HULDA GUZMÁN: MIRACLE FRUITS
Hay artistas que representan la naturaleza a partir de la escucha y la contemplación plena, siendo ella misma. Hulda Guzmán es una de ellas. En sus pinturas, la selva habla, los árboles danzan, los animales observan, y el ser humano —pequeño, curioso, vulnerable— se mueve entre todo como uno más. En lugar de idealizar lo tropical como un paraíso exótico y perdido, Guzmán subvierte el imaginario del paisaje caribeño para devolverle su complejidad, su agencia y carácter simbiótico.
Miracle Fruits, su primera exposición individual institucional, presentada en el Museu de Arte de São Paulo (MASP), es una invitación a habitar ese universo exuberante, donde la frontera entre lo real y lo imaginado se diluye, y donde cada escena parece contarnos más de lo que muestra. Es también una reflexión urgente y profundamente sensible sobre nuestra relación con el mundo natural como presencia viva, consciente y entrelazada con nuestra existencia.
Sus pinturas, densas en detalles, lúdicas y con un aura onírica, invitan a una mirada pausada. Aquí los paisajes funcionan como escenarios de encuentros, juegos, rituales y pequeños gestos de sociabilidad. Árboles que cobijan, animales que observan, cielos que se abren como telones. En esta convivencia armónica, la artista actualiza el género paisajístico, proponiendo una lectura donde lo humano y lo no humano coexisten en sintonía.
Hulda Guzmán vive y trabaja entre Santo Domingo y la selva de Samaná, al noreste de la isla. Su pintura nace así del contacto directo con ese exuberante entorno natural, al que observa con atención y ternura. “Siento que estar en la naturaleza nos conecta con la sabiduría más profunda de la vida… Busco sentirme como un instrumento de la naturaleza, especialmente cuando estoy pintando”, dice.



La muestra, curada por Amanda Carneiro, parte de la obra Come Dance – Asked Nature Kindly, adquirida por el MASP en 2020 durante el ciclo Historias de la danza. En esta pintura, una celebración estalla en plena selva tropical: cuerpos vestidos y desnudos bailan, se sumergen en el agua, se abrazan y se besan. Como lo sugiere el título, es una invitación de naturaleza misma a compartir el júbilo de estar vivos. La escena es una coreografía de interdependencia, recordándonos que la vida en la Tierra no florece en aislamiento ni bajo la lógica del dominio.
Como muchas de sus obras, este cuadro funciona como un portal a un otro mundo mítico: un espacio imaginado donde los vínculos con la naturaleza se intensifican y los tropos del paisaje tropical se revitalizan como expresión de una energía ancestral. Guzmán entrecruza discursos poscoloniales y ecológicos para cuestionar la forma en que hemos representado —y explotado— lo natural, proponiendo, en cambio, una relación más salvaje, intuitiva y afectiva con nuestro entorno.
En su conjunto, Miracle Fruits puede leerse como una crítica poética —pero incisiva— a la depredación colonial en una era marcada por la emergencia climática. Y es que Guzmán trabaja desde un territorio históricamente codiciado, donde la exuberancia natural ha sido objeto de conquista, extracción y exotización. Pero en sus representaciones, este paisaje no es algo por descubrir ni explotar. Sus pinturas celebran, con una belleza colorida, la urgente necesidad de preservarlo.


La artista retoma la idea de la celebración como nutriente colectivo y vital en obras como Wednesday Morning y Fiesta en el Batey, donde el jolgorio de los cuerpos se despliega en escenarios de selva nocturna y arquitectura vernácula dominicana. En estas escenas, los límites entre lo real y lo mítico se disuelven: manatíes y figuras taínas, personajes fantásticos y seres humanos contemporáneos comparten un mismo espacio festivo.
La exposición reúne otras 15 pinturas, incluidas ocho creadas especialmente para la ocasión. Son obras que deslumbran por su riqueza visual y por su capacidad de abrir múltiples relatos a la vez, como si cada una contuviera un pequeño cosmos en expansión. Su lenguaje pictórico —que bebe del surrealismo, la arquitectura modernista, las tradiciones populares caribeñas, el minimalismo de la pintura china antigua y hasta de los exvotos mexicanos— combina referencias artísticas con personajes tomados de fotografías, redes sociales o archivos personales. Como explica Amanda Carneiro, las composiciones de Guzmán “oscilan entre lo íntimo y lo inesperado”, entre lo que reconocemos y lo que nos sorprende.
“La desconexión con la naturaleza es la causa principal del colapso climático y ecológico”, afirma la artista. “Esta exposición habla de la interconexión entre el mundo natural, la vida colectiva y el sentido de comunidad”.
No es casual, entonces, que Miracle Fruits forme parte del programa anual del MASP dedicado a las Historias de la ecología, que incluye exposiciones de artistas como Abel Rodríguez, Clarissa Tossin, Frans Krajcberg, Tania Ximena, Mujeres Atingidas por Barragens, entre otros. En este contexto curatorial, la obra de Guzmán se despliega como un manifiesto visual que —sin grandilocuencia— nos interpela: ¿cómo habitamos este planeta? ¿Desde qué lugar nos vinculamos con lo que nos rodea?
Sus pinturas no ofrecen respuestas cerradas. Más bien, nos invitan a mirar, sentir y dejarnos afectar. Como si cada obra dijera, bajito pero firme: la tierra también tiene voz.
Hulda Guzmán: Miracle Fruits se presenta del 11 de abril al 24 de agosto de 2025 en el Museu de Arte de São Paulo Assis Chateaubriand (MASP).
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