Skip to content

DAVID BELTRÁN: LA DELICADA INTENCIÓN DE PLANTAR EL GERMEN

…en un mundo que se divide entre colaboracionistas y resistentes, me defino como un resistente. [1]

I

La casa en la que yo nací es una casa de familia. La construyó mi bisabuelo, con sus propias manos y las de algunos amigos, a finales de los años cincuenta. Es una construcción resistente, aunque no tiene un buen terminado; las paredes son de canto al descubierto y las vigas que sostienen el techo son rieles de línea de ferrocarril, también descubiertas. Con los años, el techo del portal se ha ido descascarando y el primer pedazo que se encontró con el suelo despojó el ala izquierda de cualquier evento doméstico, ya fuera jugar o sacar los sillones por la tarde para tomar fresco. O sea, una sección del portal de la casa en la que nací ha estado la mayor parte de mi vida en peligro de derrumbe, pero quienes la habitamos nunca lo hemos percibido de esa manera. Hemos normalizado el accidente, hemos convivido sobreexpuestos a un peligro que por ausencia de tiempo y, sobre todo de recursos, nos ha impedido restaurar el espacio doméstico que habitamos. Mi bisabuelo, al poco tiempo de terminar su casa, murió. La propiedad y el terreno estaban a su nombre y no se cambiaron sino mucho tiempo después a título de mi bisabuela.

Tengo en mi memoria fragmentos de imágenes de los planos en la mesa del comedor, de la visita del arquitecto de la comunidad, del abogado… De las gestiones y las demoras que se soportaron para llevar el cambio a buen término. Pero el recuerdo más lúcido de esos días es que, mientras ojeaba los planos y trataba de entender la disposición de las habitaciones en aquel papel de calco, me divertía imaginando la posible existencia de algún artefacto, poder, don o truco de magia que me permitieran arrancar mi casa de su sitio -del pueblo- en el que me había tocado nacer y desplazarla hacia cualquier punto del territorio habanero. Yo quería extrapolar aquellas paredes de canto y colocarlas en La Habana, para que la fatalidad geográfica dejara -de una vez y para siempre- de ser mi hándicap.

II

Silent Specific es un proyecto curatorial -expandido en lo virtual- comisariado por René Francisco Rodríguez y Dayneris Brito Castillero y nace del caprichoso ajuste de sonido del muy manoseado término “site specific”[2]. El pasado 16 de noviembre fue inaugurado en las redes y, desde entonces, renunciando al hándicap que imponen las distancias físicas, nos ha hecho cómplices de una voluntad de ruptura. De ella participan un amplio grupo de artistas cubanos, invitados a un rejuego que irrumpe y disloca la arquitectura y la visualidad de una ciudad que es real, pero que también tiene su correlato simbólico.

S.S ha generado confluencias que tienen su amparo en la voluntad de la mediación, la colaboración y la hibridación de conceptos referentes a lo que supone La Habana, como terreno fértil al reencuentro entre lo local intrínseco y el yo proyectado en el afuera. La órbita de este proyecto es el ciberespacio; desde allí y con el dominio de algunas herramientas tecnológicas, quiere rescatar la ciudad en sus esquinas, monumentos, plazas, e incluso en su espacio aéreo. Y que en ese contexto imaginado desde el arte, los de adentro y los de afuera -receptores todos- sean protagonistas de un tipo de creación artística, producida por otros, para un no lugar común: aquellaciudad que se empeña en sobrevivir a la desidia.

S.S ha escogido la red social Instagram como principal plataforma de comunicación de su discurso curatorial[3]. El feed se convierte de esta manera en la pared virtual que sostiene el montaje y la museografía de los proyectos que se irán presentando con regularidad. En esa suerte de tetris de tres piezas que contiene La Habana como ciudad imaginada, se presenta Engendro (2014)[4], la obra con la que David Beltrán[5], restaura uno de los tantos accidentes a los que la urbe referida debe su visualidad caótica y fragmentada.

III

David Beltrán es un artista que sabe cómo plantar la semilla de la curiosidad en sus imágenes. Sabe traducir la consanguineidad que refería en sus textos Paul Virilio, al pronunciarse fascinado ante un tipo de objeto iconográfico que depende de la condición humana y de sus habituales procesos para desencadenar significados en la materialidad de las cosas. Virilio habla de imágenes “reales”, virtuales, supeditadas a la perspectiva, al enfoque de un lente, a las correcciones ópticas… Y en la producción de David coexisten todas estas: las imágenes fotografiadas, las encontradas, las sujetas a la estratificación, las pintadas, y así podría continuar porque él -aunque suene redundante- fabrica imágenes. Las tuerce, las expande, las visibiliza, las sobredimensiona y las somete a todos estos procedimientos como una provocación a esa certeza contemporánea que tenemos sobre lo que es la Realidad. 

David no es consciente del impacto que sus acciones han tenido en la concepción urbana que -desde el arte cubano- se ha tenido de La Habana. Esa capacidad suya para crear poesía, para traducir la belleza y cuestionar hasta dónde somos capaces de llevar la experiencia transformadora de mirar con otros ojos. Así sucede con uno de sus primeros trabajos sobre la ciudad, Quimeras (2005), que contiene una serie de proyectos “utópicos” emplazados en el espacio público, que inician esa obsesión suya por convertir la ciudad en un espacio imaginado. No hay en las obras una voluntad de transformación real, pero sí una práctica ilusoria enfocada en recolocar y explotar los valores añadidos de lo público; ese tiempo y lugar que le pertenecen al ciudadano de a pie. Es así como el bullicio centrohabanero, mezclado con las olas del mar rompiéndose en el muro del malecón, arrojan la acústica del litoral hacia adentro. Así es como la Necrópolis de Colón se convierte en mirador porque tal vez, desde arriba, sobre los restos de nuestros antepasados, exista la remota posibilidad de avizorar el futuro. Las imágenes que él produce se replican a través de un altavoz y te gritan: ¡Esto no es lo que ves! Y realmente cada Fragmento de infinito[6]es otra cosa, realidades encontradas, situaciones vívidas, referencias descontextualizadas que te conectan con otras experiencias. La iconografía es con el objeto incontenido en imágenes que se desdoblan, que escapan de la conceptualización porque nacen en los reductos del encuentro, de la imagen que se escapa a un tipo de calificación tan al uso en la categorización de técnicas y manifestaciones artísticas.

En la prolongada concupiscencia de una imagen mil veces fracturada, amorfa y disparatada, David Beltrán localiza un tipo de sentido intrínseco y volátil para seguir imaginando la resistencia de la ciudad.

Engendro es una obra puntual, no pertenece a ninguna serie, aun cuando su autor acostumbra a trabajar prolongando sus proyectos en el tiempo.

-¿Podría ser que esta obra de 2014, a la que vuelvo seis años después nos estuviera avisando de que, en un futuro cercano, David y Goliat[7] volverían a rozarse las mejillas con cariño?

-Falacia absoluta. Pero, podría ser…

La fotografía presenta el Monumento a las víctimas del Maine[8] intervenidovisualmente por una postura de huevo que remata su cúpula. David se las ingenia para contener en la imagen intervenida de un conjunto estatuario la promesa de la vida. ¡El futuro ha sido corregido! El águila con las alas en vertical ha sido reemplazada por el águila con las alas en horizontal. Y luego el vacío, reemplazado por la posibilidad de la paloma. Y aquí, otra vez el vacío, reemplazado por una simple postura blanca. Una coronación que brota, que aún no ha perdido una batalla, que no se ha equivocado, que se está formando al margen de la historia y las esperanzas de su nacimiento son apostadas al clamor de lo desconocido. Un huevo blanco, que parece haber llegado a la cúpula rodando, en un recorrido curativo, que quiere limpiar al monumento de sus afrentas. Rodando, como si de un cuerpo humano se tratara el huevo llega a la cabeza, habiendo purificado la base que lo sostiene.

David construye su propio relato de lo que supondría un acercamiento a la tradición monumentaria que existe en Cuba. Despojando al objeto de su lastre, propiciando la pérdida de un antecedente histórico que definió la Historia de una nación. ¿Y si el Monumento al Maine dejara de significar? ¿Y si fuera cualquier construcción de granito conmemorativa?. Pero no lo es. Como se mire, siempre nos conectará con la incapacidad de gestionarnos desde adentro. Su explosión supuso un giro dramático en una isla colonizada, en una isla que siempre ha estado en disputa desde afuera. El monumento y el mar, la historia reseteada, para ser contada de otras formas, con otras palabras y qué mejor elemento que un huevo blanco para entender las ficciones que giran alrededor de este minúsculo hito segregado en medio de la vía pública. ¿Qué contendrá el engendro? Habrá que esperar. De momento hemos de apostar por su resistencia. No está construido sobre paredes de canto, ni encerrado bajo líneas de ferrocarril. Su advenimiento supone la duda. Unos querrán que sea águila, otros que sea paloma. Y algunos intentarán destrozarlo para encontrar la verdad en un rompecabezas de tres colores. Pero los huevos no tienen ideología. Llegan a lugares inhóspitos y a plazas concurridas sin ninguna explicación. Desbordan el vacío de ciudades imaginadas. Son transportables y cumplen, algunas veces, con la delicada intención de plantar su germen.


[1] Las tres bombas de Paul Virilio. Entrevista a Paul Virilio de Luisa Futoransky. Venezuela Analítica, 14 de mayo de 2001.

[2] Statement Silent Specific. Consultado en: http://silentspecific.net/

[3] La página web de Silent Specific está en construcción.

[4] Engendro. Impresión Lambda en papel fotográfico. 60×80 cm. 2014

[5] David Beltrán (La Habana, Cuba, 1978)

[6] Fragmentos de infinito. Serie fotográfica (2006-2016)

[7] El 20 de julio de 2020, durante el mandato de Barack Obama, Cuba y Estados Unidos restablecen oficialmente relaciones diplomáticas después de 54 años de confrontaciones.

[8] El Monumento al Maine es un conjunto arquitectónico diseñado por Félix Cabarrocas y Moisés de Huerta. Fue inaugurado el 8 de marzo de 1925 en honor a las víctimas de la explosión del acorazado Maine en 1898, hecho que desencadenó la Guerra Hispano-cubano-norteamericana. Originalmente el monumento estaba rematado por un águila imperial con las alas extendidas en vertical. Esta primera escultura, que coronaba la cúpula del conjunto, fue sustituida luego de los daños que le ocasionara el Ciclón del 26. Su homóloga, aunque seguía marcando el rumbo hacia el norte, tendría en esta ocasión las alas diseñadas horizontalmente, para evitar su vulnerabilidad ante los embates de la naturaleza. Según las fuentes históricas, en el año 1961 la Junta de Monumentos, creada por el gobierno revolucionario, decidió actualizar la estructura del conjunto de granito, suprimiendo para siempre el águila -símbolo imperial norteamericano-, así como otros elementos que no se correspondían con los principios del naciente “faro de América Latina”.

Yudinela Ortega Hernández

Nace en Cuba. Es historiadora del arte, crítica y gestora cultural. Actualmente vive y trabaja en Madrid. Cursa el Máster La Fábrica. Dirección de proyectos culturales. Textos suyos han sido publicados en diversos medios especializados y ha comisariado exposiciones en galerías de Cuba y España. Docente de Crítica de Arte & Art Consulting en Formación al Cuadrado.

Más publicaciones

También te puede interesar