JANET TORO: EL CUERPO COMO FORMA DE EXPERIENCIA DE MUNDO
El cuerpo no es una cosa, es una situación: es nuestra comprensión del mundo y el boceto de nuestro proyecto
Simone de Beauvoir
Desde hace un tiempo, nuevas voces han irrumpido en el arte contemporáneo y en la sociedad. Se trata de voces y estéticas feministas que, en un momento histórico de expansión global de los feminismos, responden contundentemente a las formas contemporáneas de violencia.
La obra de Janet Toro (Osorno, 1963) se inscribe en esa misma sintonía. Su trayectoria, que abarca cuatro décadas —de 1985 a 2025—, puede explorarse en su muestra antológica Intimidad Radical. Desbordamientos y gestos, actualmente en exhibición en el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago. Esta primera exposición individual de la artista chilena en el MNBA pone de relieve la persistencia de un trabajo radical y profundamente comprometido con el cuerpo como territorio de memoria, resistencia y creación.
La muestra —aunque no exhaustiva de su producción— se articula en torno a tres ejes conceptuales que orientan el recorrido y ofrecen coordenadas interpretativas: Cuerpo/Estado/Violencia; Cuerpo/Afectos/Feminismos; y Cuerpo/Hogar/Creencias. Según la curadora Cecilia Fajardo-Hill, se trata de “tres ejes entrelazados entre sí por el cuerpo y por la forma como en cada tema la artista denuncia, contrarresta, desborda y reconceptualiza la realidad” (catálogo inédito, 2025).
Estos marcos conceptuales se distinguen por abordar problemáticas históricamente invisibilizadas. Desde ellos, Janet Toro actúa, crea y protesta contra la violencia de Estado y la violencia cotidiana y doméstica; contra la exclusión y el racismo presentes en distintos ámbitos sociales; y contra el olvido, desplegando un ejercicio de memoria, intimidad y creencias. Su trabajo enuncia y denuncia, por tanto, las desigualdades de género, raza y clase y, al igual que los feminismos, apuesta por una transformación radical de la sociedad.
En este sentido, mediante la dimensión simbólica del arte y de la performance, Toro busca la igualdad y el fin de la violencia hacia quienes han sido históricamente marginados e invisibilizados.
¿Podríamos entonces afirmar que el arte de Janet Toro es un arte militante?

Desde sus inicios, la práctica artística de Janet Toro se ha implicado activamente en movimientos sociales y políticos, constituyéndose como una herramienta de resistencia y transformación. Como señala Cecilia Fajardo-Hill, “su práctica ha sido persistente, comprometida, política y radical. Janet ha sostenido un quehacer artístico a lo largo de cuatro décadas a partir de una urgencia estética y política” (2025). Esa urgencia ha marcado de manera decisiva el carácter experimental, creativo y radical de su obra, al tiempo que ha abierto un campo de interrogación sobre el lugar que ocupan las mujeres en el mundo del arte.
La mirada de Janet Toro —su intimidad radical desplegada en la performance y las artes visuales— disputa el discurso visual dominante, poniendo de manifiesto, como ya hemos señalado, la violencia ejercida contra las mujeres en todos los ámbitos de la vida. En este sentido, su práctica política y estética constituye también una posición ética que, desde el arte, afirma la vida, una vida digna. Su rasgo esencial, siguiendo a Julia Antivilo, es “encarnar un arte donde el cuerpo es herramienta, materia prima y producto” (2015, 35).
Esta idea se hace especialmente evidente en obras como Este es mi cuerpo (2017), performance realizada en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago, en la que la artista se suspende colgada de una de las columnas del frontis del museo. La acción remite de inmediato tanto a la caza de brujas como a escenas de la esclavitud, recordándonos —como señala Silvia Federici— que seguimos, en cierto sentido, en un estado de guerra contra las mujeres, ya que el desarrollo del capitalismo no ha hecho más que normalizar esa violencia.
Este es mi cuerpo propone así una imagen contundente que denuncia la violencia patriarcal ejercida por el Estado y, al mismo tiempo, las desigualdades de género inscritas en la propia institucionalidad del arte.
Su obra Carmín (2013), presentada en la Gallerie 0 de Colonia, Alemania, como parte de la serie Dibujar el límite, muestra a la artista pintándose los labios de rojo carmín para luego estampar su huella sobre una hoja de papel. Este gesto, repetido durante horas, la conduce al límite de su resistencia corporal. Por un lado, la acción muestra cómo la repetición convierte un gesto íntimo en una forma de violencia ejercida sobre el propio cuerpo. Por otro, la carga simbólica de los labios rojos remite tanto al objeto de deseo como a la marca de la cosificación femenina. Ambas lecturas, en tensión, apuntan a la denuncia de esa misma cosificación y a la posibilidad de una liberación.

La artista conoce bien esta condición. Ha sobrevivido a situaciones de violencia machista, experiencia que aflora con fuerza en su obra Die Braut (La novia), parte de la serie Grenzen (Límites), realizada en 2007 en Alemania. La instalación consiste en un vestido de novia al que cose 150 pétalos de tela, cada uno con palabras de amor y de odio pronunciadas por alemanes hacia la artista. Toro incorpora además otras frases y términos, reflejando cómo el lenguaje organiza y estructura relaciones de violencia, íntimamente vinculadas al amor, al deseo y, finalmente, al odio y al desprecio. Al mismo tiempo, la obra desentraña cómo ese desprecio cala en el cuerpo propio y en la autoimagen proyectada, produciendo una percepción distorsionada de nosotras mismas y exponiéndonos a una radical vulnerabilidad.
Esta obra, al igual que muchas otras de Janet Toro, nos habla de “hacer conocimiento con lo vivido” (Julia Antivilo): de cómo las experiencias sufridas en nuestra propia carne pueden convertirse, a la vez, en una posibilidad de recomposición y en un punto de partida para la lucha contra la violencia, con el anhelo de que a ninguna mujer ni niña se le vulneren sus derechos. Lamentablemente, la realidad del mundo actual nos demuestra lo contrario.
Esto se refleja con fuerza en Requiem ad Calamitatem (Réquiem por la Catástrofe), una nueva instalación que la artista presenta en esta muestra, concebida desde la urgencia de no guardar silencio frente a las muertes de miles de niños y niñas palestinas y de denunciar la barbarie y la crueldad del colonialismo sionista[1]. Se trata de una obra tan rotunda como delicada, un clamor en defensa de los derechos humanos del pueblo palestino.



Requiem ad calamitatem, 2025. Vista de la exposición Janet Toro: Intimidad Radical. Desbordamientos y gestos, en el Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago, 2025. Foto cortesía Comunicaciones MNBA
Desde sus inicios, Janet Toro ha sostenido una posición crítica frente a la violación sistemática de los derechos humanos. Su arte emergió como una voz disidente en el contexto de la dictadura chilena y ha mantenido, hasta hoy, esa vocación de resistencia.
Las historiadoras del arte Andrea Giunta y Cecilia Fajardo-Hill (2017) sostienen que la noción de cuerpo político está estrechamente vinculada a la lucha de las mujeres por la conquista de derechos de igualdad en la sociedad. En particular, se relaciona con la condición de esos cuerpos expuestos a la represión, la censura, la tortura y la violencia cotidiana durante los estados de excepción que marcaron a las dictaduras en diversos países latinoamericanos.
Así, el cuerpo y la radicalidad del lenguaje se constituyeron en discursos de resistencia en los contextos dictatoriales de América Latina, incluido Chile, y la obra de Janet Toro es un ejemplo de ello. Mientras que en los años setenta la consigna del feminismo era “lo personal es político”, en la actualidad esta se ha reformulado por parte de las artistas feministas como “el cuerpo es político” (Antivilo, 2015). El cuerpo se erige así como el espacio político privilegiado, y las artistas feministas logran articular y visibilizar experiencias al situar literalmente el cuerpo en una posición política (Antivilo, 2015, 40).
De este modo, el arte feminista se centra en cuestionar la representación de cuerpos e identidades periféricas, evidenciando las estructuras patriarcales de poder que los subordinan. Las prácticas feministas transforman el arte en un acto político que persigue, por un lado, visibilizar estas estructuras de poder y, por otro, proyectar la igualdad como horizonte colectivo.


Esto lo vemos en su performance temprana Dos preguntas (1986), en la que Janet Toro interpelaba a la sociedad chilena bajo la dictadura con la pregunta: “¿Por qué estás triste?”; mientras que su compañera Claudia Winther preguntaba: “¿Por qué sonríes?”. La acción, realizada en calles de la ciudad, despertó gran interés entre los transeúntes, quienes espontáneamente intentaban responder. Con este gesto, la artista revela cómo, a través de los estados de ánimo y afectivos, las personas se posicionan en el mundo: comprender si alguien está feliz o triste permite entrar en relación directa con su realidad y entenderla. Es un gesto sutil, pero profundo, que interpela directamente a la subjetividad neoliberal que se estaba moldeando en el marco de la dictadura.
El período de la dictadura cívico-militar chilena constituyó el contexto social y emocional en el que Janet Toro se formó y desarrolló su práctica artística, imprimiendo un sello inevitable en su obra. Se percibe en ella una sensibilidad y una conciencia profundas frente al terror y la desaparición. Esto se observa, por ejemplo, en una de sus piezas más personales: Exhumar la memoria (2014), realizada en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Santiago. En la obra, Janet aparece vestida de luto, sepultando y desenterrando la imagen de Enrique, su tío desaparecido durante la dictadura, para finalmente colocarla sobre su pecho.
Janet nos recuerda que estos no son problemas del pasado —como muchos insisten en plantear—, sino cuestiones actuales: mientras no aparezcan todos los cuerpos, seguiremos buscando y albergando la esperanza. Son problemas vigentes porque muchas familias —incluida la suya— no han podido dar sepultura digna a sus seres queridos, y seguirán siéndolo mientras no se haga justicia.
De ahí la importancia de recordar: el acto de rememorar implica perseverar y vivenciar las experiencias con las ausencias. Es la fuerza de la ausencia —y el acto de recordar— la que nos devuelve claves sobre el sentido mismo de la vida. Janet Toro explora esta idea en varios trabajos; un ejemplo significativo es El cuerpo de la memoria (1999), performance realizada en el Museo de Bellas Artes, en la que indaga de manera contundente en los métodos de tortura empleados durante la dictadura, prácticas que constituyen una violación sistemática de los derechos humanos en Chile.
Según la curadora de la muestra, la artista señala que esta obra nos invita a “recordar con el cuerpo”, y describe que las “acciones exponen la memoria como un eco corporal y emocional” (2025). En sus performances, Janet Toro lleva su cuerpo al límite, experimentando, por ejemplo, el ahogo, las ataduras, la fatiga y la repetición prolongada de gestos, sosteniendo las acciones en el tiempo como parte integral de la experiencia artística.
La performance se convierte en el dispositivo crítico por excelencia y, siguiendo a Antivilo, se manifiesta como un acto político hecho por el cuerpo y desde las premisas fundamentales de lo corporal, donde lo ideológico queda desplazado por la propia demostración de lo que el cuerpo es (Antivilo, 2015, 41).
En la obra de Janet Toro existe un vínculo profundo con el no-olvido y con el acto de recordar, entendido como “hacer vivir”: insistir y vivenciar, en el espacio, las experiencias con las ausencias que posibilitan nuevas formas de relacionarnos con lo vivido, así como con nuestra historia familiar y colectiva. Desde la memoria, podemos develar aquello que sigue existiendo pese a la adversidad, la negación y el olvido.

En esa misma línea, se ubica la obra La sangre, el río y el cuerpo (1990), performance realizada a orillas del río Mapocho, en Santiago. En las fotografías, la artista aparece desnuda, cubierta por una tela ensangrentada, junto al cauce del río. La escena se presenta como un ritual que conjura la violencia de Estado y la sangre derramada, funcionando como un sacrificio expiatorio que anhela el fin de la violencia. El río se erige en testigo y testimonio de muchas de aquellas muertes, de los cuerpos arrojados a sus aguas, forzando la desaparición de cientos de personas. La sangre se convierte también en vínculo con el futuro, con la esperanza, pues para Janet el arte posee la capacidad de transformar la realidad, interpelarla y sacudirla.
El arte de Janet Toro es también un arte de resistencia. La resistencia no consiste únicamente en disputar los poderes opresores, sino en crear maneras de existir, a veces desde las grietas, desde el cuerpo herido y fracturado. Esto implica —siguiendo a Maldonado-Torres— formas de sentir, pensar y actuar en un mundo que se va construyendo a medida que se suceden irrupciones que buscan abrir nuevas posibilidades de existencia.
Algo de este espíritu se percibe en el contexto del estallido social en Chile de 2019, cuando obras como La Bandera en los tiempos de la indignación I y II, realizadas ese mismo año, intentaban transmitir esa experiencia. Son piezas que emergen desde un malestar social, entendido como condición de posibilidad para la resistencia y la creación. Sin embargo, a pocos días de inaugurarse la retrospectiva de Toro en el MNBA, estas mismas obras se convirtieron en objeto de un intento de cancelación en redes sociales, donde circularon acusaciones de “terrorismo” y llamados a retirar las piezas. El ataque provino principalmente de grupos ultraconservadores y nacionalistas que interpretaron el uso crítico de la bandera chilena como un acto de odio hacia la patria.
Frente a ello, Toro defendió de manera categórica su derecho a la libertad de expresión, recordando que la serie había nacido del contexto de la Revuelta Social y de las violaciones a los derechos humanos. Fajardo-Hill, por su parte, destacó que la utilización crítica de la bandera tiene una larga tradición en el arte chileno —recordando, por ejemplo, la obra de José Balmes— y defendió tanto el derecho de la artista a la libre expresión como el compromiso del museo de ofrecer una plataforma sin censura para el arte contemporáneo.


Son muchas y variadas las obras que constelan Intimidad Radical. Desbordamientos y gestos. Una sección está dedicada al confinamiento y a la violencia producida por la pandemia de COVID-19; ejemplos de ello son la performance Afectos fallidos, de la serie Aislación y distancia social, así como La Flor negra, ambas de 2020.
En conjunto, estas obras testimonian la apertura del horizonte artístico hacia preocupaciones sociales: las operaciones artísticas de Toro se manifiestan como creación de nuevos modos de existencia, dando cuerpo a demandas vitales y posicionando el arte como un territorio de lucha y resistencia.
La exposición transita entre lo íntimo y lo colectivo, concibiendo el cuerpo como un territorio político y afectivo, un espacio de pensamiento que, a través de lenguajes indisciplinados, aporta de manera significativa al arte contemporáneo latinoamericano. Intimidad Radical. Desbordamientos y gestos muestra cómo el cuerpo femenino se convierte en un espacio de exploración y redescubrimiento, articulando un lenguaje visual radical que desafía nuestras formas de entender el mundo.



Referencias
-Antivilo Peña, Julia. (2015). Entre lo sagrado y lo profano se tejen rebeldías. Arte feminista latinoamericano. Bogotá: Ediciones desde abajo.
-Fajardo-Hill, Cecilia y Giunta, Andrea (eds.). (2017). Radical Women: Latin American Art, 1960-1985, Munich – Londres – Nueva York, Del Monico Books – Prestel.
-Fajardo-Hill, Cecilia (2025). “La intimidad radical de Janet Toro: El cuerpo en performance transforma la realidad, crea realidad” del próximo libro antológico de la artista titulado Janet Toro. Pensar con el cuerpo. Radical y gestos. (inédito).
-Federici, Silvia. (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación, Madrid: Traficante de Sueños.
-Maldonado-Torres, Nelson (2017). “El arte como territorio de re-existencia: una aproximación decolonial”. Iberoamérica Social: revista-red de estudios sociales VIII, pp. 26 – 28.
[1] “No podemos callar cuando cerca de 60.000 personas han sido aniquiladas, otros miles están lesionadas y otras miles siguen desaparecidas debajo del derrumbe del genocidio. «Y uno de cada cuatro niñes menores de 5 años en Gaza sufre inanición» (Médicos Sin Fronteras). El hambre utilizada como arma de guerra. Cuerpos desnutridos caen en las calles, madres hambrientas y sus lactantes desfallecen, mientras el bloqueo justifica el aniquilamiento.” De las redes sociales de la artista: https://www.instagram.com/janettoro.artista/
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