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CARLA GARLASCHI: SUSPIROS DE CRISTAL

Suspiros de cristal, de Carla Garlaschi, es un videoarte que utiliza el formato de la teleserie (o telenovela) latinoamericana para explorar las complejidades de un presente que se arrastran hacia el futuro. Ambientada en Santiago en el año 2030 y protagonizada por mujeres y disidentes sexuales que luchan por alcanzar sus sueños, la obra combina una estética kitsch y el brillo del “bling bling” con una narrativa crítica ensalzada en parodia para abordar problemáticas contemporáneas, como la migración, la condición de lo extranjero, la institucionalización del matrimonio y la desigualdad social.

Este miércoles 14 de agosto a las 18:30 hrs, en Espacio218, Santiago Centro, se llevará a cabo el visionado de la obra (20 min.), seguido de un espacio de diálogo con el público. Participarán Yunet Guerra, actriz e intérprete de Topacio; Neocristo, colaborador del proyecto y director creativo de Digital Genky; y la artista Carla Garlaschi, directora de Suspiros de cristal. Como antesala, te compartimos una sinopsis ampliada de lo que podrás ver, escrita por Mariairis Flores Leiva, codirectora de Espacio218.

LA FAVORITA EN SU FRANJA HORARIA

Por Mariairis Flores Leiva

Las teleseries, o telenovelas como se conocen en gran parte de Latinoamérica, son un elemento fundamental de la idiosincrasia cultural y han sido clave en la construcción de un imaginario colectivo popular en la región. Cada país imprime su sello distintivo en estas producciones, por lo que no es lo mismo hablar de una teleserie brasileña, mexicana o venezolana, tanto en términos de identidad como de calidad técnica. Sin embargo, todas comparten un denominador común: el drama.

Hace una década, fuimos testigos del auge de las teleseries turcas, que nos acercaron a una cultura notablemente diferente, pero el culebrón latinoamericano sigue vigente, cautivando, entreteniendo y despertando ilusiones. Las teleseries crean una experiencia compartida que permite establecer conversaciones sobre su trama, pero también sobre los contenidos que instala asociados a problemáticas sociales.

Uno de mis primeros recuerdos de infancia está ligado a una teleserie. Recuerdo a mi hermano menor, que entonces tenía un año, de espaldas a mí, afirmándose en la mesa del televisor mientras bailaba al ritmo de la canción de Sucupira (1996), una melodía pegajosa interpretada por un grupo de música afrobrasileña. No dudo en afirmar que cada persona puede evocar algún recuerdo vinculado a una telenovela que la haya marcado, y por eso los invito a buscar el suyo.

En un estudio reciente titulado Telenovelas chilenas, el investigador Juan Pablo Sánchez señala:

«Como especifica Vasallo de Lopes (2013), de alguna manera, la telenovela se ha hecho cargo de hacer visible lo popular, del reconocimiento de distintos grupos sociales, de la construcción de identidades culturales y del cruce entre formato y memoria, lo que le ha llevado a ser denominada como la ‘narrativa de la nación’”[1].

Una narrativa que es móvil y plástica, capaz de adaptarse a los cambios sociales que busca reflejar o promover. Es una «narrativa de la nación», pero, al mismo tiempo, «la nación» no existe más allá del guion ficcionado, ya que el sujeto popular no necesariamente encarna el ideal de la nación.

Esta capacidad temáticamente dúctil de la telenovela ha sido reconocida por el arte, o más bien, por los artistas, quienes han incorporado el formato de la teleserie en sus obras. Un ejemplo de esto es Mal de ojo. Las apariencias engañan (2007) de Bernardo Oyarzún, o La Telenovela Errante (1990/2017) de Raúl Ruiz, finalizada por Valeria Sarmiento. También Carla Garlaschi, quien desde 2014 ha explorado el género, y recientemente nos encandila con Suspiros de cristal.

Elijo el verbo encandilar por sus acepciones, ya que no solo funciona como sinónimo de sorprender, sino también de cegar momentáneamente con luz. Hay algo en la propuesta de Garlaschi que nos impacta visualmente; tal vez sea el brillo de las piedras preciosas.

Suspiros de cristal se sitúa en un futuro incierto y, desde allí, construye un melodrama intenso que sigue fielmente las formalidades de una teleserie, incluyendo un jingle pegajoso. La estructura de las teleseries es casi invariable, lo que explica su éxito y permanencia: la fórmula es siempre la misma, con narrativas predecibles para lxs espectadores. Sin embargo, se permiten pequeñas innovaciones en las tramas, algo que Garlaschi comprende rápidamente y lo pone en acción en su pieza audiovisual.

Desde el inicio, Suspiros de cristal nos inunda con un estilo kitsch tan sobrecargado que lleva al límite ese tono meloso propio de las teleseries. Cada escena funciona como un rompecabezas que nos ofrece pistas sobre los grandes temas que plantea esta producción audiovisual, repleta de detalles que refuerzan su narrativa. Un calendario en segundo plano nos revela que la historia se sitúa en el año 2030; sin embargo, muchos de los problemas que la atraviesan parecen pertenecer a nuestro presente. Esto sugiere una cierta desilusión, ya que no se presenta un futuro significativamente distinto del que habitamos hoy.

La teleserie de Garlaschi, lejos de ofrecernos esperanza, combina una melancolía palpable con una resistencia al estatus quo que resulta fácil de identificar. De algún modo, esa tristeza se contrasta con el aspecto técnico: cada personaje luce joyas, maquillajes, brillos y una abundancia de color, lo que resulta tanto estimulante como atractivo.

Suspiros de cristal aborda de manera contundente conflictos como la migración y el amor, desde una perspectiva crítica. En una escena, los personajes manifiestan explícitamente que viven en una sociedad donde persisten la misoginia, el racismo y la homofobia, entre otros problemas.

Este conflicto también se refleja en la trama, cuando Topacio, una de las protagonistas, se ve impedida de comprar una propiedad debido a una cláusula impuesta por el antiguo propietario chileno, que estipula que solo chilenxs pueden adquirirla. En lugar de sucumbir o buscar un marido para nacionalizarse y así obtener la propiedad, Topacio elige mantener su posición de extranjera, dejando claro que jamás se casaría con un chileno.

En una línea paralela, Amathyste, el personaje de una joven haitiana, dice: «Darle papeles a alguien de mi mismo origen es mi manera de combatir la injusticia». El matrimonio, como pacto social, opera en múltiples dimensiones y con diferentes énfasis; tanto casarse como no hacerlo son decisiones políticas.

Este tema se explora a través de la agencia de matrimonios «Puentes d’Amor», dirigida por Crystal, otra de las protagonistas. Crystal sostiene que el amor romántico no es para todxs y que el matrimonio es, en esencia, un negocio o contrato que se acepta por conveniencia. Lo importante, según ella, es liberarse de la idea tradicional y conservadora que supone unirse legalmente con otra persona.

Esta postura abre la puerta a una nueva posibilidad que no descarta el vínculo matrimonial, sino que insta a reformularlo. Una perspectiva feminista atraviesa toda la propuesta, infundiendo en lxs personajes un espíritu cuestionador e impugnador.

Desde un análisis formal, resulta interesante la inclusión de animaciones 3D, que permiten profundizar en los aspectos inquietantes presentes como subtexto en varias escenas. Esto se evidencia cuando Zafiro, un personaje masculino recién retornado a Chile, ve en la televisión a Ágata, una anciana que está leyendo las cartas y a quien reconoce como su nana de la infancia.

En la escena, Ágata dice: «Vivimos todos los tiempos al mismo tiempo, estamos en un espiral», y luego aparece una Ágata gigante con los ojos rojos, a punto de devorar a un pequeño e indefenso Zafiro. Este tipo de imágenes intensifican la sensación distópica que atraviesa la teleserie. En ella, encontramos recursos típicos de este tipo de producciones: cachetadas, espiar tras las puertas, maldecir y jurar venganza son algunas de las acciones que mueven a lxs personajes.

Los diálogos también tienen gran importancia y, en ocasiones, se enfatizan mediante la inclusión de texto en pantalla. El guion otorga un peso considerable a la palabra, subrayando la sensación de que el futuro presentado se asemeja notablemente al presente. Esta impresión se refuerza con el texto citado del personaje de Ágata, que revela la falta de progresión: a pesar de que creemos avanzar, la estructura patriarcal, colonial y neoliberal se mantiene tan robusta que ningún hecho reciente parece hacerla tambalear.

Mediante la parodia, la teleserie de Garlaschi nos permite adentrarnos en problemáticas actuales. La condición de lo extranjero, entendido como aquello que es ajeno y está puesto siempre en entredicho, es reivindicada y examinada en sus múltiples complejidades. Ser extranjero no se limita a una nacionalidad: unx puede sentirse extranjero en su propio país cuando las condiciones sociales circundantes no son favorables.

A través de una estética colorida, saturada y sensual, Suspiros de cristal promete convertirse en la favorita en su franja horaria, como bien podría sugerir la promoción de una teleserie. Este trabajo de videoarte es atrapante tanto por su propuesta visual como por su necesaria narrativa. La última escena revela nuevas aristas trágicas de la trama, llevando el giro dramático al extremo y evidenciando el absurdo, un absurdo siempre presente pero en el que elegimos creer.


[1] Boletín n° 1 “Telenovelas chilenas” (2022). Proyecto Fondecyt “Formación de audiencias ciudadanas: Adolescentes y telenovelas en tiempos de intolerancia”. Disponible en: https://uchile.cl/dam/jcr:0fac0e48-2c1e-4ce2-a1e4-72211c5577a7/Boletin1fondecyt%20(1)%20(1).pdf

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