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ROSA ELENA CURRUCHICH Y ANGÉLICA SERECH: UN SOLO LATIDO – XA JUN RUK’OXOMAL QANIMA

Mi tejido y yo, un solo latido,
es un corazón que habla, que canta, que cuenta, que silba, que trenza, que siembra,
un corazón que revela la vida en un lienzo.

Negma Coy, Sonidos de corazones. Ruk’oxomal Taq K’uxaj


Reunir las obras de Rosa Elena Curruchich (1956–2005) y Angélica Serech (1982) en un mismo espacio no representa un simple acto de rescate o reparación simbólica: es una afirmación clara de que estas creadoras kaqchikel ocupan ya un lugar indiscutible en el mapa del arte contemporáneo latinoamericano. La exposición Un solo latido – Xa jun ruk’oxomal qanima, curada por Miguel A. López para el Museo Universitario del Chopo en Ciudad de México, pone en interrogación la idea misma de “margen” al desplegar dos trayectorias que, desde la comunidad de San Juan Comalapa (Guatemala), han cruzado fronteras, técnicas y tradiciones.

Comalapa, conocida como la “Florencia del Altiplano Guatemalteco” por su alta concentración de pintores indígenas, no es solo un territorio donde el arte y la vida comunal han sido históricamente inseparables, sino también un lugar marcado por la violencia estructural de la guerra civil (1960–1996) y los feminicidios silenciados. El hecho de que Curruchich y Serech provengan de allí coloca sus obras en un punto de cruce entre la herencia cultural y la acción política, entre la afirmación del cuerpo femenino y la construcción de comunidad.

Rosa Elena Curruchich y Angélica Serech: Un solo latido – Xa jun ruk’oxomal qanima, Museo Universitario del Chopo, Ciudad de México, 2025. Foto cortesía del museo.
Rosa Elena Curruchich y Angélica Serech: Un solo latido – Xa jun ruk’oxomal qanima, Museo Universitario del Chopo, Ciudad de México, 2025. Foto cortesía del museo.
Obras de Rosa Elena Curruchich en Un solo latido – Xa jun ruk’oxomal qanima, Museo Universitario del Chopo, Ciudad de México, 2025. Foto cortesía del museo.

Nieta del célebre pintor Andrés Curruchich, quien en los años 30 inauguró la tradición pictórica de Comalapa, Rosa Elena Curruchich fue la primera mujer de su comunidad en dedicarse a la pintura. Su aprendizaje fue autodidacta y silencioso: un gesto de observación y deseo que se convirtió en obstinación frente a las normas de género y la represión del conflicto armado guatemalteco.

A mediados de los años setenta comenzó a pintar con materiales improvisados —cartones recogidos de la basura y carbón tomado del fuego donde su madre cocinaba tortillas— antes de pasar al óleo. Su decisión de pintar en formato miniatura respondía tanto a limitaciones materiales como a una estrategia de supervivencia, ya estas obras pequeñas podía ocultarlas en su tzute o perraje para venderlas discretamente, mientras la violencia estatal y doméstica restringía su libertad de movimiento.

En sus escenas diminutas, Curruchich condensó la vida comunal de Comalapa con una precisión casi litúrgica. Retrató procesiones, ferias, rituales del agua, el trabajo del pan y las velas, el tejido de huipiles. En obras como Las capitanas del agua potable o Presentando a las mujeres que construyen casitas, las mujeres aparecen como sujetas activas en tareas comunitarias, desafiando los imaginarios patriarcales y urbanos que las relegaban al silencio. A menudo añadía textos breves al reverso de sus cuadros, a modo de crónica o epígrafe de la vida indígena cotidiana.

Curruchich trabajó en un tiempo en que la guerra civil devastaba las comunidades mayas del altiplano. En ese contexto, pintar era un riesgo, pero también una forma de resguardar la memoria. Su práctica, sostenida en la intimidad doméstica y el sigilo, se convirtió en una de las manifestaciones más poderosas del arte indígena de resistencia. Hoy, su obra se reconoce como una grieta luminosa dentro del canon guatemalteco: una pintura que, desde lo mínimo y lo marginal, sostuvo la posibilidad de narrarse a sí misma.

Su primera y única exposición en vida tuvo lugar en la Alianza Francesa de Ciudad de Guatemala en 1979, aunque su obra alcanzó resonancia internacional recién en 2024, al ser incluida en la muestra central de la Bienal de Venecia. Resulta irónico que aquella presentación inicial en su país natal fuera recibida, en parte, con condescendencia: la crítica local la inscribió en la categoría de arte naïf, un rótulo que despolitizó su gesto al someterlo a una mirada eurocéntrica y paternalista. Su obra, sin embargo, distaba de toda ingenuidad: elaboró un lenguaje autónomo desde el cual reinterpretó los códigos de representación de su entorno.

Obra de Angélica Serech en Un solo latido – Xa jun ruk’oxomal qanima, Museo Universitario del Chopo, Ciudad de México, 2025. Foto cortesía del museo.
Obra de Angélica Serech en Un solo latido – Xa jun ruk’oxomal qanima, Museo Universitario del Chopo, Ciudad de México, 2025. Foto cortesía del museo.

La obra de Angélica Serech prolonga y transforma esa herencia. Tejedora desde los ocho años, formada junto a su tía Alma Gómez y su mentora Lidia Serech, aprendió el arte del telar de cintura y del telar vertical, prácticas transmitidas por generaciones de mujeres de su familia. Pero su trabajo no se limita a la preservación de la tradición: lo empuja hacia un territorio de experimentación formal, simbólica y política.

Inspirada en los huipiles tradicionales de su comunidad —dominados por tonos oscuros y una geometría contenida—, Serech introdujo a sus creaciones colores vivos, torsiones, materiales orgánicos y no convencionales, como la tusa, palma, ramas, capullos de seda, hilos metálicos y cabello humano. Estas decisiones, inicialmente vistas como transgresoras en su contexto local, revelan una voluntad de transformar el textil en una superficie expandida de pensamiento.

En sus obras recientes, los tejidos se tensan, se amarran, se enredan; los nudos y trenzas evocan tanto la geografía del territorio como la memoria del cuerpo femenino. La artista concibe el acto de tejer como una práctica espiritual, una forma de oración. Cada hilo anudado es una afirmación de vida, un gesto que materializa la reciprocidad entre el ser humano y la tierra.

En el contexto de Un solo latido, Serech presenta dos nuevos textiles de gran escala realizados en diálogo con la obra de Curruchich. En ellos, el color se convierte en un latido visual que resuena con la energía de las miniaturas de Rosa Elena. Si la pintura de Curruchich narra la historia de un pueblo desde la mirada íntima, el tejido de Serech la reconfigura como territorio en expansión, como cuerpo colectivo que respira.

Obra de Angélica Serech en Un solo latido – Xa jun ruk’oxomal qanima, Museo Universitario del Chopo, Ciudad de México, 2025. Foto cortesía del museo.
Obra de Angélica Serech en Un solo latido – Xa jun ruk’oxomal qanima, Museo Universitario del Chopo, Ciudad de México, 2025. Foto cortesía del museo.

El título de la muestra, tomado del poema Sonidos de corazones de Negma Coy, poeta y tejedora también kaqchikel, conecta las prácticas de ambas artistas desde una misma raíz vital. Un solo latido – Xa jun ruk’oxomal qanima no se plantea como una exposición de “arte indígena” en el sentido exotizante o etnográfico, sino como una relectura crítica de la historia del arte desde los márgenes que la sostienen.

En palabras de Miguel A. López, “el arte en Comalapa puede comprenderse como un rizoma generacional y circunstancial”, donde las experiencias de dolor colectivo —el terremoto de 1976, la guerra civil— se entretejen con los gestos de celebración comunal. Las obras de Curruchich y Serech condensan esa paradoja: son actos de ternura radical nacidos en contextos de violencia estructural.

La exposición en el Chopo es también un gesto decolonial en el sentido profundo del término: no busca integrar a estas artistas al relato moderno del arte guatemalteco, sino rearticular el relato mismo desde la autonomía estética y política de las mujeres kaqchikel. Al poner en relación la pintura miniatura y el tejido —dos lenguajes históricamente relegados a la esfera doméstica o artesanal—, la muestra recupera su potencia como medios de pensamiento y de acción colectiva.

Para Rosa Elena y Angélica, la práctica artística es inseparable de la vida comunitaria, del territorio, del cuerpo y del deseo de continuidad. En el latido común de ambas se escucha la voz persistente de muchas otras mujeres que, desde Comalapa, han tejido y pintado su derecho a existir en el mundo.


Rosa Elena Curruchich y Angélica Serech: Un solo latido – Xa jun ruk’oxomal qanima se presenta hasta el 25 de noviembre de 2025 en el Museo Universitario del Chopo, Ciudad de México. Exposición organizada en colaboración con La Nueva Fábrica, Guatemala.

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