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ARTISTAS IBEROAMERICANOS EN LA 36ª BIENAL DE ARTES GRÁFICAS DE LIUBLIANA

Este año, la Bienal de Artes Gráficas de Liubliana celebra su 70º aniversario, consolidándose como una de las bienales más antiguas del mundo y como un referente histórico en Europa Central y del Este. Nacida en 1955, en pleno periodo socialista de la entonces Yugoslavia, la Bienal surgió bajo un impulso internacionalista y universalista que desbordaba los límites de la Guerra Fría: un espacio de intercambio cultural que hacía del grabado un medio democrático, capaz de tender puentes entre contextos divididos y de sostener un espíritu crítico y experimental. Ese carácter abierto y no alineado marcó desde sus inicios la vocación de Liubliana como lugar de encuentro entre artistas, públicos e ideas.

Con los años, la Bienal ha sabido reinventarse. Si bien partió con un énfasis en el grabado, su campo de acción se expandió a la instalación, la performance y el cine, sin abandonar su compromiso con la innovación y la imaginación social. El cambio decisivo llegó en 2001, cuando se abandonó el modelo de representaciones nacionales para adoptar una lógica curatorial. Desde entonces, la Bienal se ha desplegado en más de cincuenta sedes, estableciéndose como un laboratorio de investigación artística atento a los dilemas culturales y políticos de cada época.

La 36ª edición, titulada El Oráculo y bajo la curaduría de Chus Martínez, responde a un presente marcado por la fragilidad democrática y el resurgimiento de discursos autoritarios. La Bienal recurre a la figura del oráculo para proponer el arte como un espacio de consulta y de imaginación colectiva, donde la obra se convierte en un dispositivo de preguntas más que de respuestas. Entre la urgencia política y la fantasía, esta edición convoca a artistas y públicos a pensar cómo reinventar las formas de comunidad y de futuro compartido.

En este marco, la figura del títere aparece como metáfora central. Remitiendo a lo popular y a lo artesanal, el títere encarna la tensión entre control y autonomía, entre manipulación y agencia. Suspendido entre dependencia e independencia, se convierte en un símbolo contemporáneo de nuestra condición: seres que buscan libertad mientras habitan estructuras de poder y tecnologías que median sus movimientos. De este modo, oráculo y títere funcionan como imágenes complementarias: uno proyecta futuros posibles, el otro pone en escena la pregunta por quién mueve los hilos de la vida social y política.

Ajša Pengov, Žogica Marogica (Speckles the Ball), 1951. Foto: Jaka Babnik. MGLC Archive
Silvan Omerzu, Señor Capitán, 2025. Foto: Jaka Babnik. Archivo MGLC

El corazón de esta edición es Žogica Marogica (Speckles the Ball), marioneta diseñada por Ajša Pengov en 1951 para el Teatro de Títeres de Liubliana y convertida en ícono cultural esloveno. Una esfera colorida y lúdica que, a lo largo de generaciones, ha simbolizado tanto la inocencia del juego como la pregunta sobre la autonomía de los cuerpos y la imaginación colectiva. Su legado permite vincular la tradición artesanal del títere con debates contemporáneos sobre inteligencia artificial, educación digital y la creación de nuevas tecnologías del folclore.

En consonancia con el marco curatorial, las instalaciones de Silvan Omerzu (junto a Žiga Lebar) reciben al visitante en cada sala de la Bienal. Sus títeres y autómatas —a medio camino entre lo teatral y lo escultórico— narran escenas de poder, destino y fragilidad. Congeladas en movimiento o entregadas a su automatismo, estas figuras transmiten con un estilo visual preciso y poético la tensión eterna entre control y libertad, destino y deseo. Observarlas es entrar en un teatro suspendido, donde los hilos de la historia y la imaginación aún nos mueven.

En esta “dramaturgia”, la participación de artistas iberoamericanos aporta otras modulaciones a la metáfora del oráculo y del títere. Sus obras interrogan las fuerzas —sociales, naturales, tecnológicas— que condicionan nuestros movimientos y afectos colectivos. Desde la gráfica expandida hasta la instalación, estos proyectos se insertan en la trama general de la Bienal con un énfasis particular en lo comunitario, lo ecológico y lo político, proponiendo imágenes y relatos donde la adivinación se confunde con la crítica y la imaginación con la resistencia.

Manuela Morales Délano, Espantapájaros, 2025, piedra y púas contra palomas. Foto: Jaka Babnik. MGLC Archive.
Manuela Morales Délano, Espantapájaro, 2025, piedra y púas contra palomas. Foto: Jaka Babnik. MGLC Archive.

Manuela Morales Délano: desafiando sistemas arbitrarios de control

Nacida en Chile y residente en Suiza, Manuela Morales Délano (1986) se ha sentido particularmente atraída por las montañas, entendidas como barreras naturales que funcionan también como fronteras estatales. Esta preocupación refleja la compleja relación humana con la naturaleza: resistirse a ella, interpretarla y moldearla según nuestros propios constructos sociales y prejuicios.

La artista presenta dos esculturas tituladas Espantapájaros, cada una construida a partir de una piedra y púas metálicas utilizadas en entornos urbanos para ahuyentar palomas. La paradoja que plantea la artista es clara: los límites impuestos a las aves —una violencia mínima, pero significativa— remiten directamente a las estrategias que los estados-nación aplican frente a quienes consideran forasteros: migrantes, refugiados, extranjeros.

No obstante, lo que permanece constante en estos escenarios es la capacidad de adaptación y resistencia: aves que incorporan las púas para construir y proteger sus nidos reflejan un impulso de supervivencia comparable al de los humanos que desafían sistemas arbitrarios de control.

Manuela Morales Délano, Dibujos, 2025. Foto: Jaka Babnik. MGLC Archive.

Morales Délano también presenta una nueva serie de dibujos sobre papel Kahari: paisajes oníricos pero profundamente arraigados en su percepción del océano, la montaña y el desierto de Chile, lugares donde descansan muchas de las personas desaparecidas durante la dictadura militar de Pinochet hace más de cinco décadas.

Para Chus Martínez, aunque en la obra de Manuela Eichner abundan volcanes, rocas, hojas, vientos, estrellas y otros elementos que podrían parecer alejados de lo social, en realidad la artista explora cómo las transformaciones de la materia y de los estados naturales inciden en los cambios emocionales, tanto individuales como colectivos.

Nicole L’Huillier, Sala de ensayo, 2025. Room 1: Stage 1 — Collective Improvisation. Instalación sonora. Foto: Gregor Gobec. MGLC Archive.
Nicole L’Huillier, Sala de ensayo, 2025. Room 1: Stage 1 — Collective Improvisation. Instalación sonora. Foto: Saelia Aparicio
Nicole L’Huillier, Sala de ensayo, 2025. Room 2: Stage 2 — Dream Sharing. Instalación sonora. Foto: Gregor Gobec. MGLC Archive.
Nicole L’Huillier, Sala de ensayo, 2025. Room 2: Stage 2 — Dream Sharing. Instalación sonora. Foto: Gregor Gobec. MGLC Archive.
Nicole L’Huillier, Sala de ensayo, 2025. Room 2: Stage 2 — Dream Sharing. Instalación sonora. Foto: Gregor Gobec. MGLC Archive.
Nicole L’Huillier, Sala de ensayo, 2025. Room 3: Stage 3 — Receiving and Resting. Instalación sonora. Foto: Ingo Niermann

Nicole L’Huillier: resonancia, sueños y escucha colectiva

La instalación Sala de Ensayo (Rehearsal Room) de Nicole L’Huillier (Santiago de Chile, 1985; vive y trabaja en Berlín) invita a los visitantes a sumergirse en un espacio donde vibración, resonancia y ensoñación funcionan como herramientas para imaginar formas de convivencia y experimentar la escucha compartida. Más allá de ser una experiencia sonora, la obra propone un umbral entre vigilia y sueño, en el que la interacción social y la improvisación se convierten en ensayos de futuros posibles.

Concebida en colaboración con el neurocientífico y artista Adam Haar Horowitz y el investigador en inteligencia artificial Manaswi Mishra, la instalación articula un sistema de esculturas-instrumento —los Tambores de Ensueño— que responden a la voz, el gesto y el susurro de los visitantes, generando un paisaje sonoro en constante transformación afinado a frecuencias asociadas a la relajación y la meditación. En este campo vibratorio, cuerpos, máquinas y espacio se influyen mutuamente, en un bucle de retroalimentación sensorial.

El tambor, centro de la instalación, actúa como membrana: superficie que separa y conecta, que transforma el movimiento en sonido y el sonido en movimiento. Funciona como un órgano de tránsito entre lo individual y lo colectivo, entre lo íntimo y lo social, y entre los mundos de la vigilia y del sueño.

Distribuida en tres salas, Rehearsal Room propone experiencias progresivas: la primera permite la improvisación colectiva con los instrumentos, la segunda crea atmósferas oníricas mediante un coro de susurros generados por IA, y la tercera ofrece un refugio sonoro donde latidos, ronroneos y respiraciones invitan a ralentizar el tiempo y practicar la escucha profunda.

A través de esta arquitectura vibracional, L’Huillier explora el sonido como método, no solo como medio: un lenguaje capaz de sincronizar a los participantes entre sí y con el entorno. Rehearsal Room ensaya una pedagogía de la escucha, en la que soñar juntos y afinarse mutuamente se convierten en actos políticos de resistencia y convivencia.

Juan Peréz Agirregoikoa, Who keeps the zoo?, 2025. Mural (pintura acrílica). Foto: Jaka Babnik. MGLC Archive
Juan Peréz Agirregoikoa, Who keeps the zoo?, 2025. Mural (pintura acrílica). Foto: Jaka Babnik. MGLC Archive

Juan Pérez Agirregoikoa: lógica, humor y percepción

Juan Pérez Agirregoikoa (Donostia, País Vasco, 1963; vive y trabaja en París) presenta ¿Quién cuida el zoológico?, una serie de murales en el Museo de Arte Moderno de Liubliana que utilizan diagramas de Venn para explorar temas complejos como el monoteísmo, el hombre blanco, la violencia y el arte.

Estos diagramas funcionan como herramientas lógicas que representan relaciones, inclusiones, exclusiones y jerarquías, ofreciendo un marco para analizar conjuntos y conexiones entre conceptos aparentemente inconexos.

Partiendo de la premisa de que uno de los problemas fundamentales de los humanos como animales lingüísticos es la dificultad de comunicarnos —pues los signos que usamos están siempre ligados a cadenas asociativas y contextos cambiantes—, sus murales se constituyen en un ejercicio de lógica que, paradójicamente, amplía la interpretación. Así, confrontan al espectador con la multiplicidad de perspectivas y la ambigüedad inherente al lenguaje y al conocimiento.

Nohemí Pérez, Guardianes, 2025, carboncillo y bordado sobre lienzo. Foto: Jaka Babnik. Archivo MGLC

Nohemí Pérez: inteligencia y resiliencia de la naturaleza

La práctica de Nohemí Pérez (Colombia, 1962) se centra en la relación entre los seres humanos y la naturaleza, así como en el conocimiento profundo de los territorios que han sido escenario de conflictos entre preservación y explotación. En la Bienal, presenta lienzos de gran formato que atestiguan la fragilidad y resiliencia de la vida no humana, invitando a una contemplación atenta de las formas de existencia que enfrentan la crisis climática.

Desde sus inicios, Pérez ha representado árboles —ceibas, sequoias, robles—, auténticos guardianes ancestrales que simbolizan fuerza, unidad y vida. La artista refleja la inmensidad de estos organismos en carboncillo, integrando delicados bordados de animales en colores vivos entre sus ramas y raíces, evidenciando la interconexión de los seres vivos en sus ecosistemas. Inspirada en botánicos como Stefano Mancuso, su obra pone de relieve la inteligencia vegetal: la capacidad de los árboles para percibir, comunicarse, aprender y mantener relaciones simbióticas con hongos, bacterias y animales.

Aunque profundamente anclada en Colombia, su práctica dialoga con problemáticas globales como la explotación de recursos naturales, los conflictos geopolíticos y la pérdida de conocimientos ecológicos ancestrales.

Eduardo Navarro, F.O.C.A. (Fundación oceánica de contemplación amorosa), 2022-2025. Transmutaciones y dibujos. Foto: Jaka Babnik. Archivo MGLC
Eduardo Navarro, F.O.C.A. (Fundación oceánica de contemplación amorosa), 2022-2025. Dibujo. Foto: Jaka Babnik. Archivo MGLC
Eduardo Navarro, F.O.C.A. (Fundación oceánica de contemplación amorosa), 2022-2025. Transmutaciones y dibujos. Foto: Jaka Babnik. Archivo MGLC

Eduardo Navarro: contemplación afectiva y unidad con lo no humano

Eduardo Navarro (Buenos Aires, 1979; vive y trabaja en Chile y Uruguay) explora en su práctica artística otros modos de existencia a través de la empatía y la transformación afectiva. En 2023 colaboró con la organización SOS Rescate Fauna Marina en Uruguay para alimentar a crías de foca huérfanas, un acto que él describe como “contemplación afectiva”: inmersión plena en lo observado, sin separación entre observador y objeto, jerarquías ni roles predefinidos.

Durante esta experiencia, Navarro se “transformó en foca”, combinando el rol de cuidador con el intento de trascender la separación entre especies. Su intervención, además de ofrecer alimento y cuidados, se concibe como un acto poético y ético, una apertura hacia un universo no humano indivisible y autorregulado. Esta práctica se materializa en su proyecto F.O.C.A, fundación artística situada metafísicamente en Punta Colorada (Uruguay), que investiga relaciones impredecibles y transformativas con el mundo natural.

El proyecto evidencia cómo el arte puede revelar perspectivas alternativas sobre la coexistencia. Al fundirse con los cuerpos y entornos de las focas, Navarro despliega un conocimiento que surge de la experiencia vivida, invitando a la empatía emocional y a considerar al océano y sus habitantes como referentes para reimaginar la relación humano-no humano.

La curadora Chus Martínez describe así esta búsqueda compartida: “Tras muchas conversaciones hermosas, llegamos a la conclusión de que lo mejor sería crear una especie de espacio sagrado con el animal —la foca— como protagonista […] Recuerdo que una vez le pregunté a Eduardo si creía que las focas sabían que él era un humano vestido de foca. Y respondió: definitivamente sí. Los animales lo saben y probablemente perciben todo esto como una forma de establecer un vínculo de amor que los motiva a seguir vivos”.

En su lectura de los dibujos que Navarro presenta en la Bienal, Martínez los define como invocaciones: códigos que, al modo de jeroglíficos contemporáneos, buscan protección, acompañamiento en el tránsito hacia nuevas formas de vida social y política, y comunicación con dimensiones no visibles. Para la curadora, la insistencia de Navarro en lo espiritual apunta a una transformación radical, un pensamiento capaz de cancelar la violencia desde su raíz.

Saelia Aparicio, In the Blink of Collapse, 2025, instalación con madera contrachapada, tinte, tinta china, mural, espejos convexos, objetos encontrados, técnica mixta. Foto: Gregor Gobec. MGLC Archive.
Saelia Aparicio, In the Blink of Collapse, 2025, instalación con madera contrachapada, tinte, tinta china, mural, espejos convexos, objetos encontrados, técnica mixta. Foto: Gregor Gobec. MGLC Archive.

Saelia Aparicio: tiempo, abyección y visión no humana

En su instalación In the Blink of Collapse, Saelia Aparicio (España, 1982; vive y trabaja en Londres) propone una experiencia del tiempo que desafía la linealidad occidental. Su obra se estructura como un entramado interseccional donde confluyen género, raza, clase, edad, historia colonial, ritmo cultural y tecnología, mostrando cómo nuestra percepción del tiempo y del cuerpo está siempre mediada por estas estructuras de poder.

El dibujo, medio central en la obra, permite a Aparicio enfocar los aspectos descuidados o reprimidos del mundo contemporáneo: la obsesión por la perfección corporal, el miedo a lo abyecto y la necesidad de separar aquello que amenaza el orden simbólico, tal como plantea Julia Kristeva en Poderes del Horror. La abyección, en este sentido, no se reduce a la repugnancia, sino que funciona como un mecanismo de regulación de la identidad y de la norma social.

La instalación incorpora dibujos murales y en tres dimensiones, así como espejos convexos que actúan como ojos, distorsionando y miniaturizando lo que reflejan. A diferencia de la mirada humana, estos ojos son hiperreceptivos: observan constantemente, sin conciencia, y se dirigen a aquello que suele considerarse “no humano”, forzando una confrontación con la alteridad y la empatía. Al mismo tiempo, se convierten en aperturas sensoriales que sugieren una visión cósmica y no racional, evocando tanto ídolos antiguos como inteligencias artificiales ciegas pero iluminadas.

Saelia Aparicio, In the Blink of Collapse, 2025, instalación con madera contrachapada, tinte, tinta china, mural, espejos convexos, objetos encontrados, técnica mixta. Foto: Gregor Gobec. MGLC Archive.

36ª BIENAL DE ARTES GRÁFICAS DE LIUBLIANA

El oráculo: sobre la fantasía y la libertad

6. 6.–12. 10. 2025

Principales lugares de exposición: MGLC (Grad Tivoli, Švicarija, Auditorio Plečnik), Museo de Arte Moderno (MG+), Galería de Arte de la Ciudad de Liubliana, Paseo Jakopič.

Participantes: Sinzo Aanza, Noor Abed, Gabriel Abrantes, Saelia Aparicio, Maria Arnal, CANAN, Gabi Dao, Manca G. Renko, Grupa Ee, Miles Howard-Wilks, Joan Jonas, Jane Jin Kaisen, Ema Kugler, Nicole L’Huillier, Svetlana Makarovič, Yarema Malashchuk y Roman Khimei, Manuela Morales Délano, Eduardo Navarro, Ingo Niermann y Mayte Gómez Molina, Silvan Omerzu, Ajša Pengov, Nohemí Pérez, Juan Pérez Agirregoikoa, Vesna Petrešin junto a Eugen Petrešin, Maja Petrović-Šteger, Sadie Plant, Tarta Relena, Renata Salecl, Kathrin Siegrist, Svetlana Slapšak, Mladen Stropnik, Olga Subirós, Derek Tumala, Aili Vint, Takeshi Yasura.

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