempo es el meollo de su trabajo: es tanto materia como reflexión. La idea de que nadie se baña dos veces en el mismo río sugiere que, por un lado, todo fluye, nada dura, todo está en un movimiento permanente y por otro, la repetición ha de entenderse como un proceso que genera lo diferente.

Para Esther Ferrer, la repetición es lo que cambia la percepción del tiempo y se transforma en estructura. La proposición que hace la artista con el Piano de Satie está ahí para recordarnos que, en la música, Erik Satie fue el primero en convertir la duración en un parámetro compositivo igual a los ritmos y las notas. Referencia a la pieza del músico titulada Vexations en la que el mismo motivo musical se repite 840 veces al piano, y siendo una de las primeras obras que contiene una reflexión explícita sobre el tiempo. Compartiendo con el compositor francés el mismo gusto por la transgresión y el humor, el mismo combate contra las convenciones, Esther Ferrer reproduce a mano varias indicaciones del propio Satie para construir —como en las partituras— un espacio poético de pensamiento en la superficie real del piano. Al centrar el trabajo hacia el campo conceptual, la artista propone un camino para renovar la percepción según un tiempo concebido como novedad permanente en sí mismo. Así se invita al visitante a compartir una experiencia musical en la que la concepción y percepción del tiempo dialogan.

Vista de la exposición «Esther Ferrer: Espacio/Tiempo/Presencia», en 1Mira Madrid, 2021. Foto cortesía de la galería
Vista de la exposición «Esther Ferrer: Espacio/Tiempo/Presencia», en 1Mira Madrid, 2021. Foto cortesía de la galería
Vista de la exposición «Esther Ferrer: Espacio/Tiempo/Presencia», en 1Mira Madrid, 2021. Foto cortesía de la galería

En realidad, para Esther Ferrer, la repetición es sobre todo una acción que forma parte de una serie que vincula el arte con la vida; con la multiplicación de sus autorretratos encuentra la oportunidad de manipular su propia imagen en una relación peculiar con el tiempo y el espacio. Si Autorretrato en el espacio es el medio de la visibilidad de la propia proposición, la obra revela que no hay ninguna evolución formal que considerar, ninguna perfectibilidad. El dispositivo evidencia un desplazamiento, cuyo origen y destino se desconoce, que va desde la nada hasta la nada, desde la claridad hasta la oscuridad. Su término, por muy inquietante que sea, se relaciona más con lo Otro y cuestiona sobre todo el conocimiento. En ese espacio existe una incógnita: el tiempo como relación con la alteridad inalcanzable. La nada del intervalo —un tiempo muerto— es la producción de lo infinito abriendo horizontes de incertidumbres. Parece aquí que Esther Ferrer busque superar los modelos de identidad y pura presencia en donde todo depende del poder y sapiencia del sujeto ensimismado.

Con Autorretrato en el tiempo, no se trata de repetir lo Mismo para decir que es idéntico a lo anterior, sino más bien de presentar una repetición de las diferencias con vistas a un Mismo. Autorretrato en el tiempo es una serie iniciada en 1981 a partir de autorretratos de Esther Ferrer en blanco y negro, tomados por un fotógrafo, cada cinco años, con el mismo encuadre, la misma luz, el mismo fondo blanco, siguiendo el esquema compositivo de las fotografías de carnet de identidad. La repetición del proceso técnico y temporal —cada cinco años— muestra el trabajo que el tiempo hace por sí solo, su cambio en la duración, el de la naturaleza, perceptible en las marcas de las arrugas.

Pasando del formato de la fotografía al del cuadro, Esther Ferrer corta los retratos verticalmente y combina dos mitades diferentes, alternando medias caras pertenecientes a distintos años. Por la repetición, el resultado produce esta vez una serie infinita de autorretratos nuevos, rompiendo así el espejo para revisitar el retrato, verdadero juego especular entre lo real y lo imaginario. En el espacio-tiempo de la fotografía, la artista impone un espacio-tiempo imaginario, recompuesto. Así se obtiene una serie de superposiciones temporales donde el punto de fusión de las imágenes da lugar a un ser híbrido por el cual el sujeto se multiplica fuera de sí mismo, según un juego de la identidad consigo misma. Esther Ferrer maneja lo falso y lo verdadero —soy yo y no soy yo—, juega con lo posible y lo imposible —cada parte es mía pero su convivencia no se puede hacer en la realidad ya que pertenecen a una temporalidad diferente—. La artista hace cruzar lo desemejante que está en el seno mismo de lo semejante. De esta forma, en el corazón de esa dinámica, el trabajo de recreación de Esther Ferrer subraya que la identidad ya no es una entidad permanente — se diversifica volviéndose más compleja—, como tampoco es lo que se da, sino lo que se construye con el tiempo.

Vista de la exposición «Esther Ferrer: Espacio/Tiempo/Presencia», en 1Mira Madrid, 2021. Foto cortesía de la galería

El trabajo de Esther Ferrer revela que el autorretrato es el lugar donde el yo se encuentra en otro espacio y otro tiempo, donde el yo-mismo da con el yo-otro. Entonces deja de ser mero proceso; se enfoca como experiencia, como una trayectoria que va de lo familiar a lo extraño. Y de hecho, el rostro es lo que dice «aquí estoy» e implica el cara a cara; ya no es el retorno a uno mismo, sino una exposición de sí mismo en su desnudez y vulnerabilidad. Levinas ha demostrado, como sabemos, que el rostro es la experiencia del otro, el encuentro de la extrañeza y, por encima de mí, el tropezar con la exterioridad. Se presenta a lo Mismo en su epifanía, en el sentido de que se convierte en un enigma: aparece mientras oculta algo de sí. Estos autorretratos nos enseñan que hay cierta tensión interna en la identidad que remite nuevamente a la metáfora del río de Heráclito: la presión de ambas orillas (el mismo que se opone a sí mismo) es la que permite el flujo. Esther Ferrer logra establecer la relación necesaria entre lo que permanece y lo que se va, en una dialéctica abierta al infinito. De igual forma, el Otro no es sólo quien me da acceso a lo infinito, es infinito en sí mismo; pues, para la artista, el autorretrato es una oportunidad para plantearse el encuentro entre lo finito y lo infinito.

Esther Ferrer continúa su investigación sobre la repetición y lo infinito dejándose guiar por los números primos, según un proceso lúdico; oportunidad para cuestionar el orden aparente del mundo. El misterio de los números primos radica en que representan una serie infinita cuyo intervalo es imposible prever. Parece que no hay ni regla ni orden, pero sí irregularidad y regularidad en su distribución, orden y caos a la vez. Lo que a Esther Ferrer le interesa es transformar, mediante la intuición, un sistema lógico y estimular tanto el intelecto como el ojo, al servicio de la transmisión de conceptos. Con una meticulosidad casi obsesiva, los combina según su fantasía y así explora cómo el sistema preestablecido y la progresión de la serie de los números primos pueden incorporarse al proceso creativo de la obra de arte.

En suma, la cuestión de lo infinito bien puede referirse a cualquier grandeza extensiva: al espacio y al tiempo, pero también a los números. Esther Ferrer juega con ello para mostrar hasta qué punto, para el humano —ser finito y limitado—, lo infinito es lo que permite estar abierto a sí mismo, a los demás y al mundo, y el arte el medio para lograrlo.

Vista de la exposición «Esther Ferrer: Espacio/Tiempo/Presencia», en 1Mira Madrid, 2021. Foto cortesía de la galería

*Texto escrito por la autora para la exposición Esther Ferrer: Espacio/Tiempo/Presencia, que se puede visitar del 9 de septiembre al 13 de noviembre de 2021 en 1Mira Madrid, Argumosa 16, bajo dcha., Madrid, España.

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