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MOSCAS EN LA CASA Y OTRAS FORMAS DE ENTENDER LA MUERTE

Poco se sabe del pintor chileno Demetrio Reveco (1862-1920), salvo que nació y murió en Santiago, se formó en la Escuela de Bellas Artes y pintó varias naturalezas muertas. Hay obras suyas en colecciones particulares y otras en instituciones públicas como la del Banco Central, la Pinacoteca de Concepción y el Museo del Carmen de Maipú. En el sitio web del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) –que resguarda cuatro óleos suyos– se puede leer una biografía de tres líneas que termina diciendo: “La información personal de este artista es escasa ya que, al parecer, rehuyó de la popularidad que gozaron sus condiscípulos”.

Muerto hace poco más de un siglo, Reveco se convirtió, de la mano de la artista Josefina Guilisasti, en el “pie forzado” de Memento Mori, la más reciente exposición colectiva en D21. Ahí se pueden ver obras de Catalina Bauer, Andrea Breinbauer, Marcela Correa, Justine Graham, Nayadet Núñez, Alejandra Prieto, Francisca Sánchez, Paula Subercaseaux y la propia Guilisasti.

En una entrevista reciente, a propósito de la muestra, Josefina Guilisasti contó que la pintura de Reveco apareció en un remate y que, junto al equipo curatorial, consideraron que era importante darla a conocer. En esa misma entrevista, la artista agregó que la distancia histórica permitía poner en perspectiva fenómenos aprendidos por costumbres o tradiciones, “como en este caso, la forma de entender la muerte”.

Así que, con la obra de Reveco como punto de partida, el curador Sergio Soto Maulén trabajó con las nueve artistas, y la museógrafa Josefina González elaboró la narración de la exposición.“Fue importante ejercitar un relato colectivo y salir de ese espíritu individual que envuelve a la práctica artística”, dijo Guilisasti.

El resultado es una muestra enigmática y sobria (“la galería convertida en caja negra”, como dijo Justo Pastor Mellado) que propone un recorrido intencionalmente interrumpido entre las obras de las artistas vivas y el artista muerto.

Memento Mori, de Demeterio Reveco, el “pie forzado” de la muestra colectiva en D21.

La pintura de Reveco está instalada en un muro frente a la puerta de entrada, delante de un plinto. Podemos verla por los lados, pero si queremos ubicarnos al frente, debemos alejarnos y deshacer los pasos con los que entramos. Para esto hay que orillar la delicada obra de Catalina Brauer quien, con espigas de trigo montadas sobre una esterilla, le dio forma a un ala arrancada del cuerpo de un ave. Vista desde ahí, la pintura de Reveco se vuelve todavía más inasequible: la belleza del bodegón aumenta en la medida en que su composición se clarifica a la distancia.

Reveco pintó una cachaña de cola roja, un pato jergón, una perdiz chilena y dos zorzales, todos pendiendo de sus amarras sobre una mesa en cuya superficie descansa el pescuezo de una de ellas. El lienzo, alargado y de estructura triangular, funciona como portal y disparador. Hemos visto esas aves antes (“una escena venatoria que sigue los dictados de la pintura holandesa y los adapta con la fauna y sabor local”, como dijo César Gabler), pero a la vez nos hace conscientes de otra distancia, todavía más insondable que el plinto: ellas están muertas y nosotras vivas.

Pero, de alguna forma, no han terminado de morir porque en la escena de Reveco asistimos a su desangramiento, un momento posterior a la caza. Aunque la vida “ya ha abandonado” sus cuerpos, ese reparo espacial y temporal nos permite observarlas detenidamente y, por qué no, velarlas en la medida en que las reconocemos. Observando aves, el escritor Johnatan Franzen se dio cuenta de que están siempre entre nosotros pero no son nosotros. “Esa indiferencia nos recuerda que no somos la medida de todas las cosas”, reflexionó.

Memento Mori, curada por Sergio Soto Maulén con museografía de Josefina González en D21. Fotografía de Jorge Brantmayer.
Somos lo que somos. Ala, pluma, espiga, semilla, de Catalina Bauer. Espigas de trigo sobre esterilla. Fotografía de Jorge Brantmayer.

Las dos salas de D21 exploran una serie de binarios, y las esculturas de Alejandra Prieto son claves para entender esto: Máscara III (Li-K), una pieza de carbonato de litio, sulfato potásico y resina que se encuentra en la primera sala es blanca, deslumbrante e irregular. Su densidad material parece cristalizar la luz natural que entra por los ventanales. Sólo entendemos que se trata de una máscara cuando la contraponemos a su hermana, instalada en la sala siguiente.

Máscara II (C), que está hecha con carbón mineral y resina, es negra, pulida y simétrica. Y, a pesar de que tiene una superficie lustrosa, parece absorber la poca luz natural que llega al interior. El montaje de ambas invita a regresar de la versión negativa a la positiva. Volver a la sala anterior y observar de nuevo para repensar lo ya visto propone un tránsito que exaspera el aquí y el allá, pero también lo blanco y lo negro, y la vida y la muerte.

Máscara III (Li-K), de Alejandra Prieto. Carbonato de litio, sulfato potásico y resina. Fotografía de Jorge Brantmayer.
Máscara II (C), de Alejandra Prieto. Carbón mineral y resina. Fotografía de Jorge Brantmayer.

Los dos caños idénticos de acero a los que se adosan las obras de Prieto se alinean con el gesto vertical del Testigo, de Marcela Correa, un hermoso báculo que recuerda, como en trabajos anteriores de la escultora, fragmentos reinterpretados de muebles domésticos. Esta vez Marcela torneó un madero de espino que, como pata de mesa, llega con determinación al piso. Sus formas oscilantes resultan familiares, pues como los pájaros de Reveco, las hemos visto antes. Pero en vez de encontrarse con un convencional tablero que la volvería mobiliario funcional, esa pata de palo sigue elevándose y aprisiona –a media altura– un enigmático fragmento de alabastro. Ese trozo blanquísimo, como un ave, parece haber quedado detenido ahí: compacto, débil e intermedio.

Con vocación vertical, la escultura de Marcela Correa continúa transformada en un cilindro de resina hacia el techo. Si la parte inferior de la obra es opaca y remite a lo doméstico, la superior es semitransparente y pareciera provenir del mundo científico. Sabemos que en las expediciones polares se les llama “testigo” a esas muestras cilíndricas de hielo que se obtienen mediante la perforación del sustrato a diferentes profundidades. Esos testigos provienen de los interiores de los glaciares, donde se acumulan capas de nieve que lentamente se transforman en hielo por efecto de la presión y dinámica del glaciar. Si esos cilindros hablan de las condiciones del lugar donde el glaciar crece y avanza, el de Correa refiere un lugar en su memoria afectiva familiar: la cocina. Y dentro, aprisionadas, se encuentran decenas de moscas.

Sabemos que las moscas son insectos que devoran a los cadáveres en descomposición y que culturalmente remiten al lado oscuro de la naturaleza, pero Correa viene hace un tiempo observando ese resquicio de “lo desagradable” (de hecho, en su última muestra en la Sala Gasco, trabajó con otros seres menospreciados a nivel cultural: los chanchos). En este caso las moscas, comúnmente asociadas a la basura y la podredumbre, resultan admirables. No sólo por la extraña y bella sustancia en que quedaron detenidas, sino porque juntas conforman una multitud casi amenazante en su número y potencia.

Cuando la artista británica Rachel Whiteread creó su obra Ghost (1990), un molde de escayola que replicaba –a escala real– el vacío interior de un salón victoriano, dijo que había intentado “momificar el aire de una habitación”. El proyecto buscaba apresar la atmósfera de un interior para preservarla en el tiempo. En ese sentido, la escultura de Correa no solo registra el momento de una vida-casa-momento anterior sino que, como los testigos de hielo, recupera el pasado para volver a interpretarlo y mirarlo con calma. Con esto quiero decir que la autora de Testigo y las demás artistas de Memento Mori no sólo nos recuerdan que moriremos, sino que también exploran el dolor de la pérdida.

Memento Mori, una frase latina que significa recuerda que morirás, exposición colectiva en D21. Fotografía de Jorge Brantmayer.
Testigo, de Marcela Correa. Madera de espino, alabastro, resina epóxica, acrílico y moscas. Fotografía de Jorge Brantmayer.

Junto a la escultura de Correa se encuentran desplegadas sobre un plinto dieciséis delicadas piezas de porcelana hechas por Josefina Guilisasti, que amplían lo expuesto por la artista anteriormente en El mar se viste de pluma y el hielo se pinta de rojo (2021) en la Galería Lucía Mendoza, de Madrid. Si en esa ocasión el trabajo de Guilisasti se refirió a la masacre de Puerto Deseado en el siglo XVI, ahora su gesto se volvió más íntimo, en el sentido de que ya no remite a un episodio histórico. En sus piezas actuales, además de pájaros, hay cuerpos geométricos, misteriosos volúmenes que podrían remitir a tumbas, plintos o quizás, simplemente, a las cajas que se acumulan en la habitación de una casa.

En ese sentido, el gesto de Guilisasti se inscribe en la tradición de las escenas de cadáveres envueltos con velos, como el magistral trabajo escultórico en mármol de Giuseppe Sanmartino Cristo velado (1753), pero también –propongo– conversa con algunas escenas pictóricas. Como la de Reveco, por su puesto, pero además pienso en la excepcional pintura de Valenzuela Puelma, La resurrección de la hija de Jairo (1883).

En ese lienzo, parte de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, vemos el cuerpo de una muchacha muerta, cubierto por una sábana blanca. Valenzuela Puelma retrató justo el momento del pasaje bíblico en que Jesús le está imponiendo las manos y una mujer, posiblemente la madre de la niña, levanta la sábana y la descubre. Ese gesto se abre a la posibilidad de que la niña vuelva a la vida.

Sin título, Josefina Guilisasti. Porcelana. Fotografía de Ariel Florencia Richards.

Según el evangelio de Marcos, en ese instante Jesús dijo: Talitha qum, una frase que se podría traducir como “niña, a ti te digo, levántate” (Marcos 5:21-43). Pero a diferencia de la pintura de Valenzuela Puelma, la obra de Guilisasti y quizás la mayoría de Memento Mori, no contemplan un Talitha qum ni la posibilidad de la resurrección, sino que abordan abiertamente la pérdida. Quiero decir que en estas piezas expuestas en D21 no hay palabras milagrosas ni regreso de la muerte a la vida, sino que dolores reales, dolorosos e irrevocables. Quizás por eso sus autoras han creado, de manera colectiva, un espacio para experimentar el duelo.

Para identificar las aves en la pintura de Reveco le tuve que pedir ayuda a mi cuñado, Camilo Silva. Él reconoció de inmediato a la cachaña, al pato, a la perdiz y a los zorzales. Pero como buen observador, se quedó mirándolas. Y al rato me dijo: “Hay otro pájaro abajo, detrás del loro. Es negro, con patas rojas. No se ve la cabeza, está difícil. Podría ser un Pidén, pero está difícil”.

Yo nunca había escuchado de esa especie, así que investigué un poco de ella. Me enteré de que su nombre científico es Pardirallus sanguinolentus y que en la cultura Chilota cumple un rol fundamental como símbolo premonitorio: con precisión y acierto anuncian el clima. Se dice que si los Pidenes cantan al atardecer al día siguiente estará despejado, pero si huyen o gritan, lloverá. Leyendo sobre ellas, supe que son aves solitarias y que, como el propio Reveco, son diestras en el arte de pasar inadvertidas: “El Pidén vive escondido en el totoral, con infrecuentes jornadas de vuelo y nado”.

Francisca Sánchez en Memento Mori, curada por Sergio Soto Maulén con museografía de Josefina González en D21. Fotografía de Jorge Brantmayer.
Memento Mori, curada por Sergio Soto Maulén con museografía de Josefina González en D21. Fotografía de Jorge Brantmayer.

Además de escritor, Jonnathan Franzen es un reconocido observador de pájaros. En su extraordinario libro Zona Fría relató la vez en que se embarcó, junto a un grupo de entusiastas, en un barco de observación por la costa del Golfo en Texas. En esa crónica, Franzen cuenta que un día atracaron al lado de una marisma verde de agua salada en la Bahía de Aransas y, a lo lejos, medio sumergidas en hierbas, vieron dos grullas adultas: “Sus pechos blancos, cuellos largos y cabezas rojizas reflejaban la luz del sol que después pasó a través de mis prismáticos y cayó en mis retinas”.

Una de esas dos aves estaba encorvada como si le interesara algo en la hierba y la otra parecía estar escudriñando inquieta el horizonte. “Su actitud me recordó a aves padres angustiados que había visto en otro lugar –dos urracas aleteando con cólera enloquecida mientras un mapache comía sus huevos–”, escribió Franzen. Desde la cubierta del barco, el capitán les explicó que algún daño debía de haber sufrido la cría de aquellas grullas porque llevaban más de un día posadas en el mismo sitio, y de su pequeña no había el menor rastro. Por lo menos desde la distancia:

–¿Podría estar muerta? –preguntó alguien.

–Los padres no estarían ahí todavía si hubiese muerto –dijo el capitán.

Creo que, en su extraordinaria museografía, Memento Mori recoge algo de esa ronda de las grullas de Franzen, pero también algo de la expectación de quienes observamos intentando entender y acercarnos desde lejos. Comencé diciendo que las máscaras de Alejandra Prieto se revelaban como tales sólo cuando se completaba el recorrido de las salas, un tránsito entre una y otra. Quizás esta sea una de las claves del recordatorio que encierra la muestra: que también vamos a morir, pero mientras eso no ocurre, tenemos tiempo.

Podemos hacer preguntas, descifrar el daño. Intentar acercarnos y velar a quienes no están. Suspender un instante el paso del tiempo y cubrir sus cuerpos con una sábana blanca. O mirarlos a contraluz en una sustancia resinosa que parece generar su propia luz. Para así entender que el duelo es un proceso lento, lentísimo. Y que no hay una sola, sino distintas (y en este caso nueve hermosas) formas de entender la muerte.

La muerte del análogo (ciencias, filosofía & letras), de Justine Graham. Negativos, alambre, hilo encerado, goma, hilo dorado y fierro. Fotografía de Ariel Florencia Richards.

Memento Mori, exposición colectiva que reúne obras de Catalina Bauer, Andrea Breinbauer, Marcela Correa, Justine Graham, Josefina Guilisasti, Nayadet Núñez, Alejandra Prieto, Francisca Sánchez y Paula Subercaseaux, se podrá ver del 22 de marzo al 2 de mayo de 2024 en galería D21, Nueva de Lyon 19, departamento 21, Providencia, Santiago de Chile.

Ariel Florencia Richards

Escritora e investigadora de artes visuales. Estudió Diseño en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV) y Estética en la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). Realizó un Magíster en Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York (NYU). Trabajó como editora cultural de distintos medios impresos, como revista Viernes, revista ED y Paula. Cursa un Doctorado en Artes en la PUC, donde investiga las relaciones entre performance y género.

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