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«SANTUARIO». ARTE, MEMORIA Y PAISAJE EN VALDIVIA

Durante el emblemático mes de septiembre, en el marco de los 50 años desde el golpe de estado de 1973, se realizó en la Casa Prochelle de la Corporación Cultural Municipal de Valdivia la exposición Santuario[1], curada por Ignacio Szmulewicz.

La muestra reunió la obra de Pablo Flández, Roberto Arroyo, Ricardo Mendoza, Víctor Ruíz Santiago, Germán Püschel, Gabriela Guzmán, Carlos Fischer, Mariana Matthews, Germán Arestizábal, Menashe Katz, Francisco Huichaqueo, Patricio Curihual, Paz Jara, María Francisca Jara, Sofía de Grenade, Katherina Oñate, Kütral Vargas Huaiquimilla, Valentina Inostroza, Cristian Arriagada y Javier Soto, representantes de diferentes generaciones de artistas que han desarrollado sus -también diversas- prácticas artísticas en la región de Los Ríos.

Desde una perspectiva historiográfica no puedo dejar de señalar, muy brevemente, la importancia de una muestra que congrega artistas, discursos y prácticas artísticas desde y en un territorio determinado: los ríos, los humedales, los bosques, el mar, Quitacalzón, Chaihuín, Máfil, la Universidad Austral, los puentes, las industrias, las calles de Valdivia.

Desde este punto de vista, la exposición se convierte en un cuerpo documental y expositivo fundamental para futuras investigaciones acerca de estas prácticas en la región, además de dar cuenta de una escena cultural sólida y de larga trayectoria desde el sur del país. En ese sentido, me parece importante destacar la relevancia de una curaduría que posiciona la escena artística de la región en el mapa de producción de arte contemporáneo en Chile.

Izq: Pablo Flández (Valdivia, 1954 – 2009), “Adán y Eva”, 1981 | Der: Ricardo Mendoza, «Torturado 1», 1985. Foto: Carolina Candia

Tal como lo dice el título de la exposición, uno de los puntos de partida del guion curatorial es la idea del santuario como un núcleo de conflicto desde donde surgen diferentes expresiones y reflexiones artísticas críticas. Un santuario remite a un lugar sagrado y propicio para la elevación espiritual o el recogimiento, ya sea por su belleza o por sus significados espirituales de acercamiento a lo divino.

De alguna forma, si hablamos de un santuario nos referimos a un lugar cuidado y resguardado para prácticas de veneración introspectivas y silenciosas. Pero la idea de Santuario que propone Szmulewicz confronta el sentido armónico con el histórico: en 1981, destaca el curador, el dictador Augusto Pinochet declara el territorio norte del Río Cruces y Chorocomayo como “Santuario de la Naturaleza”, el mismo paisaje devastado resultante de la tragedia del terremoto que remeció la región dos décadas antes.

La tensión que formulan las obras aquí presentadas tiene que ver justamente con la paradoja entre un lugar tan sagrado como desolador, y de las voces que nacen de la coexistencia entre ambos. Un recorrido que nos hace viajar en el tiempo y entre las historias, políticas, familiares, territoriales, desde el terremoto y demoledor tsunami de 1960, pasando por los veinte años de dictadura, a las réplicas geográficas, culturales y emocionales que dichos hechos alcanzaron.

“Gran parte de ese paisaje es también las ruinas industriales, las marcas enterradas de la agricultura, las casas encogidas, la pérdida de vidas humanas, la amenaza del desborde del Río San Pedro. En definitiva, esa vista incluía el trauma humano dentro de una naturaleza sublime”, en palabras de Szmulewicz.

Paz Jara, “Lengua madre”, 2022, video. Foto: Carolina Candia

La exposición está dividida en cinco salas y una performance, todo atravesado por tres ejes centrales: Memoria, Paisaje y Cuerpo. O, me atrevería a precisar, la memoria traumática del territorio, de las personas y de las comunidades.

Entrando, se escucha fuerte la obra (Re)clamar (2022), de Valentina Inostroza, desde parlantes situados frente a una ventana que mira al río en la tercera sala, con desgarradores gritos colectivos e intercalados: “¡¿Dónde están?! ¡Dónde están?! ¡Dónde están?!”. Estos gritos se mezclan con los del video de la artista Paz Jara emplazado en la segunda sala: “¡Hambre! ¡Hambre!”.

Partimos la visita bajo esa desesperación, entre esa incomodidad, con los gritos y lamentos que parecieran ir de la mano con las primeras obras visuales que encontramos al entrar a la sala inicial: las huellas en el pasto que van dejando la ropa de familiares del artista Cristián Arriagada en la obra Naufragio Familiar (2021), marcas retratadas hasta su desaparición.

Al lado, las dos fotografías de Carlos Fischer en gran formato, blanco y negro, de las ruinas de la cervecería Anwandter después del terremoto, retrato de los vestigios industriales que aparecen hasta el día de hoy en la ciudad. Frente al muro de obras fotográficas, la colección completa de la revista de bolsillo Caballo de Proa (1981-2013) en vitrinas, publicación editada por el escritor Pedro Guillermo Jara. Todas voces colectivas, ahora lejanas, que fueron testigos de algún pasado que ya no existe. Se entra con nostalgia, con ausencia, con una evidente mirada retrospectiva que no es dulce, es descarnada y abierta.

Carlos Fischer, Sin título (ruinas de la cervecería Anwandter después del terremoto), fotografía en b&n. Registro: Carolina Candia
Colección completa de la revista de bolsillo Caballo de Proa (1981-2013), editada por el escritor Pedro Guillermo Jara. Foto: Carolina Candia
Mariana Matthwes, “Des Ahogo”, 1999. Libro de artista, imágenes interiores del libro, montaje fotográfico. Foto: Carolina Candia

Las siguientes tres salas están situadas una al lado de la otra, y todas miran las aguas del río Calle-Calle justo cuando se transforma en el río Valdivia. Aquí encontramos un diálogo polífono y a varios tiempos sobre el territorio, que al igual que los ríos que se funden frente a él, mezcla tonos, memorias y vivencias situadas: la vida (y muerte) de los minerales, piedras y musgos (Javier Soto), las aguas y texturas en el libro de artista Des Ahogo de la fotógrafa Mariana Matthews, las luces precisas en los paisajes de Menashe Katz, el retrato colectivo y cartográfico en los grabados de Gabriela Guzmán, artista clave en el impulso gráfico medular de la ciudad y región con el Taller la Ventana.

Justamente, esta representación de lo colectivo a partir de identidades o memorias en un sentido íntimo es una particularidad que irá uniendo las obras que forman la muestra, tal vez como un trabajo mnémico, un ejercicio de memoria.

Esto se puede ver de forma evidente en el dinámico sentido de comunidad dibujado por la artista María Francisca Jara, quien propone una cartografía de relaciones del Campamento Chorrillos y de la Población Pablo Neruda, en Valdivia, a partir de una investigación documental que inicia de manera autobiográfica y termina transformándose en un retrato colectivo.

En Todos juntos, al mismo tiempo (2023), la artista hila la vivencia familiar con micro-relatos y recuerdos que van tejiendo, a su vez, una historia colectiva. Una obra que no puede concebirse sin la participación de vecinos, quienes proporcionan y encarnan un archivo de memorias vivas.

María Francisca Jara, Todos juntos, al mismo tiempo, 2023. Foto: Carolina Candia

El cuerpo empieza acá a introducirse de a poco. El cuerpo como archivo, como territorio. La voz de Paz Jara, que nos llamaba desde la entrada a la sala, es un registro de la performance Lengua Madre, realizada en 2022. El peso de su propia biografía en su cuerpo, el significado del cemento en su historia, la importancia de una casa, de unas calles en la memoria de una niña, mujer y artista.

‘Cuánta fuerza, cuántas historias en una sola casa, en un solo cuerpo’, pienso mientras la veo transitar descalza con una roca en las manos, entre la casona de Serrano 987 y la Galería Barrios Bajos, en el centro de Valdivia.

Algo similar ocurre con la performance de la artista Kütral Vargas Huaiquimilla, quien convocó a un encuentro en la Plaza de la República, para comenzar un recorrido, atravesando el puente Pedro de Valdivia, hasta llegar a la Casa Prochelle. Durante el camino, la artista arrastró con cuerdas un bulto lleno de tierra, una vasija y un canelo, envuelto en tela de camuflaje militar, el cual iba dejando una huella de tierra rojiza a su paso.

En el patio de la exposición abrió el paquete, plantó el árbol y alzó la tela que lo envolvía, como una bandera, donde decía: “No camuflar la herida”. La performance interpela al transeúnte, a instituciones y al propio sistema artístico, desde símbolos decoloniales inequívocos: el canelo o Foye, árbol de importancia ceremonial para la cultura mapuche, mientras que la vasija (metawe) es también un ejemplar tradicional hecho por Vargas Huaiquimilla para la ocasión, de greda con incrustaciones de bombas lacrimógenas.

La elección de la palabra herida es precisa, y nos remite directamente al significado de trauma, o memoria traumática. La artista propone entonces un desplazamiento de esta tierra herida, a plena luz del día y centro de la ciudad, para abrir la carne/tierra y exhibirla frente a las aguas que siguen fluyendo como jueces y testigos de estas múltiples historias que atraviesan tiempos y nombres.

Kütral Vargas Huaiquimilla, No camuflar la herida, 2023, performance. Registro: Cristian Arriagada
Kütral Vargas Huaiquimilla, No camuflar la herida, 2023, performance. Registro: Cristian Arriagada
Kütral Vargas Huaiquimilla, No camuflar la herida, 2023, performance. Registro: Cristian Arriagada
Kütral Vargas Huaiquimilla, No camuflar la herida, 2023, performance. Registro: Cristian Arriagada

Luego aparece el relato del cuerpo mutilado, el cuerpo desaparecido. Vemos los pulgares en jarros de Katherina Oñate, mientras seguimos escuchando el Dónde están orquestado por Inostroza. Es aquí también donde se impone, grande, expresivo, ensangrentado y con brazos abiertos, el Torturado 1 de Ricardo Mendoza, enmarcado al fondo de la sala (1985). Imagen que pone sobre la mesa, de manera categórica, el dolor como parte de nuestra historia.

Al lado de Mendoza aparece lo que el curador propuso como uno de los puntos de partida de la muestra: la litografía Adán y Eva (1981) de Pablo Flández, la cual retrata el momento en que la pareja es expulsada del paraíso; de lo sublime a lo terrenal, del verde encandilador y tupido de la selva virgen, de la fuerza y calma de los ríos que nos cruzan, al desastre natural y exaltación de la tragedia humana.

El paisaje natural es aquí una evocación al paisaje humano, tanto en su dolor intrínseco, como en su euforia máxima. Tal como la transformación de los ríos que ocurre frente a estas obras, vemos acá la unión de relatos, de memorias en voces intergeneracionales que surge fuerte y dócil a la vez. Tal vez lo más valioso que destacaría de la muestra es justamente este punto de encuentro, de diálogo y cruce de historias personales y colectivas a la vez, de una escena artística extendida por cinco décadas.

¿Cómo se conjuga la eminencia del paisaje con la experiencia traumática? ¿Qué formas adquiere el trauma? ¿Cómo se cristaliza la memoria de un territorio?

Es una historia triste la que se cuenta aquí, y sin embargo, se presenta como una voz colectiva, cómplice, diversa pero compartida. Al final, nos quedamos con un guiño aguerrido, reflejo de una comunidad de pares cuyo impulso creativo ha atravesado las olas destructoras, para volver a una necesaria introspección: a la pregunta fundamental sobre la identidad, sobre la emoción íntima, condición básica de la propia existencia.


[1] La muestra fue organizada por la Galería Réplica, del Instituto de Artes Visuales de la Universidad Austral de Chile, en Valdivia.

Daniela Hermosilla Zúñiga

Santiago de Chile, 1983. Es Doctora en Historia del Arte y profesora en la Universidad Austral de Chile, donde imparte la asignatura de “Artes Visuales en Chile y América Latina”. Es también aquí donde lleva a cabo su investigación post-doctoral (Fondecyt 2023) sobre revistas independientes de literatura y arte en el sur de Chile. Es investigadora asociada en el grupo de investigación Arte, Globalización, Interculturalidad (AGI) de la facultad de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona. Desde el 2021, es fundadora y directora, junto a Estudio de Campo (Elisita Balbontín, Dominga del Campo) y Jan Vormann, del espacio COMA, en Valdivia, lugar de residencias, talleres y encuentros para la investigación y creación artística e interdisciplinar. Es autora del libro “Revistas de artista. Reflexiones desde su legado documental” (Ed. Metales Pesados, 2023).

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