Skip to content

LEONORA VICUÑA: CARRUSEL DE MELANCOLÍAS

La exposición Carrusel de melancolías, en la Fundación Larivière Fotografía Latinoamericana de Buenos Aires, presenta por primera vez en Argentina la obra de Leonora Vicuña (Santiago, 1952), una de las fotógrafas más destacadas de Chile. A través de 65 fotografías realizadas en su país natal entre 1979 y 1983, la muestra revela su aguda observación de los barrios populares de Santiago, que recorría durante los años de la dictadura.

En esta panorámica de su obra, se destaca la noche, la calle y los bares como espacios de resistencia y placer, así como el carácter temporal y paradigmático que la artista introduce en sus retratos cotidianos, con especial énfasis en la figura masculina del trabajador.

Con una mirada antropológica, Vicuña registra lugares públicos como pequeños negocios, bares, mercados y plazas. Sus fotografías retratan momentos aparentemente anodinos, como congelados en el tiempo, y celebran tanto la convivencia animosa como la intimidad pública que caracteriza a las zonas marginales de Santiago.

Leonora Vicuña, Evelyn melancólica, 1983. Prostíbulo La Palmera, Santiago

Tras capturar sus imágenes en blanco y negro, Leonora las colorea con lápices grasos y anilinas, devolviendo a las escenas las tonalidades y atmósferas originales. Este proceso de intervención, que impregna las fotografías de una estética atemporal, poética e, incluso, vívida en una época de mucho agobio, se convierte en una de las características definitorias de su estilo: transgredir la «sacralidad» de la fotografía original, mucho antes de la llegada de la fotografía digital y el Photoshop.

“Al principio, esto generó incomodidad entre mis colegas. Me cuestionaban: ‘¿Qué tan fotógrafa eres si pintas tus fotos?’ Pero no me importó. Seguí explorando porque me apasionaba”, recuerda.

Leonora Vicuña retrata el Santiago sombrío de los años más oscuros de la dictadura: las calles mal iluminadas, con sus vagabundos y otros personajes desamparados, los bares, los restaurantes y los antros frecuentados por meseros, bailarines, borrachos, músicos, travestis y poetas.

En la muestra, se presentan sus registros de Evelyn en La Palmera, el club travesti que visitó una vez en 1983 gracias a la invitación de Paz Errázuriz; parejas bailando en el Buenos Aires Tango Club de Santiago; y escenas del Bar El Cucú y la Unión Chica, un bar en la calle Nueva York, en pleno centro de la ciudad.

Leonora Vicuña, Pilar, 1983, Santiago.

La exhibición en la Fundación Larivière se enfoca exclusivamente en trabajos realizados en Chile entre 1979 y 1983. “Aunque en Francia también hacía fotografía, siento que no tiene la misma profundidad. No soy francesa, no hay una identificación real. Muchas de esas imágenes callejeras son simpáticas, pero les falta algo, como un poco más de cuerpo”, comenta Vicuña sobre esta selección de material, trabajada junto al curador de la muestra, Alexis Fabry.

Juan Lo Bianco, responsable del diseño expositivo, decidió incorporar fragmentos de la escritura de Leonora en las paredes. “La ciudad de Santiago, tal como la vivía, bastante agobiante en los años de dictadura, invitaba a entrar en boliches y bares. Eran un respiro esos lugares donde se podía estar en medio de la ciudad, pero también escondidos en ella”, dice uno de los textos.

La exposición también incluye carteles, archivos de prensa, recuerdos de eventos culturales y materiales de exposiciones, entre los que se destaca una ficha de las actividades realizadas por la Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI), que Leonora Vicuña cofundó en 1981 junto a Inés Paulino, Paz Errázuriz, Álvaro Hoppe, Luis Navarro, Juan Domingo Marinello, entre otros. La primera sede de la asociación fue la casa de Vicuña, que originalmente funcionaba como la ‘casa templo’ de los positivistas chilenos, conocida como la Fundación Lagarrigue.

“La AFI fue muy importante porque logró unirnos como fotógrafos en un contexto donde la fotografía, especialmente en blanco y negro, era prácticamente inexistente en Chile”, recuerda Vicuña. “Como los colegios profesionales habían sido disueltos, la única forma de defender la profesión era organizarnos. Nos reunimos 25 fotógrafos. No teníamos sede, así que propuse usar la iglesia positivista como lugar de encuentro. Allí nos reuníamos y organizábamos actividades. Fui secretaria de la Asociación y dirigí su boletín, comprometiéndome por completo con este proyecto”.

Vista de la exposición Carrusel de Melancolías, de Leonora Vicuña, en la Fundación Larivière, Buenos Aires, oct.2024-feb.2025. Cortesía de la Fundación.
Vista de la exposición Carrusel de Melancolías, de Leonora Vicuña, en la Fundación Larivière, Buenos Aires, oct.2024-feb.2025. Cortesía de la Fundación.
Vista de la exposición Carrusel de Melancolías, de Leonora Vicuña, en la Fundación Larivière, Buenos Aires, oct.2024-feb.2025. Cortesía de la Fundación.
Hay una melancolía constante, un tono menor que atraviesa mi trabajo. La dictadura no cambió mi visión porque no viví el golpe directamente; estaba en Francia. Nunca tuve mucho miedo al fotografiar durante esos años. Para mí, Chile antes, durante y después de la dictadura conserva una tristeza latente, un carrusel de melancolías que persiste en mis imágenes. Al final, lo esencial de uno permanece, aunque los tiempos y las formas cambien.

Para comprender la singularidad de la obra de Leonora Vicuña, es esencial situarla en su contexto histórico y biográfico. Su padre, José Miguel, fue un poeta positivista y ateo; su madre, Eliana Navarro, una poeta católica y mística. Su abuelo paterno, Carlos Vicuña Fuentes, desterrado por la dictadura de Ibáñez del Campo, escribió La Tiranía en Chile, uno de los más lúcidos alegatos por la libertad, y vivió exiliado en Mar del Plata. Proveniente de una familia de grandes creadores, su prima es la también artista Cecilia Vicuña.

“Tanto la casa de mis abuelos como la de mi padre estaban imbuidas de arte. Nunca podía decir qué era o qué no era arte, porque estaba allí, formando parte del ADN de la vida”, dice Vicuña sobre la influencia artística en su hogar.

Su obra está profundamente vinculada con la realidad de Chile durante las décadas de 1970 y 1980. Desde sus primeros trabajos en Santiago, cuando la ciudad vivía bajo el régimen de Pinochet, Vicuña se dedicó a registrar los rincones olvidados de una urbe sometida a la represión.

“Las salidas nocturnas eran complejas debido al toque de queda. A veces, el miedo nos frenaba más de lo necesario. Salíamos en grupos pequeños, lo que nos daba seguridad. En una ocasión, ingresé a un prostíbulo gracias a una invitación de Paz Errázuriz y Claudia Donoso. Tomé un solo rollo de fotos, pero esas imágenes han tenido mucho éxito”, recuerda.

Vista de la exposición Carrusel de Melancolías, de Leonora Vicuña, en la Fundación Larivière, Buenos Aires, oct.2024-feb.2025. Cortesía de la Fundación.

Tras cuatro años de vida en España, Francia y Grecia, Vicuña regresó, tal vez en busca de sí misma, a un Chile atemporal, donde avanzaba rápidamente un neoliberalismo pujante y devastador. La década de 1970 fue crucial para su desarrollo artístico. En 1973, Vicuña viajó a Madrid, pero pronto se trasladó a París para estudiar antropología. Por cuestiones administrativas, quedó en esa ciudad como inmigrante ilegal.

En Francia, Vicuña visitó numerosas exposiciones y se familiarizó con la fotografía clásica. Fue influenciada por grandes figuras como Henri Cartier-Bresson, Josef Koudelka, Robert Frank y algunos otros miembros de la agencia Magnum, que en ese entonces era aún pequeña. “Pero nunca pensé que yo misma sería fotógrafa”, confiesa. “Cuando llegué a Francia, mi interés por el cine creció al punto de trabajar como montajista. Esa experiencia me permitió sobrevivir en un momento en que la fotografía no era suficiente para sostenerme económicamente”, señala.

En 1976, se estableció en Grecia, donde permaneció un año y comenzó a tomar fotografías con una cámara rusa. “Una de las primeras fotos que hice, siendo todavía estudiante, fue con esa cámara. Siempre he pensado que, si pudiera tomar una imagen como esa todos los días, sería un genio. Tiene algo cinematográfico, como un fotograma de una película”, recuerda.

A su regreso a Chile en 1977, Leonora Vicuña ingresó a la Escuela de Foto Arte. Desde ese año y hasta 1983 vivió en la Fundación Lagarrigue. En el templo, desarrolló diversas actividades culturales, desde exhibiciones hasta la filmación de parte de un filme. Durante ese mismo periodo, con sus amigos poetas, tomó una gran cantidad de fotografías y visitó los mundos más oscuros de la ciudad.

 “Cuando llegué a Chile, había momentos en que el toque de queda era a las 12 de la noche; en otros momentos a las 10. Noche no había. Incluso de día vivíamos un poco de noche. Era un momento oscuro donde uno iba a esos lugares a refugiarse. Y yo he tenido muy buenos amigos poetas y creadores de todo tipo que se refugiaban en los bares”, recuerda la artista.

Leonora Vicuña, Bárbara y Juan en una fiesta en La Florida, 1979, Santiago.

La aproximación de Leonora Vicuña a la fotografía nunca se limitó a lo documental; estuvo siempre intrínsecamente ligada a su práctica poética. La escritura y los textos fragmentarios que frecuentemente acompañan sus imágenes son una extensión de su mirada. El poema Boite Zepelin 81, que evoca la atmósfera nocturna de Santiago, es solo uno de los muchos ejemplos en los que la palabra y la imagen se encuentran en su obra, ambas en una misma búsqueda de sentido.

“Siempre he escrito, pero soy celosa con mis textos. Antes leía mis poemas en voz alta, pero ahora prefiero guardar mis escritos. Me cuesta compartirlos, porque siento que nunca están listos. Sin embargo, quiero dedicarle más tiempo a la escritura, que requiere soledad y recogimiento”, afirma.

Junto a Ramón Díaz, Vicuña coeditó la revista de poesía La Gota Pura y organizó el Encuentro de Arte Joven (1979-1981) en el Instituto Cultural de Las Condes, hoy conocido como la Corporación Cultural. Desde 2015 vive en las afueras de Carahue, en la región de la Araucanía, donde fundó Espacio Puerto Peral, un proyecto dedicado a ofrecer residencias y talleres de arte y cultura. “Nunca imaginé vivir fuera de la ciudad, pero ahora no me veo volviendo”, comenta.


Carrusel de Melancolías, de Leonora Vicuña, se presenta hasta finde febrero en la Fundación Larivière, Buenos Aires.

También te puede interesar

ESTO NO ES OTRO ARTÍCULO SOBRE JULIA TORO

Camila Alegría reseña la reciente publicación que reúne los diarios escritos por Julia Toro desde 1983 hasta el estallido social de 2019. La fotógrafa chilena repasa los hitos de su vida y del ambiente...