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NICOLÁS GÓMEZ ECHEVERRI: “LA TRASCENDENCIA DEL MUSEO ES VULNERABLE A LA IMPOSICIÓN DE MODAS POR PARTE DEL ALGORITMO”

Tiempo de lectura: 7 minutos


Sala de exposición permanente de la Colección de Arte del Banco de la República. Curaduría: Clásicos, experimentales y radicales, 1950 – 1985. Cortesía: BanRep Cultural

— Dada la presión por responder a demandas de representación y crisis sociales, ¿dónde crees que están hoy las oportunidades, los límites —o riesgos— de la acción del museo?

No existe una entidad genérica denominada “museo”, por lo que no hay una sola forma de respuesta. Cada museo —según su gobernanza, su historia, su emplazamiento, su acervo, su programación, su equipo—, atiende a esta presión. Desde mi lugar de enunciación, puedo identificar —y corroborar con experiencias concretas— que el museo opera como una suerte de radar que captura y emite señales. Para nuestro caso en particular, tenemos el reto de rastrear prácticas artísticas de forma descentralizada —en la mayor parte de regiones del país—, para captar creaciones y sensibilidades que ocurren en diversos contextos, integrarlas a nuestra colección y programación permanente y temporal que, a su vez, ocurre y circula en una red nacional.

En este ejercicio se expanden las formas del arte que el museo legitima, y damos cuenta de representaciones diversas asociadas con particularidades contextuales, que muchas veces traen consigo la evidencia de sus respectivas crisis. Este ejercicio es posible en el marco de una red de espacios culturales propio del Banco de la República en Colombia, y que cuenta con la estructura para vincularse con artistas y creadores a nivel nacional.

No basta con solo el contenido; es requerida una mediación con el público que garantice acceso y propicie debate. A través de la exhibición de las creaciones artísticas, el museo presenta las diversas posibles identidades y las problemáticas sociales que inevitablemente están referidas, porque ello es lo que moviliza la creación y sobre ello dan cuenta las obras de arte.

Las estrategias de mediación digital, los programas públicos, los contenidos curatoriales, las acciones educativas establecen los términos para la conversación con audiencias. He ahí la oportunidad para demostrar que el museo es una instancia para transparentar diferencias, pero hacerlas convivir en un entorno de respeto y tolerancia. El arte, como un fenómeno expresivo que apela a los afectos, las sensaciones, emociones, deseos, miedos, sueños y fantasías, invita a reconocer todo aquello que es común a nuestra humanidad. 

Vista de la exposición Sembrar la duda. Indicios sobre las representaciones indígenas en Colombia, MAMU, Bogotá, 2023-2024. Foto: Juliana Aguirre/BanRep Cultural.

— Ante la necesidad de ampliar y diversificar audiencias, ¿cómo se negocia hoy en el museo la tensión entre accesibilidad y profundidad de los contenidos?

No considero que la accesibilidad sea antagonista de la profundidad de contenidos. La accesibilidad es una obligación de los museos, más aún cuando sostienen una vocación pública, y velar por la profundidad de contenidos es otra obligación, en tanto las mismas prácticas artísticas provienen de ámbitos profundos de los seres humanos. Entonces, el museo se debe a la tarea de congeniar estas obligaciones.

Desde el ejercicio curatorial y la programación educativa, se debe determinar con claridad cuál es la idea que un proyecto propone. No tanto así justificar la importancia de la trayectoria de tal o cual artista, estilo o corriente según los términos especializados; en cambio, el reto consta en establecer cómo a través de una obra o un conjunto puede enunciarse una idea que interpela a la relación de cada persona con su propia vida y contexto. Cuando esto es posible, la experiencia del museo para el público es accesible, y a la vez profunda. El reto es comunicativo, y se respalda en la conciencia y claridad del lenguaje (en textos, en visitas guiadas, en publicaciones de redes sociales, en el portal web, en prensa). 

Vista de la exposición Liturgias del cuerpo. La mirada del coleccionista, Casa Republicana, Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá (jun 2025-mar 2026). Foto cortesía de la Colección Proyecto Bachué.

— ¿Hasta qué punto crees que el modelo económico actual de los museos condiciona —o limita— sus decisiones curatoriales y programáticas?  

Las restricciones presupuestales siempre van a determinar las posibilidades de acción. En particular, y desde mi frente, puedo afirmar que la realidad nacional e internacional de los últimos 15 años ha determinado condiciones retadoras, entre ellas un significativo aumento del valor del dólar, así como el incremento de costos de transportes, seguros, materiales museográficos, servicios de producción y diferentes proveedores.

Esto conlleva a que la programación haya tenido que replantear prioridades, pero también ha obligado a encontrar nuevas formas de trabajo con sus propias colecciones, con artistas e instituciones pares. Como ejemplo, años atrás se privilegiaban las grandes muestras internacionales temporales como complemento paralelo a la exhibición permanente. Hoy en día programamos exposiciones internacionales con otra frecuencia, pero hemos logrado profundizar en investigaciones de nuestra propia colección y proponer con mayor regularidad proyectos curatoriales que expanden su conocimiento y vinculación con públicos para así activar la exhibición permanente, todo lo cual ha tenido un efecto positivo en las cifras de visitantes.   

Digna Rabia, una exposición que explora la emoción como potencia creadora, se presenta desde el 26 de marzo de 2026 en el MAMU. Cortesía: BanRep Cultural

— ¿Qué aspectos del funcionamiento institucional del museo —sus ritmos, estructuras o formas de trabajo— te parecen hoy más difíciles de sostener o repensar? 

La sostenibilidad en el tiempo es uno de los principales retos de un museo. Por supuesto, ello implica garantías presupuestales, estructuras organizacionales y compromisos a largo plazo por parte de sectores públicos y privados; y, con todo ello, la posibilidad de operar con autonomía técnica y presupuestal. 

De manera ejemplar, estos últimos factores asociados a la autonomía e independencia institucional han permitido al Banco de la República de Colombia sostener proyectos culturales de largo aliento y con alcance nacional, y disponer al servicio del público colecciones patrimoniales que crecen y se transforman según las narrativas de cada momento histórico.

En el entendido de que el museo se proyecta en el tiempo y pueda ser sostenible, quisiera referirme a una amenaza en su estructura discursiva: se trata del olvido de referencias históricas, saberes y experiencias que se pierden en la concatenación de nuevas tendencias. Una de las muchas funciones del museo es la de conservar objetos, y para ello dispone de profesionales, infraestructura y tecnología. Pero quiero referirme a la necesidad de conservar los fundamentos de pensamiento del pasado, para que puedan sumarse a los aportes del presente o transformarse.

La trascendencia del museo es vulnerable a la imposición de modas por parte del algoritmo. El Museo puede (y debe) tomar elementos de allí para propiciar términos de relacionamiento con diversos públicos; pero también puede (y debe) asimilarse como un custodio de conocimiento público, como un repositorio de valores intelectuales, sociales y estéticos que van acumulándose en el tiempo mediante la investigación y el diálogo con audiencias. Por ello el museo puede “recuperar”, “revisar”, “rescatar”, “retomar”; ello ha ocurrido con el creciente interés en saberes ancestrales, la inclusión en sus programas y colecciones de diversas identidades, y la conciencia de una deuda histórica con las prácticas marginales y tradicionalmente relegadas. Anhelo que los hallazgos y aprendizajes sean bien cuidados, y que se sumen a todas las otras posibles formas de diálogo entre presente y pasado que se darán en el futuro.

Alejandra Villasmil

Nace en Maracaibo (Venezuela) en 1972. Es periodista, fundadora y editora de Artishock.

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