LA VOZ Y LA MIRADA DE JULIA TORO
«Hoy, jueves, día de castigos verbales. Me he dicho las más crudas verdades en vez de quererme mucho. Si todo eso es verdad, o no, en parte da lo mismo: hoy jueves no he podido levantar la neblina de mi corazón. El dolor de envejecer, el dolor del ausente por el espacio incalculable que dejó, hoy jueves con el sol tibio y dulce del otoño, con las últimas mangas cortas del verano»[1].
El anterior es un extracto de los diarios de la fotógrafa chilena Julia Toro (Talca, 1933), publicados por la editorial Lumen. Sus entradas, relativamente breves y fechadas desde 1983 hasta el estallido social de 2019, delatan a una mujer cómica, introspectiva y lectora, con arranques líricos y a ratos sentenciosa, pero que, sobre todo en los primeros años de escritura, se ve apesadumbrada por el inevitable paso del tiempo; el cansancio aferrado al cuerpo, los nuevos surcos en la piel, una terrible sensación de espera. Si prestamos atención, el libro nos permite entrever el motivo tan sencillo como noble detrás de su práctica fotográfica: conservar lo que es por naturaleza impreservable.




El trabajo de Toro se encuentra actualmente expuesto en Chile y España. En Chile, puede verse en la muestra Julia Toro: huellas y desplazamientos, en el Centro Cultural La Moneda, bajo la curaduría de Mariairis Flores Leiva. En España, en la exhibición Estado Fotográfico, en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid, curada por Rodrigo Gómez Rovira. Esta última ha sido realizada en el contexto del 28ª festival PHotoESPAÑA, donde Chile es el país invitado. Ambas exposiciones, sin proponerse operar como retrospectivas, reúnen décadas del ojo atento de Toro y su inagotable potencia creativa, cuyo reverso —sus anhelos, necesidades y dudas— es posible hallar en sus escritos.
La muestra en la Galería de Fotografía del Centro Cultural La Moneda presenta una serie de registros en el característico blanco y negro de Toro, tomados entre 1973 y 1987. Aparecen niños con máscaras o uniforme escolar, una mujer frente a una pared llena de flores, un encuentro entre dos personas en la intimidad de su hogar, con las cabezas juntas, como compartiendo un secreto.
También hay retratos —¿autorretratos?— de Toro. La fotógrafa juega con una hortensia y sonríe con el hombro descubierto, una mano debajo del mentón y el índice levantado, apuntándose a sí misma. Estas imágenes comparten un interés por lo corriente y silencioso, aquello que se teje alejado de los focos de convulsión política y social de la dictadura militar.
Su práctica arrancó en el espacio doméstico, luego de que agarrara una cámara por primera vez a los 40 años para fotografiar a una de sus hijas que estaba embarazada. No podía salir a registrar lo que ocurría en la calle. Su hijo menor, Mateo, recién había nacido el 12 de septiembre de 1973. Así que se abocó a capturar lo que tenía cerca[2].
Pero más allá de una oda a lo cotidiano, y reafirmando las obsesiones que sus diarios delatan, lo que sus fotografías exponen es una belleza destinada a perecer —la primavera, la juventud, el encanto pasajero de la seducción— y todas, incluso las posadas, conservan un leve movimiento, una cualidad apenas borrosa, que evidencia la urgencia con la que se ha querido capturar, con la que se ha querido contener, justamente eso que la deslumbraba.



Es curioso que esta misma intención de perdurar produzca en sus fotos la sensación de que fueran a desvanecerse en cualquier momento, llevando consigo lo que han retratado. Se sitúan en un límite propio de la fotografía análoga, que practicó hasta el 2000 y reveló en laboratorios muchas veces improvisados en baños y cocinas. Entre los rostros de la familia Toro, algunos de quienes ya no están, y los habitantes de Valle del Elqui, donde vivió junto a su marido y su hijo menor durante sus primeros años con una cámara en mano, todavía perdura algo del instante sensible en que el papel entra en contacto con los químicos y la imagen está tan cerca de mostrarse como de desaparecer.
La crítica de arte María Gainza escribe que «en la fotografía se juega un misterio que tiene que ver con las decisiones y la audacia. No es la técnica lo que interesa, sino la pulseada con el lenguaje; aquel que calza con la ecuación que uno es»[3].
A sus 91 años, tras haber sido reconocida en 2024 con el Premio Plagio a la Creatividad Artística (Fundación Plagio) y el Premio Antonio Quintana a la trayectoria artística en fotografía (Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio), Toro ha logrado articular un lenguaje directo, despojado de artificios, e infinitamente personal.


En la exposición en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid, podemos encontrar 60 fotos distribuidas entre el pórtico, la galería y la Sala de Arte Invitado. Hay hombres desnudos, una pareja besándose detrás de una escalera, una mano posada con delicadeza sobre un pubis, como queriendo ocultar y también señalar. Algunas están hechas desde lejos, en un ángulo inadvertido para los retratados, y otras, desde la proximidad de quien puede estirar el brazo y tocar. ¿Es la fotógrafa una voyeur en estas escenas? ¿O participa directamente en ellas? El misterio del que hablaba Gainza queda irresuelto, y la única certeza es el latente deseo de tacto, el mismo que traslucen sus diarios.
«Hay días en que darle de comer al animal es necesario», escribe Toro un día cualquiera de 1989. ¿Cuál es el animal y cuál es el alimento en cuestión? Años más tarde, un domingo se pregunta al oscurecer: «¿Me mareaste esta noche?».
El deseo, de quienes participan en las fotos y de la fotógrafa que los observa, detenido en el tiempo anacrónico de la fotografía, no alcanza jamás a consumarse. El acto, sea el beso de la pareja o el disparo del obturador, se reproduce de forma infinita. Quizás a esto se refería Bernard Stiegler cuando decía que «un objeto de deseo, incluso para alguien que no tiene ninguna creencia religiosa, es un objeto incalculable. Si no, no es un objeto de deseo, es un objeto de codicia, de apropiación. Pero sabemos bien que uno no se apropia jamás del objeto de su deseo porque uno no puede calcularlo, es algo que nos supera»[4].
En el caso de Toro, hay un elemento que no acabamos de atrapar, un secreto que se menciona pero jamás se revela en su trabajo, y que, por lo mismo, nos obliga a volver la vista una, dos, muchas veces más.
Pensando en sus imágenes del día a día y las pequeñas verdades que contienen, podría decirse que Julia Toro es a la fotografía lo que Natalia Ginzburg es la literatura. Sin embargo, el estilo confesional de sus diarios y la sensualidad de sus fotografías íntimas recuerdan a la escritura de Anaïs Nin. Al fin y al cabo, Julia Toro es precisamente eso. Es ambas y ninguna a la vez. Es, tanto a la literatura como a la fotografía, una voz y una mirada inconfundible: la de una artista preocupada por captar el mundo con la misma energía y honestidad con que lo experimenta.

Julia Toro: huellas y desplazamientos se presenta hasta el 1 de marzo de 2026 en el Centro Cultural
La Moneda, Santiago de Chile | Estado Fotográfico, en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid, se podrá visitar hasta el 9 de noviembre de 2025.
[1] Julia Toro, Diarios (Lumen, 2022), 63.
[2] Colectivo Rectángulo. «Latidos: Julia Toro». Documental, 10:38. Publicado en 2019. https://www.latidos.colectivorectangulo.cl/julia-toro/.
[3] María Gainza, Un puñado de flechas (Anagrama, 2024), 154.
[4] Bernard Stiegler, “Quebrar las reglas de las máquinas”, Clarín, Revista Ñ, 4 de marzo de 2015.
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