ALMUDENA LOBERA: EL AGUA AL CUELLO
Por Isabel Abascal
El agua nos llega al cuello. Al recorrer Secuencia Plano Secuencia, la exposición de Almudena Lobera en el antiguo Palacio de Comunicaciones de Madrid, avanzamos entre vidrios azul translúcido y paredes pintadas de azul piscina. Todos esos azules se alzan hasta una altura estratégica de 1,40 metros. Esa misma línea —constante, envolvente— parece delimitar el nivel de una piscina imaginaria. Una piscina que, lejos de refrescarnos, amenaza con sumergirnos en el inconsciente, ya sea el de la artista o el nuestro.
Pero hacia el centro de la muestra, aparece un medio muro. Parece un fragmento original del edificio, como si siempre hubiera estado ahí. También mide 1,40 metros de alto y, en su parte superior, un desagüe de acero inoxidable permite que el agua se escape. Es a través de este gesto mínimo, casi técnico, que el nivel se mantiene estable. La amenaza se disipa. La piscina se revela entonces como un espacio desmesurado pero transitable. Caminamos dentro de ella. No nos ahogamos.
“Te levantas, el agua se despliega / te acuestas, el agua se entusiasma”, escribió el poeta surrealista Paul Éluard. En esta muestra, atravesamos esas aguas: a veces desplegadas, a veces entusiasmadas. Pero para entrar de verdad, hay que aceptar un pacto no escrito. Es preciso dejarse alcanzar, al menos, hasta los tobillos. Mojarse los pies.


La tercera planta de este edificio ecléctico de 1909 —hoy sede del CentroCentro— plantea un desafío espacial: está lleno de estímulos visuales, puertas, muros, un gran patio central de estilo neoplateresco y dos entradas posibles, cada una por un ascensor distinto. Todo esto convierte la exposición en un recorrido sin principio ni final definidos.
Quizás sean esas dificultades iniciales las que han llevado a la artista madrileña a concebir una muestra simétrica, o casi simétrica. Una propuesta que induce en quien la recorre una sensación de déjà vu: una ilusión perceptiva en la que cada obra parece repetirse, como si ya la hubiéramos visto un instante antes.




En ambos extremos hay una serie de lágrimas en forma de boyas azules, algunas de las cuales están recubiertas de sal. Son las lágrimas inmensas de la Alicia de Lewis Carroll, pero también las lágrimas recurrentes de todo artista en pleno proceso de creación: intensas, insistentes, salobres.
La siguiente pieza, también duplicada, es un video que muestra un intercambio de gestos entre dos pares de manos: las de una quiromante y las de una manicurista. Mientras la quiromante lee las líneas de las palmas ajenas, la manicurista decora sus uñas. Lo que ocurre entre ambas es una conversación tan cotidiana como surreal. Extrañeza y familiaridad se rozan los dedos.
Más adelante, encontramos toallas con las que secarnos el rostro. Pero en ellas descubrimos las líneas de las manos de Lobera, bordadas en el tejido. Todo se enlaza. Todo remite a todo.




Trabajando literalmente con los elementos de la arquitectura, la artista crea más adelante dos piscinas de azulejos negros que, con sus más de seis metros de largo, abrazan las columnas de acero del espacio. Cada una de estas piletas contiene bilis negra, ese fluido que, según Hipócrates, provoca la melancolía cuando se desborda en el cuerpo.
Desde el interior de ese líquido enigmático emergen notas sonoras. Cada espectador puede habitar esta experiencia sonora eligiendo la música de su elección, aunque todas las pistas acaban resonando con la melodía de Teardrop, la canción que Massive Attack convirtió en himno generacional en 1998. Un lamento por la muerte, una oda al amor y al poder del llanto.


La luz en la sombra es azul / Azul es la luz en la sombra son las instalaciones gemelas que revelan cómo se transforma la luz al sumergirse en el agua. A medida que se desciende en profundidad, los colores se desvanecen uno a uno: primero el rojo, luego el naranja, el amarillo… hasta que todo se vuelve azul.
Esa es la metáfora: los buceadores que bajan más allá de los veinte metros solo pueden percibir el azul. Así también el público de esta exposición es invitado a sumergirse en un universo dominado por esa tonalidad. Incluso los títulos de las obras —en lugar de estar en cartelas— reposan sobre los lomos de libros mojados y teñidos de azul.

Una serie de dibujos a lápiz —marca distintiva de Almudena Lobera— se despliega sobre las paredes. Sus títulos, que no requieren mayores explicaciones, funcionan como fragmentos de un poema deconstruido: Allá donde no hay gravedad que las permita caer. Uniéndose con las estrellas que las hicieron brotar. La línea nunca se muestra obediente, en ninguno de los casos. Antes de que todo vuelva a parecer ordinario. El agua es mi ojo, el espejo más fiel (una nueva alusión a Teardrop). Ningún sonido salvo el señalar de un dedo.
El colofón es único y se sitúa en el centro del espacio. Se trata de un área semicircular, delimitada por un telón de terciopelo azul que remite, inevitablemente, al universo del recientemente fallecido David Lynch y sus atmósferas oníricas. En su interior, encontramos una escultura que levita: un pez dorado captado en pleno salto, rumbo al aire o rumbo al agua, y que se divide en dos mitades también simétricas. Una criatura mitológica para tiempos contemporáneos, con la que Almudena Lobera parece invitarnos a zambullirnos en nuestros propios mundos interiores, si es que nos atrevemos a emprender esa travesía.

ALMUDENA LOBERA. SECUENCIA PLANO SECUENCIA
Del 13 de febrero al 8 de junio de 2025
CentroCentro, Plaza de Cibeles 1, Madrid
Curador: Tiago de Abreu Pinto
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