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RAFA ESPARZA EN MÉXICO: TRES MUESTRAS, UN GRAN MOMENTO

Tiempo de lectura: 10 minutos


rafa esparza

En lo que constituye su momento de mayor visibilidad en México hasta la fecha, el artista chicanx rafa esparza (Los Ángeles, 1981) protagonizó simultáneamente dos exposiciones en Ciudad de México —juntxs en LagoAlgo (2 de mayo – 31 de mayo de 2026) y La rebelión de los objetos en el Museo Anahuacalli (4 de febrero – 10 de mayo de 2026)— y se prepara para inaugurar una tercera muestra, AV, en Plataforma Guadalajara en junio de 2026. Estas muestras dibujan el perfil de un artista cuya obra resuena cada vez con más fuerza en el contexto mexicano, como resultado de un vínculo que lleva años construyéndose.

Esparza no es un recién llegado a México. Ha expuesto en el Museo del Chopo en Ciudad de México y en GAMMA Galería en Guadalajara desde 2019. En 2022 participó en una exposición colectiva en la hoy extinta sede mexicana de Commonwealth and Council, y en 2024 presentó en esa misma galería WACHA: viajes transtemporales, junto a Guadalupe Rosales,una colaboración en la que ambos artistas, criados en Los Ángeles, reflexionaron sobre sus respectivas relaciones con México. Este historial hace que las tres muestras de este año en México reflejen la consolidación de una incursión y reconocimiento sostenidos.

Lo que sí es nuevo es la escala y la visibilidad institucional. Las exposiciones en LagoAlgo y en el Museo Anahuacalli son las primeras muestras individuales y en dúo de esparza en Ciudad de México.

rafa esparza: juntxs, en LagoAlgo, Ciudad de México, 2026. Foto: Alejandro Ramírez Orozco

juntxs

En juntxs, esparza presentó un conjunto de obras que examinan cómo se forman y sostienen los vínculos de cuidado, deseo y resistencia colectiva en contextos de violencia estructural, vigilancia y exclusión hacia los cuerpos morenos y queer. Anclada en la experiencia personal del artista, la exposición se centró en el adobe como material simbólico, que esparza aprendió a trabajar junto a su padre, Ramón Esparza.

Fue precisamente el proceso de hacer adobe juntos el que permitió una reconciliación entre ambos tras su proceso de afirmación queer, convirtiendo el material en portador no solo de memoria territorial y saberes comunitarios, sino también de historia familiar y reparación afectiva. Desde entonces, esparza ha explorado el adobe como materia y como política, desarrollando lo que él mismo ha denominado “arquitectura marrón”.

A lo largo de tres espacios interconectados, juntxs se despliega como un paisaje afectivo donde cuerpos, arquitecturas y objetos proponen formas de estar juntxs que van más allá de lo que el marco institucional hace visible o reconocible. Espacios domésticos, queer, clandestinos y subterráneos fungen como zonas activas de refugio, reorganización y supervivencia. Aquí, la intimidad y la colectividad son estrategias políticas de resguardo frente al borramiento.

rafa esparza: juntxs, en LagoAlgo, Ciudad de México, 2026. Foto: Alejandro Ramírez Orozco

En la sala principal, una figura reclinada de adobe que remite a un Chac Mool descansa entre herramientas agrícolas y réplicas de armas. La escena evoca espacios de trabajo donde la explotación ha dado lugar históricamente a formas de organización y resistencia colectiva. La instalación colapsa las distinciones entre trabajo, descanso y defensa y sitúa al cuerpo como una entidad simultáneamente vulnerable y resiliente.

En un espacio oscuro se exhibe un gran panel que funciona como puerta o umbral. Pintado con ramas entrecruzadas en tonos naranja y rojo intenso, evoca la vegetación de los ríos, lugares de encuentro y ocultamiento donde se practica el cruising en Los Ángeles. Incrustada en el piso de adobe —una superficie terrosa y porosa— una vitrina iluminada desde abajo pareciera una suerte de sitio arqueológico del cruising. En el techo, un cielo proyectado interrumpe la quietud con la amenaza latente del paso de helicópteros.

rafa esparza: juntxs, en LagoAlgo, Ciudad de México, 2026. Foto: Alejandro Ramírez Orozco

La sala expone así tres mundos simultáneos que resuenan con la cosmogonía mesoamericana: el subterráneo —la vitrina enterrada, los rastros del deseo—; el terrestre —el cuerpo en el espacio, el adobe bajo los pies—; y el aéreo —el cielo proyectado, la amenaza latente del helicóptero. Lo que ocurre entre estas capas es, a la vez, cruising y cosmología.

A partir de concepciones indigenistas de la tierra y los objetos como entidades relacionales, juntxs imagina modos de protección y pertenencia que existen fuera de los marcos legales formales. Para esparza, las prácticas de cuidado y el trabajo compartido son formas colectivas de sostener espacio para lxs demás.

Vista de la instalación Asamblea en la muestra Beatriz Cortez y rafa esparza: La rebelión de los objetos, en el Museo Anahuacalli, Ciudad de México, 2026. Foto cortesía del museo
Vista de la instalación Asamblea en la muestra Beatriz Cortez y rafa esparza: La rebelión de los objetos, en el Museo Anahuacalli, Ciudad de México, 2026. Foto cortesía del museo

La rebelión de los objetos

En paralelo a juntxs, esparza presentó en el Museo Anahuacalli una colaboración con Beatriz Cortez (San Salvador, 1970), artista también radicada en Los Ángeles, cuya obra parte de experiencias de migración y desplazamiento. La muestra desafiaba la noción del museo como contenedor de objetos e imaginaba la liberación de las piezas arqueológicas de una lógica institucional que las reduce a artefactos, para devolverles, por un momento, su agencia: la capacidad inherente de hablar sobre memoria, comunidad y migración. En el caso de esparza, observar objetos en cautiverio le recuerda su infancia, cuando visitaba a su hermano en un centro de detención en Los Ángeles y la comunicación ocurría a través de un vidrio.

La exposición se nutre de concepciones sostenidas por la Comunidad Kaqchikel de Investigación sobre los objetos antiguos, según las cuales estos pierden su dimensión espiritual al ser separados de su contexto. En sintonía con esta idea, y con muchas cosmovisiones indígenas, Cortez y esparza entienden los objetos como entidades con vida, voluntad y capacidad de decisión. En el Popol Vuh, los objetos que no fueron tratados con respeto se rebelan. De ahí el título.

El proyecto fue concebido para dialogar con la arquitectura, la materialidad y la carga simbólica del Anahuacalli. Las obras establecieron una relación directa con el edificio, su entorno volcánico y la vocación original del museo como un espacio donde el pasado está en constante transformación. En 90° hacia el infinito, por ejemplo, una gran serpiente de adobe recorría el edificio, conectaba trayectos inesperados y desestabilizaba la lógica laberíntica del Anahuacalli, como si encarnara el desplazamiento y la migración como fenómenos de complejo tránsito.

Vista de la instalación 90° hacia el infinito en la muestra Beatriz Cortez y rafa esparza: La rebelión de los objetos, en el Museo Anahuacalli, Ciudad de México, 2026. Foto cortesía del museo

En Asamblea, piedras y piezas de cerámica prehispánica —figurillas, vasijas, objetos rituales— se disponían sobre una plataforma de adobe construida por esparza, frente a la pared donde la colección permanece encerrada en vitrinas iluminadas. El gesto era concreto: objetos antiguos depositados sobre un material igualmente antiguo, fabricado a mano con la técnica que el artista heredó de su padre. Las piezas convivían en el mismo plano que el visitante, en una ofrenda que no honraba desde la distancia sino desde la cercanía, y que abría una pregunta sin respuesta fácil: ¿a dónde regresarían estos objetos si pudieran decidir dónde estar?

Volcán Xitle, de Cortez, era una estructura de acero articulada en segmentos —vertebral, casi animal— que recorría el museo de adentro hacia afuera: serpenteaba por las salas de piedra volcánica, se enroscaba en el piso, convivía con las piezas de la colección en sus nichos y emergía al exterior entre los cactus, sobre la misma roca del Pedregal de la que está construido el Anahuacalli. La pieza no representaba el volcán sino que trazaba su lógica: la de una energía que no se contiene, que atraviesa muros y cronologías. El edificio, construido con lava extraída del Xitle, y la escultura, fabricada en acero industrial, sostenían así un diálogo entre dos materiales y dos tiempos —el geológico y el contemporáneo— en torno a una misma pregunta sobre lo que permanece y lo que se transforma.

Esta nueva colaboración de ambos artistas se expandió en el video La rebelión de los objetos, donde piezas del museo fueron fotografiadas, escaneadas en 3D y animadas en stop motion. Los objetos se liberaban de su inmovilidad y se congregaban en una asamblea para conversar, para ejercer su poder de rebelión y su fuerza lúdica. Al salir de sus vitrinas adquirían movimiento, voluntad y poderes.

Vista de la instalación Volcán Xitle en la muestra Beatriz Cortez y rafa esparza: La rebelión de los objetos, en el Museo Anahuacalli, Ciudad de México, 2026. Foto cortesía del museo
Vista de la instalación Volcán Xitle en la muestra Beatriz Cortez y rafa esparza: La rebelión de los objetos, en el Museo Anahuacalli, Ciudad de México, 2026. Foto cortesía del museo
Vista de la instalación Volcán Xitle en la muestra Beatriz Cortez y rafa esparza: La rebelión de los objetos, en el Museo Anahuacalli, Ciudad de México, 2026. Foto cortesía del museo
Vista de la instalación Volcán Xitle en la muestra Beatriz Cortez y rafa esparza: La rebelión de los objetos, en el Museo Anahuacalli, Ciudad de México, 2026. Foto cortesía del museo

AV

El 7 de junio, esparza inaugurará AV en Plataforma Guadalajara junto a la artista María Maea, colaboradora y amiga con quien ha sostenido, durante más de una década, un diálogo en torno a la visibilidad del cuerpo y el trabajo físico frente a las lógicas del capitalismo, la construcción, la agricultura y los afectos.

Curada por Sacha Craddock, la muestra surge de una investigación en torno a los márgenes del río de Los Ángeles y las zonas de cruising como espacios de encuentro en la ciudad: refugios para disidencias y comunidades latinas que enfrentan un régimen creciente de vigilancia sobre los cuerpos, lo vivo y lo vegetal, así como procesos de desplazamiento que afectan tanto a las personas como a la vegetación nativa.

La instalación site-specific —una colaboración entre ambos artistas— toma como punto de partida las dinámicas del río para ensayar formas de habitar basadas en la atención, la familiaridad y la protección mutua. Se trata de una forma de posicionamiento donde los cuerpos periféricos se sostienen unos a otros, apoyándose en lxs otrxs para existir en común.

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