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RECORRIDOS NO-TEJIDOS: REFLEXIONES EN TORNO A LA OBRA DE MANUELA GARCÍA

Por Emilya Rendón

A finales de la década de 2010, la escena del arte en México se desplegaba como una serie de entramados textiles, donde artistas emergentes, colectivos y espacios alternativos se entrelazaban y tensionaban las narrativas institucionales establecidas desde los años noventa y dosmiles. En ese entramado aparece la obra de Manuela García, un tejido no-tejido que no busca cerrar tramas, sino abrirlas: cada pieza se vuelve un hilo que rehúye la estructura habitual, generando conexiones visibles e invisibles que dialogan con prácticas contemporáneas desde América Latina.

Fue alrededor de 2018 cuando me encontré por internet con Vestido para volar (2007), una pieza nacida de un juego de palabras —ser sujeto / estar sujeto— que propone una reflexión sobre los cuerpos en el espacio y sus vínculos con el entorno. Allí se abrían tensiones entre libertad y contención, entre movimiento y anclaje, que después reconocería como constantes en su trabajo.

Lo atómico de la retina y el sol (2018), de Joshua Job y Manuela García, en el marco de Kiosko, proyecto curatorial Eva Posas para Alumnos 47, Ciudad de México. Cortesía: Eva Posas.

Ese mismo año, en el proyecto curatorial de Eva Posas, Kiosko (2018), un espacio de investigación y diálogo colectivo en las instalaciones de Alumnos 47, me encontré por primera vez con una obra de García instalada en una casa completa: un hilo de cobre que subía y bajaba por paredes, atravesaba habitaciones, enlazaba escaleras y reaparecía como una escritura espacial que respiraba.

Al salir, sobre el pasto inclinado del jardín, se veía Lo atómico de la retina y el sol (García y Joshua Jobb, 2018), un rompecabezas-libro compuesto por una fotografía fragmentada del momento en que se descubrió el uranio, imagen que evocaba la tensión entre potencia creadora y capacidad destructiva, inscrita en el origen de la bomba atómica.

Manuela García, Tejido de lana fieltrada sobre balaustre de cemento, 2019. Vista de la exposición Cambio de Párrafo, en Artes de México, Ciudad de México. Cortesía de la artista

Manuela García, Jerga, 2019. Vista de la exposición Cambio de Párrafo, en Artes de México, Ciudad de México. Cortesía de la artista

Tras visitar su estudio y revisar las piezas de su archivo —líneas, molcajetes de fieltro, ejercicios materiales— la invité a participar en una de mis primeras curadurías: la exposición Cambio de párrafo, realizada en las oficinas de Artes de México en 2019. Allí comprendí la potencia conceptual y poética que atravesaba su práctica.

En Cambio de párrafo (2019), García intervino el espacio con piezas que entendían el material como lenguaje. Una de ellas fue un tejido de lana fieltrada sobre un balaustre de cemento (2019), realizado directamente sobre un elemento arquitectónico de la casa editorial. Otra obra, Jerga (2019), dialogaba con la variedad lingüística del habla popular y, simultáneamente, con una tela de uso cotidiano en México. La propuesta de reemplazar el pendón como un elemento institucional por uno hecho de jerga funcionó como una reflexión sobre los modos en que lo doméstico, lo textil y lo culturalmente significativo pueden disputar el espacio simbólico de una institución.

A siete años de distancia, resulta fascinante observar cómo la obra de Manuela se ha expandido sin perder esa capacidad de transformar espacios, materiales y percepciones en experiencias profundamente reflexivas. Sus piezas invitan a pensar el tejido más allá de la trama, el tafetán o la urdimbre: lo conciben como una fuerza invisible que sostiene conexiones, un pensamiento no estructurado que, sin embargo, interviene activamente en la manera en que comprendemos la relación entre cuerpo y espacio.

Vista de la exposición Duplicar la Incertidumbre, de Manuela García, en N.A.S.A.L., Ciudad de México, 2024. Cortesía: N.A.S.A.L.
Manuela García, Comedero para pájaros (2024). Vista de la exposición Duplicar la Incertidumbre, N.A.S.A.L., Ciudad de México, 2024. Cortesía: N.A.S.A.L.

Manuela García, Comedero para pájaros (2024). Vista de la exposición Duplicar la Incertidumbre, N.A.S.A.L., Ciudad de México, 2024. Cortesía: N.A.S.A.L.

Esta intuición se vuelve central en Duplicar la incertidumbre (N.A.S.A.L., 2024, curaduría de Roselin Rodríguez Espinosa), donde la galería se transformó en un laboratorio de potencias espaciales. Columnas, escaleras, muros y ventanas fueron suavizados, tensados, duplicados o desplazados. La arquitectura dejaba de ser soporte para convertirse en un cuerpo sensible: un territorio de ritmos, fuerzas y tensiones.

Aquí, el Comedero de pájaros (2024) adquirió un papel decisivo dentro de la exhibición. Su forma suspendida y su funcionamiento como contenedor de agua activaban una relación directa con el afuera: era una pieza que escuchaba, que esperaba, que convocaba. En diálogo con la duplicación diagonal de la escalera, el bebedero ampliaba la noción de tránsito: no sólo el tránsito humano por la arquitectura, sino el tránsito de otras presencias —pájaros, vibraciones, gotas, luz— que inscribían una temporalidad distinta dentro de la galería.

Ambas obras retomaban operaciones que ya se insinuaban desde Cambio de párrafo: desviar, interrumpir, desestabilizar el orden para activar otra percepción. Si en 2019 la sintaxis era literaria y arquitectónica, pensando en diálogo directo con la casa editorial, aquí el lenguaje se volvió tensión viva, capaz de multiplicar las relaciones con las que dialogamos con el espacio.

La serie pictórica exhibida en la misma muestra abrió además un tránsito conceptual decisivo para Manuela. En diálogo reciente con la artista y con Mauricio Aguirre (director de N.A.S.A.L.), surgió una clave para leer esta nueva etapa: la dimensión metafísica que emerge en sus pinturas.

La técnica refuerza este giro. Aunque derivan de la encáustica, las pinturas no se construyen por capas, sino mediante un gesto casi escultórico: pigmento directo sobre imprimatura, aplicado con las manos antes del vaciado de cera. El movimiento del cuerpo queda inscrito en la superficie. Esto se vuelve especialmente visible en los dípticos, donde dos campos lumínicos se tensan entre sí.

Manuela García, de la serie Pinturas de cera, La continuación de la luz VII, 2025, pigmentos y cera encáustica sobre madera, 24 × 28 cm. Cortesía: N.A.S.A.L.
Manuela García, de la serie Pinturas de cera, La continuación de la luz IX, 2025, pigmentos y cera encáustica sobre madera, 24 × 28 cm. Cortesía: N.A.S.A.L.

Línea extendida, pieza producida específicamente para la exposición Geles Cabrera. Partituras corporales, en el Museo del Palacio Bellas Artes, se vuelve clave en este tránsito. Allí, Manuela retoma la noción de ritmo y movimiento arquitectónico desde una claridad más madura: la línea no es objeto, sino una larga resonancia que se desplaza por el complejo arquitectónico.

Este cuerpo de obra anticipa los proyectos que se presentarán en la venidera edición de Art Basel Miami. La participación de García en esta feria, como señala Mauricio Aguirre, no abre un capítulo nuevo, sino que profundiza una investigación que ya se consolidó en años recientes. Allí se presentarán circuito y sus pinturas de cera más recientes cuya materialidad —luz, gesto, tensión— no busca ajustarse a un circuito, sino probar qué sucede cuando sus operaciones —doblar, desviar, prolongar, tensar— se encuentran con otras arquitecturas y otras densidades de mirada.

Obras de Manuela García en la exposición Geles Cabrera. Partituras corporales, en el Museo del Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México, 2025. Foto cortesía del Museo del Palacio de Bellas Artes

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