FRAGMENTOS DE UN ARTEFACTO EXPLOSIVO
Tengo un grave problema con entender dónde termino yo y empieza el otro.
Nicolás Astorga[1].
Aunque la palabra «esquirla» provenga del latín schidia (esqueje), y pueda estar asociada con la rama bifurcada de una planta o de un camino, su definición común es la una astilla que se desprende de un hueso, piedra, cristal u otra especie de objeto o cuerpo. Más allá del material de procedencia, la condición de una esquirla estaría dada por ser fragmento, trozo o fracción de algo.
Tiene también acepciones más precisas, violentas y destructivamente específicas. Ser casquillo de una bala. Ser metralla o incluso shrapnel[2], municiones de artillería que transportan una gran cantidad de balas cerca de su blanco, para luego ser eyectadas sobre él mismo a fin de que impacten la zona seleccionada de forma individual. También puede ser, y lo será en el transcurso de este texto, la o las partes de un artefacto explosivo que se generan inmediatamente después de estallar.
Después de estallar en ira o llantos, el mismo cuerpo puede ser entendido y transformarse en ese artefacto detonante, en un arma de fuego hechiza que acciona y reacciona sin cálculo exacto. Después de estallar toca recoger los pedazos. ¿Qué pasó? No siempre queda claro. De a poco se puede ir descubriendo u olvidando. Cuando la explosión viene de la angustia o el pánico, todo se descontrola. Se desencadena un perturbador y profundo miedo, se desarma la realidad. En otras palabras, todo se va a la mierda.



Pero, a diferencia de la maquinaria de guerra[3], que con su ingeniería y armamento de alto calibre irrumpe y destruye todo a su paso, este ataque ocurre en la virtualidad de los afectos y el trauma. ¿Cómo hacer para que no se repita? Podemos mirar de cerca el escenario como si tuviera pistas para armar una especie de teoría coherente, una que quizás se parezca al «psicoanálisis», para subirla de categoría.
El recuerdo del corazón acelerado, de un extraño gusto a metal en la boca, de oleadas de sudor, vértigo, temblores, estremecimiento, diarrea, venas inflamadas, la piel encendida. Date cuenta. Haz notas en el celular. Comienza un diario. Si tienes plata, anda a terapia. Se supone que puedes mejorar. Hacemos lo que podemos.
Quién sabe si recoger y exponer fragmentos vinculados con episodios íntimos pueda o no salvar a alguien de ser su propia fórmula explosiva. Aquí hay un intento. Nunca seré más joven que ese día, tanto en su versión expositiva como en estas hojas, es una esquirla solitaria que a veces encuentra contacto con otras historias personales, con procesos generacionales y, especialmente, con sensaciones y sentimientos esquivos, al mismo tiempo tan reales y tan ficcionados[4] por quienes los padecen.
En la articulación de recuerdos, deseos, historias familiares lesionadas por desgracias políticas, fantasmas comunes y símbolos persistentes, la obra de Nicolás Astorga explora la sexualidad y la conformación de la identidad cruzadas por emociones tormentosas, relaciones de poder e imposiciones sociales.
Quiero que se me hinchen las tetas de leche agria para criar seres que me odien al crecer. Quiero que mis hijos se claven agujas en los ojos al reconocer su deseo sobre mi cuerpo de madre incestuosa. Quiero casarme para divorciarme o, mejor, para ser viudo. Que me persiga y me castigue, que me posea y me folle tu espíritu de miembro transparente. Quiero ser dueña de casa, llevar a los niños al colegio para después ir al gimnasio. Tener un cuerpo perfecto para que sea maltratado por mi marido infiel. Quiero amar para después odiar y morir en resentimiento. A veces pienso cómo sería vengarme de todos los hombres que me han hecho daño. Finalmente, el peor de todos: yo mismo. ¿Cómo uno se venga de uno mismo? Mientras bordo hago pausas para escribir falsas promesas de un útero que no me pertenece. A mí nunca se me abrirán los huesos de las caderas ni me dilataré para expulsar a mis cuervos.
Nicolás Astorga, Diario 7.


Desde la exaltación y turbado por pensamientos intrusivos, Astorga vocifera a través de diarios de vida y objetos como una forma de conocerse a sí mismo y de expresar deseos y frustraciones que chocan con estructuras normativas. Con fragmentos de su historia personal, construye imágenes que reclaman por la necesidad de espacios para manifestar agobio, quiebres y fantasías individuales y colectivas. Fuera de lo políticamente correcto, su atrevimiento es una búsqueda por conectar con el dolor de los demás.
En ese espacio intermedio entre una obra y quienes interactúan con ella se posiciona el interés de la muestra y de este registro. Es en el «entre» de asuntos, temas, sensaciones –y no en las estructuras definidas–, donde pueden generarse divergencias. Las negociaciones individuales y colectivas, esas que no involucran dimensiones comerciales, o muy pocas de ellas, traen consigo formas de inventar quiénes somos, de cambiar quienes fuimos, o de evaluar si acaso eso es posible. ¿Algo te ha cambiado? ¿Qué y cómo fue? Las relaciones emocionales son, por lo bajo, complicadas. A veces hacen doler partes que ni conocíamos.
Además de estar emparentados, el deseo y la violencia atraviesan juntos nuestra sexualidad e intimidad. Como Freud menciona en su Introducción al narcisismo (1914), el «libidinoso del yo» activa mecanismos desde su herida narcisista. En este caso, Nicolás Astorga lo hace para analizarse y para intentar mantener las cosas bajo control –entendiendo esa acción desde su propio criterio de control– y, lo hace también, para que la realidad no se le desmorone por delante.



Nunca seré más joven que ese día reúne fragmentos desnudos de su vida y de quienes lo rodean, poniendo en equilibrio elementos supuestamente contrarios. Lo duro y lo blando está presente en textiles cuidadosamente bordados, en maderas modeladas con motosierra, en revestimientos viscosos y en espumas que soportan el peso de las esculturas.
Lo duro y lo blando, como lo tierno y lo agresivo, son parte de un mismo cuerpo que bulle en contradicciones. Tal equilibro de pesos y texturas, de palabras e imágenes, pareciera ser el esfuerzo por reconstituir la escena[5] o el momento previo al colapso emocional provocado por los desajustes entre la experiencia personal y los parámetros culturales; un intento por atenuar, a través del arte, la frustración excesiva que embarga a la percepción.
En Historias de amor, Julia Kristeva se refiere a la reivindicación, sin vergüenza ni condena, que hace Paul Valéry de las delicias del inagotable yo, afirmando que «la reivindicación más o menos solapada de la experiencia narcisista como fundamento necesario del arte —como creación de apariencias, pero también como única vía de acceso a la verdad, desgarrada entre el placer y la muerte— es una constante a lo largo de los siglos (…)». Y que «la escritura (…) reivindica la figura dividida de Narciso y se inspira en esta exquisita separación interna del ser hablante (…) como la propia fuente de conocimiento de sí mismo»[6].
Varias de las frases explosivas escritas por Nicolás, como las citadas anteriormente, están contenidas en el textil rojo de gran formato que el artista bordó a mano durante casi dos años. En él están recopilados y sintetizados fragmentos de su historia familiar con algunas figuras que recuerdan iconografía política, específicamente la de las Juventudes Comunistas y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria donde sus padres militaron durante la dictadura, y relatos íntimos que provienen de sus diarios de vida de los últimos 10 años. Es el fondo, el cielo y el suelo donde ocurren los acontecimientos. Hay cambios de idioma y jergas, y los procesos personales resuenan en contextos sociales más amplios, así como los caminos que su familia recorrió tras el exilio.
En las telas no se desconoce, pero tampoco se inscribe la larga tradición de textiles rojos como signo de riqueza, poder y estatus social. En cambio, se asemejan a banderas de asociaciones civiles, clubes de barrio o barras. Por sus particularidades formales, las telas rojas entran en diálogo con el inconfundible rojo de los movimientos vinculados a la izquierda revolucionaria o al anarcosindicalismo que desde las insurrecciones de París en 1871 han hecho uso de la bandera roja –o rojinegra– para identificar su postura ideológica. El rojo, color desafiante y símbolo de la clase trabajadora es también el color de la sangre, de esa sustancia vital y ritual que puede sintetizar los placeres y tormentos de la vida en la tierra.


En la serie de esculturas que demandan atención al intervenir el espacio con plintos acolchados, aparecen temas similares. Muchas de ellas fueron brutalmente talladas con motosierra y luego trabajadas con aglutinantes pigmentados que suavizan el material. Son esculturas sobre el abandono y la dependencia emocional, sobre la necesidad de amor y el fracaso de este.
Un objeto abstracto que se asimila a una piedra o a una especie de fósil se suma al sinuoso trazado de la exposición. Fue realizado con papel triturado a partir de las copias originales del intercambio epistolar entre su abuelo paterno y su abuela antes del exilio. Luego de haber sido exiliado a Finlandia[7], su abuelo se trasladó a Mozambique, país recientemente independizado y vecino de Rodesia (actual Zimbabue).
Durante la Guerra Civil de Rodesia (1964-1979) las fuerzas políticas en disputa operaron desde los países colindantes, siendo Mozambique uno de los territorios con mayor conflicto. Hoy, Nicolás guarda la esquirla de una bomba recogida por su padre en un campo de refugiados rodesianos en Mozambique. Para esta muestra, el modelo de la esquirla fue aumentado de escala, impreso en 3D e instalado sobre un soporte blando, cerrando así la variedad de materiales con los que Nicolás modula las conexiones entre lo privado y lo público, lo personal y lo político.

Sin pretender ser testimonio, Nunca seré más joven que ese día es memoria de un pasado persistente y de un presente atosigado por eventos que superan al propio cuerpo. Parafraseando a Enrique Lihn, arte y documento no son opuestos, sino que comulgan en un mismo misterio doloroso y tenebroso. En ese sentido, las obras agrupadas en este proyecto se alimentan de diarios, cartas, sesiones de psicoanálisis y relatos familiares orales que siguen sin encontrar solución. Si transfieren ruegos y súplicas para aferrarse a la vida es para reconocer el carácter informe, delirante y siniestro de la propia experiencia. Siendo, en cierto aspecto, vulnerables y violentas, carne recién desollada, se arriesgan ante la mirada de los demás, saltan al vacío para purgar y seguir sufriendo.
Nicolás escribe reiterativamente es su Diario 7: «Quetiapin 25 mg 4 times per day if needed. Escitalopram 15 mg in the morning. Uso simbólico del medicamento. Diagnóstico como búsqueda de una razón externa. Pánico como llamado de atención». Ni la quetiapina ni el escitalopram han logrado ser la fórmula para frenar las esquirlas de este artefacto explosivo. Los fragmentos no han sido unidos por una teoría suficientemente coherente. El pánico mantiene su llamado de atención.
Nunca seré más joven que ese día, de Nicolás Astorga, se presenta del 24 de agosto al 17 de noviembre de 2024 en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), sede Parque Forestal.
Curada por Céline Fercovic.
[1] Fragmento tomado del Diario 7 (transcripción de 10 años de vida) de Nicolás Astorga.
[2] Siendo un concepto fundamentalmente militar, al leer los testimonios de los sobrevivientes palestinos, esta tecnología y sus consecuencias hoy preocupan, angustian e indigna con mayor intensidad.
[3] Es importante tener en cuenta la diferencia entre maquinaria y máquina de guerra. Con la primera se hace referencia al desarrollo técnico de los medios de destrucción que se utilizan en la guerra (Hannah Arendt, 2005:123). Con la segunda se entiende lo postulado por Deleuze y Guattari en Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia en donde la máquina de guerra significa algo muy distinto: líneas de fuga, desterritorialización y agenciamiento para devenir en un pensamiento nómada que se opone y distancia de los aparatos del Estado. Este texto alude al primer caso.
[4] Cuando al principio de su libro El arte de la crueldad (2011) Maggie Nelson se refiere a las prácticas que ella analiza, dice que en vez de hacer patente la brutalidad, estas podrían ser justamente acusadas de añadir más crueldad, real o ficticia, a la ya existente.
[5] Tomo estas palabras aludiendo a la exposición Reconstitución de escena (1977) de Carlos Leppe en la Galería Cromo (Santiago de Chile), en donde a partir de objetos y collages el artista desplegó temas relacionados con el cuerpo, la biografía y la salud mental.
[6] Julia Kristeva (1987). Historias de Amor. México: Siglo Veintiuno.
[7] Para conocer una perspectiva sobre el exilio en Finlandia durante la dictadura civil-militar chilena está el documental Dos años en Finlandia (1975) de Angelina Vázquez Riveiro.
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