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VALERIE BRATHWAITE: UN PROPIO ANDAR FLUYENTE

La exposición Valerie Brathwaite: Un propio andar fluyente marca un doble hito: es la primera muestra individual de la artista nacida en Trinidad y Tobago (1938) en un museo fuera de Venezuela —país donde desarrolló la mayor parte de su trayectoria— y, al mismo tiempo, una lectura amplia y sensible de más de seis décadas de trabajo persistente, silencioso y singular. Reúne cerca de cuarenta obras entre dibujos y esculturas que abarcan desde los años setenta hasta producciones recientes, trazando una genealogía orgánica en la que forma, materia y sensibilidad se despliegan como un proceso continuo.


Valerie Brathwaite en MALBA, 2025. Foto: Alejandro Guyot

Formada en el Reino Unido y en Francia a fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, Brathwaite se integró tempranamente a los lenguajes de la escultura moderna, pero también aprendió a desobedecerlos. Su paso por el Hornsey College of Art, la École des Beaux-Arts de París y el Royal College of Art de Londres le aportó rigor técnico y conocimiento formal, aunque fue en los márgenes de esas instituciones —en la experimentación con materiales, en el contacto con el jazz, en la vida urbana y en la observación del cuerpo— donde se consolidó una intuición que atravesará toda su obra: la necesidad de dejar que la forma emerja desde adentro, sin someterla a un programa conceptual cerrado.

En 1969, Brathwaite se instala definitivamente en Caracas, atraída por una escena artística que estimulaba la experimentación y el cruce de lenguajes. Allí entabla vínculos con artistas como Gego y Mercedes Pardo, y con figuras clave de la crítica y la curaduría —Lourdes Blanco, Roberto Guevara, Marta Traba— que reconocerán tempranamente la originalidad de su trabajo. Desde entonces, su producción se inscribe en diálogo con la abstracción, el informalismo y las derivas conceptuales del período, pero sin plegarse del todo a ninguno de estos movimientos. Su obra se mantiene en una zona liminar, donde lo abstracto conserva una memoria corporal y lo orgánico se resiste a ser traducido en relato.

Vista de la exposición Valerie Brathwaite: Un propio andar fluyente, en MALBA – Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, 2025-2026. Foto: Santiago Ortí

Reconocida desde sus primeras exposiciones por la sensualidad y el carácter biomórfico de sus dibujos y esculturas, Brathwaite ha descrito el origen de sus formas como una fascinación por la “belleza avasallante” de montañas, rocas, plantas, cuerpos humanos y animales. En este imaginario donde naturaleza y corporalidad se funden en una misma energía vital, la abstracción no emerge como negación del mundo sensible, sino como una forma de conocimiento que condensa experiencias táctiles, visuales y afectivas.

El título de la muestra retoma una expresión utilizada por el crítico Roberto Guevara en 1975 para referirse a una exposición clave de la artista en el Museo de Bellas Artes de Caracas: “un propio andar fluyente”. La frase resulta especialmente precisa para describir una trayectoria que no avanza por rupturas abruptas, sino por desplazamientos graduales, retornos y variaciones. A lo largo de los años, Brathwaite ha trabajado con una línea —literal y metafórica— que se curva, se expande, se repliega y vuelve a emerger, conectando dibujo y escultura, superficie y volumen, horizontalidad y verticalidad.

Las obras sobre papel incluidas en la exposición, producidas entre 1972 y 2002, permiten rastrear esa línea como un campo de ensayo constante. En ellas, el trazo no delimita figuras cerradas, sino que sugiere procesos de crecimiento, germinación y transformación. La línea se comporta como una energía que circula por la hoja, se concentra en ciertos puntos y se disuelve en otros, anticipando muchas de las decisiones formales que luego se trasladarán al espacio tridimensional.

Vista de la exposición Valerie Brathwaite: Un propio andar fluyente, en MALBA – Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, 2025-2026. Foto: Santiago Ortí

En sus esculturas de los años setenta, Brathwaite abandona progresivamente la verticalidad tradicional y los pedestales, instalando sus piezas directamente sobre el suelo. Estas formas bajas, anchas y ondulantes —descritas por Juan Calzadilla como “reptantes”— obligan al espectador a modificar su punto de vista y a establecer una relación corporal distinta con la obra. Las superficies lisas, los bordes definidos y los campos de color aplicados directamente sobre el volumen enfatizan la condición táctil de las piezas y refuerzan su vínculo con el paisaje: rocas erosionadas, mesetas, formaciones geológicas que parecen surgir de capas subterráneas.

Series como Rocas de mi playa privada (1970–1978) evidencian una relación cada vez más explícita con la memoria del territorio, en particular con las playas de Trinidad y Tobago, cuyas piedras la artista colecciona y conserva. Sin embargo, estas referencias no se traducen en representación literal. El paisaje aparece filtrado por la experiencia sensorial y por un proceso de síntesis que busca lo esencial, aquello que persiste más allá de la anécdota geográfica.

A fines de los años setenta y comienzos de los ochenta, tras una estancia en Suecia que intensifica su atención hacia la naturaleza, la obra de Brathwaite experimenta un giro hacia la verticalidad. La serie Vegetales danzantes condensa esta transición: esculturas que evocan tallos, troncos o cuerpos híbridos, animados por una energía ascensional. Estas formas, a la vez vegetales y animales, remiten a un animismo latente y a una concepción de la naturaleza como entidad viva y en movimiento, atravesada por fuerzas de crecimiento y transformación.

Durante las décadas siguientes, la práctica de Brathwaite se expande hacia nuevos materiales y formatos: cerámica, grabado, serigrafía, relieves, pequeñas esculturas. Los cambios en su espacio de trabajo —en particular, la mudanza a un taller más reducido— inciden en la escala de las obras, pero no en la intensidad de la búsqueda. La artista continúa explorando la relación entre línea, volumen y color, así como la presencia recurrente de núcleos o centros desde los cuales parece irradiar la forma.

Vista de la exposición Valerie Brathwaite: Un propio andar fluyente, en MALBA – Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, 2025-2026. Foto: Santiago Ortí

Uno de los desarrollos más significativos de los últimos veinte años es la serie Soft Body [Cuerpo blando], iniciada a partir de 2004. En estas esculturas textiles, Brathwaite retoma la costura —una práctica ligada a su juventud— y explora la maleabilidad de la tela como material escultórico. Los cuerpos blandos que resultan de este proceso remiten a organismos en gestación, a órganos indefinidos, a fragmentos corporales que se expanden, se pliegan o se sostienen precariamente. La experiencia táctil se vuelve central: las superficies invitan a imaginar el contacto, el peso, la temperatura.

Estas obras dialogan de manera elocuente con una producción contemporánea que ha revalorizado el textil y lo blando como estrategias críticas frente a la dureza y la hostilidad de ciertos entornos. Sin embargo, en el caso de Brathwaite, este giro no responde a una moda ni a un posicionamiento discursivo explícito, sino a la continuidad de una investigación sostenida sobre el cuerpo, la materia y la posibilidad de crear espacios receptivos, empáticos.

Vista de la exposición Valerie Brathwaite: Un propio andar fluyente, en MALBA – Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, 2025-2026. Foto: Santiago Ortí

A lo largo de toda su trayectoria, la artista ha insistido en la insuficiencia de las palabras para explicar su trabajo. Su negativa a ofrecer lecturas analíticas o filosóficas cerradas puede entenderse hoy como una forma de resistencia: la afirmación de un lenguaje plástico que se mantiene abierto, no colonizable, capaz de alojar la sensualidad, el placer y una relación no instrumental con la naturaleza. En este sentido, la obra de Brathwaite propone una ética de la atención y del cuidado, una invitación a reconectar con una memoria sensible que antecede a la separación entre lo humano y lo no humano.

En un contexto marcado por la crisis ecológica y por la necesidad urgente de repensar nuestras formas de convivencia, Un propio andar fluyente adquiere una resonancia particular. Las esculturas y dibujos de Valerie Brathwaite no ofrecen respuestas ni consignas, pero sí configuran un espacio de experiencia donde lo vivo se manifiesta en su fragilidad y su potencia. Como si cada obra fuera, al mismo tiempo, refugio y umbral, nos recuerdan que es en el proceso —en el fluir persistente de la forma— donde todavía es posible imaginar otras maneras de estar en el mundo.


En ocasión de la exhibición, Malba publicará un catálogo bilingüe que incluirá un ensayo de la curadora Alejandra Aguado, una nota biográfica del investigador Ken Pérez Morales y una amplia selección de imágenes y material de archivo provenientes de la artista.

Valerie Brathwaite: Un propio andar fluyente
MALBA – Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires
Del 7 de noviembre de 2025 al 2 de febrero de 2026
Curaduría: Alejandra Aguado

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