ANA HERNÁNDEZ: LADI BEÑE
Campeche, en Ciudad de México, presenta Ladi Beñe, la primera exposición individual en la galería de la artista mexicana Ana Hernández (Oaxaca, 1991). La muestra toma como punto de partida el Son del pez espada, danza ritual prehispánica que narra la historia de un pescador buscando capturar un pez espada, el cual es considerado por los Binnizá (zapotecas) del Istmo de Tehuantepec (Oaxaca, México) como el “creador del primer día”. Ejecutada exclusivamente por hombres a lo largo de la historia, esta danza simboliza el mito de origen Binnizá, relacionado en la tradición oral con la creación, los dioses y los primeros hombres y mujeres.

Por Abraham Cruzvillegas
Por ósmosis, en el lodazal, absorbe la ancestral rebeldía de lo que se gesta en la mezcla de la tierra con el agua: el mundo a sus pies desnudos, el origen de la vida. Cada paso significa, es que no quiere ser atrapada, ella creatura águila, gavilán acuática, y se revuelve y no se deja y se escabulle.
Solo ella ha logrado que los hombres dejen de serlo para ser comunidad, su emancipación le da sentido a la colectividad, que como cualquier otra solo posee una identidad construida, fincada en un mito, comenzando por el de la individualidad. Luego el de la creación de La Nada: ex-nihilo.
Sus movimientos, nunca vistos en ser ninguno, hacen incapaz a alguien de poseerle, solo en grupo son, con ella, quien deviene la juntitud, una. Toma un puño de barro y lo introduce en su boca, para devorarlo. Suenan las notas del son, que son lo que es, soy, somos.
Con esa nutrición se finca la materna eterna, la que enlaza el primer chillido con el último estertor, donde se absorbe la marejada en un bocado, nos agarra de las mugrientas uñas para dignificar lo que implica pertenecer, para que luego, después de todo su periplo al interior del cuerpo, regrese a su lugar. Allí somos.
Y en su lengua nube, en su estado tonal y gaseoso, se precipita un torrente de saliva, que también es agua, esa que le permite hablar, remojando los labios, frotando los dientes, uniendo el estómago con el cerebro, la mano y el ojo, lengua y aire, roca y árbol, escupe y todo retoña allá en la ladera de la feroz fiera. Y también en las plantas de los pies.
La nube también llora, a veces de felicidad, cuando el pez aglutina a la gente, por ejemplo. Y así fluye, casi fuego, en su liquidez efectiva, y donde se junta el agua dulce con la salada, y en el estero, y en el lavadero, salta salpicando -de lodo- todo.




La bestia bella, con su coreografía embarrada y evasiva, concurre en la red para la paz comunitaria, la paz compleja de la lluvia y de la milpa, del camarón y del chilito, de la calabaza y de la caca de caballo. La del atole y el totopo.
Ríos y lagos abrevan de su sudor flamígero para humedecer su sed ancestral, antes de que se resequen y quede solo la tierra, polvorienta y fugitiva, melancólica del trago que le da vida, que la vuelve fértil, a 38 grados, en el istmo.
Se llaman (sin hablar de mares y océanos) Victoria, Onondaga, Hurón, Karachai, Balaton, Orre, Okechobee, Biwa, Baikal, Songla, Bhopal, Chad, Taihu, Chapala, Léman, Michigan o Congo, Loire, Rhin, Amazonas, Citarum, Yangtsé, Mississipi o Bravo.
Sí, ese que cruzó a pie otra rebelde ejemplar, como varias generaciones de inconformes, ‘para terminar llena de lodo en un estacionamiento de un mall en Texas’.
La espalda mojada, las piernas mojadas, los brazos, el vientre, las entrañas y los párpados empapados, todo de una, mirando de frente a quien intolera, y a quien ama, acompaña y también se empaña.
Una casa, un plato, un horno, agua, tierra, aire y fuego otra vez, en deltas irrepetibles que habrían de conducir al polvo otra vez, para pudrirnos felizmente y regenerar el ciclo que alimenta y nutre. En el fango.
En la concurrencia de la palabra con la materia todo puede significar otra cosa acariciando la tonalidad: “pez, camarón, hermana de ella, culebra; penca de coco, grito, aullido, destruir, desbaratar, sierra”.
Y si pudiéramos verla sonreír, en su resistencia marina, terrena y tehuana, muy probablemente contemplaremos que uno de los dientes de su arma flamígera es de oro. De 24.

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