Por Juan Cristóbal González

La trizadura del mar es un montaje expositivo en el Teatro de Zapallar de Valparaíso (Chile) que se enfoca en el borde costero como espacio de sobreposición y desdoblamiento, donde lo político y social se disputa la lógica del relato con la metafísica de la experiencia espacial, abordando problemas territoriales de dominio simbólico.

Este grupo de obras es el resultado de dos años de investigación in situ desarrollada en el borde costero norte de la región de Valparaíso (Quintero, Puchuncaví y Zapallar), donde los requerimientos del turismo y de los propietarios vacacionales suelen invisibilizar los problemas sociales derivados de la crisis medioambiental y de la pesca artesanal, causados principalmente por la central termoeléctrica de Ventanas y la Ley de Pesca. A esto se le suma el desarrollo inmobiliario, la privatización del borde costero y sus consecuentes desplazamientos demográficos, en donde los locales se mueven hacia el interior, producto de la demanda, socavando las tradiciones y alterando su forma de vida.

Estos problemas “terrenales” se cruzan con el paisaje como escenario existencial determinado por la potencia del horizonte, y la orilla como espacio de fricción, sobreposición y desdoblamiento, donde lo sólido, lo líquido y lo etéreo se desdibujan. Límite físico que delata al mar como territorio de la muerte: el mar como abismo poético, como espacio de transfiguración y materia subjetiva. Dispositivo que activa procesos psíquicos que tienden a la introspección, la reflexión y la divagación, y que pueden encender la metafísica de la experiencia espacial: un encandilamiento que inflama y nos funde con el universo.

Vista de la exposición “La trizadura del mar”, de Juan Cristóbal González, en el Teatro Zapallar, Valparaíso, Chile, 2018. Cortesía del artista
Vista de la exposición “La trizadura del mar”, de Juan Cristóbal González, en el Teatro Zapallar, Valparaíso, Chile, 2018. Pintura, óleo sobre tela, 1.30 x 2.00 mts. Cortesía del artista

Los anteriores encuadres y enfoques se contraponen diametralmente, distanciados por un abismo que, al ponerlos en perspectiva, raspa lo absurdo y el sinsentido, potenciando el dramatismo que se manifiesta, en este caso, en el lenguaje visual a partir de lo multidisciplinario, en donde diversos materiales, medios y soportes articulan una “historia sin tiempo” que alude a la experiencia contemporánea como espacio fragmentado, en donde dislocaciones gramaticales configuran un cuerpo dinámico suspendido que involucra realidades simultáneas.

Aquí, como en la poesía concreta, la disposición visual, espacial y material de los elementos en juego componen la experiencia, potenciando lo psicológico contenido en la estructura.

Esta obra, en términos generales, explora las tensiones entre naturaleza, cultura y simulacro, y lo aborda por medio de las figuras del paisaje, la construcción y la enajenación cultural, enfocando los problemas de la representación, asumiendo el lenguaje visual como espacio social en conflicto. Para ello, establece relaciones entre actores opuestos, forzando comparaciones tácticas de imágenes y conceptos, combinando signos que se presentan como operaciones visuales de resonancia simbólica expresadas a través de distintos recursos.

La trizadura del mar se estructura a partir de diversos canales de producción, tanto artesanales como industriales, en donde los distintos elementos que la conforman generan diálogos en el espacio, tensiones de lenguaje que abren cuestionamientos en torno a las estrategias de representación y sus contenidos.  Las pistas de producción recorridas convergen desatando fricciones y armonías, delatando la incertidumbre expuesta en oscilaciones y despistes. Una operación que revela la actitud que contiene, sostiene y proyecta esta obra más allá del episodio.

Vista de la exposición “La trizadura del mar”, de Juan Cristóbal González, en el Teatro Zapallar, Valparaíso, Chile, 2018. Trozo de vidrio quebrado sobre nueve copias de la Ley de Pesca, texto. Cortesía del artista
Vista de la exposición “La trizadura del mar”, de Juan Cristóbal González, en el Teatro Zapallar, Valparaíso, Chile, 2018. Manto dorado confeccionado con mantas térmicas de sobrevivencia, fotografías (autoretratos), letrero electrónico sobre arena de playa (texto: “Aquellos que saltaron por la borda fueron vistos como locos por aquellos que no veían el brillo en la profundidad”). Cortesía del artista
Vista de la exposición “La trizadura del mar”, de Juan Cristóbal González, en el Teatro Zapallar, Valparaíso, Chile, 2018. Pintura, políptico y escultura con neón (texto: “Donde todos son los otros”. Cortesía del artista

La trizadura del mar, como conjunto clasificado, se desdobla en pistas simultáneas que operan en distintos rangos, los cuales se intercalan formando una trama narrativa descalzada por las diversas densidades y niveles significativos. El significante trabaja en cadenas de asociaciones desiguales, proliferando a distintos niveles de acuerdo a parámetros de analogías formales. Es en este sentido que es un espacio textual e intertextual, donde recortes formales de diversos grados e incluso estilísticamente heterogéneos actúan sobre un campo tejiéndose y destejiéndose, confeccionando una expresión que conforma la cáscara de su propio sentido.

La trizadura del mar es un esfuerzo por desmantelar las pantallas y desfondar lo cotidiano instalando el suspenso… No es la niebla que nos cubre. Es el faro que encandila.