[Fragmento]*

Por Olivia A. Valentine (George Mason University)

Traducción de Jaime Arrambide

A las nueve de la noche del martes 3 de diciembre de 1913 –aunque algunas fuentes dicen que todo ocurrió el jueves 5, dos días después–, los espectadores del Luna Park de San Petersburgo pagaron 9 rublos para ver cómo rasgaban un telón por la mitad: era el estreno de Victoria sobre el sol. El telón rasgado reveló un retrato de los tres responsables de la construcción de la primera “ópera futurista”: el compositor, Mijaíl Matiushin, el libretista y creador del extraño dialecto del texto, Alexei Kruchenij, y finalmente el diseñador, Kazimir Malevich. No eran, sin embargo, “retratos” normales. Los tres hombres aparecían representados como formas recortadas, de diseño diferente, y el público entendió de inmediato que algo interesante estaba por pasar.

Victoria sobre el sol puede ser definida como relativamente ingeniosa, absurda, y obra corta de apenas dos actos breves. En el elenco eran todos hombres, los personajes no tenían nombre ni una personalidad definida, y lo que es más importante aún, el libreto no tenía otro argumento que “la conquista del sol por parte de los hombres fuertes del futuro”. La obra se lanzaba a los brazos del futuro y la modernización. Sin embargo, la Victoria es también un retrato del sombrío futuro que le espera a la sociedad rusa si sigue por el mismo camino. En comparación con otras óperas futuristas de la época, fue considerada “el evento teatral más audaz y exitoso”, y también fue vista como una distopía contemporánea. Pero difícilmente pueda decirse que la Victoria era una ópera: tenía más texto que música, y por eso en la función sólo había un piano. Muchos la vieron como una “anti-ópera”, porque no sólo desafiaba el arte y la forma en que se lo presentaba, entendía y ejecutaba, y lograba expandirse sobre la música creando un estilo explosivo, todo con un piano, sino que también desafiaba el modo en que una ópera debe ser representada.

La obra fue pensada para embestir contra las “viejas” tradiciones y sistemas de creencias, pero también para mostrar la “emancipación del hombre de su dependencia de la naturaleza, que para los futuristas, hijos de la urbe, en el siglo XX había sido superada por la máquina”. La obra rechazaba las tradiciones en el campo del arte, la literatura y hasta la música, para abrirle la puerta a ideas más modernas y futuristas. Los tres arquitectos de la Victoria se propusieron desde el principio atacar el estilo del teatro ruso tradicional, para establecer su propia forma de teatro futurista ruso. Al reflexionar sobre la obra en su ensayo de 1960 titulado Sobre la ópera Victoria sobre el sol, Kruchenij hace mención a la insuficiencia de fondos para producirla, y a que debieron recurrir a los miembros de la Unión de Jóvenes –un grupo de jóvenes pro-futuristas fundado por Matiushin– para interpretar los distintos roles. Los dos papeles principales fueron interpretados por los dos mejores músicos del grupo. El vestuario diseñado por Malevich estaba hecho de cartón duro, pintado por él mismo, montado sobre marcos de alambre rígido. Si bien el vestuario estaba pintado con un esquema de colores fuertes, no le alcanzó el dinero para comprar toda la pintura necesaria, así que los trajes se veían deslucidos. La Victoria sólo tuvo dos ensayos generales –incluido el ensayo con vestuario–, y Kruchenij menciona que Matiushin se quedó extático por la eficacia de esos actores amateurs que habían contado con tan pocos fondos y tiempo para ensayar.

La Victoria se centraba en los conceptos clave de peso, velocidad y dirección. Confiaba más en el peso, la velocidad y la dirección que en cualquier color que se mostrase en un momento específico. Los efectos escénicos y la interrelación entre dirección de escena y escenografía generaban en el público un efecto de artes vivas. De acuerdo con la filosofía artística de Malevich, si un artista seguía pintando según leyes establecidas por otra persona, entonces ese arte no era ni verdadero ni sincero. El artista tenía que liberarse de las restricciones de las leyes artísticas. Sólo entonces el artista pintaría el lienzo o esculpiría el mármol con mente sana y espíritu limpio. Para Malevich, era mejor ver el arte como el artista ve un nuevo bastidor en blanco: una nueva oportunidad de explorar algo único. La idea radical de que el inconsciente domina el consciente humano ayudó a conformar el arte suprematista de Malevich. No sólo ayudaba a construir un nuevo proceso de pensamiento, sino que a los ojos de Malevich, también un nuevo individuo.

El famoso Cuadrado negro de Malevich, inspirado en los telones de fondo que había creado para la Victoria, no era más que un cuadrado negro pintado sobre un bastidor blanco. Con esa creación se conforma el trío de pinturas del Cuadrado negro, el Círculo negro, y la Cruz negra, que representan las bases del arte suprematista. Ese trío de composiciones está conectado a la idea de espiritualidad en Malevich, para quien toda conexión de lo representado con algo superior tenía un valor artístico mayor. El primer Cuadrado negro, pintado en 1915, se vio directamente influenciado por los diseños para la Victoria, ya que en la representación original faltaban colores. Sin embargo, en este trío de pinturas (círculo, cuadrado y cruz), el cuadrado recién llegó después del círculo. Malevich es conocido por su Cuadrado negro, ya que fue pintado y luego recreado infinidad de veces, pero el verdadero fruto de la Victoria fue el círculo. El “sol” era un círculo negro, y así, al pintarloen el extremo superior derecho del lienzo y no el en medio, revela un espacio y una desconexión con la realidad. Si lo hubiese situado justo en el centro, reflejaría unidad. Pero al estar desplazado a un costado, representa discordia y división, dos aspectos cruciales tomados de la destrucción presente Victoria sobre el sol.

Tras el estallido de la revolución, en 1917, resucitar la Victoria parecía el camino más adecuado a seguir. Ahora, Victoria sobre el sol, que se había propuesto desde un principio como un puntapié inicial del futurismo ruso, cobraba un significado nuevo y aún más relevante, no sólo para el futurismo, sino en el contexto de la historia en su conjunto. Aunque no aceptado en un principio, su objetivo de ser una “anti-ópera” así como una máquina de lanzamiento de las ideas futuristas y luego de las ideas filosóficas y artísticas del movimiento suprematista, contribuyó a invocar, influenciar e inspirar toda una visión enteramente nueva y revolucionada del arte. La Victoria ofreció un panorama completamente distinto sobre la vida simbólica en la cultura rusa, así como un camino para que los futuristas dejaran atrás las tradiciones y encendieran la chispa de su propia revolución. Actualmente, es una obra rara vez representada y presenciada. Por el contrario, sólo es conocida por sus avances artísticos, y no por sus novedades lingüísticas y tonales. Quienes tienen la suerte de participar en alguna de esas escasas representaciones actuales enfrentan desafíos similares a las que enfrentaron los creadores originales, aunque se trata de un tipo de obra hoy por hoy mucho más aceptada y respetada. Sus creadores ciertamente dejaron una marca duradera, en su tiempo y para la historia. Porque en definitiva, “todo está bien si empieza bien y no tiene fin: el mundo perecerá, ¡pero nosotros quedaremos!”


*Texto incluido en el catálogo Kazemir Malevich, reeditado en español por primera vez para acompañar la primera retrospectiva en Latinoamérica del seminal artista ruso Kazimir Malevich (1878-1935), en Fundación PROA, Buenos Aires, y que se podrá ver hasta el 11 de diciembre de 2016. La muestra se enriquece con un exhaustivo material documental, a cargo de Joseph Kiblitsky, quien también recrea, por primera vez, la obra La Victoria sobre el Sol realizada en 1913 por Maiakovski, Kruchenij y Malevich, con el diseño de los 20 trajes que Malevich confecciona para la obra de teatro. El video de la ópera se presentó en el Auditorio de PROA, exhibiendo un hito de la experimentación de la vanguardia rusa y un punto de inflexión en el lenguaje abstracto de Malevich.

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