CONVOCAR OTRAS VOCES. SOBRE “ESPÍRITUS DOMÉSTICOS”, DE ISIDORA KAUAK
César Vargas Gutiérrez
I
Lo primero a considerar en la presentación de los trabajos de Isidora Kauak es que en ellos se ha ido conjugando una singular preocupación conceptual, estética y material por la muerte, los saberes ocultos, y la dimensión espiritual de un campo de conocimientos no dominantes ni hegemónicos. En otros términos, su investigación se inscribe en el devenir del Esoterismo Occidental como un componente fundamental de la modernidad de nuestra cultura. Es más, desde su propia experiencia biográfica, abrió esa preocupación y revisión crítica del esoterismo en tanto objeto de estudio y, al mismo tiempo, como lugar de contención para el desarrollo de su obra. Lo que quiero decir es que esa orientación por lo esotérico no emerge como una simple actualización discursiva (para ponernos al día sobre la dialéctica ilustrada entre “la luz de la razón y la oscuridad de la ignorancia”), sino como verdadero campo de reflexión para operaciones investigativas en torno a las artes visuales.
Podríamos sostener que esa voluntad de saber dirigida desde y hacia el Esoterismo Occidental ha marcado una insistencia —e incluso una rigurosidad temática y procesual— que la destaca dentro de un pequeño grupo de artistas locales asociados a estas materias. Su consistente trabajo irrumpe al modo de una poética de transmutaciones entre la dimensión histórica de los símbolos y la carga espiritual de los objetos. Abre un puente comunicacional entre la corporalidad tangible y la potencia intangible de la percepción: un territorio sin jerarquía de planos, en el que lo primero que se somete a crítica es la noción de nosotros mismos como sujetos “evaluadores” de lo que puede ser artístico.
Acercarnos al trabajo de Isidora implica pensar la figura de la artista contemporánea como una «cultora de carga», que trabaja etnológicamente sobre agencias subjetivas y espirituales capaces de conectar mundos o de disolver su aparente solidez en constelaciones de afección. En ese sentido, su práctica artística redirige la mirada hacia la interioridad, transfigurando el dictum expositivo —sacar a la luz— que porta el poder exotérico de la visualidad. Su búsqueda hacia lo que podríamos denominar «epistemologías descendentes» cuestiona la unicidad del sentido en que se suele encerrar lo que llamamos mundo espiritual de la creación.
En ese mismo ímpetu, reconocemos un compromiso con la escucha subterránea, la ausencia, los estados de la materia humana y animal y, sobre todo, la biografía e historia del arte entendida al modo de un diálogo con los muertos. Quizás, esto último, que recorre obsesivamente la producción de la artista, es la condición de posibilidad bajo la que se reúne la inscripción de una nueva narrativa sobre la oscuridad. Es en dicho manto narrativo donde tiene lugar la exposición Espíritus Domésticos, un proceso de investigación crítico que trae a la superficie tanto la dimensión creativa-espiritual como la dimensión histórico-política de la práctica del espiritismo en Chile.

II
Este proyecto nace de una invitación a ocupar el espacio. Esa invitación fue cobrando cuerpo y se manifestó en el punto de anclaje de los intereses de la artista: el cruce entre Esoterismo Occidental y el arte contemporáneo. Ahora bien, dicho cruce es en cierta forma el que se ha tomado el espacio de Sagrada Mercancía (SM): se ha domiciliado, poniendo en escena una instalación paradigmática en su alteración espacial y en el carácter fenomenológico que ofrece como ambiente sensitivo. Aquí hay un punto fundamental: la investigación misma, en tanto dispositivo teórico y visual, hace confluir no solo el cruce del que hablamos, sino también, un quiasmo, o sea, un cambio de posición entre uno y otro extremo del campo demarcado.
Digámoslo así: la artista ha elaborado una experiencia dimensional en la que se funde sensorialmente la propia práctica del espiritismo como soporte histórico. En efecto, tenemos que Isidora es artista e investigadora, por lo que los sistemas de relaciones que levanta están finamente articulados por el estudio situacional de lo que se propone. En esto, es preciso entrar de la mano de la artista y traer textualmente sus palabras:
Articulado desde el marco conceptual del Esoterismo Occidental, el proyecto indaga en el espiritismo practicado en Chile durante el siglo XIX, especialmente en su vínculo con el espacio doméstico como lugar de mediación (espiritual, creativa e intelectual) y la agencia femenina. A partir de un estudio histórico del inmueble que hoy alberga a Sagrada Mercancía —ubicado en el barrio República—, el proyecto reinterpreta las prácticas espiritistas del pasado mediante una instalación escultórica y audiovisual que reactiva la memoria del espacio y explora la experiencia sensorial como vía de conocimiento.
A partir de aquí se comienza a descubrir la extensión política y estética que envuelve todas las capas de la instalación Espíritus Domésticos. El punto detonante es que, de la propia investigación en terreno que hace la artista, surge el antecedente de que los antiguos propietarios de la galería estaban emparentados con María Luisa Recabarren Rencoret. Esta distinguida señora de la aristocracia chilena decimonónica era la bisabuela de la antigua dueña del recinto que hoy ocupa SM y, además, había sido retratada por el pintor Raymond Monvoisin, quien mantuvo una estrecha amistad con Allan Kardec, fundador del espiritismo francés.

Desde ese vínculo se despliega lo que podríamos llamar la incorporación espiritual del inmueble. Paso a paso, comenzamos a entender que la investigación artística no llega del exterior para ocupar o llenar el espacio —como quien cree simplemente que todo esto se resuelve trasladando las obras para ser exhibidas en un lugar “predeterminado” para el arte—, sino que ésta, la investigación, es una forma de acceso, un portal para dialogar y transformar aquel soporte historiográfico del espiritismo en una práctica instalativa.
Lo que queremos destacar es la condición de actividad en proceso que convoca esta exposición; lo interesante es el conjunto de capas que se remueven en el procedimiento vinculante que produce una alianza exploratoria con el espacio o galería SM. Esto posiciona el obrar estético de la operación sobre el espiritismo al modo de una tecnología de los efectos y afectos.
Indicamos tecnología de efectos-afectos porque se han movilizado fuerzas que atraviesan umbrales semióticos, históricos, objetuales, es decir, un conjunto de elementos que ingresan fenoménicamente a establecer un campo susceptible de alteración sensitiva. Nos referimos con esto también al espacio político femenino que reviste la dimensión doméstica en la que se funda la práctica del espiritismo en Chile. Del dato histórico saltamos a la democratización de una huella o genealogía oculta, de una experiencia que no solo reviste importancia social y política, acaso, esencialmente creativa como agencia que nombra, justamente, la reunión dimensional de otras voces.
El carácter de las agencias es gravitante en el tramado espiritual de la política sensible en que ingresa el sistema objetual y espacial de esta experiencia artística. Agenciar no es reunir lo diverso bajo la unidad o autoridad de lo uno (en este caso la exposición), sino poner en comunicación crítica, e incluso destructiva, las sujeciones por su unidad al todo. Comprender al sujeto como unidad es exactamente lo que pone en crisis el sustento ecológico del concepto de agencia. No es simple señalamiento valorativo para actualizarnos sobre el mercado lingüístico de los términos para referir lo que sucede en el arte. En lo profundo, es más bien una disposición del pensamiento contemporáneo volcado a una experiencia de lo desconcertante, en otros términos, una experiencia que ya no puede estar contenida bajo la forma humana de la unidad del yo.

La potencia de la instalación contiene a la micropotencia de disolución de lo íntimo en el espacio de conexión colectivo que genera. En esa dirección, lo doméstico de esta exposición, encarnado por los objetos tratados desde el campo esotérico, se toman el lugar y lo controlan, o más bien, lo poseen atmosféricamente en un estado de suspensión: ni adentro ni afuera. Lo que sucede está entre planos, justo ahí donde se disipa la jerarquía entre realidad y ficción. Lo que va emergiendo es el lento desajuste de un mundo empíricamente sólido que comienza a colapsar por obra de un estado de sensaciones diferentes, extrañas al hogar y a lo familiar, pero aún reconocibles como tal.
La instalación opera como una transfiguración de lo doméstico que da lugar a lo inquietante, a través de una performatividad liminal en la que se entrelazan la liberación y la contención de la extrañeza. Se trata de la irrupción de fuerzas que, de manera subterránea, van gestando la pérdida de límites y la sugestión de otras formas de agencia en comunicación. En este escenario, se libera progresivamente una textura de lo raro que, a su vez, se mezcla de manera vaporosa con el hechizo de una belleza ajena a cualquier atisbo de unidad antropomórfica.


Definitivamente, este proyecto de Isidora configura un sistema estético espeluznante y poco habitual, en el que se transgrede la unidad de sentido estable desde la cual solemos posicionar la experiencia del mundo artístico. En él se manifiesta una alta sensibilidad hacia el carácter relacional de las energías y hacia la oscura atracción de los cuerpos-objeto, donde la sensación de extrañeza no anula, sino que inunda y activa el deseo de sentir.
Ese deseo de sentir algo más se expresa como la pulsión de lo paranormal: amplifica referencias locales del espiritismo e intensifica el poder de la imaginación como fuerza del pensamiento, una potencia que desborda la racionalidad que estructura el principio de realidad. Lo inquietante irrumpe entonces de la mano de un oscuro ensueño que se sostiene en la posibilidad de que algo pueda revelarse. Con precisión, la obra administra un campo de afecciones, un estado de cosas en suspensión, donde se percibe la inminencia de que algo pueda desbordar su marco sensorial de recepción.
La oscura energética de la obra libera al propio espiritismo como agencia estética y comunicacional entre dimensiones. Pone en crisis los límites ordinarios de nuestra matriz perceptiva. Así, el lugar de la experiencia —su eficacia tecnológica, performática y escénica— es también la potencia de alteración que fluye sobre nosotros mismos en tanto agentes activos de la muestra. No es tanto la comunicación de un tema u objeto oculto, sensación o emoción inaccesible, sino el comparecer colectivo e individual que se fusiona en un espacio de voces en tránsito y encuentro de energías. Ese deseo de comunicación introspectivo nos desaloja del yo y nos predispone a modificar la noción categorial de un sujeto cerrado u habitante de una sola realidad. En ese sentido, debemos reconocer que la contención espectral de esta experiencia de lo esotérico emerge indisociable al hecho de que como agencias sensibles somos hablados por y a través de otros.

III
Algo nos rodea y algo nos recorre. La disolución de lo uno en lo otro, lo sólido en el éter de lo extraño. Más que una experiencia del todo hay una difuminación controlada de la totalidad por el efecto de sus partes. El humo y la luz de las velas llenan el ambiente y activan la textura rarificada en que ingresan las tres estaciones de la instalación: el video al modo de un juego de doble espejo, la silla instalada como un cuadro, y en el centro una mano colgante sobre una estructura triangular que está soportada por tres manos de concreto. La oscuridad de fuerzas telemáticas carga a los objetos y hace de esta ocupación una especie de vanitas ambiental o atmosférica. La luz de los cirios señala la duración de una temporalidad que marca la apertura a un portal comunicacional.
La ceremonia es el espacio de conexión interior con la dimensión intangible de la vida humana, la pulsión vital de un ser espiritual enfrentado a la finitud de su existencia. Por eso sostenemos que lo expuesto no está en la hegemonía de la pulsión escópica, más bien ésta es el punto de inicio de una potencia que envuelve a la propia corporalidad como contenedora de otras dimensiones de lo humano.
Los ensamblajes y objetos para-humanos de Isidora exceden al sujeto en la medida en que no deberían estar en la realidad, ni siquiera existir. Están en el mundo, pero no están sometidos a las reglas constructivas del mundo perceptivo normal. Ahí está la cosa, tal y como lo sugiere Fisher: “Lo raro destaca por la manera en la que se abre una puerta entre este mundo y los demás”. No es el binarismo entre lo falso y verdadero, el ser y la apariencia, sino lo raro como aquel portal a través del cual la obra de arte, su artificio, su cuerpo representacional, sitúa a lo vivo como un acontecimiento entre-mundos.

Valga entender, entonces, la vida humana como lugar donde lo desconocido puede tener domicilio. Aclarando que lo desconocido no cabe dentro de una forma extraña o anormal, sino que lo desconocido es algo extraño a la forma, extraño a asumir alguna forma en la que podamos reconocerlo. De ahí procede lo inquietante que se derrama como el humo en la dimensión fenoménica de los espíritus domésticos, o sea, del contacto con agencias humanas y no humanas, objetuales y virtuales, tangibles e intangibles.
La auscultación del espacio arquitectónico despliega una experiencia horizontal de la corporalidad y de las cargas de los objetos que nos interpelan. Esos objetos de la exposición poseen artificio vital, nos miran y son en sí corporalidades domésticas y transitorias de la conducta humana (pantalla-mesa-silla). En su secreta economía de relaciones activan una espectralidad de vida, la tecnología de un artificio somático y subjetivo. A partir de ellos, se libera el poder de autoafección que disuelve la vigilia del sujeto en la ensoñación de realidades inaprehensibles. Coexistimos con otras dimensiones. Nuestros propios espíritus domésticos son simbiontes de una esotérica del habitar.
Así, esta comprensión de textura-vibracional de las agencias nos abre al ethos post-humanista, que es el territorio desde donde adquiere espesor político la sensibilidad de un arte trabajado a partir de una ecología oscura. La expectativa crítica del arte de nuestro tiempo es, exactamente, abrir esas agencias como una fuerza inmanente a la desestructuración de la hegemonía racional de la vida humana como única medida de la realidad. Desde este campo teórico, el esoterismo de Isidora Kauak desfonda esa realidad impuesta a través de la creación de dimensiones estéticas transicionales, desocultando otra experiencia político-afectiva de la oscuridad.
Espíritus Domésticos de Isidora Kauak se presentó del 24 de octubre al 28 de noviembre de 2025 en Sagrada Mercancía, Santiago de Chile.
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