CRISTINA FLORES PESCORÁN: ÑIÑI PARA FLORECER ÑAÑA
En Ñiñi para florecer Ñaña, la artista peruana Cristina Flores Pescorán convierte su experiencia vital en un campo de experimentación para la sanación: una práctica ritual donde la vulnerabilidad del cuerpo se resignifica como fuente de aprendizaje, de una singular belleza y de una fuerza política que desborda lo personal. A través del tejido y de elementos naturales, sostiene un diálogo constante entre cuerpo y experiencia médica.
El punto de partida de su obra es un episodio que atravesó su infancia: el descubrimiento de las primeras despigmentaciones en su piel, bajo el sol del océano Pacífico del norte del Perú, donde pasaba largas temporadas junto a su familia. Aquellas marcas, que tras años de exámenes fueron diagnosticadas como cáncer y la condujeron a tratamientos de quimioterapia tópica, revelaron de modo brutal cómo la medicina institucional examina, clasifica y fragmenta el cuerpo. En lugar de ceder a esa mirada, Flores Pescorán decidió apropiarse del relato: responder al escrutinio médico con procesos de invención, recetas de cura y una iconografía íntima.
Su obra convoca a los ancestros, a los alimentos y a la tradición textil prehispánica —el algodón nativo, las hojas de guanábana y de coca, los pallares moche, las gasas Chancay— para urdir rituales donde el hacer colectivo se afirma como espacio de incidencia y solidaridad. Desde lo cotidiano y lo mágico, la artista pregunta qué entendemos por enfermedad, muerte, cura o placer; cómo el cuerpo, atravesado por la ciencia, puede recuperar su capacidad de significar más allá de los diagnósticos.
El tejido, para la artista, es extensión de la piel, órgano respirante que absorbe y exhala, membrana porosa de intercambio con los demás y con el entorno. Sus hebras teñidas con plantas medicinales evidencian la experiencia del dolor y, al mismo tiempo, constituyen un acto material de reparación.



Las esculturas textiles que presenta en Casa Santa Ana, en Panamá, se inspiran en elementos del entorno natural —semillas, cortezas, ondas marinas y paisajes desérticos— y funcionan como instrumentos para ensayar la curación, reclamar la soberanía sobre el propio cuerpo e inventar lenguajes donde ciencia y magia coexisten.
La curaduría de Miguel A. López subraya esta doble corriente: un retorno al océano y a la intimidad familiar que trasciende la experiencia individual y convoca a pensar la enfermedad y la cura como prácticas compartidas en sociedad. En este sentido, el título de la muestra, Ñiñi para florecer Ñaña, resuena como un cántico de afecto, un guiño a las lenguas andinas y a la complicidad femenina que sostiene los procesos de cura que la artista explora; un pequeño ritual verbal, casi un hechizo.
En esta exposición, la alquimia silenciosa de Flores Pescorán transforma la experiencia de la enfermedad en una celebración de la vida y en un acto de imaginación política: un destello de vitalidad transformadora que nos invita a concebir la sanación no como un proceso individual, sino como una práctica compartida de cuidado y de justicia, capaz de nutrir y hacer florecer cuerpos y territorios en común.




CRISTINA FLORES PESCORÁN: ÑIÑI PARA FLORECER ÑAÑA
Casa Santa Ana, Ciudad de Panamá
Del 26 de julio al 1° de octubre de 2025
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