MARTIJN VAN NIEUWENHUYZEN SOBRE LA OBRA DE BEATRIZ GONZÁLEZ
Esta entrevista surge de una conversación personal con Martijn van Nieuwenhuyzen en su oficina del Museo de Pont, en la mañana del 5 de junio de 2025. Hablamos sobre la exposición de la pintora colombiana Beatriz González, que él dirigió, apoyó y coordinó en colaboración con el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) de la UNAM.
La muestra, titulada Beatriz González. Guerra y paz: una poética del gesto, se llevó a cabo entre el 5 de octubre de 2024 y el 2 de marzo de 2025 en el Museo de Pont, tras su primera presentación en el MUAC de la Ciudad de México entre 2023 y 2024, con curaduría de Natalia Gutiérrez Montes y Cuauhtémoc Medina.
Antes de comenzar la entrevista, van Nieuwenhuyzen me mostró Cargueros de Bucaramanga, óleo sobre lienzo de González que formaba parte de la exposición y de la colección del museo. En la pared detrás de su escritorio también vi un papel de colgadura, serigrafía de tonos violetas impresa por Beatriz González, de la misma serie.
Esta entrevista funciona, además, como preámbulo para profundizar en la obra de Beatriz González de cara a la exposición La Imagen en Tránsito, que presentará la Pinacoteca de São Paulo del 30 de agosto de 2025 al 1 de febrero de 2026. Curada por Pollyana Quintella y Natalia Gutiérrez, esta muestra repasa más de sesenta años de trayectoria de la artista a través de más de cien obras producidas desde la década de 1960.

Martijn, encantado de conocerlo. Gracias por su tiempo para hablar de Beatriz González. ¿Podría contarnos un poco sobre usted y sobre el Museo de Pont?
Bueno, la fundación del museo se inició en 1988 y, a partir de 1992, comenzó a operar como una institución privada. Se creó gracias a una donación de Jan de Pont, un empresario y abogado que también era propietario de esta fábrica textil —o, más precisamente, de la hilandería de lana que hoy alberga el museo—. Está ubicada en Tilburg, una ciudad al sur de los Países Bajos. Desde la Edad Media, la región se dedicaba a la cría de ovejas y a la industria del procesamiento de lana y tejido; durante la Revolución Industrial se consolidó como un centro textil.
En los años setenta y ochenta, todo se vino abajo porque la producción textil se trasladó a otras regiones del mundo, dejando la ciudad con muchos edificios vacíos, desempleo y pobreza. A finales de los ochenta, la fábrica cerró, el fundador falleció y legó parte de su patrimonio a una fundación dedicada a las artes. En ese momento, aún no había un objetivo definido sobre el rumbo que tomaría. Entonces, la junta directiva, que incluía a varios directores de museos holandeses como Edy de Wilde, del Stedelijk Museum —un referente muy importante entre 1963 y 1985, que ayudó a definir lo que hoy es este museo—, decidió convertirla en una institución de arte contemporáneo.
Creo que fue hace apenas quince años cuando empezamos a llamarnos “museo”. Al principio no contábamos con una colección, así que todo comenzó desde cero, lo cual fue realmente bueno, porque no se construyó desde una colección privada. Empezó de manera bastante abierta, con la posibilidad de expandirse en todas las direcciones.



¿Cómo conoció la obra de Beatriz González y su estudio en Colombia? ¿Por qué se interesó en su trabajo?
Empecé a interesarme justo antes de la COVID-19, lo que me permitió analizar a fondo la colección y planear su dirección para los próximos años. Parte de esta evaluación consistió en abrirnos a otras regiones del mundo. La colección de Beatriz González que tenemos actualmente se formó durante ese tiempo, a través de reuniones por Zoom con la propia Beatriz y también con sus galeristas —como Catalina Casas, de la Galería Casas Riegner, entre otros— para definir qué obras tendrían sentido en nuestra institución, considerando nuestro enfoque e intereses en los Países Bajos.
Presentar su obra en nuestro museo se inspiró, sin duda, en mis visitas a su estudio desde 2016. Creo que he estado en Bogotá unas tres veces, visitando tanto su estudio como su casa. Soy creador de exposiciones, curador y ahora director, pero comencé como productor de exposiciones a principios de los noventa en el Museo Stedelijk de Ámsterdam, donde trabajé hasta 2019. Durante mi tiempo como curador allí, desarrollé un interés particular por el arte latinoamericano, un interés que tiene también un componente personal: mi padre viajaba mucho por la región. Era empresario y visitaba Colombia con frecuencia, así como Brasil, Venezuela y otros países.
Desde principios de la década de 2000, comencé a recorrer centros de arte y bienales de la región para investigar y me aproximé a la obra de Beatriz González. De alguna manera, pensé que sería interesante retomar esta conexión y ver cómo podríamos posicionarla dentro de nuestra colección.
Beatriz estudió en los Países Bajos durante los años sesenta. Vino con su esposo, el arquitecto Urbano Ripoll Rodríguez, quienes llegaron a Róterdam porque él recibió una invitación para cursar estudios en el Bouwcentrum, un instituto de arquitectura y construcción donde compartían prácticas con otros arquitectos latinoamericanos. Durante ese viaje, Beatriz intentó ingresar a la Academia de Arte de Róterdam en el curso de pintura, pero no pudo, ya que había completado sus estudios de pintura en Bogotá. No le fue posible repetir la misma carrera, pero sí pudo dedicarse al trabajo en gráfica, integrándose al Departamento de Diseño Gráfico, donde desarrolló bastante trabajo antes de iniciar su investigación sobre recortes de prensa, etapa fundamental en su práctica artística.
Al iniciar nuestra conversación, comentó rápidamente sobre su pasado en Holanda, así que se creó una conexión y nos mantuvimos en contacto. Regresé y la visité en su casa; almorzamos con su esposo, el personal de su estudio y otras personas de Europa. Estas visitas solían coincidir con ferias de arte, como ArtBO, que es siempre un buen punto de partida. Es una de las pocas ferias de arte que realmente dedica mucha energía a crear estos aspectos más retrospectivos, muy bien curados e interesantes.



Pudimos adquirir piezas tan hermosas como Cargueros de Bucaramanga, que es realmente significativa en su obra y está relacionada con el proyecto Auras Anónimas en Bogotá. Para mí, esta pintura es una expresión fundamental de su trabajo, así que me sentí muy orgulloso de poder incluirla en la colección.
¿Podría hablarnos sobre el proceso de adquisición de la obra de Beatriz González por parte del Museo?
Mis viajes a Bogotá, Medellín y Pereira, entre otros, fueron excelentes oportunidades para absorber mucha información sobre lo que ocurría en la escena colombiana. Pero al final, cada uno toma sus propias decisiones. Gracias a esta conexión con Beatriz y a la forma en que pudimos mantener la conversación a lo largo de los años, finalmente adquirimos su obra y nos centramos en la última etapa de su producción, el período en el que aborda el violento pasado colombiano y el dolor del país en estas grandiosas pinturas. Así fue como surgió.
Pero muchas veces también es una decisión muy personal. Ya había intentado abrir las políticas de colección y exhibición del Museo Stedelijk, donde trabajé antes. Lo hice tanto como pude, porque es una institución grande. En el Stedelijk trabajé con artistas latinoamericanos como Carlos Motta y Carlos Amorales. Claro que los procesos son mucho más lentos: hay tantos intereses y objetivos diferentes que un museo debe cumplir. En cambio, aquí en el de Pont somos más pequeños, así que las cosas avanzan mucho más rápido. Tenemos un edificio grande, de hecho, aproximadamente los mismos metros cuadrados que el Stedelijk, pero todo en una sola planta. Contamos con estructuras de exhibición muy abiertas y flexibles, así que podemos crear muestras mucho más espaciales y centradas en las piezas.
Así que la idea de conectar con la obra de Beatriz tomó forma a principios de esta década. Tuvimos largas conversaciones con ella y con las galerías sobre cuál sería el enfoque principal. Pudimos adquirir piezas tan hermosas como Cargueros de Bucaramanga, que es realmente significativa en su obra y está relacionada con el proyecto Auras Anónimas en Bogotá. Para mí, esta pintura es una expresión fundamental de su trabajo, así que me sentí muy orgulloso de poder incluirla en la colección.
Ceremonia de la Caja también es una pintura crucial en su trayectoria. Y recientemente, gracias a la exposición que realizamos, pudimos adquirir dos pinturas de la serie Las Delicias, que representan otro momento de gran relevancia. Son obras muy pequeñas e icónicas a las que dedicamos mucho espacio en la muestra. Le dije, un poco en broma: “Esta es tu sala Malévich”, porque solo había cuatro pinturas en una sala enorme, y realmente marcaban el lugar.

¿Cómo reaccionaron los visitantes holandeses locales a la exposición?
De alguna manera, estas pinturas hablan directamente a la gente, porque son rostros que te miran y ves el dolor. Y gracias a su presentación espaciosa y concentrada, resultaban realmente icónicas.
Recibimos respuestas fantásticas del público holandés, que, por supuesto, desconocía por completo su obra. Para nosotros, también era una interrogante: ¿cómo la recibiría la gente, considerando que se centra mucho en la historia colombiana?
Pero la obra también trasciende ese contexto y habla a un ámbito más amplio; la gente conectó con ella y se conmovió de igual manera. Existe un efecto general que creo que tiene sobre los espectadores, acercándolos a emociones y experiencias muy universales, y eso es realmente notable.

Es muy interesante lo que menciona, porque era una de mis preguntas. Tenía mucha curiosidad por saber cómo conecta la gente con las obras. Esta pregunta también está relacionada con lo que está sucediendo ahora en Oriente Medio. ¿Cree que la gente podría identificarse con esta situación a través de la exposición de González?
Sí, creo que está en las sutilezas. Existe, por supuesto, una sensación general de desánimo sobre cómo se están desarrollando las cosas actualmente en Europa y Occidente, y también, por supuesto, en Oriente y otras partes del mundo. Suceden tantas cosas, muchas para peor.
Creo que esto también se refleja en la obra de Beatriz. Las atrocidades de la guerra están presentes en la mente de la gente en este momento, así que creo que también fue, en cierto modo, un reconocimiento del presente al ver su obra, quizás desde una parte diferente del mundo y en circunstancias diferentes, pero hay, por supuesto, conexiones, y creo que eso es lo que la gente sintió.
Y eso es también lo hermoso de lo que el arte puede hacer. Puede llevarte a un ámbito que quizás no sea el de los noticieros, ni el del periódico, ni la cultura digital, pero es una forma diferente de hablar, conceptualizar y pensar sobre tu existencia y las cosas que suceden en el mundo. Y el arte tiene una forma diferente de hablar de eso y de hacerlo llegar. Y creo que la obra de Beatriz, en particular, es muy sólida en ese aspecto. Creo que ese es el gran ámbito del arte que puede lograr estas cosas. Y también, en nuestro programa, intentamos entrelazarnos con esas posturas.

¿Qué personas o instituciones participaron en la producción de Guerra y Paz: Una poética del gesto en el Museo de Pont?
No debo olvidar mencionar que la exposición se originó en México y fue curada por Cuauhtémoc Medina y Natalia Gutiérrez. La trajimos a los Países Bajos con una versión ligeramente diferente, incorporando obras de González de nuestra colección, porque conectaban muy bien con los temas planteados en la muestra original.
En algún momento quisimos hacer una exposición más grande, pero para nosotros, al ser una institución relativamente pequeña, no era fácil sacar algo así adelante. Cuando supe que Cuauhtémoc, a quien conocía de mis viajes a Latinoamérica, iba a curar la exposición, lo contacté y le dije: “Bueno, quizá nos interese colaborar”. Esa conversación continuó y, en un momento, empezamos a acompañar la iniciativa del MUAC para traer la muestra a los Países Bajos.
Fue fantástico poder realizar esta exposición e integrar las piezas de nuestra propia colección. Por ejemplo, colocamos cinco pequeños cuadros de Ceremonia de la Caja junto al lienzo grande que teníamos, y se conectaron en la muestra, otorgándoles un marco y contexto mucho más amplios.
Y, por supuesto, la cereza del pastel fue que Beatriz aceptó venir. Hicimos muchas giras con ella por el país, visitando museos antes de la apertura, como el Rijksmuseum, el Museo Van Gogh y el Stedelijk, que ella había conocido de joven. La trataron como a una reina. Fue un momento muy agradable, como un viaje al pasado, recordando los años sesenta. Beatriz estaba muy contenta, se sintió reconocida y honrada con la exposición y su recepción en todos los museos holandeses. Fue un verdadero placer.

Empezamos a ampliar la perspectiva hacia otras regiones del mundo, especialmente Latinoamérica, porque esta era mi especialidad, por así decirlo. Es algo en lo que he invertido mucha energía durante los últimos quince años.
Tengo una última pregunta. Me mostró la biblioteca, este espacio dedicado al arte latinoamericano, y también me presentó las obras de Beatriz González. Me preguntaba: ¿qué perspectivas abre este evento para el arte latinoamericano en el futuro?
Nuestra colección tiene un enfoque muy occidental, a veces casi centrado en la abstracción. Así que, cuando llegué al museo como director, introduje diferentes formas de hacer arte, por ejemplo, obras más performativas. Pero también empezamos a ampliar la perspectiva hacia otras regiones del mundo, especialmente Latinoamérica, porque esta era mi especialidad, por así decirlo. Es algo en lo que he invertido mucha energía durante los últimos quince años.
Probablemente continuaremos con artistas como Bárbara Wagner y Benjamín de Burca, de Brasil; podríamos hacer otra exposición próximamente. También hemos adquirido piezas suyas para la colección, así como un video icónico de Rivane Neuenschwander y Cao Guimarães (Quarta-feira de Cinzas/Epílogo, 2006). El año pasado compramos una obra de Abraham Cruzvillegas, que también se exhibe, y recibimos otra como donación de un coleccionista privado. No es algo enorme, y no nos convertimos de repente en el museo latinoamericano de los Países Bajos, pero intentamos revolucionar algunos de los marcos establecidos y aportar diferentes maneras de pensar sobre lo que puede ser el arte dentro de distintas tradiciones y culturas. Con Beatriz también se perciben todo tipo de tradiciones indígenas y locales. Es realmente una expansión de la visión del arte, y creo firmemente en eso.
Me gusta que se presenten diferentes perspectivas ante las cuales la gente debe tomar posición. Y también, dentro del panorama general aquí en los Países Bajos, creo que es interesante. No somos la única institución que mira más allá de los marcos occidentales tradicionales, pero tenemos un énfasis particular en Latinoamérica. Además, es valioso profundizar en ciertas escenas y regiones para marcar la diferencia.
Entonces, ¿eso responde a su pregunta?
Por supuesto, Martijn. Gracias por sus reflexiones, por su enfoque en el arte latinoamericano y por destacar la importante obra de Beatriz González.
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