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DALILA PUZZOVIO: PIONERA DEL CRUCE ENTRE ARTE, MODA Y VIDA

El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires celebra más de seis décadas de trayectoria de la artista argentina Dalila Puzzovio (Buenos Aires, 1942), reconocida por su original y pionero cruce entre arte y moda. La exposición reúne sus obras más emblemáticas junto a un vasto archivo documental que incluye material inédito, fotografías y registros de piezas clave del arte argentino.

Curada por Pino Monkes y Patricio Orellana, la retrospectiva presenta a Puzzovio como una artista plenamente vigente: su trabajo con el cuerpo, la moda y la identidad anticipó debates contemporáneos sobre el rol de la mujer en la sociedad y la consolidó como figura fundamental en la historia del arte argentino.

Para Dalila, el arte y la moda constituyen un “abecedario con el que transmitir distintas narraciones”: un vocabulario que permite reinventarse y construir, con total libertad, un autorretrato múltiple, hecho de las diferentes personalidades con las que nos presentamos ante el mundo, como si se tratara de un acto de pura invención.

En diálogo con la artista, el museo ha reconstruido obras y espacios significativos de su trayectoria: desde los enormes corsés con los que irrumpió en el imaginario pop hasta algunos de sus trajes más icónicos. Asimismo, se restituyó su mítico Autorretrato de 1966 en la escala monumental con la que fue concebido originalmente.

Vista de la exposición Dalila Puzzovio: Autorretrato, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 2025. Foto: Josefina Tommasi.
Vista de la exposición Dalila Puzzovio: Autorretrato, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 2025. Foto: Josefina Tommasi.

La piel que habito

Dalila Puzzovio inició su trayectoria artística con pinturas de abstracción informalista, que presentó por primera vez en la Galería Lirolay, invitada por la influyente artista y curadora francesa Germaine Derbecq. Poco después, comenzó a experimentar con objetos escultóricos elaborados a partir de yesos ortopédicos usados, que obtenía del Hospital Italiano tras haberlos descubierto en una visita motivada por un accidente. Con ellos inicia una indagación que atravesará toda su obra: ¿Cuáles son los límites del cuerpo? ¿Cómo reinventarlos?

Puzzovio resignifica apósitos, yesos y prendas de vestir como los corsés —generalmente asociados a la contención o corrección de los desvíos del cuerpo— y los transforma en formas evocadoras y dinámicas. En su propuesta, el cuerpo deja de tener un contorno fijo para devenir materia plástica, compuesta por fragmentos desmontables de orígenes diversos y, por lo tanto, modificables para crear configuraciones inéditas. Como si la piel fuera apenas una cáscara intercambiable, el cuerpo y su imagen aparecen en su obra como escenarios de metamorfosis e invención.

Dalila Puzzovio en la terraza de su taller con obras de la serie Cáscaras, 1963. Fotografía de Rubén Santantonín. Cortesía de la artista

Las fotos de Santantonín

En sus primeros años, marcados por una intensa efervescencia creativa, Dalila Puzzovio cultivó una estrecha amistad con el artista Rubén Santantonín, figura clave del arte argentino de la época y una influencia decisiva en su formación. Al igual que Dalila, Santantonín trabajaba con objetos desechados —entre ellos yesos, gasas y vendas—, aunque prefería llamarlos simplemente “cosas”, un término con el que buscaba subrayar la “poesía vital” que anidaba en esos fragmentos de la vida cotidiana. Esa misma vitalidad impregna los primeros yesos de Puzzovio, que se antojan como huellas palpables de aquellos cuerpos que han habitado en ellos.

La complicidad entre ambos se plasmó también en el ámbito íntimo. En la terraza del taller que Santantonín compartía con Charlie Squirru, el artista tomó una serie de fotografías que hoy constituyen un testimonio único del temprano universo puzzoviano. En ellas, Dalila posa con las piezas como si fueran vestidos, accesorios o prótesis, borrando los límites entre obra y cuerpo. Estas imágenes revelan un aspecto fundamental de las “cosas” de Puzzovio: su condición performática, su capacidad de devenir extensión corporal y, al mismo tiempo, de transformar la presencia física de la artista en un elemento constitutivo de la obra.

Vista de la exposición Dalila Puzzovio: Autorretrato, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 2025. Foto: Guido Limardo.
Vista de la exposición Dalila Puzzovio: Autorretrato, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 2025. Foto: Josefina Tommasi.

Corsés

En 1965, invitada a participar en el Premio Nacional Di Tella, Dalila Puzzovio llevó a cabo un gesto radical: convirtió el propio diseño del espacio de exhibición en una obra de arte. Presentó una gran instalación compuesta por tres estructuras de dos metros por dos metros y medio, realizadas en alambre y yeso, que evocaban la forma de corsés gigantes. Elevadas sobre una plataforma, estas estructuras funcionaban simultáneamente como “obra” y como dispositivo expositivo.

Cada una de ellas proponía un universo distinto. La esfera del tiempo desplegaba sobre sus muros e interior una serie de sus piezas en yeso y coronas realizadas el año anterior. Se dan clases de tejido a mano y a máquina albergaba almohadones y telas suaves, recreando un ambiente doméstico. Por su parte, Jean Shrimpton, la plus belle fille du monde rendía homenaje a la célebre modelo británica, icono de los años sesenta.

Más allá de su materialidad, la instalación marcaba el tránsito de Puzzovio desde la abstracción informalista hacia el pop, al tiempo que ensayaba una reflexión incisiva sobre los roles asignados a lo femenino. La tríada de “la artista”, “la modelo” y “la modista” se escenificaba en estas estructuras: la mujer que produce objetos para ser contemplados, la mujer cuya propia imagen se convierte en objeto de contemplación y la mujer que confecciona objetos para vestir a otros cuerpos. Puzzovio no solo los reunió, sino que jugó a confundirlos, revelando sus lógicas compartidas y exponiendo sus tensiones internas. En esta ambigüedad crítica residía la potencia de la obra: un cuestionamiento a los estereotipos de género y una afirmación de la capacidad de la artista para reinventar los marcos de la creación y la exhibición.

Recreación del departamento de Dalila Puzzovio, en el Moderno, Buenos Aires, 2025. Foto: Josefina Tommasi.
Vista de la exposición Dalila Puzzovio: Autorretrato, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 2025. Foto: Josefina Tommasi.

Los popes del pop

En 1965, Dalila Puzzovio se sumó a una serie de aventuras colectivas que la llevaron a explorar los territorios del happening y la intervención urbana. Formó parte de la compañía La Siempre Viva, junto con Charlie Squirru, Marilú Marini, Edgardo Giménez y Alfredo Rodríguez Arias. El grupo ideó lo que llamaban Microsucesos: breves espectáculos improvisados en departamentos de amigos o en pequeñas salas teatrales. En ellos, los artistas —todos vinculados a la tendencia pop— invitaban al público a participar, mientras parodiaban con ironía los fenómenos de la cultura popular y la publicidad.

Con una estética camp y un humor absurdo, los performers daban vida a logos de marcas y encarnaban productos masivos, como botellas de gaseosa, en clave de sátira. Estos juegos escénicos ponían en evidencia la manera en que el consumo y los medios de masas comenzaban a modelar no solo la vida cotidiana, sino también la imaginación colectiva y la comunicación entre las personas.

Ese mismo año, Puzzovio expandió esta exploración hacia el espacio público. En agosto de 1965, junto con su marido Charlie Squirru y el artista Edgardo Giménez, instalaron un gran cartel publicitario en la transitada esquina de Córdoba y Viamonte. La imagen mostraba a los tres artistas posando con objetos alusivos a sus obras, acompañada por una pregunta provocadora: “¿Por qué son tan geniales?”. La acción, registrada por diversos medios gráficos de la época, desató un revuelo mediático y puso en circulación una pregunta central para la escena artística: ¿hasta qué punto la fama y el culto a la celebridad, amplificados por la publicidad y los medios, se habían convertido en factores decisivos para el reconocimiento de un artista?

Dalila Puzzovio, Autorretrato. Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 2025. Foto: Guido Limardo.
Vista de la exposición Dalila Puzzovio: Autorretrato, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 2025. Foto: Josefina Tommasi.

Una plataforma donde te plantás

A mediados de los años sesenta, Dalila Puzzovio convirtió a la moda en un eje central de su práctica artística. Ya venía llamando la atención por los vestidos originalísimos que diseñaba para sí misma —dos de ellos reconstruidos en esta exposición— y que lucía tanto en inauguraciones como en sus frecuentes apariciones en los medios. Con esa estrategia, Puzzovio no solo borraba las fronteras entre vida y obra, sino que se posicionaba como una de las pioneras en incorporar la moda y sus imaginarios al campo del arte contemporáneo.

En el Premio Nacional Instituto Di Tella de 1966, presentó un autorretrato de dimensiones monumentales en forma de marquesina luminosa: su propio rostro, superpuesto al cuerpo recostado de la supermodelo alemana Veruschka von Lehndorff, símbolo de sofisticación internacional. Al año siguiente, en el Premio Internacional, exhibió la que se convertiría en su obra más icónica: Dalila Doble Plataforma, una línea de zapatos de taco alto en colores fluorescentes, que podían verse en la sala del Instituto Di Tella, pero también comprarse en las tiendas Grimoldi de Buenos Aires. Con ello, la artista llevó la lógica pop a un extremo inédito en la escena argentina: una obra simultáneamente presente en el museo y en el mercado, entre la alta cultura y el consumo masivo.

“Sobre estos zapatos —decía Puzzovio— te plantás y te cambia la mirada”. Esa afirmación sintetiza el núcleo de su propuesta: transformar la apariencia propia como estrategia de empoderamiento y, al mismo tiempo, alterar la manera en que el mundo puede ser visto. En el cruce entre moda, arte y vida cotidiana, el gesto de Puzzovio anticipa debates que décadas más tarde cobrarían fuerza en torno al feminismo, la identidad y la performatividad del cuerpo femenino.

Vista de la exposición Dalila Puzzovio: Autorretrato, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 2025. Foto: Guido Limardo.
Vista de la exposición Dalila Puzzovio: Autorretrato, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 2025. Foto: Josefina Tommasi.

Un cocoon muy placentero

A fines de los años sesenta, Dalila Puzzovio comenzó a experimentar con el tejido a máquina en su propia casa, utilizando una Knittax, un modelo manual muy popular en la época que no requería electricidad. De esa práctica doméstica surgió poco después una marca de ropa tejida, producida artesanalmente y comercializada en boutiques de moda, entre ellas la legendaria Madame Frou-Frou.

Si en la etapa pop Puzzovio había privilegiado los materiales sintéticos y los colores vibrantes, con sus tricots se inclinó por texturas suaves, fibras orgánicas como la lana y una inspiración creciente en los ritmos y formas de la naturaleza. “El tejido tiene la capacidad de hacernos sentir en un cocoon muy placentero”, explicó alguna vez al referirse a la fascinación que ejercía en ella esta práctica, asociada a una sensación de abrigo y protección envolvente.

Además de diseñar las prendas que usaba en su vida cotidiana y aquellas que vendía en boutiques locales e internacionales, Puzzovio extendió su trabajo al mundo del espectáculo. Se encargó del vestuario en cine, televisión y teatro, con hitos como los trajes —tan geniales como reveladores— de Libertad Leblanc en la película Psexoanálisis de Héctor Olivera, o el vestuario para La vera historia de Salomé, musical de Miguel Ángel Rondano basado en la obra de Oscar Wilde, estrenado en el Teatro San Martín.

Vista de la exposición Dalila Puzzovio: Autorretrato, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 2025. Foto: Guido Limardo.
Dalila Puzzovio, Mientras unos destruyen, otros construyen, 1979. Fotografía de Isidoro Rubini. Colección de la artista

Mientras unos destruyen, otros construyen

Desde muy temprano, Dalila Puzzovio trabajó en la intersección entre arte y medios de comunicación, explorando las resonancias entre celebridades y artistas, y entre los discursos de la moda y el arte. Dentro de esa búsqueda, colaboró de manera sostenida con revistas de moda, escribiendo textos y asumiendo la dirección de arte en diversas producciones editoriales.

En agosto de 1979, realizó para la revista Claudia la producción fotográfica Mientras unos destruyen, otros construyen, concebida como una verdadera foto-performance. La acción tuvo lugar en pleno proceso de ampliación de la Avenida 9 de Julio, que implicaba la demolición de viviendas y edificios históricos. Puzzovio ideó la puesta en escena y diseñó los trajes y sombreros de las modelos, que encarnaban a los protagonistas de una suntuosa boda desarrollada frente al paisaje contrastante de escombros y ruinas urbanas.

El resultado fue una serie de imágenes cargadas de tensiones: la elegancia y el lujo de la celebración nupcial se recortaban sobre la violencia de la demolición y la pérdida de memoria urbana. Como en sus primeras obras con yesos ortopédicos —donde objetos asociados al dolor y la limitación adquirían nuevas formas de vitalidad y hedonismo—, en esta acción la artista confrontó la belleza festiva con la crudeza de un paisaje devastado. El artificio de la moda y el glamur no aparecían aquí como evasión, sino como recurso para subrayar la paradoja de una ciudad que, mientras destruía, también buscaba construirse de nuevo.


Dalila Puzzovio: Autorretrato podrá verse hasta febrero de 2026 en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

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