GEOGRAFÍA GERMINAL: UN ARCHIVO DE RESISTENCIA EN TARIJA
La exposición Geografía germinal. Saberes y fronteras en Tarija, Bolivia, se erige como un laboratorio estético y crítico que desafía las narrativas hegemónicas de la historia, la geografía y la ciencia. A través de las obras de ocho artistas, la muestra se sumerge en la memoria profunda del territorio, utilizando las plantas, las cartografías y el agua como elementos centrales para desmantelar las lógicas coloniales y extractivistas que han moldeado un sur global. El proyecto se articula como un diálogo esencial entre el arte contemporáneo y las epistemologías ancestrales.
Para la muestra —inaugurada el 25 de septiembre y abierta hasta el 24 de octubre—, se han elegido dos sedes estratégicas: el Convento Franciscano y el Patio del Cabildo. El texto curatorial enfatiza que la misión franciscana funcionó como el “punto neurálgico de la frontera”, un lugar de síntesis y administración del conocimiento, especialmente el de la sanación. Esta gestión del saber fue un mecanismo de poder, ya que a través de ella se delimitaban los entendimientos de civilización y los alcances del colonialismo. La necesidad de “hacer de esos conocimientos ocupaciones territoriales” revela que el conocimiento de las plantas fue un instrumento de la geopolítica, marcando el destino extractivista de la región.


El marco conceptual de la muestra dialoga con una revisión crítica de las grandes narrativas científicas que moldearon la visión del continente americano. La figura de Alexander von Humboldt es ineludible: el “segundo descubridor de América” transformó la ciencia moderna al proponer una comprensión integradora de la naturaleza —el Kosmos— y al desarrollar innovadores diagramas de geografía botánica.
No obstante, la exposición utiliza esta herencia como contrapunto crítico. Si bien la ciencia humboldtiana fue brillante, se enmarcó dentro de un proyecto ilustrado que, al clasificar, registrar y cartografiar la naturaleza americana bajo una lógica occidental, facilitó la eventual explotación extractivista de los recursos. La pregunta clave que ha planteado la curaduría es: ¿qué saberes quedaron fuera del mapa humboldtiano? ¿Cómo la narrativa de la naturaleza como objeto de estudio neutral enmascaró el imperialismo epistémico y la violencia de la apropiación territorial? El enfoque curatorial buscó precisamente desarchivar y amplificar las epistemologías silenciadas por la ciencia clasificatoria.
El marco de esta exposición en los valles de Bolivia es BIENALSUR, un proyecto de calidad académica e independencia del mercado, que celebra su décimo aniversario en 2025, habiendo expandido su cartografía a más de 140 sedes distribuidas en 70 ciudades. En esta quinta edición, la bienal aborda temas urgentes como migraciones, derechos humanos, medioambiente e IA.
Geografía germinal. Saberes y fronteras fue resultado de una curaduría colaborativa a cargo de Marisabel Villagómez (Bolivia), Clarisa Appendino (Argentina), del equipo BIENALSUR, y Diana Wechsler (Argentina), directora artística de la bienal.

Exploración artística y epistemológica: las obras en detalle
Los artistas convocados han creado un cuerpo de trabajo que explora la materialidad de la historia y el paisaje, transformando la materia prima en una potente declaración política y poética.
En el Patio del Cabildo, el artista taiwanés Chaong Wen Ting aborda la figura central de la quina (o cinchona), un árbol cuya historia es inseparable de la expansión imperial europea y la industria farmacéutica japonesa. Su instalación inmersiva, titulada Virgin Land, es una meditación sobre el costo humano y biológico de este intercambio. La pieza combina materiales como fotografías, videos, objetos hallados, vidrio templado y corteza de quina, señalando la profunda paradoja que encierra la planta: su corteza se convirtió en el antídoto crucial contra la malaria, salvando miles de vidas europeas y facilitando la conquista y la penetración en los trópicos; al mismo tiempo, impulsó la expansión de la industria farmacéutica global y el extractivismo a escala industrial, haciendo caso omiso de las epidemias de malaria en Taiwán. Virgin Land funciona como un recordatorio de que la geopolítica a menudo comienza en el mundo microscópico de las enfermedades y las medicinas.
La crítica a la autoridad de los mapas y la violencia de las fronteras impuestas es un eje fundamental que atraviesa varias obras. Pablo Martínez (Argentina), en su pieza El mundo al revés, localizada en la sala de comunicación del Convento de San Francisco, realiza una superposición meticulosa de antiguos mapas, algunos de los cuales evocan los trazados precoloniales o los del cronista indígena Guamán Poma de Ayala. El artista utiliza papel carbónico para dibujar sobre estos documentos históricos, un gesto que no solo reproduce sino que cuestiona el acto mismo de la cartografía. Al superponer estos trazados, Martínez da cuenta de la estratificación de la historia territorial y cómo la imposición de fronteras arbitrarias y los trazados de la modernidad han fragmentado irreversiblemente el continente americano. Su obra es una arqueología visual de la violencia territorial.


Santiago Contreras Soux (Bolivia) complementa esta visión con sus Contra-Cartografías, una revisión profunda de los vínculos entre Europa y América a través de la lente del extractivismo. El artista interviene directamente sobre cartografías recuperadas de National Archives de Kew (Londres) con dibujos y grafismos. Su trabajo devela las narrativas ocultas, aquellas propias de una naturaleza independiente, con agencia propia, bajo la supuesta objetividad del documento histórico. Esta superposición de dibujos demuestra cómo la necesidad europea de metales, tintes o plantas fue el motor para la delimitación territorial y el origen de la lógica capitalista en el continente.
La artista boliviana Erika Ewel lleva esta crítica a la dimensión de la materialidad textil en la serie La línea del hilo, instalada en el primer piso del Convento de San Francisco. Sus singulares mapas, plasmados en telas teñidas, oxidadas y rasgadas se oponen a la solidez del mapa oficial. El tejido, un medio asociado históricamente a lo doméstico, se convierte aquí en un lenguaje de resistencia y vulnerabilidad. Las cicatrices de la tela (el óxido, el desgarro) reflejan la fragilidad del territorio ante la explotación. En el segundo piso, Ewel presenta piezas de oro, polvo, fuego y quina, esculturas orgánicas realizadas en telas sumergidas en el río Kala, cuya estructura rugosa evoca, paradójicamente, las pepitas de oro. La artista establece un diálogo entre la riqueza natural, la contaminación del agua por la minería y la explotación de los recursos.


El conjunto de obras se completa con propuestas que exploran la memoria, la sanación y la posibilidad de un futuro más simbiótico. Carla Spinoza (Bolivia), en el Patio del Cabildo, se enfoca en la crisis hídrica y la memoria de los habitantes de Tarija con su instalación Las voces del río Guadalquivir. La obra es una dolorosa reconstrucción de la memoria de este cauce fluvial boliviano que se encuentra actualmente en vías de desaparición. Su instalación actúa como un poema y un archivo de lo que se pierde. La pieza es interactiva: incluye la lectura o escucha de un poema dedicado al río, buscando la participación del público para que, a través de memorias inscritas en pequeños papeles, se reviva la presencia y el caudal simbólico de este cuerpo de agua amenazado. Es un llamado a la acción emocional ante la catástrofe ecológica.
Claudia Coca (Perú) realiza delicados dibujos de la corteza de un árbol de quina del norte de su país mediante carbones vegetales sobre lino. Presentados como una instalación titulada Temporal el olvido; porque soy viento y raíces, los dibujos buscan actualizar el conocimiento sobre el árbol, su historia y la importancia que tiene en la medicina y la salud. Su obra es un acto de reposicionamiento del saber ancestral como una necesidad urgente para la salud pública y la soberanía biológica en el presente.



Vademecum afectivo, de la artista uruguaya Alejandra González Soca funciona como un inventario sensorial de la herborística vernácula. Hierbas recolectadas en la zona de la muestra se disponen en diferentes canastas, invitando a los espectadores a una experiencia íntima que apela a los sentidos. Al sumergirse en cada aroma, el público atiende a las memorias afectivas que esos olores despiertan. La obra privilegia el olfato y la experiencia personal sobre el registro taxonómico que es evidente en el mobiliario de la sala que fuera la botica del antiguo Convento Franciscano, abogando por una reconexión corporal con los saberes no clasificados por la ciencia occidental.
Finalmente, el artista peruano Santiago Roose conectó los espacios con la performance Dispersión. Durante su acción, arroja al suelo bombas y papeles de semillas desde un arca que transportó desde el Convento hasta el Cabildo, a modo de siembra poética y política. Este acto es una declaración sobre el “potencial de vida liberado en el paisaje, y la posibilidad de una futura germinación que reclame su lugar en la ciudad”. Roose ofrece un acto de fe en la resiliencia de la naturaleza y la cultura para sanar sus propias heridas a través de un proceso invisible y colectivo.
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![River Claure, Warawar Wawa XII [de la serie Warawar Wawa (Hijo de las estrellas)], 2019, impresión giclee sobre papel algodón, 100 x 66,7 cm. Ed. 5. Cortesía: Vigil Gonzales](https://artishockrevista.com/wp-content/uploads/2021/03/warawar-wawa_12-400x220.jpg)
