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TRES PUNTOS, 99 LÍNEAS, Y UN POEMA DE PHILIP LARKIN

Por César Vargas G.

I

El proyecto que ha puesto en obra José Luis Martinat se despliega llevando el código de lo sencillo a un nivel absoluto y radical. Ése es el aposento político de la belleza que tiene su hacer. Cada una de las obras cultiva un cuidado y dedicación que le otorgan nobleza y conformidad como piezas y como sistema de relación. Se dejan experimentar en el respeto e infinito cariño que poseen las cosas cuando ellas conservan lo vivido: lo sostienen y afirman, sin negar lo que las ha constituido o llevado hasta donde están.

En estas obras de José Luis hay una entrega y una experiencia material del signo que, desde un procedimiento que conjuga lo instalativo, textil y pictórico, desanda las condiciones religiosas y políticas del lenguaje como instrumento de poder. Un proceso deconstructivo que se abre y cierra a través de una verdadera «aisthesis política» de los recursos: su procedencia, tratamiento, instalación y montaje. Todos y cada uno de los sacos, mallas y arpilleras que ha utilizado portan un fragmento de historia, pero de una historia nacida y vivida desde abajo. Es la inscripción en esa historia, la que animó el camino de investigación que lo llevó a rescatar estos viejos sacos por distintos mercados populares de Perú y México. El punto crucial de ese procedimiento de rescate se decide cuando estos recursos engarzan físicamente con el trabajo manual de los artesanos del bordado. Ese plano de contacto físico de las telas está puesto en las manos de la familia Grados, un grupo de artesanos con los que trabaja José Luis, y que han sido históricamente los encargados —por más de 70 años— de confeccionar la banda presidencial de los mandatarios peruanos. No resulta complejo apreciar la densidad procesual que estas telas portan. Toda una sucesión de encuentros de trabajo y manufactura artesanal va quedando adherida en cada bordado de las letras, flequillos, encajes y aplicaciones que posee cada pieza. En ese sentido, el trabajo del artista no se puede descontar del hecho de haber tejido las relaciones humanas de cada uno de los puentes que permitieron producir y hacer vivir su obra tal y como está expuesta en Sagrada Mercancía.

José Luis Martinat, Infierno, 2019, hilo metálico sobre arpillera y fierro estriado, 170 x 125 x 20 cm. Foto: Felipe Ugalde
José Luis Martinat, Infierno, 2019, hilo metálico sobre arpillera y fierro estriado, 170 x 125 x 20 cm. Foto: Felipe Ugalde

II 

Cuando sostenemos que hay una experiencia político-estética de los recursos utilizados, afirmamos que una vez en contacto con ellos ya no hay neutralidad posible, es decir, señalamos que acumulan un devenir anterior a nosotros como sujetos, y que cualquier mínimo tratamiento sobre ellos expone parte del modo ético de proceder del artista. Lo que creo expone y desoculta la obra de José Luis es una astuta reflexión crítica sobre la despolitización y minusvaloración histórica de la belleza contenida en las denominadas artes menores, más específicamente, el arte del bordado. Siento que toda su economía de recursos declara en su sencillez una forma de pensar lo precario: sin arrogancia ni falsa modestia. Un movimiento emocionalmente activo de una sensibilidad política que nos vuelve al reconocimiento interno de que las relaciones humanas, las luchas cotidianas y trascendentales, dentro y fuera del arte, pequeñas y grandes, sólo existen por la belleza que ellas entrañan. Lo que quiero enfatizar es que no es simplemente un proceso de embellecer o enaltecer un recurso textil bordando en ellos lo que puede ser una buena oración, poema, consigna, diagrama o palabra. El caso es un poco más singular y profundo, porque lo que está en esas obras, y aunque suene paradójico, es un tipo de fuerza e inteligencia mucho más sencilla, una especie de lucidez poética no acumulativa ni tampoco rígida como lo suele ser muchas veces el modo académico de producción de obras. Las piezas textiles de Martinat, sin ser pretenciosas en ningún sentido ni dejarse seducir ni someter por ningún tipo de refuerzo innecesario, ofrecen su belleza como un movimiento reflexivo en el cual confluye el libre juego de la voluntad política y estética.

Sin duda hay una relación sostenida con lo precario, desde el modelo instalativo de las piezas hasta la historia que condicionó la vida anterior de esos recursos; sin embargo, todo lo que ellos son, lo siguen siendo, y eso es un semblante que le otorga a la obra de Martinat un alcance especial. Es una belleza que reconoce todas sus condiciones históricas, políticas, económicas, sus manchas, desgaste, deshilachamiento y todo el trajín popular que las hace ser lo que son.

Esos sacos provienen de la industria agrícola que los utiliza para contener y transportar los productos de la tierra a distintos proveedores; éstos, a su vez, compran el producto para luego venderlo en los mercados y ferias populares. Todas las huellas de esas telas están vinculadas a una compleja realidad social y económica y, muchas de ellas, cosidas por los trabajadores con el fin de hacer telas más extensas —denominadas en Perú como mantadas—, cubren sus mercancías para protegerlas de las heladas. Son esas tecnologías del uso y la subsistencia las que, no siendo propiamente elementos del arte, construyen la grandeza y sencillez que poseen estas obras reunidas bajo el título de Vencidos.

José Luis Martinat, País: Problema y posibilidad, 2019, hilo metálico sobre saco y fierro estriado, 175 x 110 x 20 cm. Foto: Felipe Ugalde
José Luis Martinat, País: Problema y posibilidad, 2019, hilo metálico sobre saco y fierro estriado, 175 x 110 x 20 cm. Foto: Felipe Ugalde
José Luis Martinat, Progreso y Civilización, 2019, hilo metálico sobre arpillera y fierro estriado, 220 x 110 x 90 cm. Foto: Felipe Ugalde

III

Recorrer esta exhibición nos hace ingresar a toda una trama de decisiones espaciales respecto a la presencia de las obras, y se revela una tipología de control en la forma de administración geométrica que la mirada del espectador debe asumir. Por ejemplo, la serie de las pinturas en los adoquines, extraídos del suelo mismo de SM, intervenidos con textos religiosos, se miran hacia abajo y se ven como nichos en miniatura o lápidas pequeñas. Las demás obras textiles están montadas también bajo esa especie de «dispositio religioso» de la mirada, en la cual el sujeto está suavemente conminado a tener que inclinar el eje de sus mirada en forma ascendente, reproduciendo la solemnidad del culto católico por los emblemas e imágenes.

El sentido religioso de esta exposición no sólo está en la referencia específica a la pintura del barroco cusqueño presente en algunos textiles, sino que se expande a toda la construcción instalativa con la cual se logra enaltecer los recursos y, al mismo tiempo, materializar una conciencia irónica respecto a la dimensión estética del poder religioso. El uso de las palabras en sus distintas referencias religiosas, políticas, económicas y coloniales, van agenciando toda una trama textil en la cual se van deconstruyendo las condiciones de poder de esos discursos ideológicos que portan. Las palabras seleccionadas pierden el poder de su significado al ser sometidas a un proceso de alteración que las deforma; las deforma a tal grado que las hace perder su sentido político a través del realce estético de sus formas, o sea, del cuerpo gráfico de las letras.

Un caso especial lo representa la obra Progreso y Civilización, cuyo proceso consistió en someter esas palabras a un software para luego deformarlas, comprimirlas en una figura, y dicha figura bordarla en la filigrana de las telas. Cada una de las letras de ambas palabras fueron bordadas en hilo metálico, transformándose en una especie de continuo lineal que se recorta en diversos movimientos formando un cuadro en el centro de las telas. A su vez, cada tela con cada una de estas palabras bordadas, fue montada en una estructura de fierro estriado que atraviesa la pared divisoria del segundo piso de la galería. Una herida espejeada a nivel procesual y semiológico.

Todas las operaciones que se conjugan en las obras de José Luis portan esa astucia reflexiva que nos hace girar una y otra vez sobre ellas y no poder agotarlas todavía; se mantienen en movimiento y se sustraen a ser descifradas en su totalidad. Así ocurre con la obra País: Problema y Posibilidad, en la cual se bordó en forma circular la familia de sinónimos de las tres palabras que conforman su título, disponiendo cada anillo de palabras de tal manera que se superponen y se tocan en distintos puntos del tejido. El campo discursivo, las palabras seleccionadas, el lenguaje poético, la técnica del bordado y la procedencia de las telas, vale decir, el hecho de que estas sean utilizadas para transportar y proteger los distintos frutos de la tierra, configuran esa matriz religiosa y política que se manifiesta como el soporte de toda la instalación. Cada una de las piezas pertenece a una forma económica de subsistencia popular: la manualidad excelsa del bordado artesanal y el cuerpo mismo de los alimentos que han dejado sus manchas en estos sudarios textiles. Estas obras tocan el espíritu de las cosas, nos lo dejan respirar y son de una belleza francamente sagrada, pero de una sagrada mercancía. Pocas obras, como lo ha hecho en esta oportunidad la emblemática precaria que ha tejido José Luis, logran reunir este tipo de fuerzas contradictorias y las hacen padecer en un sistema de belleza armónico y naturalmente político.

La gesta procesual de esta exhibición lleva la belleza de lo sencillo a un nivel excepcional y, lejos de cualquier vanidad, nos envuelve en las alianzas históricas que sostienen la correspondencia absoluta entre el tejido y la escritura. Tejer es escribir. Después de hacer el recorrido de estas obras se puede bajar la mirada sin miedo, con coraje incluso, y saber que hemos podido ver lo que otros no.

José Luis Martinat, Sin título, 2019, hilo metálico sobre sacos de polipropileno y estructura de fierro estriado, 130 x 200 x 180 cm. Foto: Felipe Ugalde
José Luis Martinat, Sin título, 2019, esmalte sobre adoquines. Dimensiones variables (15 x 25 x 10 cm c/u). Foto: Felipe Ugalde

Nada que decir

Para naciones imprecisas como las algas,
para los nómades entre las piedras,
tribus de baja estatura y caras amurradas
y familias unidas como adoquines
en mañanas oscuras de pueblos industriales,
la vida es una muerte lenta.

Y sus distintos modos
de construir y bendecir,
de medir el amor y el dinero,
son formas de una muerte lenta.
El día dedicado a la caza del cerdo
o la fiesta celebrada en el jardín,

las horas dedicadas a dar fe
o dar luz, avanzan
hacia una muerte igualmente lenta.
Decirle esto a algunos
no significa nada; a otros los deja
sin nada que decir.

Nothing To Be Said

For nations vague as weed,
For nomads among stones,
Small-statured cross-faced tribes
And cobble-close families
In mill-towns on dark mornings
Life is slow dying.

So are their separate ways
Of building, benediction,
Measuring love and money
Ways of slow dying.
The day spent hunting pig
Or holding a garden-party,

Hours giving evidence
Or birth, advance
On death equally slowly.
And saying so to some
Means nothing; others it leaves
Nothing to be said


Imagen destacada: José Luis Martinat, Cruz, 2018, hilo metálico sobre sacos de polipropileno y estructura de fierro estriado, 280 x 254 x 20 cm. Foto: Felipe Ugalde. Vista de la exposición Vencidos en Sagrada Mercancía, Santiago de Chile, 2019. Abierta hasta el 2 de agosto de 2019

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