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HABITANDO VACÍOS, DE ERIKA EWEL, O LA DOMESTICIDAD REVISITADA

Erika Ewel, artista contemporánea, parte de la esquina menos ruidosa del activismo feminista o activismo de género de Bolivia. No invade las redes sociales o las noticias nacionales e internacionales con performances. Hace 25 años trabaja sobre el universo femenino y, a través de la pintura, collages y textiles, ha explorado variados temas de la feminidad y del espacio femenino desde una gestualidad silenciosa.

Impera en su obra una sobriedad que, a veces, se confunde con simpleza, pero que desenmascara facetas enrarecidas de lo femenino. En la misma ciudad, cabe notar, María Galindo y Adriana Bravo se han nutrido ampliamente de voces femeninas en sus propuestas y, en mi opinión, es imposible desconectar a estas artistas del impacto de la reflexión que sus obras permiten; el activismo artístico implícito en estas dos propuestas hace a una escena en la cual la militancia desprende una situación particularmente antisistémica y antiinstitucional. Si bien ambas parten de este punto de reflexión política, no llegan evidentemente a las mismas conclusiones. Y quizás tenga que ver esto con el hecho que Erika se propone como una voz desatada del activismo artístico.

¿Pero qué propone Erika Ewel al margen de esa posición inicial de epistemología feminista localizada? En el año pandémico, se han evidenciado con más asertividad las propuestas “desde casa”, dado que el encierro parcial o total ha sido la experiencia más común del 2020, tanto aquí en La Paz como en el mundo. Es en la práctica de la domesticidad donde Ewel ha encontrado su veta de inspiración desde hace muchos años.

Ahora que el resto nos hemos volcado a esta dimensión de manera obligatoria, la obra de Ewel ha cobrado un significado inesperado porque celebra y cuestiona la domesticidad. No es una taza de té con leche: en la propuesta de Ewel, se advierten las tensiones implícitas del orden de lo doméstico. Se reconocen las cicatrices del dolor del desamor, la desazón del encierro, la dimensión del adentro peleado con la ansiedad del afuera. En el interior de la casa se vive, obligatoriamente, lo que da lugar a un desborde de imaginación y sufrimiento sobre el afuera. Es la práctica artística de Erika Ewel la que delimita tanto una política situacional como un silencioso testimonio de vida.

Erika Ewel, Pañuelos, 2020, bordado a mano sobre tela, 39 x 39 cm c/u. Foto: Michael Dunn Cáceres
Erika Ewel, Serie Cortes, 2020, bordado a mano sobre servilletas teñidas, madera y vidrio, 52 x 54 x 9 cm. Foto: Michael Dunn Cáceres
Erika Ewel, La mano poderosa, 2020, bordado a mano sobre servilleta teñida, 31 x 23 cm. Foto: Michael Dunn Cáceres
Erika Ewel, La mano poderosa, 2020, bordado a mano sobre servilleta teñida, 31 x 23 cm. Foto: Michael Dunn Cáceres

La casa móvil

Las geografías que marcaban la tersura de las pieles íntimas que caracterizaba la obra de Erika Ewel se cruzan ahora con las de Google Earth. Casi es un cliché hablar del confinamiento como un espectáculo de la domesticidad: una pila de platos por fregar, los ambientes raídos de tanto uso, la pátina de la cotidianidad. Son los ambientes limitados y limitantes que con tanto ahínco hemos tratado de quebrar.

El confinamiento 2020, sin embargo, ha estado marcado por la tecnificación y virtualización de nuestra domesticidad, y en las partes más íntimas de nuestra vida, estamos asociando salir al exterior con una conexión de internet. Nos imaginamos las geografías distantes solo a través de Google Maps. Hacemos un recorrido virtual de la geografía, adoptándola de nuevo a través de los contornos que un satélite demarca. Se han puesto de moda los tours virtuales 3D en todos los museos y galerías del mundo. Sin embargo, para Ewel, este viaje virtual se resignifica en la intimidad por medio del bordado/dibujo de su propia esquina de barrio. La artista reconstruye desde lo manual la experiencia virtual. Se trata de una reapropiación íntima, de un mapa de arterias, de calles, de caminos, de espacios externos, pero desde la aguja y el hilo.

Erika Ewel, Serie Escritos, 2020, dibujo, collage sobre madera, dimensiones variables. Foto: Michael Dunn Cáceres
Erika Ewel, Serie Escritos, 2020, dibujo, collage sobre madera, dimensiones variables. Foto: Michael Dunn Cáceres
Erika Ewel, Serie Escritos, 2020, dibujo, collage sobre madera, dimensiones variables. Foto: Michael Dunn Cáceres

La biblioteca desaprendida

En uno de los ambientes de esta casa reconstituida, se sitúa la biblioteca. La artista hace uso de libros de la biblioteca familiar que han entrado en la inercia del desuso. Objetos que demuestran una relación convencional de la familia de la que proviene, la de la educación. Si bien en la biblioteca de Martha Rosler se subraya una inquietud académica, en la de Erika Ewel hay una respuesta lúdica sobre los referentes que se encuentran en el testimonio silencioso que hace al legado familiar.

La relectura de los estudios de ingeniería, los sermones católicos, los catálogos de razas del mundo, los diccionarios de género, todos son volúmenes sobre los que ella imprime un acercamiento burlesco a las formas de conocimiento tradicionales. Aunque Ewel denote que son libros al azar, este archivo re-leído a través del collage y del dibujo hace notoria una actitud de afirmación de vida simple, pero con la suficiente entereza de encontrar en esa simpleza una propuesta de lenguaje alternativo.

No se trata de establecer una agenda política o un manifiesto, o de presentar un argumento; apenas se adivina un decálogo de inquietudes o pulsaciones del corazón que se resumen en una palabra extraída de los textos. A través de cada extracción se establece un nuevo compilado de pulsaciones que hacen al vocabulario de la artista. En su conjunto, la biblioteca es un testimonio de su paso por un territorio externo, de nuevo, en el que ella plantea su forma de aprender distinta y, a través de ésta, su propia creación.

Erika Ewel, Mi yo, 2020, bordado a mano sobre tela, 84 x 185 cm. Foto: Michael Dunn Cáceres
Erika Ewel, Mi yo, 2020, bordado a mano sobre tela, 84 x 185 cm. Foto: Michael Dunn Cáceres

Cuerpo anotado

Erika Ewel ha trabajado mucho sobre su cuerpo como representación de femineidad, pero también como apología de un territorio ingobernable. En esta propuesta que se retrata por encima de un mapa imaginario en tensión con los extremos cósmicos del universo que la rodea, como testigo pasante de una sombría inevitabilidad, las cicatrices, un elemento común de la obra de Ewel, vuelven a tomar protagonismo. Se representan como heridas sobre la piel, pero aparentemente indoloras, como testigos silenciosos del paso de un dolor ya pasado.

En otra imagen de la exposición, se advierten las imperfecciones de las extremidades sobre líneas de altitud, o una vulva sobre un laberinto. Es en esta tensión entre lo de adentro y lo de afuera donde la artista vuelve a expresar sus mayores temores y aciertos silenciosos.

En la obra reciente de Ewel se revisitan algunos puntos de tensión que ya ha trabajado en años anteriores, aunque en el contexto actual toman una dimensión mayor. Las provocaciones sobre la intimidad y los espacios externos, el cuerpo y los mapas, la localización de las emociones y la creación de vocabularios se hallan posicionados en un recorrido de una casa recogida dentro de una burbuja pandémica.

Erika Ewel, Nidos, 2020, corbatas y nido sobre madera, dimensiones variables. Foto: Michael Dunn Cáceres

La exposición Habitando vacíos, de Erika Ewel, estará abierta hasta el 25 de enero de 2021 en PURO, Calle Enrique Peñaranda #1034, San Miguel, La Paz, Bolivia. Con aforo limitado, de martes a sábado, de 11:00 a 19:00 hrs.

Marisabel Villagómez

Nace en La Paz, en 1976. Es graduada de postgrado (ABD) de la Universidad de Georgetown en Historia Latinoamericana Contemporánea. Dirige un Presidio de la Cátedra Unesco de la Universidad de Basilicata en el que desarrolla una investigación sobre el paisaje cultural de la hoja de coca. Es curadora de la exposición Lo Normal (2016) y de Illimani InSitu (2019).

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