SOL HENARO: “BAJAR LA VELOCIDAD ES POLÍTICO Y, AUNQUE CUESTA MUCHO, HAY QUE SEGUIR INTENTÁNDOLO”
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[lectura breve]
¿Qué lugar puede ocupar hoy el museo frente a la aceleración productiva, las demandas de representación y la presión por convertir toda experiencia cultural en consumo inmediato? A propósito del Día Internacional de los Museos, entrevistamos a distintas directoras y directores de instituciones de Latino/Ibero/América para pensar cómo se reconfigura hoy el rol del museo desde sus propias prácticas, contradicciones y contextos específicos.
En esta entrega, la conversación es con Sol Henaro, directora del Museo Universitario del Chopo, quien plantea una defensa del museo como espacio de pluralidad, desaceleración y pensamiento crítico. Frente a las inercias neoliberales que atraviesan las instituciones culturales, Henaro reflexiona sobre la necesidad de sostener prácticas más horizontales y cuidadosas, capaces de resistir la espectacularización de los contenidos y de abrir espacios para el disenso, la convivencia y otras formas de experiencia cultural.
[En esta serie: entrevista a Blanca de la Torre, directora del Institut Valencià d’Art Modern (IVAM)]

— Dada la presión por responder a demandas de representación y crisis sociales, ¿dónde crees que están hoy las oportunidades, los límites —o riesgos— de la acción del museo?
Me parece que hay algo que opera distinto entre responder a demandas de representación y crisis sociales o querer participar o involucrarse con ellas, es decir, el museo desde luego es un ente social que juega un rol importante en la esfera pública, pero no creo que todos los museos deban de atender a las mismas necesidades ni ir por inercia hacia una realidad que algunos buscan amplificar críticamente desde el museo. Homogeneizar me resulta problemático.
Creo que uno de los principales retos es preguntarse ¿desde dónde se sostiene una iniciativa y para qué? ¿Qué es lo que buscamos detonar desde el espacio museológico o cultural? Pensaría en responsabilizarnos de lo que se intenta articular y no “participar de una agenda”, que, pensado de ese modo, desprovee de agencia a la acción. El museo debe ser un agente más, entre otros que conformamos el ecosistema cultural, que puede decidir participar activa y críticamente desde sus diversos proyectos y quehaceres.

— Ante la necesidad de ampliar y diversificar audiencias, ¿cómo se negocia hoy en el museo la tensión entre accesibilidad y profundidad de los contenidos?
Hay una diversidad de perfiles museológicos que convocan y atienden a comunidades muy diversas. En el caso del Museo Universitario del Chopo, me gusta pensar que podemos aprovechar responsablemente su infraestructura para participar con distintos proyectos y, medianamente, ofrecer una pluralidad de modos de aprehender el mundo a través de prácticas artísticas y culturales.
Frente a una cultura de tanto consumo rápido y de la presión por “espectacularizar” los contenidos, me resulta fundamental defender desde las instituciones museológicas el derecho a la cultura, la libertad de expresión, el derecho al disenso o procurar buenas prácticas, por ejemplo.
En nuestro caso, buscamos generar o convocar una programación en distintas direcciones para que nuestras comunidades encuentren pluralidad a través de nuestras exposiciones, nuestros programas públicos o los proyectos vinculados a artes vivas o a La Fanzinoteca. Creemos que una programación dinámica y vibrátil no está enemistada con generar proyectos rigurosos.

— ¿Hasta qué punto crees que el modelo económico actual de los museos condiciona —o limita— sus decisiones curatoriales y programáticas?
La cultura material desde luego es fundamental para poder desarrollar proyectos, sostener un equipo de trabajo, mantener una infraestructura sana, procurar mejoras en la remuneración de una comunidad cultural y poder desarrollar investigaciones impulsadas por el propio equipo o convocar otras externas para presentarlas en el museo. Todo tiene un costo y uno debe procurar un ejercicio o gestión, no solo responsable, sino también hábil y creativa para que los límites presupuestales no cercenen el contenido crítico que interesa compartir y sostener. La cultura la debemos sostener de modo colectivo y descentrado; desde luego, es importante reflexionar sobre con quienes podemos generar alianzas o imaginar estrategias para acercarnos a ello, pero igualmente es importante desarrollar un músculo de destreza para no frustrarse ante los obstáculos que se presentan.

— ¿Qué aspectos del funcionamiento institucional del museo —sus ritmos, estructuras o formas de trabajo— te parecen hoy más difíciles de sostener o repensar?
La productividad neoliberal es algo que nos está llevando al límite, al menos a nuestra salud mental como profesionales. Querer responder a la presión de la productividad es muy riesgoso: drena potencia de vida, roba espacio de convivencia y cuidado. Pensamos que después de la pandemia ciertas inercias serían impugnadas, pero no ha resultado fácil. Nos cuesta a veces administrar las ganas; muchas veces me he repetido que bajar la velocidad es político y, aunque cuesta mucho, hay que seguir intentándolo.
Por otro lado, creo que desde ese microcosmos que es el Museo también debemos procurar no reproducir políticas de verticalidad, resistir operar desde la competencia y la mercantilización o banalización de las experiencias culturales.
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