COLONIALIDAD DEL ARTE
Por Lechedevirgen
Defino como colonialidad del arte a las relaciones de poder que sostienen al Arte como una extensión del sistema-mundo moderno-colonial. La colonialidad del arte se encuentra detrás de la idea del Arte como una categoría totalizadora y universalizante; exportada e implantada en los territorios colonizados y occidentalizados, construyendo un régimen hegemónico que ha subalternizado, anulado, excluido, exotizado y precarizado las manifestaciones y expresiones creativas, así como las formas de representación de la existencia y experiencias de la “otredad” no occidental, no blanca, no heterosexual y no cisgénero.
La colonialidad del arte está detrás de todas aquellas formas de producción, representación y regímenes de visualidad / materialidad derivados del eurocentrismo racista, capitalista y patriarcal intrínsecos en las prácticas artísticas, las cuales configuran las posiciones jerárquicas de unos en relación con lxs otrxs, relaciones de poder que se encuentran normalizadas y naturalizadas.
La colonialidad del arte permite que categorías gestadas desde la blanquitud y el eurocentrismo continúen vigentes y designen el reconocimiento y legitimación de lo que es considerado Arte, determinando el valor de una expresión artística y ocultando convenientemente las desigualdades y el lugar de enunciación de quienes utilizan dichas relaciones de poder para escalar en la jerarquía aspiracionista del mundo del arte y su silencio cómplice con las violencias estructurales.
Me refiero al Arte, escrito con A mayúscula, como al Arte hegemónico, clásico, oficial. Aquel Arte cuya única finalidad es encontrar la “belleza” y ser contemplado, aquel que nació en la “cuna de las culturas”, en la “antigüedad clásica”, situada en las coordenadas geopolíticas conservadoras de una Grecia mitológica, pero que realmente es un concepto inventado y consolidado durante la modernidad gracias a un largo proceso de reafirmación constante de valores de blanquitud eurocentrados. El Arte que se engendró como resultado de la modernización del mundo, proceso cuya cara oculta ha sido el sometimiento a regímenes de dominación colonial.
La instauración de la narrativa de la Historia Universal del Arte (HUA) es un triunfo de la colonialidad del arte, ya que se trata de una herramienta ideológica de occidentalización que funciona como propaganda blanca universalizante, homogenizadora y totalizadora. Se impone a través de las academias y la cultura oficial como una narrativa única, y desde su innegable eurocentrismo ha organizado y sistematizado las creaciones artísticas a conveniencia de la mirada occidental y sus valores de blanquitud y ambiciones humanistas.
Desde su invención en el s.XVIII por Johann Joachim Winckelmann (fundador de dicha disciplina con su libro Historia del Arte de la Antigüedad, publicado en 1764) hasta su expansión colonial al resto del mundo durante el s.XIX, ha ido de la mano del proyecto humanista, sumándose a la antropología de la dominación[1] a través del impulso antropocéntrico de “humanizar” a lxs habitantes de los pueblos no occidentales. Para ello fue necesario su inferiorización como seres no-humanxs, como bestias salvajes, animales, bárbaros, primitivos.

Las humanidades sólo tienen sentido en el territorio colonizado, en aquel territorio en el que se ha separado cultura de naturaleza, porque es allí donde la evangelización funcionó para “educar” y “humanizar” a sus habitantes. Las humanidades no son otra cosa que la cristalización de la empresa de los blancos por blanquear el mundo. El humanismo es un colonialismo.
Fueron los blancos quienes construyeron las bases para la invención del Arte, que llegaría a Abya Yala[2] de la mano de su salvacionismo, la caridad, las encomiendas y el catolicismo.
Para los colonos, en nuestras tierras no existían la escritura, la poesía, ni mucho menos las “obras de arte” o los “artistas”. La HUA está llena de DWEM: dead white European males, o “machos europeos blancos muertos”, según sus siglas en inglés. Lo que es necesario problematizar es la idea de que figuras como Winckelmann establecieron lo que consideraban más apropiado para clasificar e historizar las expresiones creativas. Los blancos creyeron que ese era el orden de sucesión más verosímil —y es preciso interrogar las implicaciones que dicha construcción ha tenido para la historia del arte en el mundo[3]—. Cuestionar la colonialidad del arte es, en última instancia, preguntarnos por la invención del artista y la invención del Arte.
Mientras la educación artística y la HUA han funcionado como una forma de reproducción del antropocentrismo y su promesa de progreso moderno-colonial, miles y miles de creaciones y obras fueron destruidas durante ese mismo proceso a través de los múltiples saqueos, despojos, quemas y exterminios. Cuando se lleva a cabo la dominación de un pueblo, la destrucción de sus formas de arte, cultura y escritura son fundamentales para consolidar dicha dominación; con ello se busca un epistemicidio de daños incalculables que, ligado a la colonización de la tierra (episterricidio[4]) intentan vaciar de sentido la identidad comunitaria y con ello borrar la memoria de lxs otrxs, a la par que instaura nuevos valores artísticos, culturales, religiosos, sociales y políticos.
La colonialidad del arte se ha introyectado de tal forma en lxs creadorxs que existe una necesidad continua por encajar en dichos marcos epistémicos importados del norte global, en lugar de disputar dicha autoridad epistémica y revalorar sus propios saberes y prácticas por fuera de dicho marco de colonización discursiva. Esto nos hace preguntarnos: ¿por qué nos han faltado herramientas para desarrollar un aparato conceptual y una estrategia política propia que nos ayude a entender y negociar mejor las relaciones neocoloniales que estructuran el arte en nuestros territorios? ¿Por qué hemos decidido acceder al reconocimiento epistémico del norte global occidental en lugar de desplazar la autoridad epistémica hacía las geografías de nuestras propias prácticas artísticas?[5]
En la HUA existe una evidente omisión del trabajo de artistas mujeres, a quienes la historia no ha querido recuperar, reconocer o sistematizar al mismo nivel que los autores varones, pensando siempre a las mujeres como un ente secundario incapaz de ser creadoras, entendidas siempre como modelos o musas. Asimismo, existe una supresión y exclusión de artistas no-heterosexuales, racializadxs o subalternizadxs.
En la Historia Universal del Arte no cabemos las maricas prietas, las travestis, lxs indixs, lxs negrxs, lxs sidosxs o enfermxs o lxs trabajadorxs sexuales, lxs tullidxs, discas. Como mucho, hemos sido exotizadxs por algún pintor blanco en cuadros que lucran estéticamente con nuestros cuerpos, experiencias y culturas.

Para descolonizar el Arte es necesario desenmascararlo y nombrarlo como lo que siempre ha sido y ha permanecido oculto de manera tácita; es necesario nombrarlo como un “Arte Dominante”, “Arte Hegemónico”, “Arte Imperialista”, “Arte Fascista”, “Arte Neoliberal”, “Arte Capitalista”, “Arte Burgués”, “Arte Blanco”, “Arte Heterosexual”, “Arte Cisgénero”, “Arte Sionista”, etc., cuyos mecanismos de designación y conformación han generado la colonización del arte.
Buscar la integración o inclusión de otras formas de arte y artistxs otrxs en la narrativa universalizante del arte ha implicado la creación de subgéneros y subgrupos cuyas adhesiones no cuestionan la propia estructura hegemónica de clasificación, sino que incluso siguen dotando de protagonismo a los sujetos centrales mientras fortalecen sus márgenes.
Para descolonizar el Arte también es necesario descolonizar los museos. En octubre de 2024, un grupo de activistas nos reunimos frente al Museo de la Memoria y Tolerancia, en el centro de la Ciudad de México, para entregarle un “reconocimiento” por su silencio cómplice frente al genocidio palestino. La performance provocó que los guardias salieran a cerrar las rejas de acceso para impedirnos el paso; sus ojos, atónitos, quedaron enganchados en el brillo dorado de la placa grabada, que incluso llevaba el logo del museo. Era un acto disruptivo de travestismo expandido: una acción que se hacía pasar por un acto cívico, con su propio seguimiento protocolario, una parodia institucional que evidenció la profunda hipocresía capitalista e indolente de este museo —entidad sionista, el peor museo del país.
Los museos son los santuarios de la colonialidad del arte. Los museos son blancos por ser herederos del saqueo, el expolio y la blanquitud colonial. Fueron los colonos blancos quienes han saqueado incontables veces a los pueblos racializados. Fueron los colonos blancos quienes exhibieron a las comunidades originarias como bestias en los zoológicos humanos para el entretenimiento de otros blancos. ¿Podemos pensar los museos más allá de su elitismo, su aporofobia, su exclusión/ extractivismo / exotismo colonial?
Para descolonizar el arte es necesario abandonar lo “humano” como categoría de organización colonial; implica abandonar las “humanidades” y el proyecto “humanístico” occidental; implica cuestionar la propia idea de “desarrollo cultural” en la que las artes han sido capturadas como evidencia de lo civilizatorio. Las “humanidades” son la empresa de expansión colonial del antropocentrismo, que buscó ante todas las circunstancias decirle al resto del mundo, no-blanco no-europeo, que debían demostrar su capacidad para ser “humanos”, debían hablar, moverse, vestirse, comer como “humanos”. Por lo tanto, debíamos aprender a crear como los “humanos”, como “los grandes maestros”, porque sólo los “humanos”, “los humanistas”, pueden hacer literatura, obras de arte y cultura.
Abandonar las humanidades es abandonar la mirada dominante, porque conseguir existir dentro de lo “humano” ha significado renunciar y olvidar quienes éramos. Abandonar las humanidades es denunciar su filantropía renacentista, y abandonar la educación humanista (paideia) es desmantelar la falacia que dicta que, entre más “humanos” seamos, mayores serán los beneficios para todxs. Es también desmantelar la dicotomía civilización/barbarie, porque lo que ha justificado la barbarie —la barbarie de los genocidios y exterminios de los pueblos no blancos y las geografías no occidentales— ha sido, de hecho, la invención misma de lo “humano”.
Abandonar las humanidades en un mundo atravesado por los genocidios es darse cuenta de que la deshumanización neofascista es posible gracias y en primer lugar a la imposición de la categoría de lo “humano”, y que el Arte ha sido uno de sus aparatos ideológicos y culturales más exitosos.

Lo “humano”, como toda categoría colonial, implicó la creación de su contrario: lo no-humanx. Ambos conceptos se definieron como mutuamente excluyentes y, a partir de esa división, se desarrollaron técnicas, estrategias y dispositivos de poder sobre lo no-humanx: trampas para capturar todo aquello que pudiera fugarse de su proyecto omniabarcante y homogeneizador, siempre en nombre del “bien de todos”.
La invención de las humanidades arrojó todas las demás formas de expresión a la infravaloración, a lo infrahumanx. No existe una esencia de lo humano; no hay nada en nuestra “naturaleza” como “seres humanos” que nos identifique colectivamente dentro del conglomerado llamado “humanidad”, más allá de la plantación del antropocentrismo. La supremacía humana no nos dota a todxs de humanidad: se sostiene, más bien, en la infrahumanidad del otrx, de otrxs seres, actores y actantes.
Para que existieran los artistas genios de la ilustración europea tuvo que existir la dominación, nulificación y borramiento de lxs creadores subalternizados de las poblaciones colonizadas.
Asimismo, las “humanidades” han funcionado como una forma de garantizar que los marcos de legibilidad en el arte y la cultura se mantengan apegados a esa idea reduccionista de lo humano, y por lo tanto perpetúan esos mismos regímenes que la colonialidad del arte ha hecho posible. Cuando se quemó la Catedral de Notre Dame en París se hicieron colectas internacionales para su reconstrucción, pero nunca ha existido el mismo interés cuando se han destruido centros ceremoniales, pirámides o basamentos, cuando se han construido iglesias católicas sobre templos de pueblos originarios, o cuando han saqueado y subastado artesanías o arte indígena. Porque, en esos casos, no ha habido “ningún humano involucrado” (NHI); porque no somos el hombre de Vitruvio ni queremos sus proporciones áureas; porque nuestrxs cuerpxs no tienen las proporciones de la blanquitud; porque “hubo gente que fue peces, hubo gente que fue árboles antes de imaginarse ser humanos”[6].
Según Adolfo Albán Achinte[7], el arte entendido como “un acto de reflexión permanente -y no solamente como el hecho de realizar objetos artísticos- debe contribuir a ensanchar los escenarios de discusión en torno a la exclusión social, la racialización, la violencia genocida, la reafirmación de los estereotipos y el autoritarismo. De lo contrario -y quizá sea válido también- el arte se convierte en un ejercicio narcisista que nos lleva a producir objetos para la autosatisfacción del campo del arte y todas las contingencias que lo acompañan”. La colonialidad del arte hace pensar que la única finalidad del arte es ese preciso ejercicio narcisista.
Abandonar de una vez por todas la Historia Universal del Arte, abandonar las Humanidades y su ideal artístico es en sí mismo un acto de desobediencia anticolonial. Cuestionar la colonialidad del arte nos permite reimaginar las prácticas artísticas y sus horizontes de posibilidad, abriendo la puerta a creaciones de potencia insospechada y transformadora.

*Adaptación para Artishock del texto originalmente publicado en Deshacer el Arte (OnA Ediciones, 2025) por Lechedevirgen.
[1] Ochy Curiel explica la antropología de la dominación como una operación que consiste en develar las formas, maneras, estrategias, discursos que van definiendo a ciertos grupos sociales como “otros” y “otras” desde lugares de poder y dominación. Esto supuso hacer una etnografía que me permitiera estudiar un tipo de dominación en particular; en su caso, fue la heterosexualidad como un régimen político que produce exclusiones. En este caso es el mismo concepto de “Arte” paneuropeísta el que produce la exclusión al implantarse como una herencia colonial.
[2] Nombre ancestral que le otorgó el pueblo Kuna a lo que hoy, después de la colonización de nuestras mentes y cuerpos, llamamos América Latina.
[3] Oyèrónkẹ Oyěwùmí se pregunta lo mismo en relación con los historiadores y teóricos de los Estudios Africanos en su libro La Invención de las Mujeres (1997).
[4] Lucía Egaña y Francisco Godoy desarrollan este concepto para describir la íntima relación entre saberes y territorialidades, en donde la aniquilación de uno implica la aniquilación del otro.
[5] Yuderkys Espinoza aborda este mismo dilema en torno al feminismo latinoamericano y la colonización discursiva del feminismo del norte global, retomando a autoras como Bat Ami Bar-On y feministas poscoloniales como Chandra Mohanty. En este caso particular, la colonización discursiva se realiza a través de la historia del arte y las academias, que reproducen formas “correctas” de interpretación, creación y valorización artística ancladas en una genealogía eurocentrada.
[6] Ailton Krenak, La Máquina de Hacer Cosas. Transcripción de entrevista realizada por Fernanda Santana en el 2020.
[7] Maestro en Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá). La cita proviene de su texto El acto creador como pedagogía crítica decolonial (2008)
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