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NOMBRAR A UN PÁJARO ES CANTAR CON ÉL

Por primera vez en la historia, la Bienal de Venecia cuenta con la participación de artistas guatemaltecos de pueblos originarios en su exhibición principal. Se trata de los artistas kaqchikeles Andrés Curruchich (1891-1969), Rosa Elena Curruchich (1958-2005) y Paula Nicho (1955), todos originarios de Chi Xot (San Juan Comalapa).

Como homenaje a su participación en la 60° edición de la Bienal, curada por el brasileño Adriano Pedrosa, y con el deseo de compartir su obra con el público guatemalteco, Proyectos Ultravioleta presenta Nombrar a un pájaro es cantar con él, una muestra que reúne 12 pinturas de estos tres artistas, quienes han debido superar los estigmas relacionados con su ascendencia indígena en su propio país y, en el caso de las mujeres, los prejuicios de género.

La exposición ofrece una oportunidad única para explorar las costumbres, prácticas ancestrales y cosmovisión de la comunidad maya kaqchikel de Chi Xot, a través de tres perspectivas diversas e intergeneracionales.

La muestra, que abrió el 15 de julio, está acompañada por un texto escrito para la ocasión por María Jacinta Xón, antropóloga, escritora y cocinera quiché.

Andrés Curruchich, Sin título, s.f. (c. 1950). Óleo sobre lienzo, 45.50 x 50.50 x 2.30 cm. Cortesía de Proyectos Ultravioleta, Ciudad de Guatemala. Foto: Margo Porres

NOMBRAR A UN PÁJARO ES CANTAR CON ÉL

Comalapa, generaciones en resistencia

El arte en Comalapa puede ser comprendido como un rizoma generacional y circunstancial, definido por eventos sociales, políticos y fenómenos naturales. Hacer arte en Comalapa ha sido consecuente con la cotidianidad de los artistas, sus luchas y resistencias políticas. Sus artes aluden alegrías colectivas y familiares, como la celebración de las ferias, procesiones y momentos de la vida personal.

Pero el arte en Comalapa también habla de llantos colectivos y familiares, como el terremoto en 1976 o la guerra civil (1980-1996). Las generaciones kaqchikel en Comalapa que pintan, hacen teatro, cine, performances, instalaciones, son el fruto de un recorrido de muchas personas que, desde sus resiliencias, resistencias y rebeldías, han cuestionado el estatus quo de un país socialmente desigual.

Andrés Curruchich, Sin título, s.f. (c. 1950). Óleo sobre lienzo, 61 x 67.80 x 3.30 cm. Cortesía de Proyectos Ultravioleta, Ciudad de Guatemala. Foto: Margo Porres

Andrés Curruchich

Hace muchos años, un joven Andrés Curruchich encalaba las paredes de las casas en Comalapa. El contacto visual con el vacío neutro de las paredes encaladas lo invitó a pintar flores, escenas de las fiestas y algunas imágenes religiosas sobre ellas. María Elena Curruchich, una de sus nietas, quien también es pintora, recuerda que su padre le contaba que los dibujos que pintaba su abuelo empezaron a ser muy solicitados por sus vecinos. Años más tarde, su popularidad creció en los alrededores y a don Andrés le encargaron encalar las paredes de diversas iglesias católicas de los pueblos cercanos y, por supuesto, le pedían además que hiciera sus ya famosas pinturas.

“Ahora, podríamos decir que él empezó haciendo muralismo”, reflexiona María Elena Curruchich. Conforme fueron pasando los años, un Andrés Curruchich adulto pintaba ya en lienzos. María Elena recuerda que su padre le contó cómo varias de las pinturas de Andrés Curruchich habían sido llevadas a Estados Unidos en 1956 para ser expuestas en San Francisco, California. La alegría familiar no fue poca cuando este acontecimiento los sorprendió.

En esas fechas debió haber sido más grande el rechazo que vivían los abuelos; si consideramos que nosotros en estos años aún vivimos la discriminación, en ese tiempo sin duda era peor. No se le dio la oportunidad de viajar con sus pinturas. Pensar en el rechazo que yo viví por pintar, me hace preguntarme, ¿qué habrá vivido él? En algún momento debió ser criticado y menospreciado, pero él de cualquier forma lo hizo. Eso sí, también hubo gente que le abrió caminos.

María Elena Curruchich

Don Andrés tuvo dos nietas que desafiaron “el deber ser y hacer” en las relaciones sociales y de género en Comalapa. María Elena fue hija única; cuando era pequeña, acompañaba a su madre y a su abuela materna a tejer y cocinar dulces. Estos dulces eran vendidos por ellas en diferentes ferias. Pintar le llamaba la atención, pero ella no imaginó nunca que podría dedicarse al arte. Por otro lado, su padre dividía su tiempo entre pintura sobre lienzo y el cultivo de maíz.

Rosa Elena Curruchich, La muchacha van a hacer capitana de las muchachas, s.f. (c. 1980). Óleo sobre lienzo, enmarcado, 13 x 22 x 1.50 cm. Cortesía de Proyectos Ultravioleta, Ciudad de Guatemala. Foto: Margo Porres

María Elena Curruchich

Con el terremoto de 1976, el rumbo del destino artístico de María Elena tuvo un giro. Recuerda cómo todas las paredes de su pequeña casa sucumbieron a los continuos movimientos de la tierra que ese 4 de febrero de 1976 sorprendió a todo el país. Su madre quedó debajo de los escombros, y aunque afortunadamente ella sobrevivió, tuvo secuelas en su movilidad y su bienestar se vio seriamente comprometido. Por una razón incomprensible, los materiales de pintura de su padre quedaron intactos en un rincón entre las paredes abatidas.

Tres meses después del terremoto, a su padre le encargaron la restauración de imágenes religiosas que quedaron dañadas durante el desastre natural. El padre de María Elena, quien siempre apoyó el talento de su hija, le dijo: “No tenemos otra fuente de ingresos, nos dedicaremos a la restauración”. A partir de ese momento su padre le designaba a María Elena las tareas de lijar y pintar la base de las imágenes y de las máscaras de los Bailes de Moros. Como parte del proceso de restauración, su padre era quien pintaba los detalles de los rostros, de la ropa, el cabello…

Tiempo después, cuando María Elena pintó sus primeros lienzos en tela, su padre la incluyó en una exposición que reunía a un colectivo de pintores en Comalapa. Sin sorpresa, pero sintiendo una gran impotencia, su participación fue subestimada, menospreciada y rechazada por el hecho de ser mujer. Su padre en ese momento renunció al colectivo y se dedicó a incentivarla a seguir pintando, a pesar de los prejuicios por ser mujer y por ser mujer indígena.

No todos los hijos e hijas de Andrés Curruchich tuvieron interés en la pintura. Sus tres hijas murieron muy jóvenes, algunos de sus hijos se dedicaron a la agricultura y, excepcionalmente, uno de ellos pintaba y cultivaba la tierra al mismo tiempo: su padre, recuerda María Elena.

Rosa Elena Curruchich, El señor dentista se llama Miguel, s.f. (c. 1980). Óleo sobre lienzo, enmarcado, 20 x 20 x 1.60 cm. Cortesía de Proyectos Ultravioleta, Ciudad de Guatemala. Foto: Margo Porres

Rosa Elena Curruchich

Otra de las nietas de Andrés Curruchich que pintó a pesar de los prejuicios de género en Comalapa hace algunas décadas fue Rosa Elena Curruchich. Ella era hija del hijo mayor de Andrés, y también tenía un talento nato para pintar. Su historia transcurre al igual que la de su prima, marcada por el menosprecio a su talento y la imposibilidad de hacer públicas sus obras en Comalapa.

María Elena relata que su prima migró a la ciudad capital como muchas mujeres indígenas lo han hecho a lo largo de los años. Rosa Elena buscaba mejores condiciones económicas para ella y su familia mientras seguía pintando, según relata María Elena Curruchich.

Rosa Elena Curruchich nació el 8 de noviembre de 1956 y falleció el 12 de febrero de 2005. Ella pintó las escenas de la cotidianidad que la rodeaba. Su obra está compuesta de lienzos en miniatura que disimulan la exuberancia del registro de la alegría y el llanto colectivo del vivir cotidiano de Comalapa. Los relatos de algunas de las personas que la conocieron la describen como una mujer reservada y tímida.

Ana Livingston Paddock [1], quien fue amiga cercana de Rosa Elena durante muchos años, cuenta que de pequeña observaba a su abuelo Andrés Curruchich mientras pintaba. Su memoria la ubica en un rincón de la habitación donde él trabajaba, otras veces lo miraba desde una ventana mientras estaba sentada en los hombros de su papá. “Tengo un cuadro que ella pintó donde se ve una niña afuera de una ventana mirando a un señor dentro de una casa que estaba pintando”, cuenta Ana Livingston Paddock.

Rosa Elena Curruchich, Aquí van a hacer la fiesta. Son los padrinos. Van a bendecir el chivo a la iglesia, s.f. (c. 1980). Óleo sobre lienzo, enmarcado, 16.50 x 16.50 x 1.50 cm. Cortesía de Proyectos Ultravioleta, Ciudad de Guatemala. Foto: Margo Porres
Rosa Elena Curruchich, Día del Padre Eterno, s.f. (c. 1980). Óleo sobre lienzo, enmarcado, 14.40 x 15.40 x 1.30 cm. Cortesía de Proyectos Ultravioleta, Ciudad de Guatemala. Foto: Margo Porres

Los roles de género en los años 60, 70, 80 en Comalapa estaban determinados por la división del trabajo, entre lo que “podían hacer los hombres” y lo que “debían y NO podían hacer las mujeres”. Pintar, por ejemplo. Los relatos de Rosa Elena compartidos con Ana Livingston Paddock dicen que sus primeras pinturas fueron hechas sobre cartón recogido de la basura y carbón que sacó del fuego donde su madre hacía las tortillas.

Rosa Elena pintó al óleo escenas de la cotidianidad de Comalapa y la vida familiar. Escenas que recordaba haber visto cuando era niña, o eventos que le habían contado personas mayores. Según Livingston Paddock, Rosa Elena describía lo que pintaba, como «tradiciones y costumbres de antes».

La primera exposición que realizó Rosa Elena Curruchich fue en 1979 en la Alianza Francesa de la Ciudad de Guatemala, cuando tenía 23 años. En esos años la tensión política en Guatemala ya era un hecho eminente de violencia. El enfrentamiento ideológico que se tradujo en enfrentamientos y conflictos familiares, comunitarios y sociales a nivel local y nacional fueron planificados y ejecutados sistemáticamente como política de Estado en esos años. Las desapariciones forzadas, las masacres de comunidades enteras, la violencia sexual principalmente a mujeres, etc., fueron situaciones de extremo sufrimiento que alcanzaron tristemente a Rosa Elena Curruchich.

En su testimonio compartido a Ana Livingston Paddock aseveró que las violencias sufridas se justificaron al confrontarse a la prohibición social que le impedía pintar por ser mujer y mujer indígena. Aun así, quizás como acto político, como afrenta al sistema, definitivamente como resistencia y resiliencia, Rosa Elena Curuchich continuó pintando. Ella pintaba escenas complejas de la cotidianidad en miniatura. Ese legado en miniatura de colores que ahora se guarda, se exhibe y se admira es un grito inclaudicable, fisuras que cinceló con toda la fuerza de su ser para el futuro de otras mujeres.

Paula Nicho, Mi segunda piel de San Juan Sacatepéquez, 2023. Óleo sobre lienzo, enmarcado, 84 x 64 cm. Cortesía de Proyectos Ultravioleta, Ciudad de Guatemala. Foto: Margo Porres

Paula Nicho. La presencia como enunciación de resistencia

Paula Nicho recuerda haber conocido a Rosa Elena Curruchich en una exposición en Antigua Guatemala. En ese momento, Paula observó por primera vez que las pinturas de Rosa Elena estaban hechas en miniatura. Paula Nicho es una de las artistas de Comalapa que también ha tenido que ir contra corriente para desarrollar su talento en la creación de lienzos pintados y tejidos. Pintar fue en ella un impulso nato, quizás porque generaciones previas de mujeres pintoras en Comalapa ya habían abierto brechas y, por eso, para ella, pintar fue posible.

A pesar de que en Comalapa ya no existía una prohibición explícita para que las mujeres pintaran, si había limitaciones impuestas por los roles de género asignados. Paula recuerda que sus compañeras en un curso de pintura dejaron de pintar, o siguieron pintando solo lo que consideraron vendible para poder apoyar en sus hogares.

Algunas obras de Paula Nicho fueron elegidas junto a obras de Andrés Curruchich y Rosa Elena Curruchich para formar parte de la 60ª Exposición Internacional de Arte de la Bienal de Venecia, con la curaduría de Adriano Pedrosa. En su edición 2024, la bienal se propuso “la celebración de lo extranjero, lo lejano, lo forastero, lo queer, así como de lo autóctono” [2]. No obstante, los argumentos a favor o en contra del logro del objetivo de la Bienal fueron diversos a nivel internacional.

Paula Nicho, quien asistió a la Bienal, valora la experiencia como una posibilidad para compartir con artistas indígenas de todo el mundo.

Nos saludamos, nos hablamos, todos estábamos curiosos por la ropa, por los idiomas ¿Qué queríamos decir con cada una de nuestras obras? Cada artista tenía su propia historia que contar, llevaban cosas para enseñar su ser, mostrar su cultura, algunos denunciaban injusticias, porque todos hemos sido discriminados.

Paula Nicho

Paula Nicho, Mujer soñadora, 2023. Óleo sobre lienzo, enmarcado, 84 x 64 cm. Cortesía de Proyectos Ultravioleta, Ciudad de Guatemala. Foto: Margo Porres

La artista dice que corroboró, como conclusión de su experiencia en Venecia, que todos los pueblos indígenas del mundo han sufrido y siguen sufriendo discriminación. Paula considera que la participación de los artistas indígenas en esta Bienal fue como un acto político en el que posicionaron su ser indígena en el “arte”. Su presencia le hizo saber al mundo del arte, ese que tiene el poder de determinar qué es y qué no es arte, que sus manifestaciones de lo estético como pueblos del mundo son el arte que ellos consumen. Porque para conocer, criticar, cuestionar y/o subestimar las piezas presentadas por los pueblos indígenas, debieron presenciarlos en el lugar al que ellos denominan “un lugar de arte”.

“Sentí que logramos algo nuevo, la gente que llegó fue a ver arte, en todo lo que esa palabra significa, y nosotros estábamos ahí con nuestras obras”, manifiesta Paula.

María Elena Curruchich, Rosa Elena Curruchich, Paula Nicho y Andrés Curruchich son, en sus obras y sus historias de vida, la historia de un pueblo, la historia de generaciones que paso a paso han abierto brechas para los pueblos indígenas, para las mujeres indígenas, para los artistas de Comalapa. Un agradecimiento especial por el tiempo, las anécdotas y las reflexiones que me han compartido María Elena Curruchich, Paula Nicho y Ana Livingston Paddock.

María Jacinta Xón Riquiac

K’iche’


[1] Escritora, investigadora y académica de la Universidad de Stanford, California.

[2] https://es.artealdia.com/Noticias/EL-TEMA-DE-LA-BIENAL-DE-ARTE-DE-VENECIA-2024-STRANIERI-OVUNQUE-EXTRANOS-EN-TODAS-PARTES

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