REVERSIONES Y FICCIONES DE LA NACIÓN
Reversiones y Ficciones de la Nación, presentada en Arte Actual FLACSO (Quito), surge de una investigación curatorial que interroga la legitimidad de las historias nacionales en Ecuador y Bolivia. Jaime Sánchez Santillán, curador de la muestra, parte de un hito reciente: las nuevas constituciones de ambos países (2007 y 2008) declararon sus territorios como Plurinacionales e Interculturales. Más allá de la importancia de que este hecho fuera impulsado por pueblos y comunidades ancestrales, su alcance implica la exigencia de revisar las formas de gobernanza de los Estados nación y, sobre todo, de reconocer otras memorias históricas y otros modos de comprender el pasado, el presente y sus continuidades.
Hasta ese momento, la historia oficial había sido edificada desde hegemonías académicas y científicas que representaban los intereses de élites económicas blancas, legitimando su dominio a través de relatos adaptados a esas necesidades. Museos nacionales, archivos, instituciones educativas y dispositivos patrimoniales han sido piezas centrales en ese andamiaje narrativo: escenarios donde la identidad nacional se construye, se dramatiza y se naturaliza. Esta maquinaria, como advierte Sánchez Santillán, desconoce la condición colonial que subyace a la idea misma de nación y habilita la proliferación de esencialismos, racismos y versiones distorsionadas del mestizaje.


En los países andinos —donde la interculturalidad y la plurinacionalidad no son mera consigna, sino demandas históricas de sus pueblos originarios— los relatos se vuelven necesariamente más complejos. Las cosmovisiones no occidentales, que han sido continuamente relegadas o folclorizadas por la historia oficial, proponen modos distintos de relacionarse con la memoria, el territorio, la vida comunitaria y la temporalidad.
Esta complejidad epistémica desafía no solo a la historiografía, sino también a sus instituciones: ¿Cómo proponer una estética que no refuerce los relatos coloniales y racistas cuando las colecciones están conformadas por objetos adquiridos de formas no siempre legales y cuando los restos humanos continúan convertidos en objetos de exhibición?, pregunta el curador.
Desde esta tensión, Reversiones y Ficciones de la Nación utiliza el concepto de ficción en un doble sentido: como herramienta crítica —en sintonía con la noción de “comunidades imaginadas” de Benedict Anderson— que revela el carácter construido de la nación; y como dispositivo utópico capaz de imaginar futuros que escapen a las lógicas del capitalismo depredador.



El proyecto, desarrollado en diálogo con el antropólogo y curador boliviano Juan Fabbri, convoca a seis artistas de Ecuador y dos de Bolivia a elaborar, a lo largo de un año de trabajo colaborativo, una serie de obras comisionadas que interrogan el racismo estructural, el patrimonio, la memoria, la identidad y la historia.
Estas piezas despliegan lenguajes diversos del arte contemporáneo para abrir fisuras en la narrativa hegemónica, poniendo en crisis nociones como mestizaje, nación o patrimonio —conceptos que, en su uso institucional, han servido para homogeneizar poblaciones y encubrir procesos de blanqueamiento y desigualdad.
En su texto curatorial, Sánchez Santillán advierte que “el mestizaje ha operado como una ideología que pretende armonizar la diferencia mientras oculta la violencia que la produjo”, y propone la ficción como una vía radical para reimaginar horizontes equitativos, comunitarios y soberanos.

Las obras reunidas ofrecen versiones alternativas de la historia oficial, interrogando tanto los silencios de los museos nacionales como las narrativas estatales que han sostenido la idea de nación como un cuerpo único, homogéneo y heroico. Retoman, de manera implícita o directa, la crítica de pensadoras como Silvia Rivera Cusicanqui, quien ha descrito la nación hegemónica como “un cascarón vacío, incapaz de reflejar la complejidad de países empobrecidos por esas mismas élites”.
Al abrir espacio a miradas que desbordan las cronologías lineales, las reliquias canonizadas y los relatos únicos de origen, la exposición propone reescribir la historia desde el disenso, la multiplicidad y la memoria viva. En lugar de reafirmar la ficción de una nación diseñada por élites blancas, Reversiones y Ficciones de la Nación plantea una provocación: recuperar nuestros propios relatos, aquellos que se construyen en el día a día, que casi nunca ingresan a los textos oficiales y que, sin embargo, sostienen la realidad plurinacional e intercultural de nuestros territorios.


Desmantelar la historia única
Las ocho obras comisionadas para Reversiones y Ficciones de la Nación despliegan un arco de estrategias estéticas que van desde la relectura crítica de los dispositivos museales hasta la invención de genealogías alternativas, ficciones especulativas y acciones que rozan lo performativo. En conjunto, apuestan por desmantelar la historia única —aquella que, como advierte el curador Jaime Sánchez Santillán, “ha convertido la diferencia en folclor y la violencia en patrimonio”— para reactivar otras formas de narrar lo nacional desde memorias negadas, afectos silenciados y objetos desplazados.
La obra Wayraska, de Angélica Alomoto, se inserta en el recorrido cuestionando la manera en que los museos clasifican, exhiben y sacralizan aquello que llaman “arqueología”. Sus collares de osamentas —impresos en 3D, dispuestos como un altar dedicado a los tres mundos andinos (Hanan Pacha, Kay Pacha y Ukhu Pacha)— operan como una relectura crítica de las taxonomías occidentales que han separado los objetos de su cosmología. Alomoto desmonta la neutralidad del museo, recordando que toda exhibición es también una ficción del pasado, y reubica la materialidad en su dimensión ritual, simbólica y comunitaria.
En Uranolito Rioverde, Andrea Alejandro imagina una Esmeraldas —la “Provincia Verde” del Ecuador— transformada por la caída, en 1851, de un cuerpo celeste cargado de piedras preciosas. A través de una ficción enciclopédica, la artista reconstruye una historia que se aparta del relato marcado por el racismo estructural y la violencia que han atravesado a la provincia desde la llegada de poblaciones afros esclavizadas en el siglo XVI. La pieza inventa una temporalidad alternativa donde la abundancia no es un mito negado, sino una línea posible de futuro, y exige preguntarnos qué narrativas se han perpetuado para sostener la marginalización de territorios afrodescendientes.
La obra No somos•somos•queremos, de Fidel Minda, opera como un recorrido poético y performático por la esclavización y la diáspora negra en América. La música, compuesta e interpretada por el propio artista, deja de ser un marcador folclorizado para convertirse en un gesto político que desarma los estereotipos que reducen lo afroecuatoriano al baile, al ritmo o a la fiesta. Minda tensiona la mirada turística con una experiencia corporal que reubica la memoria en el registro del duelo, la resistencia y la persistencia.



Con una aproximación íntima, Isabel Llaguno presenta Nunca leí los libros para aprender kichwa de mi abuela, donde el cuerpo funciona como dispositivo para activar memorias negadas. Al vestir los trajes “folclóricos” del grupo de danza de su madre, la artista encarna identidades borradas en el paso generacional y revela cómo la blanquitud opera también en las historias familiares, borrando genealogías indígenas. El gesto performativo funciona como reparación afectiva: un modo de rearticular la historia desde la ternura y la insistencia.
En Museo Itinerante del Mocarro, Pamela Cevallos revisa el concepto de patrimonio desde un inventario oficial de objetos arqueológicos falsos. Sus miniaturas guardadas en un maletín, el collage de dibujos en carbón y las huellas de la artista expanden una crítica punzante al sistema museal, que ha legitimado estas piezas como “pruebas” del pasado mientras desprecia, bajo la etiqueta despectiva de mocarro, a los artesanos que producen las réplicas. Cevallos desmonta la autoridad del museo al exhibir el artificio —y la violencia simbólica— que sostiene la clasificación patrimonial.
La intervención urbana lineazo ecuatorial, del artista Borrego (Darío Caiza), traslada un gesto cotidiano de la albañilería —el timbrado con hilo y polvo de color— a una acción de escala urbana. Al marcar con líneas amarilla, azul y roja distintos monumentos, fachadas e instituciones de Quito, el artista mide la rectitud de los lugares donde se encarna la nación. Este potente ejercicio simbólico es acompañado por varios dibujos e imágenes realizadas en concreto que son intervenidos con la misma línea. Además, es una clara referencia a la línea ecuatorial que divide al mundo en dos hemisferios.




La obra Cristóbal Condori: una nariz de ficción, de Viviana Mamani, parte del episodio de 2021 en el que el monumento a Cristóbal Colón en La Paz perdió su nariz durante una intervención pública. A través de la realidad aumentada, Mamani imagina a un Colón rebautizado como “Condori”, deambulando por El Alto en búsqueda de un nuevo rostro. La pieza enlaza prácticas contemporáneas de rinoplastia —muy comunes en la ciudad como intento de “arreglar” rasgos indígenas— con la persistencia del blanqueamiento como ideal estético. La ficción desbarata el monumento, lo ridiculiza y lo devuelve al terreno de la disputa simbólica.
Finalmente, TEO, de José Ballivián, presenta a un personaje outsider —el Chojcho— que encarna las tensiones entre lo ancestral, lo occidental y lo contemporáneo en Bolivia. TEO viste una camiseta con la imagen de Frankenstein, metáfora de una identidad compuesta a partir de fragmentos, parches y suturas. El artista explora la estética chojcha como un territorio de fricción donde se negocia la pertenencia en un país atravesado por polaridades raciales. La figura del monstruo, lejos de lo grotesco, se vuelve emblema de una subjetividad que exige ser reconocida en su complejidad.
En conjunto, estas obras amplifican el gesto curatorial: desmontan la linealidad de la historia oficial, reactivan memorias largamente excluidas y utilizan la ficción —en sus múltiples registros— como herramienta para imaginar otros modos de habitar lo nacional desde la pluralidad, la disonancia y la soberanía comunitaria.


REVERSIONES Y FICCIONES DE LA NACIÓN
Artistas: Angélica Alomoto (ECU), José Ballivian (BOL), Borrego-Darío Caiza (ECU), Pamela Cevallos (ECU), Andrea Alejandro Freire (ECU), Isabel Llaguno (ECU), Viviana Mamani (BOL), Fidel Minda (ECU).
Curaduría: Jaime Sánchez Santillán
Co-curaduría en Bolivia: Juan Fabbri Zeballos
Arte Actual FLACSO, La Pradera y Diego de Almagro, Quito, Ecuador
Hasta el 15 de noviembre de 2025
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