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MANUEL PARDO: STARDUST

P•P•O•W presenta por primera vez una muestra dedicada a la obra histórica de Manuel Pardo (1952–2012), pintor figurativo cubano-estadounidense cuya práctica estuvo profundamente influenciada por la cultura visual latina, atravesada por su identidad gay y sostenida por un homenaje constante a la figura de su madre, a quien retrató como un ícono heroico y glamoroso. Esta exposición marca, además, su primera presentación en Nueva York en más de quince años.

La muestra reúne obras pertenecientes a distintas series dentro de la producción de Pardo, pero encuentra su eje central en Stardust (2003–2012), una colección de dibujos que destacan por su notable complejidad visual. En esta serie, el artista despliega un lenguaje estético minucioso y vibrante, donde cada trazo revela una dedicación obsesiva al detalle.

Estas obras, realizadas exclusivamente con bolígrafo “Gelly Roll Stardust” sobre papel hecho a mano, surgieron como una alternativa a la pintura al óleo, técnica que Pardo se vio obligado a abandonar debido al agravamiento de su asma. El artista y su pareja vivían muy cerca de las Torres Gemelas durante los atentados del 11 de septiembre, y la exposición prolongada al polvo de los escombros le provocó un daño pulmonar irreversible. Como resultado, ya no pudo utilizar pinturas convencionales y optó por trabajar únicamente sobre papel.

Manuel Pardo, Sin título, c.1979-1986. Óleo sobre lino. Cortesía: P•P•O•W

Nacido en Cárdenas, Manuel Pardo fue uno de los más de 14.000 niños que abandonaron Cuba durante la llamada ‘Operación Peter Pan’, una migración no autorizada organizada por el gobierno estadounidense y la Iglesia Católica, el mayor éxodo infantil en la historia del hemisferio occidental.

En 1962, a los diez años, Pardo llegó a Estados Unidos junto con su hermana mayor. Vivieron con familias adoptivas temporales, una experiencia que él padeció con mucho sufrimiento, hasta que, en 1966, su madre logró reunirse con ellos. Aquel reencuentro marcaría su vida para siempre; años más tarde, el artista lo recordaría diciendo: «Llegó Dios, en forma de mujer con una trenza muy larga».

Su madre, Gladys, había decidido no cortarse el pelo hasta que pudiera reunirse con sus hijos. Y así fue: cuando finalmente llegó a Estados Unidos, llevaba una trenza muy larga que simbolizaba los cuatro años de espera. Apenas llegó, sacó a Manuel del sistema de adopción y se estableció con él y su hermana en Tarrytown, Nueva York, donde consiguió trabajo en la fábrica más cercana. En Cuba, Gladys había ejercido como médica, pero renunció a todo por sus hijos. Por eso, Manuel quería darle todo lo que pudiera tener en su nuevo hogar.

Pardo veía su obra como un acto de gratitud y reparación hacia su madre. «En un acto heroico de abnegación —afirmaba— [mi madre] olvidó que era una mujer de treinta y tantos años, y se convirtió en una obrera que trabajaba 16 horas al día para llegar a fin de mes… Quería darle las gracias a Gladys y esto es lo que se me ocurrió, una obra en la que le doy todo lo que ella no tuvo en la vida real: peinados elaborados, vestidos de diseñadores elegantes y entornos fastuosos, todo ello situado en la época en que ella lo habría disfrutado».

Manuel Pardo, Sin título («Stardust»), 2006-07. Tinta sobre papel hecho a mano, 40,3 x 40,3 x 3,8 cm. Cortesía: P•P•O•W

Manuel Pardo, Sin título («Stardust»), 2004-05 [frente y reverso]. Tinta sobre papel hecho a mano, 49 x 38.7 x 3.8 cm. Cortesía: P•P•O•W

Gladys falleció en 1999, y fue entonces cuando Manuel Pardo, al cambiar su medio artístico hacia el dibujo sobre papel, decidió rendirle un homenaje definitivo: poblar la imagen de su madre con todas las comodidades, lujos y fantasías que no pudo disfrutar en vida. Su figuración fue deliberadamente estilizada: rostros con la ceja arqueada de manera extrema, párpados pintados de colores brillantes y realzados con la brillantina de los bolígrafos, así como vestidos cargados de glamour.

Estas figuras habitan escenarios exuberantes, marcados por un decorativismo florido y casi teatral: papel tapiz con múltiples estampados, cortinas como telones, urnas ornamentales, las flores que Gladys solía cultivar, y paisajes que evocan la Cuba natal del artista.

Cada dibujo funciona como un homenaje no solo a su madre, sino también a la feminidad y a su potencial para generar conciencia. Las mujeres que habitan su obra parecen encarnar una figura materna investida de la responsabilidad de educar. En varios de sus dibujos, estas figuras visten accesorios decorados con imágenes explícitas: bocas femeninas practicando sexo oral a un pene cubierto con preservativo. Esta serie, titulada Trust, subraya la dimensión ética, preventiva y afectiva de ese gesto.

Manuel Pardo, Franchesca, 1983-84. Óleo sobre lienzo, 54 × 43,8 × 4,4 cm. Cortesía: P•P•O•W

Motivado por la crisis del Sida en las décadas de 1980 y 1990 —a la que él mismo sobrevivió—, Pardo quiso transmitir un mensaje urgente y contracultural: que las mujeres también debían hacerse la prueba del VIH, en un contexto donde pocas hablaban del hecho de haber sido contagiadas por esposos que mantenían relaciones homosexuales ocultas. Su mensaje era claro: “No importa quién seas, debes hacerte la prueba”, pero también portaba una afirmación más amplia y esperanzadora: “Tú tienes el control de tu vida y puedes alcanzar el nivel de grandeza que desees”.

Pero el eje central de la exposición es, sin duda, la feminidad, entendida como un sello identitario que se convierte en herramienta de empoderamiento, acto de resistencia y forma de protección.

Manuel Pardo cultivó esta idea por varias razones. Por un lado, como un gesto de amor y homenaje al recuerdo de su madre; por otro, como hombre orgullosamente gay que encontró en la feminidad —y en quienes la performaban, transgredían o reinventaban— una forma de resistencia cotidiana.

A lo largo de su vida, mantuvo una estrecha relación con la comunidad trans y drag queen de Nueva York. Tras graduarse de la School of Visual Arts en 1978, trabajó en el mostrador de maquillaje de Saks Fifth Avenue. Por las noches, se trasladaba al norte de la ciudad, a un club llamado La Escuelita, donde maquillaba a las drag queens antes de sus presentaciones.

Más tarde, incluso trabajó como taxista, llevándolas a los muelles para comenzar sus turnos de trabajo. Con el tiempo, esta dedicación cotidiana y afectiva lo convirtió en una figura entrañable dentro de la comunidad: una especie de padrino o protector para muchas de ellas.

De ahí que el punto focal de la exposición sea un bellísimo autorretrato donde el artista se representa a través de su alter ego, Andrógena, maquillado al estilo drag queen. Esta imagen performativa de la identidad también simboliza una etapa significativa de su vida: aquella marcada por el apoyo incondicional a su comunidad y por una firme actitud de resistencia frente a una sociedad moralista, así como ante un gobierno que le prohibió regresar a su país natal, cuyos vagos recuerdos evoca en su obra.

Manuel Pardo, Madre y yo en Technicolor, 1996. Óleo sobre lino con marco de artista, 85.1 × 72.1 × 3.2 cm. Cortesía: P•P•O•W
Manuel Pardo, Madre y yo en Technicolor, 1997. Óleo sobre lino con marco de artista, 97,5 x 71,8 x 3,2 cm. Cortesía: P•P•O•W
Manuel Pardo, Madre y yo en Technicolor [detalle], 1997. Óleo sobre lino con marco de artista, 97,5 x 71,8 x 3,2 cm. Cortesía: P•P•O•W

Por ejemplo, en su serie de los años noventa titulada Metaplasma, predominan los tonos azul y amarillo, una paleta que remite a las paredes de la peluquería que solía frecuentar con su madre durante la infancia. Después de graduarse, en 1978, Pardo se sintió atraído por la cultura pop y por las estéticas exuberantes del cine de Pedro Almodóvar. Aunque el director no es cubano, su sensibilidad hispana dejó una huella notable en el contexto cultural latino de Estados Unidos y resonó con fuerza en el imaginario del artista.

El uso de colores vibrantes en su obra nace de esa combinación de memorias personales y referentes visuales. Los recuerdos de su infancia en la isla — especialmente las visitas al salón de belleza con su madre—, las mujeres glamorosas que allí acudían cada semana, y los vestidos deslumbrantes de los años 60, emergen con fuerza en su trabajo como elementos esenciales de un lenguaje visual profundamente personal.

La exposición reúne obras que abarcan distintas etapas de la carrera de Manuel Pardo: desde sus primeros retratos, en los que explora la expresión de género y el sentido del yo, hasta sus series más tardías, como Madre y yo en Technicolor y Stardust (Polvo de Estrellas). Dibujos y pinturas que despliegan un estilo singular, donde el glamour, la chabacanería y la feminidad son marcadores de fuerza, resistencia y poderío.

Una selección que invita al espectador a sumergirse en un universo íntimo y exuberantemente ornamentado, donde lo decorativo se convierte en una herramienta de reflexión sobre la identidad, la belleza y el poder de la autoafirmación.


MANUEL PARDO: STARDUST

P•P•O•W, 392 Broadway, Nueva York

Del 25 de abril al 31 de mayo de 2025

Susana Cabrera

Es diseñadora y productora editorial desde hace más de 15 años, con especializaciones en producción editorial y creación literaria. Ha producido y diseñado más de 300 libros institucionales y de autores independientes. Correctora de estilo para Penguin Random House y Temblores Ediciones. Investiga de manera personal sobre comunicación, semiología e historia del arte. Susana es amante de la música, la retórica, la poesía y el diseño, y odia el silencio. Vive en Nueva York desde donde escribe, produce libros, ebooks y consume arte, música y ruido.

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