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La Tracey Emin

A mediados de los años 80, la cantante pop Madonna interpretaba un bailable himno pro-maternidad titulado Papa don’t Preach: “… But I made up my mind, and I’m  keeping my baby…”, repetía durante la canción. A través de un gesto que aspiraba a convertirse en un valor supremo y que la moral y la rectitud política del momento recibieron con sorpresa y aprobación, la canción triunfaba en los rankings y Madonna “creaba” conciencia en torno a la preservación de la vida y la familia actual.

Por el mismo período, en otro  país, otra artista, Tracey Emin, no tan influyente como la Ciccone, definitivamente no hacía eco de la convicción ética de la ídola del momento. En medio de confusas y desagradables circunstancias, hacía exactamente lo opuesto. Su salida no era hacer lo que la sociedad esperaba de ella, sino aventurarse a una nebulosa zona donde la vida y la muerte están en constante pugna. Podríamos aventurarnos a declarar que mientras la primera reafirmaba públicamente los postulados que sustentaban los valores de una “white-male-corporate-oppression”, la segunda, desde una clandestinidad moral y consciente de la reprobación social, negaba tales postulados. Siempre resulta problemática la vinculación entre la ficción y la realidad, la última siempre supersede a la primera.

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Tracey Emin, Love is a Strange Thing (El amor es una cosa extraña), 2000, filmado en Mini-DV transferido a DVD, 2 minutos 42 segundos, Proyección en pantalla única y sonido. Todas las imágenes son cortesía de MALBA

 

El MALBA de Buenos Aires presenta actualmente la exhibición How it Feels, de Tracey Emin. Cinco videos producidos entre 1995 y el 2000 y una pieza realizada en neón componen la muestra curada por Philip Larratt-Smith.

La sala ha sido seccionada en cubículos de diferentes tamaños donde cada video se va proyectando sin pausa. Resulta perturbador al principio apreciar la obra de Emin desde un ordenamiento retrospectivo (va desde el 1995 hasta el 2000), y más aún, “encerrada” dentro de un circuito de paredes falsas que nos evocan maliciosamente a las habitaciones de un improvisado lugar para encuentros furtivos. La única escultura de neón presente,  How it feels, brilla con la misma concupiscencia del letrero de un desvencijado motel oculto en una sección antigua y descuidada de la ciudad. Al ser el “único” objeto exhibido puede que guarde algún secreto del relato del que vamos a ser testigos.

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Tracey Emin, Love is a Strange Thing (El amor es una cosa extraña), 2000, filmado en Mini-DV transferido a DVD, 2 minutos 42 segundos, Proyección en pantalla única y sonido.

 

Mala Reputación

Un parque, un puente, un perro, Tracey Emin y una comunicación no verbal. El perro quiere ligarse a la artista y se lo plantea. Ella medio que duda, medio que lo piensa, finalmente se niega. El perro le contesta que no lo puede creer…”con esa reputación…” . Love is a strange thing (2000) es el video que da comienzo a este breve pero potente recorrido visual. Perversamente absurdo, entrega más datos sobre la creadora de lo que nos podemos imaginar. La espontaneidad del registro se contrapone con lo retorcido de la posibilidad de mirar una indecorosa y moralmente sancionable situación. En entrevistas y conferencias la artista da cuenta de un temor crónico a los perros y que este video, específicamente, proviene desde su inconsciente (un sueño): casi como un acto compensatorio para enfrentar la fobia y el miedo latente, la artista ha desarrollado un dispositivo visual. No hay autobiografía sin anécdotas deliciosas, y Emin se desplaza con mucha holgura dentro del territorio.

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Tracey Emin, Riding for a Fall (Tentando a la suerte), 1998, filmado en Mini-DV transferido a DVD 4 minutos, 52 segundos. Proyección en pantalla única y sonido

 

La siguiente pieza, titulada Ridin’ for a fall (1998), te recibe con el sonido hipnótico del inmortal tema reggae de John Holt. Una figura femenina (Emin) se pasea sobre un percherón por una playa. Sonríe, da vueltas, viste botas y sombrero de cowboy, nos muestra su blusa abierta para que miremos su sostén. A diferencia de la English Woman de Love is…, que se ve tentada por la animalidad que nos acecha en todo momento, vemos una Tracey que entra y pasea por la arena del coliseo como una heroína gozando del néctar de un oscuro triunfo, o, quizás, una emancipada Lady Godiva… Al igual que los demás videos presentes en la muestra, este fue filmado en formato mini-DV y luego transferido a DVD. En el caso específico de Ridin’…, este proceso le confiere a la escena que observamos una particular textura que transciende lo meramente técnico y visual. Parece corresponderse con la actitud de la artista frente a la cámara. Es el registro directo de una situación antojadiza y descarada. Pronto la música se detiene y el sol deja de brillar.

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Tracey Emin, Why I Never Became a Dancer (Por qué nunca llegué a ser bailarina), 1995, Filmado en Super 8 transferido a DVD, 6 minutos, 40 segundos. Proyección en pantalla única y sonido

 

La aparición de Tracey Emin, figura y producción, se remonta a la corrosiva e hipócritamente permisiva década de los 90, dentro de una generación de creadores denominado Young British Artists (YBA). Además de provenir de la misma escuela de arte, este grupo exhibía un marcado rasgo, donde lo sublime de la experiencia estética y una decadente pulsión de destrucción coexistían no sólo al interior de las obras, sino también como producto del amalgamiento de una serie de experiencias históricas codificadas dentro de lo que conocemos como estéticas posmodernas: dos medidas de thanatos y una de eros.

Con el correr del tiempo, la obra de Emin paulatinamente se ha ido suavizando, y se ha desplegado en varios tipos de soportes y formatos. Pero una de las claves de la “Tracey Emin Experience” no es sólo la tangibilidad posible del objeto estético, sino también la capacidad que ella posee para relatar historias y condensar amplias e intrincadas tramas en breves y efectivos pensamientos visuales.

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Tracey Emin, Homage to Edvard Munch and All My Dead Children (Homenaje a Edvard Munch y a todos mis hijos muertos), 1998, filmado en Super 8 transferido a DVD, 2 minutos, 10 segundos. Proyección en pantalla única y sonido

El tercer video en la muestra se titula Homage to Edward Munch and all my dead children. Luego del primer reflejo del sol sobre un intenso cielo nórdico y de una amenazante calma, somos capaces de sentir la desolación que circunda al cuerpo desnudo de la artista sobre un pequeño muelle. A lo largo de toda la muestra el espectador descubrirá que varias mujeres viven al interior del cuerpo de la artista y que la coexistencia de esta multiplicidad establece un desafío significativo para su obra. A la manera de una Linda Montano de principios de los 80, Tracey Emin puede transfigurarse, indistintamente, en una chica hipster, una soñadora mujer de clase trabajadora, una callejera sin ley o una artista de performance. Como el título lo anuncia, Emin entablará un coloquio espiritual de tintes semi-ideológicos con una obra emblemática del modernismo occidental. Vemos el cuerpo desnudo de la artista y luego un movimiento de cámara rápido hacia el agua, para escuchar, en off, un grito feroz. La primera entrada a este diálogo será el encuentro de dos ejercicios de evocación de la visceralidad en el hombre ocurridos en épocas y marcos culturales disímiles. Fredric Jameson establece que un aspecto de los discursos de la posmodernidad se reconoce en un tratamiento pragmático, por parte de sus producciones, del campo subjetivo del discurso moderno. En la problematización que se desprende de la obra de Emin esta dicotomía va más lejos, al reconocer que la pregunta por el dolor, hasta un momento importante de nuestra historia, es una pregunta masculina (¿patriarcal?). El Grito es la desesperación del hombre del progreso y el momento preciso de su alienación. Homage… podría ser la codificación en clave feminista de tal impostura histórica. Poéticamente, Emin le da una voz de mujer sufriente a la imagen de la pintura de Munch.

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Tracey Emin, How It Feels (Lo que se siente), 1996, filmado en Hi8 transferido a DVD, 22 minutos, 56 segundos. Proyección en pantalla única y sonido

 

Bitch

How it Feels es la obra que titula la muestra y muchos de los elementos aparecidos en las demás proyecciones subyacen acá. Ni señorita, ni amazona, ni cuerpo en mutación, en How it feels seremos testigos de cómo esta (ahora) estrella del arte británico cuenta su verdad en cámara. Emin nos habla de un proceso paulatino de desesperación, decisiones determinantes, aborto e insospechadas consecuencias durante una porción de su vida. Tracey tenía 26, no muchas perspectivas ni esperanzas y estaba embarazada… “artista… pintora… embarazada…”, declara en un momento. El tono del relato llega a límites que sobrepasan el decoro inglés con declaraciones llenas de detalles escabrosos. Tracey parece desear que todo los espectadores pensemos en ella el resto del día, nos invita a lugares llenos de significado para ella, cruza calles, va al parque, alimenta una ardillita, y ocupa, finalmente, espacios que sólo podemos sentir por medio de la emoción que Emin transmite a la cámara. Sin dinero, sin seguro médico, la artista ha tenido que recurrir a los servicios médicos que el gobierno británico entrega. Su agonía personal se vive en medio de la burocracia y la miseria institucional. Es imposible no recordar la línea argumental de ciertas ramificaciones del cine underground de fines de los años 50 y principios de los 60, con fuerte orientación al testimonio humano que traspasa lo escatológico y que se fascina con los llamados “marginados”. Emin puede calzar perfectamente en tal idealización.

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Tracey Emin, Why I Never Became a Dancer (Por qué nunca llegué a ser bailarina), 1995, Filmado en Super 8 transferido a DVD, 6 minutos, 40 segundos. Proyección en pantalla única y sonido

 

Why I never become a dancer cierra el recorrido. Imágenes filmadas con una cámara de 8 mm sirven de fondo para la voz descuidada y nocturna de Tracey quien, en off, con un tono confidente, cuenta sus orígenes como “chica impopular y sexualmente impaciente y condenada por ser diferente”. El relato no transcurre en las salas de un internado o en elegantes fiestas en el Soho londinense: las desventuras de Tracey transcurren en una claustrofóbica provincia británica, donde los valores de la Corona son preservados con un punzante y pueril cinismo. Casetas de playa, fragmentos de la ciudad, luces y letreros carnavalescos se van sucediendo mientras la artista nos habla acerca del desapego, la curiosidad erótica y el descubrimiento sexual, entre otros tópicos. Hay un quiebre durante el relato: en un minuto, la voz de Emin comienza a irradiar una vibración esperanzadora, y escuchamos “…¡Llegar al British Disco Dance Championship del ’78! ¡Salir de este pueblo!…”. A continuación Emin vuelve a cambiar su ánimo: “de pronto del público, esos chicos comienzan a llamarme “puta!”, prosigue, “puta!“…no escuché más la música… solo “puta!”… “puta!”… había perdido…” Como uno de los personajes fiesteros de alguna fotografía de Nan Goldin, Emin aparece lista para anteponerse al desprecio que la sociedad ha dado al artista y para triunfar bailando en una sala de ensayo al ritmo del himno disco interpretado por Silvester, You Make me feel.

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Tracey Emin, vista de instalación de la muestra How it Feels, MALBA

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Tracey Emin, vista de instalación de la muestra How it Feels, MALBA

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Tracey Emin Tracey Emin. Foto: Matt Collishaw

 

Autobiográfica, jamás confesional, la obra de Tracey Emin se va construyendo desde una agenda políticamente polimorfa, en donde el cuerpo social, siempre dependiente de los dictados de lo políticamente correcto, es objeto de un sardónico y, alguna vez subversivo, comentario. Al revelarnos lo privado, Emin nos da cuenta de la brutalidad de lo público. La artista tiene claro que en este espectáculo de la vida ella también ocupa un lugar y desempeña un papel, que posee una visibilidad social y, como todo artista contemporáneo, este papel aspira a ser el de un catalizador de las dinámicas que se producen al interior de las relaciones humanas, a partir de los parámetros sociales que establecen las instituciones de poder. Junto a artistas como Sarah Lucas, Emin desafía constantemente la economía del ready-made y el legado del surrealismo. Es imposible no leer a través de su producción un renovado feminismo, donde desde la experiencia personal se van generando modelos conceptuales articulables en una gran variedad de soportes y “momentos de contemplación”.  Pero mientras Lucas moldea su obra desde la nausea propia de la sabiduría callejera, Emin traza la suya como complejo diagrama sentimental donde parte del motor creativo es la aceptación de los bajos instintos y las pulsiones de muerte que todos somos capaces de dejar fluir en el momento menos pensado.

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Leonardo Casas

Es artista visual. Vive en Santiago de Chile. Exhibe su obra desde el año 1994. Profesor del curso de "Discursos Artísticos y Formas Políticas en Latinoamérica" en la Escuela de Gobierno de la Universidad de Chile desde el año 2006. Escribe para la revista Artishock y ha curado muestras colectivas en Santiago (Chile) y Nueva York (USA).

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