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CARLA STELLWEG: CRUZAR FRONTERAS, SER Y DEVENIR

Pareciera que Carla Stellweg esperó a ver su pensamiento reunido, su vida en el arte puesta en palabras, antes de despedirse del mundo. Apenas unas semanas después de la publicación de Ser y devenir: cruzando fronteras y otras barreras (Promotora Cultural Cubo Blanco, 2025), la editora, crítica y curadora —una de las voces más lúcidas, transnacionales e influyentes del arte latinoamericano— partió dejando tras de sí un legado que, como ella misma escribió, cruza fronteras y otras barreras.

El libro, compilado por Edgar Alejandro Hernández, reúne por primera vez una selección de sus textos más representativos, dispersos durante décadas entre revistas, catálogos y publicaciones especializadas, muchos de ellos escritos en inglés y hasta ahora casi inaccesibles en México. Es como si Carla hubiese esperado a ver su propia travesía impresa —su biografía intelectual vuelta mapa de los cruces que modelaron el arte de América Latina y su diálogo con el mundo— para dar su último suspiro.

“Adelantada a su tiempo, no solo fue de las primeras en poner el foco en cuestiones como el feminismo en el arte, sino que también se interesó tempranamente por creadores emergentes que, con el tiempo, llegaron al mainstream. Asimismo, abordó problemáticas que hoy están en el centro del debate público, como la compleja relación entre identidad y herencia indígena —marcada por la opresión y la idealización—, o el papel que ha asumido el mercado como principal promotor del espacio artístico”, escribe Hernández en el prólogo del libro, lanzado el pasado 25 de septiembre en el Museo Tamayo de la Ciudad de México.

En el ensayo que da título al volumen, Stellweg recuerda a una niña india en vuelo hacia un matrimonio concertado en Nueva York, asustada ante el vértigo del desarraigo. La anécdota se transforma en una metáfora de la migración como estado del alma: ese territorio intermedio donde el sujeto aún no pertenece del todo ni al lugar que deja ni al que llega. “De manera simultánea, cuando una persona e-migra decide in-migrar”, escribe Carla, resumiendo su propio destino.

Nacida en Bandung, Indonesia, en 1942, prisionera en su infancia de guerra y desplazamientos, Stellweg comprendió pronto que la identidad no es un punto de origen sino una serie de trayectorias. Tras llegar a México en 1958, convirtió ese aprendizaje del desarraigo en método vital y profesional: hacer de los cruces —de geografías, lenguas, comunidades— un espacio fértil para el pensamiento.

Carla Stellweg en una de las galerías de la exposición individual dedicada a Rufino Tamayo en la Bienal de Venecia de 1968. Cortesía: Archivo Carla Stellweg

A lo largo de más de seis décadas, Carla Stellweg fue muchas cosas: editora, curadora, galerista, profesora, crítica, cómplice. Pero, sobre todo, fue una mediadora: un puente humano e intelectual entre mundos que a menudo se desconocían entre sí. Como colaboradora cercana de Fernando Gamboa en las exposiciones que llevaron el arte mexicano al exterior (Expo ’67, Bienal de Venecia 1968, Expo Osaka 1970), entendió que la diplomacia cultural podía ser también un acto de imaginación.

Desde su puesto como editora fundadora de la revista Artes Visuales (Museo de Arte Moderno, 1973–1981), abrió el campo a un debate inédito: el del arte contemporáneo latinoamericano entendido no como apéndice, sino como interlocutor del pensamiento global. “¿Qué es el arte latinoamericano? ¿Existe tal cosa? Y, de ser así, ¿cómo sería su crítica?”, se preguntaba entonces Stellweg.

Bajo su dirección, Artes Visuales se convirtió en un laboratorio de pensamiento estético y político, reuniendo voces como las de Juan Acha, Alaíde Foppa o Néstor García Canclini. La revista, bilingüe y política, surgió en un contexto de dictaduras, exilios y diásporas creativas; y, como ella misma recordaría medio siglo después, buscó ampliar las conversaciones e incluir a artistas chicanos, mujeres creadoras y manifestaciones no tradicionales como la fotonovela, el cómic, el performance y el arte callejero.

Revista Artes Visuales N°17, Primavera,1978.

Carla fue también una de las pioneras en introducir debates sobre arte feminista en México. En 1976 organizó el primer coloquio sobre el papel de la mujer en el arte en el Museo de Arte Moderno, adelantándose a su tiempo. “Parecía el momento de revolucionar la escena artística”, diría años más tarde.

En un texto reciente publicado en Artforum, Stellweg recordaba con ironía que cuando decidió organizar aquel debate, la respuesta general fue: “El arte feminista no existe: todas somos artistas, todas somos internacionales”. Ella insistió en que era tiempo de adoptar una postura política, y así abrió una conversación que marcaría generaciones. Esa capacidad de abrir espacios, de articular redes y de pensar desde el margen sin renunciar al rigor intelectual definió su práctica curatorial y editorial durante más de cinco décadas.

Su paso posterior a Nueva York, donde instaló su galería en East Houston Street, consolidó esa función de enlace: su estudio era a la vez refugio y nodo, un lugar donde el arte chicano, caribeño y latinoamericano se discutía con la misma seriedad con que se mostraba, y donde artistas como Ana Mendieta, Liliana Porter o Luis Camnitzer encontraron una interlocutora comprometida, rigurosa y afectiva.

Vista de la exposición Cultivar. Homenaje a Carla Stellweg, en el Museo Tamayo, Ciudad de México, 2023. Foto cortesía del museo

En el 2023, el Museo Tamayo le rindió un homenaje con la exposición Cultivar, curada por Pablo León de la Barra y Andrea Valencia. La muestra, que revisó más de seis décadas de trabajo, la situó como una figura instrumental en la introducción de artistas latinoamericanos y latinx en el campo del arte internacional, y como una mediadora clave entre México y el mundo. Cultivar retomó una palabra que Carla solía usar para pensar su práctica: cultivar como sinónimo de cultura, de siembra, de polinización de ideas. “De ahí viene la cultura, de la agronomía”, recordaba citando a su padre, “porque si no plantamos nada, no hay nada que cosechar”.

El recorrido de la exposición abarcaba desde sus inicios junto a Gamboa en proyectos internacionales hasta su papel en la fundación del propio Museo Tamayo, del que fue primera subdirectora y parte fundamental en la conformación de su colección. También abordaba su trabajo posterior en Nueva York, así como su temprana exploración de temas de género, feminismo y arte político. La muestra fue, en efecto, un campo de cultivo expandido: un tejido de relaciones estéticas y afectivas que continuarán germinando en el arte y en la vida.

“Los homenajes que he visto antes han sido póstumos, y yo estoy muy viva”, dijo hace pocos meses al hablar de la exposición dedicada a su archivo. Hoy, esa frase suena como un eco feliz y desafiante: Carla Stellweg sigue viva en cada frontera que ayudó a cruzar, en cada voz que aún encuentra en su ejemplo una forma de seguir siendo y deviniendo.

Cortesía: Museo Tamayo

En 2015 depositó parte de su archivo en el MoMA de Nueva York, institución que la reconoció como una “figura clave para el crecimiento y la creación de un espacio importante para el arte latinoamericano y latinx”, según Beverly Adams, curadora del museo. El resto de su archivo permanece resguardado en las Colecciones Especiales de la Universidad de Stanford, donde su huella seguirá inspirando a investigadores y curadores de nuevas generaciones.

Tras la pandemia, Stellweg regresó a México, a Cuernavaca, donde pasó sus últimos años entre amigos, colegas y afectos. “Realmente hizo que esos últimos años fueran importantes”, recuerda la curadora Andrea Valencia, quien trabaja junto a la cineasta Anamar Núñez Larios en un documental sobre su vida. “Nunca dejó de escribir, de conectar ni de interesarse por lo que sucedía en el mundo artístico”.

“Carla lo vio y vivió todo”, dice Hernández en el prólogo del libro. Hasta el final, Carla vivió en movimiento, cruzando fronteras y otras barreras —las geográficas, las culturales, las del lenguaje y las del género— con la misma lucidez que guiaba su escritura. Su pensamiento, ahora reunido en un libro, se nos entrega como la afirmación de que la crítica, como la vida, se sostiene en el tránsito.

Carla Stellweg en el viaje a Osaka, Expo 70, 1970. Cortesía de Carla Stellweg y Museo del Chopo
Carla Stellweg en el viaje a Osaka, Expo 70, 1970. Cortesía de Carla Stellweg y Museo del Chopo

“De las últimas cosas que le pregunté era si tenía algún apego, y su respuesta fue que no. Estaba lista y convencida de su contribución. ‘Mi ego está más que satisfecho’, me dijo. Carla trascendió antes de irse: en las ideas que sembró, en las amistades que tejió, y en el impulso que despertó en tantos de nosotros”, escribe Andrea Valencia en un homenaje publicado la pasada semana en Cubo Blanco.

En Ser y devenir: cruzando fronteras y otras barreras, esos itinerarios vitales encuentran una forma de retorno. En los textos seleccionados, simultáneamente eruditos y personales, Stellweg rehúye el formato académico: escribe como quien observa y participa, con la claridad de quien ha estado ahí, entre los protagonistas, sin renunciar a la distancia crítica.

Leerla hoy es recorrer medio siglo de historia del arte desde una perspectiva que nunca se proclamó central, pero que fue decisiva para entender los márgenes como motor del cambio. Como señala Hernández en el prólogo, sus textos componen una historia del arte no lineal, “personal y lúcida”, tejida con conexiones que sólo la reiteración —el volver a mirar, a nombrar, a pensar— hace posibles.

Alejandra Villasmil

Nace en Maracaibo (Venezuela) en 1972. Es periodista, fundadora y editora de Artishock.

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